Por: Ricardo Abud
La historia suele ser implacable con quienes confunden la retórica con el poder. Durante años, la dirigencia de la llamada Revolución Bolivariana habló de independencia, soberanía, multipolaridad y resistencia al imperialismo.
Sin embargo, cuando se examinan los hechos desde una perspectiva geopolítica, surge una pregunta incómoda: ¿comprendieron realmente el mundo que estaban enfrentando?
La respuesta parece ser negativa.
Mientras el sistema internacional transitaba desde la hegemonía unipolar estadounidense hacia una configuración cada vez más multipolar, Venezuela poseía un activo extraordinario: una posición geográfica privilegiada, las mayores reservas petroleras del planeta y relaciones crecientes con dos potencias emergentes, Rusia y China. La combinación de esos factores ofrecía una oportunidad histórica para modificar el equilibrio de poder en el hemisferio occidental.
Sin embargo, esa oportunidad fue desperdiciada.
Los dirigentes venezolanos parecieron asumir que bastaba con denunciar la hegemonía estadounidense para debilitarla. Pero las hegemonías no se derrumban mediante discursos. Se desafían mediante estructuras de poder concretas: alianzas militares, acuerdos tecnológicos, sistemas financieros alternativos y capacidades de disuasión creíbles.
Mientras Washington desarrollaba durante décadas una red global de bases militares y alianzas estratégicas, Caracas limitó sus relaciones con Moscú y Pekín principalmente a la compra de armamento, acuerdos energéticos y proyectos económicos. Hubo cooperación, pero nunca se construyó una arquitectura de seguridad capaz de alterar realmente los cálculos estratégicos de Estados Unidos.
La contradicción resulta evidente. Se hablaba constantemente de un mundo multipolar, pero no se crearon las condiciones para que esa multipolaridad tuviera una expresión concreta en el Caribe y en América del Sur.
La historia demuestra que las grandes potencias respetan aquello que puede imponer costos. La doctrina estadounidense ha rechazado sistemáticamente la presencia militar de potencias rivales en el hemisferio occidental desde el siglo XIX. Desde la Crisis de los Misiles en Cuba hasta las tensiones contemporáneas con Rusia y China, la lógica estratégica ha permanecido prácticamente intacta: Washington considera la región parte fundamental de su esfera de influencia.
Precisamente por ello, una verdadera estrategia de largo plazo habría requerido construir mecanismos permanentes de cooperación militar con Rusia y China. No como gesto simbólico ni como provocación ideológica, sino como instrumento de equilibrio.
Desde esta perspectiva, la instalación de infraestructura militar compartida, centros logísticos, sistemas avanzados de defensa aérea, instalaciones navales y acuerdos de presencia estratégica habría transformado radicalmente el cálculo de riesgos de cualquier actor externo interesado en intervenir directamente en Venezuela.
La política internacional no funciona sobre la base de declaraciones morales. Funciona sobre la base de correlaciones de fuerza.
Los acontecimientos del 3 de enero de 2026 ilustran crudamente esta realidad. Diversas fuentes internacionales reportaron que fuerzas estadounidenses ejecutaron una operación militar que culminó con la captura del presidente Nicolás Maduro y su traslado fuera del territorio venezolano.
Más allá de las interpretaciones jurídicas o políticas de aquel episodio, el hecho fundamental fue que Estados Unidos consideró viable ejecutar una operación de enorme envergadura sobre territorio venezolano. Diversos reportes describieron una acción planificada durante meses, apoyada por ataques contra infraestructura militar y una capacidad operativa abrumadora.
Desde una lectura geopolítica, la pregunta relevante no es únicamente por qué ocurrió, sino por qué fue considerado posible.
Si Venezuela hubiese desarrollado durante años una alianza militar profunda con Rusia y China; si hubiese existido presencia permanente de personal militar de esas potencias; si sistemas estratégicos integrados hubiesen estado desplegados en el país; si cualquier agresión hubiera implicado automáticamente el riesgo de una confrontación internacional de mayor escala, es legítimo sostener que los cálculos estratégicos de Washington habrían sido distintos.
No puede afirmarse con certeza que una acción estadounidense hubiese sido imposible. La historia no admite experimentos. Pero sí puede argumentarse que el costo político, militar y diplomático habría aumentado de manera significativa.
La esencia de la disuasión consiste precisamente en eso: evitar que un adversario considere aceptable una determinada acción.
El problema fundamental es que la dirigencia bolivariana nunca pareció comprender plenamente esta lógica. Confundió alianzas económicas con alianzas estratégicas. Confundió afinidades políticas con compromisos de seguridad. Confundió la amistad diplomática con la garantía efectiva de protección.
China invirtió miles de millones de dólares en Venezuela. Rusia proporcionó armamento y respaldo político. Pero ninguna de las dos potencias desarrolló una presencia capaz de alterar decisivamente el balance militar regional. Incluso después de los acontecimientos de enero de 2026, ambas potencias condenaron la operación estadounidense, calificándola como una violación de la soberanía venezolana, pero la condena llegó después de que los hechos ya se habían consumado.
La lección es tan antigua como la política internacional: la influencia sin capacidad de respuesta tiene límites.
El resultado final es paradójico. Un proyecto que se presentó como la gran alternativa al orden hemisférico construido por Estados Unidos terminó demostrando la persistencia de ese mismo orden. Durante décadas se proclamó el fin del "patio trasero". Sin embargo, cuando llegó la hora decisiva, quedó en evidencia que las estructuras fundamentales de poder en la región apenas habían cambiado.
Quizás el mayor fracaso de la Revolución Bolivariana no fue económico, institucional o ideológico. Quizás fue geopolítico.
No entendió que el siglo XXI no sería definido por discursos revolucionarios, sino por la competencia entre grandes potencias. No comprendió que la multipolaridad debía construirse mediante instituciones, capacidades y alianzas permanentes. No percibió que el poder internacional premia la previsión y castiga la improvisación.
Hoy el mundo se encuentra inmerso en una rivalidad creciente entre Estados Unidos, China y Rusia. Las tensiones se acumulan desde Europa Oriental hasta el Indo-Pacífico. Los mecanismos de estabilidad heredados de la posguerra muestran señales de agotamiento. La desconfianza entre las grandes potencias aumenta cada año.
En ese contexto, Venezuela aparece como un caso de estudio sobre las consecuencias de no comprender a tiempo la dinámica profunda de la historia.
La tragedia no consiste únicamente en haber perdido una oportunidad estratégica. La tragedia consiste en haber creído que la oportunidad podía esperar indefinidamente.
La historia demostró lo contrario. Y cuando la realidad finalmente golpeó la puerta, ya era demasiado tarde para construir los instrumentos de poder que nunca fueron creados. Mientras las grandes potencias se aproximan a una confrontación cada vez más peligrosa, la humanidad observa nuevamente cómo los errores de cálculo geopolítico pueden acercar al mundo a escenarios que muchos creían pertenecientes al pasado. Porque cuando el equilibrio desaparece, no surge necesariamente la paz. Con frecuencia surge algo mucho más inquietante: la posibilidad de una crisis global fuera de control.

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