Por qué en Latinoamérica siempre elegimos entre las dos peores opciones

 


Por: Ricardo Abud

Colombia votó hoy en primera vuelta y el resultado lo dice todo: pasaron a segunda vuelta dos extremos. Por la ultraderecha, Abelardo de la Espriella, abogado millonario, outsider, populista penal que se hace llamar "el tigre". 

Por la izquierda, Iván Cepeda, senador y continuador del proyecto de Gustavo Petro, un movimiento populista, nacionalista y antielitista con tintes autocráticos. El centro político, representado por Paloma Valencia, candidata moderada de centro derecha, obtuvo apenas el 7% de los votos. El centro no perdió en estas elecciones. Se evaporó.

Pero esto no es una anomalía colombiana. Es el síntoma de una enfermedad que recorre toda América Latina, y que ya ni siquiera es exclusivamente latinoamericana. La ciencia política lleva años diagnosticándola.

Cuando una sociedad vota sistemáticamente cada cuatro años para evitar el desastre, en lugar de elegir un proyecto, la democracia se va agotando por dentro aunque las elecciones sigan siendo libres y funcionales. La promesa original de la democracia no era simplemente ofrecer alternativas, era ofrecer alternativas deseables. Cuando lo único que queda es escoger entre el menos peor, el sistema ya está atrapado en una lógica muy difícil de revertir.

Esta trampa no es nueva en la región. Argentina la vivió con Milei, Brasil la experimentó con Bolsonaro y después con Lula, Chile la sufrió durante años de polarización creciente. En cada caso, el patrón es el mismo: dos polos que se retroalimentan mutuamente, y un centro que no logra articular una propuesta capaz de movilizar emociones. Y si alguien pensaba que esto era un problema exclusivo del sur global, la reelección de Donald Trump en 2024 terminó de confirmarlo: millones de estadounidenses no votaron por él porque creyeran en su proyecto, sino porque el miedo a la otra opción era más poderoso que cualquier propuesta. La mecánica es exactamente la misma. Solo cambia el acento.

La gente no vota por ideas, vota contra identidades que detesta. Y cuando el voto se convierte en un acto de odio en lugar de un acto de propuesta, el centro muere primero, porque no le ofrece absolutamente nada al votante encolerizado.

Esto es exactamente lo que ocurre en Latinoamérica con una intensidad particular. Las décadas de desigualdad estructural, instituciones débiles y élites que capturaron el Estado han generado un electorado con razones legítimas para estar furioso. El problema es que esa furia, sin canales institucionales que la procesen, termina siendo capturada por los extremos. El populismo de derecha le dice al votante enojado que el enemigo es la izquierda corrupta, el inmigrante o la élite intelectual. El populismo de izquierda le dice que el enemigo es el empresario, el imperialismo o la derecha fascista. Ambos le ofrecen algo que el centro nunca puede dar: un villano claro y una identidad tribal fuerte.

Sería cómodo pensar que Colombia es un caso aislado, pero la geografía de esta crisis es continental. México eligió a López Obrador en 2018 sobre una ola de hartazgo contra el sistema, y luego su movimiento reprodujo exactamente la lógica de nosotros contra ellos que prometía superar. Perú lleva años en una parálisis institucional donde izquierda y derecha se turnan en el poder sin que ninguna logre gobernar. Chile vivió el estallido social de 2019, eligió a Gabriel Boric desde la izquierda y luego vio cómo la derecha radical casi ganaba el plebiscito constitucional. Ecuador oscila entre candidatos de uno y otro extremo mientras el narcotráfico coloniza el Estado.

Lo que tienen en común todos estos casos no es la ideología del ganador. Es la mecánica del voto: ciudadanos eligiendo no a quién quieren sino a quién temen menos.

La democracia latinoamericana del siglo XXI ha dejado de ser la construcción del futuro para convertirse en una gestión permanente del miedo. Y eso tiene consecuencias concretas sobre la calidad del gobierno. Un presidente que llega al poder porque la mitad del país lo odia menos que al otro no tiene mandato para reformar, para ceder, para construir consensos. Llega con una legitimidad envenenada desde el origen.

La pregunta real no es por qué nos toca elegir entre dos malas opciones. La pregunta es si seguiremos votando en función del miedo o si algún día volveremos a votar en función de una propuesta. Mientras la respuesta sea la primera, la democracia latinoamericana seguirá produciendo exactamente lo que Colombia produjo hoy: dos candidatos que representan lo que el otro lado más teme, y una sociedad cada vez más fracturada que se prepara para repetir el mismo ciclo cuatro años después.

¿Y entonces qué?

La salida, si es que existe, no pasa por encontrar al candidato perfecto sino por reconstruir lo que se perdió antes de llegar a las urnas: partidos políticos con ideología real y no solo con maquinaria electoral, instituciones que funcionen con independencia del gobierno de turno, medios de comunicación que informen en lugar de inflamar, y una ciudadanía que aprenda a distinguir entre el debate legítimo y la manipulación emocional. Algunos politólogos apuntan también a reformas estructurales como las listas abiertas, la democracia deliberativa o los presupuestos participativos como mecanismos para devolverle al ciudadano la sensación de que su voto construye algo en lugar de simplemente evitar algo. Pero ninguna de esas herramientas funciona si la cultura política sigue premiando al que mejor insulta al adversario en lugar de al que mejor explica su propuesta. El problema, en el fondo, no es electoral. Es cultural. Y los problemas culturales no se resuelven en una segunda vuelta.

NO HAY NADA MÁS EXCLUYENTE QUE SER POBRE


Publicar un comentario

0 Comentarios