Por: Ricardo Abud
Cualquier discurso que prometa la recuperación de Venezuela en un horizonte cercano es, en el mejor de los casos, ignorancia y en el peor, otra forma de manipulación.
El país no enfrenta una crisis coyuntural que se resuelva con un cambio de gobierno, un acuerdo de inversión o un ciclo favorable de precios petroleros. Enfrenta un colapso estructural de décadas que destruyó simultáneamente tres cosas que no se reconstruyen de prisa: el capital físico, el capital humano y la confianza institucional.El capital físico es el más visible y el más contundente en su evidencia. La infraestructura eléctrica, petrolera, de agua, de transporte y de telecomunicaciones no está dañada, está destruida en proporciones que exigen inversiones masivas sostenidas durante lustros. No hay parche presupuestario que resuelva lo que requiere reconstrucción completa. Las plantas eléctricas no se restauran con voluntad política. Las refinerías no vuelven a operar con discursos. Los sistemas de agua potable no se rehabilitan con decretos. Todo eso exige dinero real, tecnología real, tiempo real y, sobre todo, instituciones reales capaces de ejecutar sin robar lo que se les confía. Ninguna de esas cuatro condiciones existe hoy en Venezuela en la escala que la reconstrucción demanda.
El capital humano es el daño más silencioso y el más difícil de revertir. Venezuela perdió en la última década una proporción de su población activa, educada y técnicamente formada que no tiene precedentes en la historia latinoamericana fuera de contextos de guerra abierta. Los médicos, ingenieros, técnicos, maestros, investigadores y emprendedores que se fueron no se reemplazan con programas de repatriación. Una persona que construyó su vida en otro país, que formó familia, que desarrolló carrera, que echó raíces, no regresa porque alguien le pida que lo haga. Regresa, si regresa, cuando las condiciones materiales e institucionales del país ofrecen algo concreto y sostenible, y ese momento no está próximo bajo ningún escenario realista.
La confianza institucional es quizás la herida más profunda porque es la que hace posibles todas las demás recuperaciones. Sin instituciones creíbles no hay inversión extranjera seria. Sin inversión no hay reconstrucción de infraestructura. Sin infraestructura no hay economía productiva. Sin economía productiva no hay razones para que el talento regrese. El ciclo es cerrado y vicioso, y romperlo exige décadas de comportamiento institucional consistente que genere credibilidad acumulada. Esa credibilidad no se decreta, no se anuncia en una cumbre y no se produce en un período presidencial.
Lo que hace particularmente peligroso el momento actual es que el espacio político venezolano, tanto desde el poder como desde la oposición, sigue operando con una retórica de soluciones que no corresponde a la magnitud real del problema. Se habla de planes de recuperación, de inversiones que llegarán, de acuerdos que cambiarán el panorama, de elecciones que abrirán una nueva era. Todo eso puede tener o no relevancia política, pero ninguno de esos procesos toca el fondo del problema: Venezuela necesita una reconstrucción de Estado de una envergadura que ningún actor político venezolano actual tiene la capacidad técnica, financiera ni institucional de liderar solo.
Los países que han atravesado colapsos comparables, y los ejemplos existen aunque ninguno es idéntico, tardaron entre veinte y cuarenta años en estabilizarse en niveles que pudieran llamarse dignos. Y lo lograron con condiciones que Venezuela hoy no tiene: acuerdos políticos amplios y sostenidos, cooperación internacional estructurada sin condicionalidades humillantes, liderazgos capaces de postponer el beneficio político inmediato en favor de la reconstrucción de largo plazo, y poblaciones que no habían sido fragmentadas por la emigración masiva ni envenenadas por dos décadas de polarización radical.
La honestidad que Venezuela necesita y que casi nadie le ofrece es esta: el sufrimiento que vive hoy su población no tiene solución rápida. No la tiene con este gobierno ni la tendría con el que venga. No la tiene con petróleo caro ni con inversión extranjera entusiasta. No la tiene con ningún líder que hoy esté en el escenario político venezolano prometiendo que en su mandato las cosas cambiarán. El daño acumulado es demasiado profundo, demasiado extenso y demasiado sistémico para responder a remedios de ciclo corto.
Reconocer eso no es pesimismo ni es rendición. Es el único punto de partida honesto desde el cual puede comenzarse a construir algo que dure. Todo lo demás es, una vez más, espejismo.
NO HAY NADA MÁS EXCLUYENTE QUE SER POBRE

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