Por: Ricardo Abud
La memoria selectiva como escudo moral en tiempos de fragilidad política
Hablemos de ladrones que critican a ladrones. Los balcones del este de la ciudad brillan hoy con una pulcritud que resulta, cuanto menos, sospechosa. Detrás de cada fachada recién pintada y cada automóvil importado estacionado con un descuido calculado, se esconde una biografía que sus propietarios preferirían incinerar.
Es el escenario de la "Gran Metamorfosis": el espectáculo donde el corrupto regenerado camina con la cabeza en alto, vistiendo trajes de un blanco nuclear que hiere la retina, intentando ocultar el barro que aún mancha sus manos ,invisible solo para quien ha decidido no mirar,.Este fenómeno es una mezcla de hipocresía institucionalizada y desfachatez como estrategia de supervivencia. Aquellos que durante décadas saquearon las arcas públicas, hoy se erigen como paladines de la transparencia. La transformación no es sólo ética, sino geográfica: migraron del oeste al este, de barrios modestos a urbanizaciones exclusivas, cargando un equipaje que no solo contenía dólares, sino una mitología personal fabricada.
"Todo lo conseguí con mi esfuerzo", declaran ante los micrófonos con una solemnidad envidiable. Es la geografía cuántica aplicada a la moral: aparentemente, existe una frontera mágica en la ciudad que funciona como el río Jordán; la cruzas con tus millones mal habidos y emerges bautizado, renovado y virginalmente puro. Los mismos arquitectos de fraudes millonarios hoy señalan con dedo inquisidor al carterista de esquina, como si la ciudad entera padeciera de un Alzheimer colectivo.
Hoy, ante la inestabilidad y el hedor del naufragio político, asistimos a una nueva disciplina olímpica: el deslinde masivo. Aquellos que hasta ayer eran los arquitectos del sistema, los que aplaudían en primera fila y firmaban contratos bajo el amparo del poder, hoy sufren una repentina ceguera ideológica. De la noche a la mañana, nadie conoció al ministro, nadie estuvo en esa fiesta y nadie vio el decreto. Se desmarcan con una velocidad que dejaría en ridículo a un atleta de élite, presentándose como víctimas de un sistema que ellos mismos ayudaron a aceitar. Es el arte de soltar la mano que les dio de comer justo un segundo antes de que caiga la guillotina, pretendiendo que su complicidad fue, en realidad, una forma de "resistencia silenciosa".
La memoria selectiva opera aquí con precisión quirúrgica(Término muy de moda estos días). Funciona como un disco duro que borra automáticamente cualquier archivo comprometedor anterior a su mudanza. Es asombroso: estos individuos pueden olvidar contratos inflados y sobornos sistemáticos, pero recuerdan con nitidez qué desayunaron el martes pasado. Esta amnesia no es una patología clínica, sino una estrategia deliberada: lo que no se recuerda oficialmente, según su lógica perversa, deja de existir en el registro moral.
Lo verdaderamente obsceno alcanza su clímax cuando estos "conversos de la ética" exigen ser aceptados sin preguntas en clubes privados y fundaciones benéficas. Pretenden que sus vecinos ,aquellos que sí construyeron su patrimonio con trabajo legítimo, finjan demencia. Es el teatro del absurdo: el zorro que robó gallinas toda su vida impartiendo ahora seminarios de alta seguridad en gallineros.
Aprovechando la fragilidad política y la desconfianza ciudadana, los antiguos saqueadores detectan una oportunidad dorada: reinventarse como outsiders indignados. Denuncian la podredumbre institucional con la autoridad de quien conoce cada mecanismo de descomposición porque ellos mismos lo aceitaron durante años. Son pirómanos dando conferencias sobre prevención de incendios, o Drácula asumiendo la dirección del banco de sangre.
Mientras tanto, la ciudad está llena de sus "obras de arte" involuntarias: esqueletos de puentes que no llevan a nada, hospitales de varillas oxidadas y escuelas sin techo. Son monumentos al concreto imaginario; el contratista cobró el 100%, construyó el 30% y el resto se evaporó en esa dimensión paralela donde habitan los fondos públicos desaparecidos.
Sin embargo, este mundo es demasiado pequeño y está demasiado documentado para que la farsa sea eterna. Las redes sociales archivan, las hemerotecas digitalizan y los testigos conservan la memoria. La verdad es una fuerza terca que siempre emerge de los sótanos. Un nombre en una investigación vieja o una fotografía comprometedora son grietas que terminan por derrumbar el edificio de mentiras.
La pureza que exhiben en cenas de gala es tan artificial como sus sonrisas de porcelana. Pueden comprar asesores de imagen y complicidades temporales, pero la verdad permanece inalterable: siguen siendo ladrones juzgando a ladrones.
La indignación que generan no nace solo de sus crímenes, sino de la soberbia con la que exigen que pasemos la página sin que medie arrepentimiento ni restitución. No piden perdón; exigen olvido.
Mientras la impunidad sea más barata que una conciencia tranquila, seguirán paseando por el este. Pero su tranquilidad será siempre precaria y su sueño nunca profundo, porque cargan el peso de saberse impostores. Nosotros, los testigos incómodos, tenemos la responsabilidad de recordar. En un país que olvida a sus saqueadores, la historia está condenada a repetirse. El olvido, al igual que la fortuna, debe ganarse honestamente; y las manchas morales, a diferencia de la ropa blanca, no salen con ningún detergente conocido por el hombre.


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