Maria Corina Machado y el servilismo político, para alcanzar el poder.

 


Por: Ricardo Abud

La historia política está plagada de ejemplos donde la ambición de alcanzar el poder se entrelazan peligrosamente con el deseo de venganza. Este fenómeno, que trasciende fronteras y épocas, plantea interrogantes fundamentales sobre la naturaleza del liderazgo y las motivaciones que impulsan a quienes aspiran a dirigir naciones en crisis.


Cuando un líder político muestra signos de desesperación por alcanzar el poder, inevitablemente surgen dudas sobre la verdadera naturaleza de sus intenciones. La desesperación, ese estado de urgencia que nubla el juicio y distorsiona las prioridades, puede transformar incluso las causas más nobles en empresas cuestionables. Un líder que busca el poder con tal intensidad que está dispuesto a cualquier concesión, a cualquier alianza, revela quizás más sobre sus propias necesidades que sobre su compromiso con el bien común.


Esta urgencia por gobernar adquiere dimensiones aún más preocupantes cuando se sospecha que está motivada, al menos en parte, por el deseo de ajustar cuentas. La venganza política, esa tentación ancestral representa uno de los venenos más corrosivos para cualquier proyecto democrático. Cuando el anhelo de reparación se confunde con el deseo de retribución, cuando la justicia se convierte en un eufemismo para la revancha, el ciclo de violencia política se perpetúa indefinidamente.


El servilismo político de María Corina Machado hacia Donald Trump representa uno de los episodios más vergonzosos del oportunismo en la política latinoamericana contemporánea. Las palabras de los analistas noruegos, "patético", "absolutamente desesperada", no son juicios ligeros sino diagnósticos precisos de una degradación moral que merece examinarse sin eufemismos.


Observar a una figura política adularse ante potencias extranjeras, mendigar reconocimiento, prostituir su discurso para alinearse con quien sea que pueda ofrecerle un camino al poder, es presenciar la muerte de la dignidad política. No estamos hablando de diplomacia estratégica ni de búsqueda legítima de alianzas. Estamos hablando de "jalabolismo" puro y duro: la disposición a decir, hacer o prometer lo que sea necesario para obtener el favor de quien tiene poder.


Cuando Machado se arrastra ante Trump, un personaje de dudosa reputación democrática, condenado judicialmente, acusado de incitar insurrección, señalado de pedofilia, no está haciendo política exterior. Está haciendo una transacción: su dignidad y la soberanía de su eventual proyecto político a cambio de una palmadita en la espalda y quizás un tuit de apoyo.


Particularmente revelador resulta el detalle de cómo Trump la recibió: por la puerta trasera, como se recibe a quien no merece la dignidad de la entrada principal. El simbolismo es devastador. Incluso en su momento de "triunfo", ella le entrega la placa y la medalla, obtenida en Oslo, Machado tuvo que aceptar el agravio de la puerta de servicio.


¿Y por qué Trump aceptó recibirla? La respuesta es cínicamente simple: porque sabía que obtendría reconocimientos simbólicos que alimentan su ego insaciable sin costo alguno. Una placa, una medalla, baratijas para la foto que no compromete nada sustancial. Trump colecciona estos trofeos de vanidad como quien acumula participaciones en torneos infantiles.


Pero aquí está el verdadero golpe maestro de cinismo: "Machado se quedó con los 10 millones de dólares del premio". No es pendeja. Le entregó a Trump las chucherías simbólicas, la placa brillante, la medalla para su vitrina de narcisismo, mientras ella embolsó el dinero contante y sonante. Es el negocio perfecto para ambos: Trump obtiene combustible para su ego y contenido propagandístico, Machado consigue la foto con el hombre poderoso y, de paso, 10 millones de dólares.


Esta transacción resume a la perfección la naturaleza del oportunismo calculado de Machado. Acepta la humillación de la puerta trasera, se rebaja al espectáculo servil, regala los símbolos vacíos que Trump tanto valora, pero asegura el botín económico. Es pragmatismo sin principios: suficientemente astuta para no regalar el dinero, suficientemente desesperada para aceptar cualquier degradación con tal de obtener la validación del poderoso. 


Lo verdaderamente perverso es cómo Machado envuelve esta obsesión personal por el poder en el lenguaje de la democracia y la libertad. Cada gesto servil se vende como "lucha por Venezuela". Cada concesión a intereses extranjeros se disfraza de "estrategia internacional". Cada acto de subordinación se mercadea como "valentía".


Esta perversión del lenguaje político no es accidental. Es calculada. Permite que la ambición desmedida se presente como sacrificio heroico, que el oportunismo se disfrace de pragmatismo, que la desesperación por poder se venda como pasión por la causa.


Lo que los analistas noruegos identifican correctamente es un patrón: Machado no construye poder autónomo, lo mendiga. No genera legitimidad desde bases sociales sólidas, la importa de validaciones externas. No articula un proyecto político sostenible, manufactura espectáculos mediáticos.


Este patrón revela algo fundamental: "la ausencia de sustancia política real". Quién tiene verdadero arraigo popular, quien ha construido movimiento social genuino, quien posee proyecto político sólido, no necesita arrastrarse ante figuras extranjeras controvertidas rogando por migajas de reconocimiento.


La desesperación que observan los noruegos no es circunstancial; es estructural. Es el síntoma de alguien que sabe que su capital político es endeble, que su apoyo interno es insuficiente, que sin muletas internacionales su proyecto se desmorona. Concluyen que se han equivocado. 


¿Qué tipo de gobernante sería alguien que llega al poder mediante servilismo, dependencia externa y obsesión personal? La respuesta es obvia: alguien que gobernaría exactamente de la misma manera en que llegó al poder.


La venganza sería inevitable. No por convicción ideológica sino por necesidad psicológica. Quien ha tenido que humillarse, arrastrarse, mendigar, esperar desesperadamente durante años, acumula un resentimiento que eventualmente explotará. Y cuando explote, no distinguirá entre culpables e inocentes, entre justicia y retribución, entre transformación y destrucción. Su odio a Venezuela y su gente es total. 


La historia latinoamericana se ha visto marcada cíclicamente por figuras que ascienden al poder bajo la promesa de democratización, pero que, impulsadas por el resentimiento y obsesiones personales, terminan simplemente invirtiendo la polaridad del autoritarismo. Machado encaja en este patrón al manifestar un personalismo extremo donde todo gravita en torno a su figura en lugar de fortalecer instituciones o movimientos colectivos. Esta tendencia se complementa con una constante dependencia de salvadores externos ,desde la administración Bush hasta la de Trump, y un discurso mesiánico que la posiciona como la única salvadora posible para Venezuela. Además, su postura se caracteriza por una nula capacidad de autocrítica y una marcada intolerancia hacia el cuestionamiento, donde cualquier crítica a su estrategia se cataloga de inmediato como una traición a la causa.


Hay algo profundamente degradante en observar a alguien tan transparentemente dispuesta a cualquier cosa por poder. El jalabolismo de Machado hacia Trump no es un incidente aislado; es la culminación de años de estrategia política basada en identificar quién tiene poder y subordinarse a ello completamente.


Esta flexibilidad moral, o más precisamente, esta ausencia de líneas rojas morales, es incompatible con el liderazgo democrático genuino. Quien hoy adula a Trump, mañana adulará a quien sea necesario. Quien hoy promete democracia, mañana la sacrificará si obstaculiza su permanencia en el poder.


Igualmente responsables son quienes, sabiendo todo esto, continúan validando y legitimando esta farsa. Los medios que la presentan como heroína, los políticos que le ofrecen plataformas sin cuestionamiento crítico, los analistas que tratan su obsesión personal como si fuera un proyecto político serio.


Esta complicidad convierte la perversión individual en fenómeno político sistémico. Normaliza el servilismo, legitima el oportunismo, y prepara el terreno para que, si alguna vez llega al poder, su gobierno autoritario ya tenga la infraestructura de justificación construida. Ella nunca llegara al poder.


Si María Corina Machado estuviera genuinamente comprometida con la democracia venezolana y no con su ambición personal de poder, ¿no habría dado un paso al costado hace tiempo para permitir liderazgos menos polarizantes, menos dependientes, menos obsesionados con la figuración personal?


¿No habría construido instituciones opositoras sólidas en lugar de cultos a la personalidad? ¿No habría formado cuadros políticos diversos en lugar de exigir lealtad incondicional a su figura? ¿No habría articulado proyectos colectivos en lugar de campañas centradas en su martirio personal?


El hecho de que ninguna de estas cosas haya ocurrido responde la pregunta sobre sus verdaderas prioridades.


Los analistas noruegos tienen razón: es patético. Es desesperado. Y es profundamente peligroso.


Venezuela no necesita figuras mesiánicas obsesionadas con el poder y dispuesta a cualquier cosa por obtenerlo. 


Lo que necesita son líderes con dignidad suficiente para no arrastrarse ante nadie, con proyecto político lo suficientemente sólido como para no depender de salvadores externos, con humildad suficiente para construir colectivamente en lugar de monopolizar protagonismo, y con integridad suficiente para poner los principios por encima de la ambición personal.


María Corina Machado ha demostrado sistemáticamente que no posee ninguna de estas cualidades. Su desesperación por el poder, visible incluso para observadores europeos distantes, no es el comportamiento de una estadista sino de una aspirante a caudilla dispuesta a cualquier servilismo, incluso venderle su alma al diablo,  con tal de alcanzar su objetivo.


Y eso, efectivamente, es patético.


NO HAY NADA MÁS EXCLUYENTE QUE SER POBRE. 


Publicar un comentario

0 Comentarios