Devastada. Venezuela y el crimen de llevar un país a la ruina

 



Por:Ricardo Abud

Devastar no es descuidar. No es gestionar mal. No es tomar decisiones equivocadas con buena intención. Devastar es arrasar. Es dejar en ruinas lo que existía. Es un acto que tiene una dirección, una sistematicidad y unos beneficiarios concretos aunque nadie los nombre en voz alta. Venezuela fue devastada. Y la diferencia entre decir que Venezuela fracasó y decir que Venezuela fue devastada es la diferencia entre un accidente y un crimen.

Un país con las reservas petroleras más grandes del planeta, con recursos hídricos extraordinarios, con tierra agrícola fértil, con una posición geográfica estratégica, con una población educada y con una clase técnica y profesional formada no llega a la ruina por mala suerte ni por fuerzas inevitables. Llega a la ruina cuando sobre él actúan de manera sostenida y simultánea la corrupción organizada, la impunidad institucionalizada, la incompetencia protegida y la voracidad sin límite de quienes convirtieron el ejercicio del poder en el negocio más rentable de su vida.

La riqueza de Venezuela no la salvó. La hizo más vulnerable. Porque donde hay más recursos hay más que robar, y donde hay más que robar sin consecuencias el saqueo no tiene razón para detenerse. Durante años fluyó hacia las arcas del Estado un volumen de dinero que habría bastado para transformar de manera definitiva cada rincón del país. Ese dinero no desapareció por abstracción. Fue tomado. Fue desviado con deliberación, con mecanismos construidos para ese fin, con la complicidad de quienes tenían la obligación institucional de impedirlo y eligieron participar en lugar de resistir.

La infraestructura que debía mantenerse con ese dinero se fue cayendo a pedazos en tiempo real mientras los presupuestos asignados para sostenerla alimentaban cuentas que no tenían nada que ver con el país. Las plantas eléctricas se apagaron. Los sistemas de agua se secaron. Las refinerías se oxidaron. Los hospitales se vaciaron de medicamentos y equipos. Las carreteras se desintegraron. Las industrias expropiadas en nombre del pueblo fueron entregadas al abandono sistemático hasta que dejaron de producir, dejaron de funcionar y dejaron de existir como activos reales. Todo eso ocurrió mientras se firmaban contratos, se aprobaban partidas presupuestarias y se pronunciaban discursos sobre la transformación del país.

Lo que hace a esta devastación particularmente atroz es su dimensión humana. Venezuela no perdió solo infraestructura ni solo instituciones ni solo capacidad productiva. Perdió a su gente. Más de ocho millones de personas abandonaron el país empujadas por una miseria que no era inevitable sino fabricada. Médicos que ya no podían ejercer. Ingenieros que ya no tenían dónde trabajar. Maestros que no podían sostener a sus familias con lo que ganaban. Jóvenes que crecieron viendo que el esfuerzo y la formación no conducían a ningún lugar dentro de sus propias fronteras. Familias enteras dispersadas por el continente y por el mundo, llevando a Venezuela como una cicatriz y dejando atrás un país que se vaciaba de la única riqueza que no se puede comprar con petróleo.

Ese éxodo no fue una consecuencia colateral. Fue el resultado directo y predecible de haber destruido las condiciones que hacen posible la vida digna dentro de un territorio. Cuando un país no puede garantizar electricidad, agua, alimentación, salud, seguridad ni futuro, su población no se queda a esperar. Se va. Y cuando se va en las proporciones en que se fue la población venezolana, lo que queda no es un país herido. Es un país vaciado.

La ruina de Venezuela tiene rostros concretos aunque no se los nombre aquí. Tiene decisiones específicas que se tomaron sabiendo sus consecuencias. Tiene contratos firmados que nunca produjeron la obra prometida. Tiene obras comenzadas que nunca se terminaron. Tiene empresas intervenidas que nunca volvieron a producir. Tiene fondos creados que nunca rindieron cuentas. Tiene controles institucionales que fueron desactivados uno por uno hasta que el saqueo pudo operar sin obstáculos. Nada de eso fue accidental. La acumulación de tantas decisiones en la misma dirección durante tanto tiempo no puede explicarse como error. Solo puede explicarse como método.

Y el método funcionó. Funcionó para quienes lo diseñaron y lo ejecutaron. El país quedó en ruinas pero hubo quienes se enriquecieron en proporciones obscenas mientras las ruinas se acumulaban. Esa es la verdad más dura de la devastación venezolana: no fue un fracaso para todos. Para la mayoría fue una catástrofe. Para una minoría fue el negocio de su vida. Y mientras esa asimetría no se nombre con claridad, cualquier análisis de lo que le ocurrió a Venezuela estará incompleto.

Lo que queda hoy no admite diagnósticos suavizados. Venezuela no está en crisis. Venezuela está en ruinas. Y las ruinas no se administran ni se reforman. Las ruinas se reconstruyen desde el suelo, con recursos que no existen, con instituciones que no funcionan, con talento humano que se fue y no tiene razones concretas para volver, y con una confianza colectiva que fue destruida tan metódicamente como todo lo demás.

Devastada. Llevada a la ruina. No por el destino ni por la historia ni por fuerzas abstractas. Por decisiones humanas, concretas, sostenidas y protegidas. Esa es la frase que Venezuela merece y que con demasiada frecuencia el análisis político evita pronunciar con toda su crudeza.

NO HAY NADA MÁS EXCLUYENTE QUE SER POBRE

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