Por: Ricardo Abud
La Doctrina Monroe no es un documento de museo, ni un vestigio polvoriento de 1823 que podamos simplemente archivar y relegar al olvido. Es, lamentablemente, el lenguaje gramatical y existencial con el que Estados Unidos ha escrito el destino de este hemisferio durante más de dos siglos.
Muchos, en un ejercicio de optimismo peligroso, quisieron verla como una ideología caduca, un fantasma del pasado que la historia, en su avance imparable, había dejado atrás. Sin embargo, los hechos han demostrado que estamos ante una constante de comportamiento, una suerte de instinto de preservación geopolítica que se activa con una precisión mecánica, sin importar quién ocupe la Oficina Oval o cuál sea el color partidista que predomine en Washington.
La resistencia sistemática a la presencia de potencias rivales en esta parte del mundo no es una preferencia política pasajera; es un hecho estructural, una ley de gravedad hemisférica que no admite excepciones ni excepciones diplomáticas.
Hemos sido testigos presenciales de cómo este guión se ha ido desplegando, acto tras acto, durante toda nuestra historia moderna. Cuando Jacobo Árbenz fue derrocado en Guatemala para frenar una reforma agraria que se interpretó como una apertura a la influencia soviética, cuando los misiles tuvieron que ser retirados de Cuba tras el borde del abismo nuclear, o cuando las intervenciones en Chile y República Dominicana marcaron a fuego nuestra soberanía, el patrón ya estaba trazado con una claridad meridiana. Estados Unidos no tolera la entrada de competidores estratégicos ya sean nucleares o convencionales, ideológicos o económicos en lo que considera su zona de influencia natural.
Lo más trágico, y quizás lo más difícil de confesar, es que la dirigencia bolivariana conocía esta historia de memoria; la invocaban en cada discurso, la agitaban como una bandera para movilizar a las masas y la usaban como el pilar fundamental para justificar su enfrentamiento dialéctico con el norte. Pero, con una ingenuidad que raya en lo criminal, actuaron como si el simple acto de nombrar y denunciar esa historia fuera un talismán, un conjuro suficiente para inmunizarse contra ella. Creímos que, por conocer al enemigo, ya estábamos protegidos de sus mecanismos.
La erosión de nuestra soberanía, lejos de ser un fenómeno repentino, comenzó mucho antes de la madrugada del 3 de enero de 2026. Fue un proceso de demolición silencioso, un goteo constante de afrentas que normalizamos por pura incapacidad de respuesta. Cada vez que un dron militar estadounidense cruzaba nuestro espacio aéreo, violando nuestra integridad territorial sin encontrar un radar que lo bloquease o una batería que lo disuadiese, se estaba escribiendo, palabra por palabra, el acta final de nuestra autonomía.
Cada vez que interceptaban un tanquero petrolero nuestro en aguas internacionales y la respuesta oficial se limitaba a emitir un comunicado de protesta un papel mojado frente a la fuerza naval, estábamos cediendo un milímetro más de nuestra libertad, convirtiéndonos en una pieza de ajedrez que el otro podía mover a su antojo. Fuimos testigos, casi con una parálisis hipnótica, de cómo nos transformábamos en un protectorado de facto mucho antes de que cayera la primera bomba.
Esa es la naturaleza cruel y aritmética de la soberanía: o se ejerce y se defiende con todos los recursos disponibles, o simplemente se desvanece. Al no responder a las pequeñas provocaciones, al aceptar el ninguneo sistemático como una condición inevitable de nuestro tiempo, le enseñamos a la potencia dominante que podíamos ser intervenidos con total impunidad.
La operación del 3 de enero no fue, en realidad, un hecho extraordinario; fue el desenlace técnico y frío de un proceso que nosotros mismos permitimos que madurara. Fuimos el laboratorio de una constante geopolítica que decidimos, por orgullo o por negligencia, ignorar. Debemos entender que la soberanía no es un concepto negociable en foros diplomáticos ni una idea abstracta que se protege con retórica; es, en última instancia, la capacidad material de hacer que el costo de invadir tu territorio sea más alto, más doloroso y más complejo de lo que el invasor está dispuesto a aceptar.
Nos engañamos creyendo que el tiempo corría a nuestro favor, que la emergencia de un mundo multipolar nos daría un respiro natural, una suerte de escudo que nos permitiría sobrevivir sin cambiar nuestra conducta. Pero mientras nos perdíamos en la retórica del "patio trasero" y en la construcción de una identidad basada en la resistencia, Washington estaba midiendo con frialdad nuestra capacidad de respuesta, mapeando nuestra infraestructura crítica y poniendo a prueba nuestra determinación real. Cada dron, cada buque interceptado, fueron ejercicios de tanteo.
Fueron pruebas de estrés que, al no encontrar obstáculos reales, terminaron por convencernos y, lo que es peor, convencernos a ellos de que el 3 de enero era posible, ejecutable y, sobre todo, rentable. Hoy, la lección es un espejo roto frente a nosotros. Comprender la historia, tenerla en la cabeza y citarla en los libros no es lo mismo que cambiar su curso. La Doctrina Monroe no es una opción política que podamos rechazar con un decreto; es una realidad tectónica que, si no aprendemos a navegar con una estrategia basada en el poder real y no en los deseos, termina por enterrar nuestros proyectos bajo el peso abrumador de una hegemonía que nunca ha dejado de estar ahí, acechando, esperando el momento exacto para reafirmar su dominio sobre nuestro destino. A todo esto es necesario sumar las traiciones internas.
Nota: Primer articulo: https://chamosaurio.blogspot.com/2026/06/el-espejismo-de-las-palabras-y-el-fin.html
NO HAY NADA MÁS EXCLUYENTE QUE SER POBRE

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