¿La Plata o la Patria? Por qué Abelardo de la Espriella no debe llegar a la Casa de Nariño


 Por: Ricardo Abud

Colombia está a punto de tomar una decisión que definirá su rumbo por los próximos cuatro años. Y en medio de esa decisión, un hombre que nunca ha servido a este país, que lo desprecia en privado y que ya anunció que lo abandonaría si pierde, está disputando la segunda vuelta presidencial. La pregunta no es política. Es moral: ¿cómo es posible?

Antes de hablar de propuestas, de economía o de seguridad, vale la pena recordar lo que De la Espriella dijo con su propia boca: "Si perdemos, no pasa nada. Porque ya tenemos una vida resuelta en otro país." Y luego, sin inmutarse: "Mi familia está primero. Yo no voy a sacrificar a mi familia por este país de desagradecidos, desleales y cafres."

Eso no es un lapsus. Es una declaración de principios. Un hombre que aspira a la presidencia de la república ya tiene empacada la maleta, ya tiene la visa lista, ya tiene la casa en el exterior. Para él, Colombia no es una causa. Es una apuesta. Y como toda apuesta, si sale mal, se retira.

Ningún presidente serio gobierna con una salida de emergencia bajo el brazo. Ningún líder genuino llama "desagradecidos y cafres" a los ciudadanos a quienes pide el voto. Esa sola frase debería ser suficiente para terminar cualquier aspiración presidencial. Pero en Colombia de 2025, no lo fue. Y eso también dice algo de nosotros.

De la Espriella no llegó a la política desde el servicio público. Llegó desde los negocios, y desde unos negocios muy particulares. Durante años construyó su fortuna como abogado defensor de clientes vinculados a corrupción, narcotráfico y parapolítica. Su patrimonio creció de forma desproporcionada en menos de una década, precisamente mientras representaba a quienes desangraban las instituciones y aterrorizaban a los colombianos más vulnerables.

¿Cómo es posible que alguien con esa trayectoria aspire a dirigir un país? ¿Que alguien que hizo carrera protegiendo a los corruptos ahora se presente como el candidato del orden y la institucionalidad? No es la menor hipocresía. Es una inversión de la realidad tan audaz que merecería respeto si no fuera tan peligrosa.

Pasó años viviendo entre Miami e Italia, acumulando riqueza, alejado de las realidades de los millones de colombianos que nunca han podido salir del país, que no tienen ciudadanía de reserva, que no tienen casa en el exterior. Nunca marchó por los trabajadores. Nunca acompañó a las víctimas. Nunca defendió una causa que no tuviera honorarios. Y hoy aparece disfrazado de patriota, como si la patria fuera un traje que se pone cuando conviene.

Hay un episodio que revela mucho más sobre De la Espriella que cualquier debate presidencial. Su desprecio por el ajiaco, uno de los platos más emblemáticos de la cocina bogotana y colombiana, no fue una opinión gastronómica inocente. Fue una ventana al alma. Lo llamó "potaje carcelario", lo asoció con la pobreza, con la falta de cultura, con lo que "les dan a los presos". Y lo contrastó, con evidente satisfacción, con el vino y la pasta que él disfruta en su vida refinada.

Eso no es solo clasismo. Es el desprecio de quien nunca se ha sentado en la misma mesa con el pueblo al que hoy le pide el voto. Es la mirada del hombre que creció mirando hacia afuera, que aprendió a medir el valor de las personas por lo que consumen, por el acento que tienen, por el color de piel con el que nacieron. Un candidato que desprecia la comida de su propio país desprecia, en el fondo, a quienes la cocinan y la comen. Y en Colombia, esos son millones.

¿Cómo puede dirigir un país alguien que siente vergüenza de él? ¿Cómo puede gobernar para los más humildes alguien que los mira por encima del hombro desde sus viajes a Europa?

De la Espriella es ciudadano colombiano y ciudadano estadounidense. Eso, en principio, es un derecho que nadie puede ni debe quitarle. Pero cuando un candidato presidencial alardea de su pasaporte norteamericano, cuando lo menciona como un privilegio y una garantía, cuando ya anunció que si pierde se irá del país, la doble nacionalidad deja de ser un dato administrativo y se convierte en una pregunta política legítima: ¿hacia dónde van sus lealtades?

Un presidente de Colombia debe gobernar para Colombia. No para sus socios en Miami. No para sus clientes internacionales. No para los sectores de poder que lo financiaron. Cuando alguien tiene una vida construida en otro país, cuando tiene allá su red de negocios, sus propiedades, su red de seguridad personal, es inevitable preguntarse qué decisiones tomará cuando los intereses de Colombia choquen con los intereses de quienes lo sostienen desde el exterior.

La historia latinoamericana está llena de líderes que gobernaron mirando hacia Washington o hacia los mercados financieros internacionales, de espaldas a su propio pueblo. De la Espriella no representa una excepción a esa historia. Representa su versión más reciente y más descarada.

Lo que quizás resulta más revelador de todo es la ausencia total de una trayectoria política coherente. Los otros candidatos que llegaron a segunda vuelta, independientemente de lo que se piense de sus ideas, han pasado años defendiendo causas, construyendo proyectos de país, perdiendo y volviendo. Tienen una historia. Tienen cicatrices. Tienen algo que perder más allá del dinero.

De la Espriella no tiene convicciones. Tiene nichos. Encontró en la derecha radical un espacio electoral rentable y lo ocupó con la misma frialdad con la que un abogado de negocios identifica una oportunidad de mercado. Su discurso cambia según el público. Sus promesas se ajustan según la encuesta. Y su compromiso con el país tiene fecha de vencimiento: el día de la derrota.

Ya anunció además que, si pierde, tampoco ejercerá la curul en el Senado. Es decir, no le interesa hacer oposición, no le interesa fiscalizar, no le interesa aportar desde la derrota. Solo le interesa el poder total o ninguno. Esa es la mentalidad de un hombre de negocios, no de un servidor público.

La presidencia de la república no es la gerencia de una empresa privada. El Estado no es un portafolio de activos que se optimiza recortando gastos. Gobernar implica defender a quienes no tienen voz, sostener lo que no es rentable pero sí es justo, estar presente cuando el país duele, y quedarse cuando las cosas se ponen difíciles.

De la Espriella ha demostrado, con sus propias palabras y con toda su trayectoria, que él no está dispuesto a hacer nada de eso. Que para él, Colombia es una apuesta temporal con opción de salida. Que los colombianos son "desagradecidos y cafres" cuando no hacen lo que él espera. Que la lealtad al país es negociable, pero la lealtad a su familia y a su billetera no lo es.

Colombia merece un presidente que se quede cuando pierde, que luche cuando duele, que sienta vergüenza cuando el país sufre y orgullo cuando come ajiaco. Merece alguien cuya única nacionalidad que importe, a la hora de gobernar, sea la colombiana.

Abelardo de la Espriella ya nos dijo quién es. El problema sería que el pueblo colombiano decida creerle o no creerle. 

NO HAY NADA MÁS EXCLUYENTE QUE SER POBRE


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