El espejismo de las palabras y el fin de la ilusión soberana (I)


 Por: Ricardo Abud

Introducción: La autopsia de una ilusión

La historia no suele perdonar a quienes confunden sus deseos con la realidad, y mucho menos a quienes sustituyen la estrategia por la retórica. Durante un cuarto de siglo, Venezuela se convirtió en el epicentro de un proyecto que aspiraba a desafiar el orden mundial, basando su existencia en la promesa de una soberanía inquebrantable y el apoyo de potencias llamadas a transformar el tablero geopolítico.

Sin embargo, los eventos de la madrugada del 3 de enero de 2026 no fueron un accidente, sino el colapso inevitable de una estructura sostenida sobre cimientos de espejismos.

Esta serie de cuatro artículos no pretende ser una crónica de la derrota, sino un ejercicio de autopsia política. A través de sus páginas, analizaremos el abismo que separa la capacidad de nombrar el poder de la capacidad real de ejercerlo. Desentrañaremos el peso ineludible de una realidad hemisférica que nunca dejó de gravitar sobre nosotros, desnudaremos la ingenuidad estratégica de creer que la denuncia es una herramienta de defensa y, finalmente, expondremos la cruda anatomía de una traición anunciada: el silencio de aquellos aliados que, en el momento decisivo, prefirieron la frialdad del cálculo racional sobre la lealtad ideológica.

Lo que aquí se presenta es una reflexión necesaria sobre el fin de una era. No se trata de despreciar los ideales de independencia, sino de comprender, con la dolorosa claridad que solo ofrecen los escombros, por qué nuestra soberanía se convirtió en un cascarón que se fragmentó al primer impacto. Porque en el ajedrez de las naciones, la soberanía no se reclama en los estrados diplomáticos; se impone con la inteligencia de quien comprende las reglas del poder antes de intentar, con un costo trágico, romperlas.

El espejismo de las palabras y el fin de la ilusión soberana (I)

Hay una distinción que, en la comodidad de los salones académicos y en el fragor de los mítines políticos, rara vez nos detenemos a examinar: la brecha abismal que separa la capacidad de nombrar el poder de la capacidad real de ejercerlo. Cuando el sistema internacional nos obliga a enfrentar esa distinción, lo hace con una frialdad y una crueldad que resultan devastadoras. 

Durante el último cuarto de siglo, vivimos inmersos en una narrativa de desafío permanente, una retórica antiimperialista que, por su intensidad, por su omnipresencia y por la pasión con la que fue abrazada, terminamos confundiendo, peligrosamente, con una política exterior coherente y sustentable. Nos acostumbramos a creer que la legitimidad moral de nuestras causas, que el simple hecho de tener la razón histórica o de denunciar los atropellos del orden establecido, funcionaba como un escudo metafísico contra la dureza de un mundo que no se rige por la justicia, sino por el crudo y frío equilibrio de fuerzas. Ese fue, sin lugar a dudas, el primer eslabón de una cadena de errores de cálculo que terminaron por desmantelar el proyecto bolivariano.

Imaginamos, con una mezcla de esperanza y soberbia, un orden mundial multipolar. Visualizamos un tablero donde las piezas del ajedrez geopolítico se reorganizaban, abriéndonos pasillos estratégicos para navegar hacia una emancipación definitiva respecto a la histórica tutela estadounidense. Y, siendo justos, el diagnóstico inicial no estaba equivocado: el mundo estaba, efectivamente, en pleno proceso de mutación. China emergió como un gigante económico de una escala sin precedentes, un actor que no pedía permiso para expandir su influencia; Rusia, por su parte, trabajaba con sigilo y determinación para reconstituirse como un contrapeso global tras los años de humillación post-soviética. 

La dirigencia bolivariana vio este movimiento de placas tectónicas, lo señaló con orgullo y lo convirtió en el eje central de su identidad política. Pero allí cometimos el pecado original de la estrategia: confundimos el mapa con el territorio. Saber hacia dónde soplaba el viento, identificar las corrientes de cambio, no es lo mismo que haber tenido la previsión de construir un barco capaz de soportar la tormenta. Nos quedamos mirando el horizonte, maravillados por la posibilidad del cambio, mientras olvidábamos asegurar las vigas de nuestro propio casco.

Nos refugiamos, casi como un mecanismo de defensa psicológico, en la denuncia sistemática. Creímos, contra toda evidencia histórica, que señalar las injusticias del sistema era el equivalente a transformarlas. Fuimos incapaces de comprender que, en el ajedrez de las naciones, el discurso, por más elevado y movilizador que sea, solo adquiere valor cuando está respaldado por una capacidad tangible de daño o, al menos, por una capacidad creíble de disuasión. 

La prueba de esta desconexión fatídica llegó en la madrugada del 3 de enero de 2026, una fecha que ya queda marcada como el fin del espejismo. Cuando los misiles estadounidenses impactaron contra nuestras instalaciones clave, no hubo lugar para las consignas. No buscamos refugio tras una arquitectura de seguridad compartida ni activamos una cláusula de defensa mutua que hiciera que el atacante, por un segundo, se pensara dos veces el costo político y militar de su acción. La última línea de defensa no fue un complejo de misiles de última generación ni una red de radares operada por aliados de peso; la realidad se redujo a la mínima expresión: apenas un número de  escoltas cubanos y venezolanos, hombres que cumplían su deber, pero que estaban condenados de antemano ante una fuerza desproporcionada.

Es una imagen desoladora que encapsula, con una precisión casi quirúrgica, el fracaso de toda una era. Treinta y dos de aquellos hombres perdieron la vida intentando proteger a un gobierno que, en su retórica, se creía blindado por los poderosos del mundo, pero que en la realidad del conflicto, quedó solo. La soberanía que se limita al terreno de las declaraciones, que se construye con palabras y no con acero, con comunicados de prensa y no con capacidades tácticas, es una soberanía hueca. 

Es un cascarón que se fragmenta al primer impacto. No estamos aquí para despreciar los ideales de independencia, ni para negar que las intenciones originales pudieron ser nobles; al contrario, este análisis es una autopsia necesaria de un proyecto que tuvo en sus manos las condiciones históricas más envidiables de América Latina un ciclo de precios petroleros que superó cualquier expectativa, recursos minerales inabarcables, una posición geográfica que controlaba corredores vitales y que, en lugar de convertir toda esa riqueza en una póliza de seguro contra la hegemonía, la dispersó en la ilusión de un frente interno que se desmoronaba mientras el mundo nos observaba.

Ahora que el humo comienza a disiparse y la cruda luz de la realidad nos obliga a mirar los escombros, queda la lección más amarga de todas: la historia no perdona la improvisación. Confundir el síntoma con la cura, la denuncia con la política de Estado y la movilización emocional con la estrategia exterior nos dejó, literalmente, desarmados. Lo que vivimos aquel 3 de enero no fue un accidente de la historia ni un imprevisto; fue el desenlace lógico de una política que pasó dos décadas gritando hacia el cielo mientras olvidaba cimentar, con seriedad y realismo, el suelo que pisaba. 

Debemos preguntarnos, con una honestidad que duela, qué habría pasado si hubiéramos cambiado la épica del discurso por la construcción de un Estado capaz de sostener su voz con hechos verificables. Quizás, solo quizás, habríamos entendido a tiempo que la soberanía no es un eslogan que se repite, sino una capacidad que se ejerce. La historia no se transforma con palabras, se transforma con la inteligencia de comprender las reglas del poder antes de intentar, de manera tan trágica y fallida, romperlas.

NO HAY NADA MÁS EXCLUYENTE QUE SER POBRE


Publicar un comentario

0 Comentarios