De la planificación al abismo: La estrategia del Comando Sur frente a Venezuela.


 Por: Ricardo Abud

La planificación estratégica consiste en definir objetivos de largo plazo, analizar el entorno, establecer prioridades y diseñar un plan para alcanzar esos objetivos de manera eficiente.

La paciencia estratégica es la capacidad de mantener el rumbo hacia esos objetivos a largo plazo, incluso cuando los resultados tardan en llegar o surgen obstáculos. Implica evitar decisiones impulsivas y comprender que algunas metas requieren tiempo, adaptación y perseverancia.

En otras palabras, la planificación estratégica responde a la pregunta "¿qué queremos lograr y cómo lo haremos?", mientras que la paciencia estratégica responde a "¿cómo mantenemos el compromiso con ese plan a lo largo del tiempo, sin abandonar la estrategia por presiones o resultados inmediatos?"

Ahora bien en este contexto, la "paciencia estratégica" que invoca el general Craig Faller al frente del Comando Sur de EE.UU. no es un compás de espera pasivo, sino el tiempo calculado de una partida de ajedrez geopolítico. Sus palabras, "aplicación coherente de todos los aspectos que hemos planificado", delatan un manual de operaciones multifase que, lejos de ser hipotético, encuentra su caldo de cultivo perfecto en la vulnerabilidad extrema que hoy padece Venezuela. El doblete sísmico del 24 de junio de 2026, con magnitudes de 7,2 y 7,5 y epicentro en Yaracuy, no solo sacudió la infraestructura física del país, sino que terminó de colapsar los pilares sobre los que se sostenía la estabilidad interna. Lo que antes era un "terremoto metafórico" de sanciones y crisis económica es hoy un desastre humanitario real que ha reescrito las reglas del juego tras el sismo político, económico y social que ha sacudido su estructura interna.

Esta nueva realidad ha transformado la crisis en una carrera contra el reloj donde la arquitectura del Estado ha dejado de ser un ente funcional para convertirse en un esqueleto expuesto. Mientras las facciones internas intentan contener el derrumbe de los servicios básicos, la estrategia de "paciencia" del Comando Sur se beneficia de esta fragmentación: el Estado ya no tiene la capacidad técnica ni financiera para una reconstrucción soberana, lo que obliga a cualquier actor sobreviviente a buscar asistencia externa.

La paradoja es absoluta: el terremoto no dejó el terreno despejado, sino minado por la urgencia de la supervivencia. Cualquier intento de auxilio humanitario o reconstrucción institucional se convierte, bajo esta lente, en una maniobra de posicionamiento geopolítico. Washington no necesita precipitar el colapso final; le basta con observar cómo las piezas se reacomodan en medio de los escombros. La paciencia estratégica se ha convertido en el arte de gestionar la ingobernabilidad: vigilar que el vacío de poder sea lo suficientemente profundo como para hacer inevitable una renegociación bajo sus términos, pero evitando que la crisis desborde en un caos incontrolable que sus adversarios (Rusia y China) logren capitalizar antes de que las fichas estén puestas. En este tablero post-sismo, la reconstrucción no es un fin social, sino la nueva moneda de cambio en la disputa por el control definitivo del territorio.

Este terremoto, aunque no de placas tectónicas sino de sanciones, hiperinflación y migración forzada, ha abierto grietas profundas en los cuatro pilares que Faller y sus estrategas identifican como puntos de quiebre: el bienestar social, la cohesión militar, la base política del chavismo y la arquitectura institucional del Estado.

  1. El deterioro del bienestar social no es un daño colateral, sino una línea de avance deliberada. Cuando la población carece de electricidad fiable, agua potable o alimentos básicos, la desesperanza erosiona cualquier lealtad colectiva. Esa fragilidad cotidiana,visible en apagones que paralizan hospitales y escuelas,fabrica el descontento necesario para que cualquier promesa de cambio, incluso la injerencia extranjera, parezca una tabla de salvación. 
  2. Al mismo tiempo, la división de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana se cultiva mediante narrativas que enfrentan a los cuerpos de oficiales con la tropa, y a los comandantes leales con los que ven en la cooperación militar con Rusia o China una garantía de supervivencia. Faller sabe que un ejército fracturado no es un disuasivo, sino un archipiélago de facciones que pueden ser cooptadas o neutralizadas sin necesidad de un desembarco masivo.
  3. La disolución social del chavismo, por su parte, no implica solo el desgaste electoral, sino la atomización de sus redes de base, los consejos comunales y la militancia callejera que otrora fueron su columna vertebral. Las sanciones financieras y la asfixia petrolera no castigan al gobierno; castigan la capacidad de ese movimiento para redistribuir recursos y mantener su pacto clientelar, volviendo inviable su reproducción como proyecto histórico. 
  4. Paralelamente, cuestionar y socavar la institucionalidad, desmontar el Tribunal Supremo, el Consejo Nacional Electoral, la Asamblea Nacional vaciada de crear vacíos de legitimidad que sólo puede llenarse desde fuera, porque desde dentro ya no hay árbitro creíble. Esta cuadratura de crisis convierte a Venezuela en un Estado fallido en cámara lenta, donde la intervención no sería un golpe brusco, sino la culminación de un cerco ya instalado.

Sin embargo, la contradicción de esta "paciencia" es que el terremoto no ha dejado el terreno despejado, sino minado. La intervención rápida que Faller podría desear choca con la imprevisibilidad de una respuesta de  actores externos que han sembrado asesores militares, líneas de crédito y acuerdos de cooperación en inteligencia que convertirían cualquier asalto directo en un escenario de riesgo de escalada global. 

Así, la vulnerabilidad venezolana es a la vez el blanco y el escudo: el caos permite la desestabilización, pero también atrae fuerzas externas que compiten por llenar el vacío, volviendo cada movimiento de EE.UU. un acto de alto voltaje. La estrategia de Faller, por tanto, no busca un desenlace rápido, sino la consolidación de un colapso tan profundo que la única salida sea la renegociación del poder con Washington como garante, aprovechando que el terremoto ya hizo el trabajo sucio. Mientras los escombros institucionales humean, la paciencia estratégica no espera que el edificio caiga,solo vigila que nadie lo reconstruya antes de que sea demasiado tarde.

NO HAY NADA MÁS EXCLUYENTE QUE SER POBRE 


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