Jesucristo en su dimensión revolucionaria**
Por: Salvador Capote
Hablar de Jesucristo es adentrarse en un tema inagotable, de inabarcables matices. Es como observar un poliedro de infinitas caras en el cual siempre podemos descubrir nuevas facetas, aristas y Ć”ngulos. Para los historiadores confesionales los Evangelios constituyen relatos históricos salpicados de leyendas que hacen mĆ”s fĆ”cil la comprensión del mensaje bĆblico, mientras que para los historiadores no creyentes, los Evangelios son leyendas ubicadas en un marco histórico. Pero pocos dudan actualmente de la historicidad de Jesucristo.
Para los que creemos que un mundo mejor es posible y luchamos por Ć©l, la dimensión que nos une al cristianismo es la dimensión revolucionaria de Jesucristo. Si queremos encontrarnos con JesĆŗs, es mucho mĆ”s fĆ”cil hallarlo junto a los millones de seres humanos que tienen “hambre y sed de justicia” que en la basĆlica sagrada de San Pedro o en cualquiera de las grandes catedrales del mundo. Por eso es importante, tanto para creyentes como para no creyentes, el conocimiento de los Evangelios, porque en las enseƱanzas del Nazareno existe una fuerza emancipadora que es el sustento de la TeologĆa de la Liberación y es capaz de levantar contra los opresores a las grandes masas cristianas de AmĆ©rica Latina.
La vida de Cristo no transcurrió en un periodo de idĆlica paz como se ha querido hacer ver. La “Pax Romana” se imponĆa a sangre y fuego y no sin tenaz resistencia de los pueblos sometidos. Tras la victoria obtenida por los macabeos en el aƱo 164 A.C., Judea logra y mantiene su independencia durante un siglo hasta que cae en 63 A.C. bajo la dominación romana. No obstante, el sentimiento de rebeldĆa siempre se mantuvo latente.
En el aƱo 4 A.C. estalla en JerusalĆ©n una revuelta popular que comienza al destruir un grupo de jóvenes el Ć”guila de oro que Herodes el Grande habĆa hecho colocar encima de la puerta del Templo. A la muerte del sĆ”trapa tiene lugar un perĆodo de caos en todo el paĆs. En el aƱo 6 D.C. Judea es incorporada a Roma y los abusos de los procuradores suscitan una insurrección muy cruenta durante la fiesta de PentecostĆ©s, que se expande a Galilea y a otros territorios. El palacio de Herodes en Jericó fue incendiado. La insurrección termina con una derrota y la crucifixión de 2000 de los rebeldes.
Es en este ambiente de rebeldĆa contra la dominación romana y en la expectativa del MesĆas que habĆan anunciado los profetas, que nace JesĆŗs.
Las mismas circunstancias que rodean su nacimiento tienen ya un potencial subversivo en la jerarquizada estructura social de la Ʃpoca, pues no nace en un palacio sino en un pesebre, no es hijo de reyes o emperadores ni de altos magistrados sino de un humilde carpintero..
Los Evangelios estĆ”n llenos de invectivas y condenas contra los ricos, los poderosos y los explotadores. Son numerosĆsimas las citas bĆblicas en este sentido. RecordarĆ© sólo algunas de las mĆ”s importantes.
Las primeras palabras de JesĆŗs que se conocen (Lucas 4: 16-21) van dirigidas a los pobres y a los oprimidos: “…para evangelizar a los pobres me ha enviado, (…) para libertar a los oprimidos”. En Lucas 6: 20,24: “Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios” y “¡ay de vosotros los ricos porque en las riquezas tenĆ©is vuestra consolación!”. En Lucas 12: 15: “Atended y guardaos de toda codicia”, a continuación, en 16-21, la parĆ”bola del rico necio que solo se preocupaba de comer, beber y darse buena vida. Y en 34 una frase que bien pudiera llevar las firmas de los autores clĆ”sicos del socialismo: “donde estĆ© vuestro tesoro, allĆ estarĆ” tambiĆ©n vuestro corazón”. O dicho en tĆ©rminos marxistas: “Es la existencia social la que determina la conciencia”. Se piensa como se vive, no se vive como se piensa. El rico piensa como rico, el pobre piensa como pobre.
En numerosas ocasiones los Evangelios nos enseƱan que la oposición a JesĆŗs tenĆa una motivación clasista. Por ej., en Lucas 16: 13-14: “No podĆ©is servir a Dios y al Dinero.” “OĆan todas estas cosas los fariseos, que eran amigos del dinero, y hacĆan mofa de Ć©l.” Y en 19-31 la magnĆfica parĆ”bola de LĆ”zaro, el pobre cubierto de Ćŗlceras que lamĆan los perros, y el rico glotón, “que vestĆa pĆŗrpura y lino fino” (¿no visten asĆ los cardenales?) que dio origen al culto a San LĆ”zaro, tan popular en Cuba. Estos y otros muchos ejemplos que podrĆa citar demuestran por quĆ© los Evangelios se convirtieron en una gran amenaza para la iglesia institucional. Cuando San Francisco de AsĆs encarnó la pobreza radical del Evangelio, la jerarquĆa eclesiĆ”stica apoyó a los que querĆan que los franciscanos llevasen una vida mĆ”s “normal”. Cuando, despuĆ©s de la Segunda Guerra Mundial surgieron en Francia, Italia y EspaƱa los llamados “curas obreros” y comenzaron a vivir y a trabajar con el pueblo al que servĆan, fueron suprimidos por el Papa PĆo XII. De igual modo, las comunidades eclesiales de base (CEB) de la TeologĆa de la Liberación fueron desaprobadas por Juan Pablo II. Todo ensayo de vida verdaderamente cristiano se enfrenta a la hostilidad de la alta jerarquĆa tanto de la iglesia católica como de muchas denominaciones evangĆ©licas protestantes.
La imaginerĆa religiosa estĆ” llena de manipulaciones clasistas. La Virgen MarĆa se aparece siempre a gente muy sencilla: la de FĆ”tima a niƱos pastores, la de Guadalupe al indio Juan Diego, la Caridad a tres humildes pescadores pero, con demasiada frecuencia a travĆ©s de la historia, las madonas han llegado a los altares con piel muy blanca, a veces con cabellos rubios y ojos azules, vestidas con ricas y anacrónicas vestiduras del Renacimiento y coronas de piedras preciosas engastadas en oro, como si la madre de JesĆŗs no hubiese sido de etnia judĆa y no hubiera vestido acorde a su Ć©poca, con la sencillez que corresponde a la esposa de un carpintero pobre.
Pero JesĆŗs no sólo atacó a los ricos sino tambiĆ©n a la arrogancia y a la soberbia de los que detentan el poder. Cuando le preguntaron quiĆ©n serĆa mĆ”s grande en el reino de Dios, llamó junto a sĆ a un niƱo y dijo: “el que se hiciere pequeƱo como este niƱo, es el mayor en el reino de los cielos.” Y dice luego algo que para los pedófilos, sobre todo los que tienen bajo su responsabilidad la formación de niƱos, debiera sonar como anatema terrible: “Y quien escandalizare [o sea, quien le robe la inocencia] a uno de estos pequeƱuelos mejor fuera que le colgasen alrededor del cuello una rueda de molino y le sumergiesen en alta mar.”
JesĆŗs ataca, ademĆ”s, la hipocresĆa de los lĆderes espirituales de su tiempo (saduceos, escribas y fariseos) con palabras que bien pudieran aplicarse a ciertos guĆas espirituales de la Iglesia en la actualidad: “AsĆ pues –dice en Mateo 23: 3- todas cuantas cosas os dijeren, hacedlas y guardadlas, mĆ”s no hagĆ”is conforme a sus obras, porque dicen y no hacen.” (o sea, hagan lo que ellos dicen pero no lo que ellos hacen).
DespuĆ©s de la muerte de Cristo, en el aƱo 51, se reunieron en JerusalĆ©n Pedro, Santiago, Pablo y otros apóstoles y acordaron que los que quedasen en la ciudad se dedicarĆan a evangelizar a los circuncisos, es decir, a los judĆos, mientras que Pablo marcharĆa a evangelizar a los paganos. Lo mĆ”s trascendente, me parece, es la recomendación, de los que quedan en JerusalĆ©n, a Pablo y a los que se van. Dice Pablo en GĆ”latas 2: 10: “Sólo nos pidieron que nos acordĆ”semos de los pobres”.
JesĆŗs fue un partidario radical de la igualdad. En la sociedad patriarcal en que vivió ni sus propios discĆpulos podĆan comprender que JesĆŗs tratase a las mujeres en el mismo plano que a los hombres. Todo el mundo conoce el episodio de MarĆa Magdalena a quien, de acuerdo a la tradición, querĆan matarla a pedradas acusĆ”ndola de prostituta. JesĆŗs les dice que el que estĆ© libre de pecado que tire la primera piedra y cuando comienza a escribir en la arena los secretos mĆ”s ocultos de los que querĆan apedrearla todos espantados se fueron retirando. En aquella sociedad era un escĆ”ndalo que las mujeres viajaran siguiendo a JesĆŗs. Sin embargo, muchas lo siguieron a travĆ©s de Galilea.
Las mujeres continuaron jugando un papel relevante en los primeros tiempos del cristianismo. Tuvieron una presencia muchĆsimo mĆ”s activa en las primeras comunidades cristianas que el que habĆan desempeƱado en las sinagogas y el que desempeƱarĆan con posterioridad en las iglesias cristianas. De esto hay abundante prueba documental en las EpĆstolas de San Pablo y en Hechos de los Apóstoles. Un fresco en la pared de la catacumba de Santa Priscila en Roma muestra a una mujer partiendo el pan de la EucaristĆa para otras seis mujeres, privilegio que sólo han tenido posteriormente los sacerdotes hombres.
Las primeras comunidades cristianas han sido, hasta el presente, las sociedades mĆ”s igualitarias que han existido. Representaron una especie de comunismo primitivo en el cual, por supuesto, no existĆan los pobres. En la EpĆstola a los GĆ”latas (3: 28) Pablo afirma: “No hay judĆo ni gentil, no hay esclavo ni libre, no hay varón ni hembra, pues todos vosotros uno sois en Cristo JesĆŗs.”
Hay términos que no deben usarse indiscriminadamente. Tomemos por ejemplo matar y asesinar. En ambos casos el resultado es la muerte de una persona, pero matar estÔ permitido en determinadas circunstancias, digamos en defensa propia, mientras que asesinar nunca.. De igual modo, fuerza y violencia no tienen el mismo significado. Si alguien transgrede la ley y se resiste al arresto, las autoridades aplicarÔn la fuerza necesaria para dominarlo, pero si después de esposado continúan golpeÔndole ya no es fuerza sino violencia. Una revolución que trata de cambiar estructuras que oprimen a la población, estarÔ utilizando la fuerza y no la violencia. En realidad, los que han utilizado siempre, invariablemente, la violencia para mantener sus riquezas y su poder han sido los ricos y los poderosos.
La violencia tiene a su vez distintas manifestaciones: fĆsica, biológica, psicológica, estructural. La mĆ”s importante es esta Ćŗltima, que ocurre cuando los recursos y los poderes de un paĆs estĆ”n desigualmente distribuidos, concentrados en las manos de unos pocos. Estas oligarquĆas ejercen la peor forma de violencia que existe. El hambre que provocan en el mundo, por ejemplo, mata una persona cada 7 segundos. Esta violencia institucionalizada pone la ley, el orden, y con gran frecuencia la religión, a su servicio.
Durante siglos lĆderes religiosos han predicado a los cristianos la resignación, manipulando con este objetivo la frase de JesĆŗs que dice: “si uno te abofetea en la mejilla derecha vuĆ©lvele tambiĆ©n la otra.” Al citar esta frase fuera de contexto, se olvidan del JesĆŗs de otro sitio del Evangelio que tomó el lĆ”tigo y arrojó fuera del Templo a los mercaderes. Y, por cierto, en esta acción utilizó la fuerza necesaria, no la violencia.. ¿O alguien se atreve a decir que Cristo fue violento?.
Algo similar ocurre con el José Martà de los versos de la Rosa Blanca, equivalente a la otra mejilla de Jesús, que sirvió para tratar de limar las aristas revolucionarias al Héroe Nacional de Cuba. Pero en las expediciones que organizó para la guerra necesaria, en la Fernandina por ejemplo, los barcos iban cargados de guerreros, pertrechos y armas, no de flores, y no ciertamente para depositar rosas blancas a los pies de los españoles.
AĆŗn admitiendo que sea cierto todo lo que dicen que JesĆŗs dijo y que las traducciones del arameo al griego, del griego al latĆn, y del latĆn y el griego a todas las demĆ”s lenguas hayan sido honestas y precisas, lo cual serĆa ya de por sĆ un milagro, la tesis que esgrime JesĆŗs a travĆ©s de los Evangelios no es de resignación sino de oposición a la ley hebrea existente con relación a la violencia. La ley que existĆa era la llamada Ley del Talión, que se resume en la frase “Ojo por ojo y diente por diente”. JesĆŗs atacó su fundamento, la venganza, y la relación entre los seres humanos basada Ćŗnicamente en la ley. La Ć©tica del cristiano no era compatible con la Ley del Talión ni tampoco podĆa ser la Ć©tica de la ley sino la Ć©tica del amor al prójimo, pero no de un amor sentimental, sino de un amor radical, exigente, total.
Lo que Cristo demostró es la fuerza de las ideas, invencibles cuando se acompaƱan del ejemplo y del amor, De hecho, sus palabras han sido un lĆ”tigo contra los malvados a travĆ©s de los siglos. ¿QuĆ© significa, por ejemplo, esta frase: “En verdad os digo, cuanto hicisteis con uno de estos hermanos mĆ”s pequeƱos, conmigo lo hicisteis”? (Mateo: 25: 40). Significa que los sacerdotes que abandonan a los pobres, los tele-evangelistas que extraen sus ahorros a los ancianos que embaucan con sus prĆ©dicas, los que asesinan a miembros de otras religiones a causa de su fe, los que discriminan al inmigrante, los que desprecian a los humildes, los que persiguen a otros hombres por las ideas que profesan, estĆ”n abandonando, robando, asesinando, discriminando, despreciando o persiguiendo a JesĆŗs. En este sentido Cristo era un radical, un extremista, el mĆ”s radical y el mĆ”s extremista de todos los revolucionarios que han existido. No utilizó la violencia pero la fuerza de sus palabras era infinita
La violencia existe, es permanente, es consustancial al capitalismo, no la generan los revolucionarios. Las clases y los antagonismos de clase constituyen un hecho social, estructural, forman parte del sistema. La lucha de clases existe, haya o no partidos marxistas. La clase dominante nos impone a todos, cristianos o no, su ideologĆa. Y no existe nada mĆ”s contrario a las enseƱanzas de Cristo que la división de la sociedad en clases. Cualesquiera que sean nuestros criterios con respecto a la lucha de clases, debemos convenir en que no se puede equiparar a la vĆctima con el victimario; no puede haber “negociación”, “entendimiento”, “armonĆa” o “reconciliación” entre las clases cuando una de ellas cuenta con todo el poder, la cultura y la riqueza y la otra sólo con su indefensión y su pobreza. No se logra la paz entre las clases tratando de pacificar a los pobres.
En su etapa insurreccional, la revolución tendrÔ que utilizar la violencia siempre que sea necesario. Si la pura cuestión administrativa de decidir sobre los impuestos sirvió para justificar la revolución en Norteamérica, cómo no van a justificarla la pobreza, la injusticia, la opresión y las desigualdades en América Latina y en el resto del Tercer Mundo.
Sin embargo, una revolución en el poder puede y debe evitar la violencia. Lo que no puede es prescindir de la fuerza necesaria para llevar adelante los cambios sociales. La nacionalización de una empresa extranjera, la expropiación de tierras para la reforma agraria, la intervención de un canal de televisión que incita al golpe de estado, etc., son medidas legales que pueden convertirse en medidas de fuerza de acuerdo al grado de resistencia que se les oponga. En todo caso, serÔn medidas de fuerza pero no de violencia.
Hagamos por Ćŗltimo una distinción semĆ”ntica con el tĆ©rmino pacifista. Todos los hombres de buena voluntad, creyentes y no creyentes, deseamos la paz y, por tanto, somos pacifistas. Pero no lo es el que desea una paz a ultranza, una paz a cualquier costo; Ć©stos son seguidores de la doctrina de la resignación, de no importa cuales sean las circunstancias, hay que aceptar cobardemente el sufrimiento, como si Dios se complaciese con el dolor humano; sin embargo, como hemos visto, una exĆ©gesis, una interpretación legĆtima de los Evangelios, conduce a conclusiones totalmente diferentes.
Las oligarquĆas utilizan un doble estĆ”ndar: justifican la violencia para mantener el statu quo pero prohĆben el uso de la fuerza a quienes pretenden modificarlo. No en balde se dice que los que hacen imposible la revolución pacĆfica, hacen la revolución violenta inevitable.
Estoy firmemente convencido de que no hay nadie mĆ”s subversivo para el rĆ©gimen capitalista que aquel que vive en consecuencia con la doctrina social bĆblica, sobre todo la contenida en los Evangelios. En cierto modo, IsaĆas, Mateo y Lucas, son autores intelectuales de la revolución que avanza en AmĆ©rica Latina. Con optimista espĆritu navideƱo hagamos votos por que comiencen a producirse las ya largamente esperadas convergencias de la caridad con la justicia; de la verdadera Iglesia, la de los pobres, con los oprimidos; del amor cristiano con la solidaridad y el internacionalismo socialistas.
*Analista polĆtico, es colaborador de numerosas publicaciones en Venezuela y otros paĆses del Caribe.
**Conferencia en el CĆrculo Bolivariano “Negra Hipólita”, de Miami
Imagen atribuida a Edmundo Villarreal, artista salteƱo.

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