Martí y la Revolución Cubana

Martí y la Revolución Cubana
Por: Armando Cristóbal Pérez


Deseo establecer algunos de los vínculos más profundos entre el pensamiento y la obra de José Martí -el escritor y prócer de la independencia cubana del siglo XIX-, con los orígenes de la revolución que triunfó el primero de enero de 1959 bajo la dirección de Fidel Castro, para subrayar su contemporaneidad. Fue el propio Comandante en Jefe quien, en su famoso alegato de autodefensa
“La Historia me absolverá”, casi desde el inicio lo dijo con toda claridad: “…se prohibió que llegaran a mis manos los libros de Martí; parece que la censura de la prisión los consideró demasiado subversivos. ¿O será porque yo dije que Martí era el autor intelectual del 26 de julio?”[i]

Pero, Fidel no sólo reconoció -ya en ese momento-, la autoría intelectual del Héroe Nacional cubano en el inicio de un proceso de renovación social, patriótica, ética y política, que significaba comenzar por la organización y realización del asalto a los cuarteles de la dictadura, Moncada y Céspedes; sino que para ello, aceptó traer en el corazón “las doctrinas del Maestro”.[ii] Y, tras hacer un análisis de los condicionamientos de toda índole que hacían inevitable y urgente el derrocamiento de la tiranía y la apertura de una época nueva para la nación y la república, así cómo describir los sectores del pueblo para los que se convocaba la revolución; luego de exponer un panorama histórico de las ideas sociales y políticas universales que por su vocación popular y democrática precedían la acción de los revolucionarios cubanos; concluyó con una de las más profundas y emotivas evocaciones que se han hecho de José Martí:

“Parecía que el Apóstol iba a morir en el año de su centenario, que su memoria se extinguiría para siempre, ¡tanta era la afrenta! Pero vive, no ha muerto, su pueblo es fiel a su recuerdo; hay cubanos que han caído defendiendo sus doctrinas, hay jóvenes que en magnífico desagravio vinieron a morir junto a su tumba, a darle su sangre y su vida para que él siga viviendo en el alma de la patria. ¡Cuba, que sería de ti si hubieras dejado morir a tu Apóstol!”[iii]

¿Cómo explicar este entrañable nexo entre el adalid de la rebelión iniciada en 1953 y aquél que constituye en la memoria histórica de la nación, el mejor de todos los cubanos? No es mi propósito hacer un recuento histórico. Pero es indispensable -para dar respuesta a esa pregunta-, esbozar brevemente algunas características de los contextos en que vivió y murió Martí, para comprender la vigencia en nuestra época y-con respecto a la revolución cubana-, de su ejemplo y sus ideas.

Martí -nacido en 1853 y muerto en combate en 1895-, ocupa con su presencia la historia nacional desde la segunda mitad del siglo XIX cubano. Un siglo tremendo, que como conocen ustedes por la propia experiencia histórica de sus respectivos países, ha sido extraordinario para el futuro de la humanidad por diversas razones. En Cuba, fue la etapa durante la cual –maduras la propia identidad y la nación- los “criollos” decidieron defender su derecho a la autodeterminación, y luchar por su independencia de un régimen colonial cuatro veces centenario. Para Martí, hijo de un modesto oficial valenciano y de una sencilla ama de casa, originaria de una de las Islas Canarias, implicó –desde el principio- un doble enfrentamiento: en su casa, cubano hijo de españoles; y en el país, independentista frente al régimen colonial. Así recibió su primera lección.

Es necesario reconocer la dificultad de identificar como un todo -antes y ahora-, lo español. Como es conocido, la conquista y primera parte de la colonización de América, la realizó sólo la Corona de Castilla, que al propio tiempo hizo la de las Islas Canarias; con posterioridad, se incorporaron a la aventura americana, los canarios de origen europeo, y los miembros de otras nacionalidades y regiones de la monarquía imperial, incluyendo los de la Corona de Aragón, entre ellos los del reino independiente de Valencia, la que durante el siglo XIX fue un foco del liberalismo. Los padres de Martí, aunque integrantes de la sociedad española en Cuba, en mayor o menor medida poseían valores éticos y patrióticos heredados de sus respectivas comunidades originarias, los que contribuyeron a la formación del carácter de su único hijo varón. Mediante tales cruzamientos biológicos y culturales (al decir de Don Fernando Ortiz, “transculturación” ), entre los hispanos -que llegan a ser españoles verdaderamente en América-, y de estos con los esclavos africanos, y con los colonos chinos, y de éstos entre sí, y con otros europeos y americanos) se formó en el continente, primero el “criollo” y después, el nacional.

Y Martí fue un criollo, desde el momento mismo en que comenzó a pensar, actuar y expresarse en su medio y contexto. Desde que acompañó a su padre al escenario de la brutal realidad de la ciudad opulenta y a la de la exuberante campiña, ambas pervertidas por el despotismo y la esclavitud, lo que constituyó para él una nueva lección. Y desde que la viva inteligencia natural y la aguda sensibilidad emocional y artística de sus espléndidos 12 años –no obstante la humildad de su origen-, recibió también la más exquisita, moderna y patriótica formación en la escuela pública que dirigía su maestro José María de Mendive, poeta e independentista, quien encontró en el hijo de Don Mariano y Doña Leonor, uno más de los suyos. A través de él, Martí conoció, aprehendió y desarrolló las razones y sentimientos que hicieron de él un joven cubano revolucionario, gracias a la tradición emancipadora del presbítero Félix Varela, la de José de la Luz y Caballero, la del primer poeta nacional José María Heredia y la de los más importantes pensadores de la cultura universal de su época.

El ambiente de aquella escuela -acosada por las autoridades coloniales -, originó un conflicto entre Martí y un condiscípulo integrista, que lo llevó a la cárcel; y en ella, sufrió en carne y espíritu, el fuego de un infierno que por siempre dejaría huella en él. Pero en 1869 -tras aquel año en el que Carlos Manuel de Céspedes diera el grito de ¡Independencia o Muerte!, al tiempo que liberaba a sus esclavos para luchar juntos por la libertad y la justicia-, escribe su primer poema personal, su primer artículo político, su poema dramático Abdala. En ese año, su maestro es condenado por un Consejo de Guerra. Entonces escribe el soneto ¡10 de octubre!, que muestra la talla del hombre que se fraguaba en aquel crisol:

No es un sueño, es verdad: grito de guerra
Lanza el cubano pueblo, enfurecido,
El pueblo que tres siglos ha sufrido
Cuanto de negro la opresión encierra.

Del ancho Cauto a la escambráica Sierra,
Ruge el cañón, y al bélico estampido,
El bárbaro opresor, estremecido,
Gime, solloza, y tímido se aterra.

De su fuerza y heroica valentía
Tumbas los campos son, y su grandeza
Degrada y mancha horrible cobardía.

Gracias a Dios que ¡al fin con entereza
Rompe Cuba el dogal que la oprimía
Y altiva y libre yergue su cabeza![iv]

Tiene entonces Martí apenas 15 años y al elegante estilo literario de su primer soneto se unen los principios que ya le animan: el amor por la Patria y la Libertad. En 1870 es deportado a la Isla de Pinos, y su madre logra mediante súplica, se le conceda un permiso para trasladarse a España. “Durante su vida española –dice Roig de Leuchsenring-, no olvida un solo momento el afán de laborar por la independencia de su patria; mantiene íntimo contacto con los patriotas cubanos (…); sostiene polémicas periodísticas con los defensores de la integridad española (…)Al salir de España en diciembre de 1874 visita varias ciudades europeas (…); en febrero de 1875 llega a México…” [v]

Martí no se detiene. Viaja por Centroamérica, escribe nuevas obras, publica, diserta, polemiza. Regresa a Cuba con su mujer e hijo, aprovechando una Amnistía General, y en 1879 de nuevo es deportado a España (por conspirar contra el régimen colonial). La doble estancia en España, le descubrirá la existencia de dos sociedades en perpetua lucha: la noble y generosa del pueblo, y la autocrática del Estado monárquico. Nunca olvidará esta nueva lección, que será por siempre –a partir de entonces y hasta hoy- parte de la cultura política del pueblo cubano y de sus revolucionarios; lo que entre otras razones, ha permitido alcanzar un sentimiento nacional no chovinista, que se encuentra presente en el pensamiento de Fidel Castro; y en el carácter del enfrentamiento de la revolución cubana, que lucha contra el imperialismo estadounidense, pero no contra el pueblo estadouidense. Es la base del internacionalismo martiano, que diferencia al valorar, los pueblos y sus gobiernos. Principio que se expresa en el apotegma Patria es Humanidad.

En enero de 1880 arribó Martí a New York por primera vez, y el día 24 daba lectura al primero de sus discursos sobre asuntos políticos y revolucionarios ofrecidos a los emigrados cubanos. Es aquella conferencia en la que -tras el saludo inicial-, expresa uno de sus más famosos apotegmas: El deber debe cumplirse sencilla y naturalmente.[vi] Las diversas reacciones ante la inesperada y extraordinaria oratoria, originaría la necesidad en el autor de acompañar su publicación con una nota aclaratoria, sobre la relación entre la exaltación y el raciocinio en la expresión de su verbo, “puesto que decir, es un modo de hacer” [vii]

El 30 de enero de 1895 va en busca de Máximo Gómez, el querido amigo dominicano, el Generalísimo de las guerras independentistas cubanas, el que enseñó a los cubanos a usar el machete como arma de guerra, quien lo espera en la hermana tierra haitiana –donde firman juntos el hermoso Manifiesto que establece sus principios y decisiones para liberar a Cuba y Puerto Rico-, etapa final de su itinerario vital, antes del regreso a Cuba para reiniciar la lucha en la isla. Atrás quedaba esa estancia en los Estados Unidos durante casi quince años ininterrumpidos, que había constituido una esencial experiencia como persona, como artista, y como revolucionario.

El día 28 de ese mes había cumplido sólo 42 años, pero la plenitud e intensidad de su acontecer parecería corresponder a un tiempo mucho mayor de vida. Especialmente su etapa de madurez en Estados Unidos. Sus cartas, sus crónicas, sus discursos, sus poemas, muestran “…la mirada del inmigrante José Martí (…pero), no fue en modo alguno la visión ingenua del inmigrante por razones solamente económicas (…) A partir de 1892, este inmigrante dedicará todas sus fuerzas y recursos, a la preparación de la “guerra necesaria” y al Partido Revolucionario Cubano”.[viii] A estas actividades “sacrificó vocación, fama , familia y vida (…) ese esfuerzo es liderado por un Martí deslumbrante, ardiente en su propio fuego, demiurgo creador de un discurso integrado por decenas y decenas de intervenciones públicas, que constituyen una de las fuentes más valiosas para el conocimiento político americano, de su espléndida oratoria, de un periodismo excepcional, de uno de los monumentos de la lengua (…) Es en esos textos donde aflora la expresión más libre del genio martiano, en sus valores éticos y estéticos”.[ix]

En el ámbito de la práctica política, durante su estancia estadounidense, la genialidad de José Martí aportara varias experiencias indispensables para consolidar la unidad de acción de los revolucionarios. Será una, la creación de clubes, que a manera de red, organizarán territorialmente la emigración patriótica; será otra, la creación de un periódico, que no sólo enlazará comunicativamente a los emigrados y a éstos con los que en la isla también se preparaban, sino que será el órgano –noticioso, divulgativo, orientador- de un Partido. Será ésta una de sus más importantes iniciativas, la creación de un Partido para organizar la guerra necesaria: el Partido Revolucionario Cubano. Y ya, en enero de 1892, presenta a los dirigentes de la Convención Cubana, un esbozo -escrito por él-, de los documentos que regirán la nueva organización, aunque sujetos todavía a su redacción definitiva y su aprobación general.[x].

Pero sin lugar a dudas, el mayor descubrimiento de Martí durante su estancia en los Estados Unidos -en la época de la máxima expansión y desarrollo del capitalismo pre-monopolista-, fue reconocer la emergencia de un nuevo Imperio. En su última carta (inconclusa) del 18 de mayo de 1895, a su amigo mexicano Manuel Mercado, lo expresa de manera tan clara y precisa, que la cita, aunque parcial, resulta inevitable.

Tras reconocer el riesgo de vida que entrañaba su presencia en plena manigua insurrecta –puesto que entendía su deber y tenía ánimos con que realizarlo-, daba a conocer el objetivo principal por el que se arriesgaba: “…impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América”; y a continuación subrayaba: “…Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso…”[xi]

Dichas frases paradigmáticas transforman la misiva al amigo lejano en un testamento político. Se trata de la síntesis de una práctica vital, que habrá de conformar a la larga, parte de la cultura política del pueblo cubano: “…impedir que en Cuba se abra, por la anexión de los imperialistas de allá y los españoles (y el subrayado es mío), el camino que se ha de cegar, y con nuestra sangre estamos cegando, de la anexión de los pueblos de nuestra América, al norte revuelto y brutal que los desprecia…” [xii]

Aquí se hará manifiesta también la huella de su estancia estadounidense “Viví en el monstruo y le conozco las entrañas:- y mi honda es la de David.”[xiii] Quien conoce la revolución cubana en sus textos y en sus actos, sabrá cuánto significan y de qué manera resultan vigentes esas frases, y el profundo significado de esa penúltima lección ofrecida por Martí a todos los pueblos para el futuro: el suyo, los del resto de Nuestra América y el de todos aquellos que se encuentren en situaciones semejantes.

En el caso de Cuba, no habrá que entender la existencia de un vacío entre la muerte de Martí y la revolución iniciada en 1953, que es la de 1959, que es la de ahora. El proceso histórico, que transcurrió entre ambos momentos estuvo preñado por la continuidad de luchas sociales y políticas, e iluminado por el pensamiento y el ejemplo martianos en todas ellas, a través de numerosas y diferentes generaciones que así lo asumieron. Y de otras maneras de pensar y hacer también, que se unieron al proceso revolucionario para enriquecerlo. Porque la muerte de Martí y la del General Antonio Maceo, habían precedido las acciones intervencionistas del imperialismo estadounidense en contubernio con el senil Imperio español en la isla irredenta, sometida primero a un Protectorado, devenida república neocolonial después, finalmente tiranía castrense.

Entonces, el pensamiento y las lecciones martianas se difundieron como nunca antes. Y si en algunos casos sirvieron para el enmascaramiento de actividades politiqueras, conservadoras y liberales principalmente; también pasaron a formar parte de los movimientos obreros, campesinos, estudiantiles e intelectuales y de las agrupaciones socialistas de la época. En realidad, los primeros vínculos entre la doctrina martiana y el pensamiento socialista se habían producido desde antes de la muerte del Maestro; y en gran medida a través de su amistad con Carlos Baliño, uno de los muchos patriotas que profesaban también las ideas del socialismo. Sería el propio Baliño, quien diría en 1893, en una velada patriótica de la que sólo ha llegado a nuestros días un fragmento publicado en el periódico Patria, lo siguiente:

“Aunque Martí es una inteligencia privilegiada, no es por esto que se lleva tras de sí el corazón del pueblo. (…) Es que además de ser lumbrera, una inteligencia privilegiada, es algo muy superior a esto, es un carácter, una consciencia augusta, un corazón amante y generoso, cuyas fibras, así como las cuerdas de un arpa eólica (…) responde a todos los gemidos y suspiros de los seres que van por la tierra abrumados bajo el peso de sus cadenas y de sus dolores. [xiv]

La imposición por el imperialismo estadounidense de un virtual Protecorado a Cuba, al término forzado de la guerra por su grosera intromisión en la guerra y ocupación militar de la isla, entre otras consecuencias muy graves sumió a las fuerzas revolucionarias y patrióticas cubanas en un estado de frustración, que duró los primeros tres o cuatro lustros del siglo XX. Pero, paulatinamente se produjo una reacción positiva, a partir del renacimiento de la conciencia nacional y la reorganización patriótica de todo el pueblo. Durante ese triste período, sólo el pensamiento y el ejemplo martiano, mantuvieron su capacidad regenerativa. En la década de los años veinte la efervescencia se manifestaba en los sectores estudiantiles universitarios; entre artistas, escritores e intelectuales; entre las organizaciones obreras y campesinas. Hasta los partidos de la burguesía –con respecto a sus propios fines- se reanimaron para las contiendas electorales y pretendían ser continuadores de la doctrina martiana.

La población -mientras tanto- expresaba el dolor por su ausencia y comprendía la necesidad de recuperar su dirección, mediante el canto de una clave[xv], parte de cuya letra -de autor anónimo-, decía: “Martí no debió de morir,¡Ay!, de morir. Si fuera el maestro y el guía, otro gallo cantaría, la Patria se salvaría y Cuba sería feliz”.

A finales de la segunda década del siglo XX, se fundaba el primer Partido Marxista cubano. Su Primer Secretario sería Julio Antonio Mella, también Presidente de la recién electa Federación Estudiantil Universitaria. Y Mella, defensor de las tradiciones nacionales y propulsor de un marxismo creador, ya era entonces un ferviente admirador de José Martí. Hablaba en 1926 sobre su anhelo de escribir un necesario libro sobre él, para enfrentar la utilización espúrea y la manipulación de su pensamiento. Y entre otras razones, para no haberlo hecho, argumentaba:

“…tengo temores de de no hacer lo que la memoria del Apóstol y la necesidad imponen. Bien lejos de todo patriotismo, cuando hablo de José Martí, siento la misma emoción, el mismo temor, que se siente ante las cosas sobrenaturales (…) Es imprescindible que una voz de la nueva generación, libre de prejuicios y compenetrada con la clase revolucionaria de hoy, escriba ese libro(…) Hoy, (Martí), igualmente revolucionario, habría sido quizás el intérprete de la necesidad social del momento (…) En su bello trabajo sobre los mártires de Chicago nos habla de “cómo esta República -los Estados Unidos- por su culto a la riqueza ha ido cayendo en los mismos vicios de los imperios”[xvi]

Tras el asesinato de Mella por las fuerzas reaccionarias, la historia de Cuba fue la misma que la del resto de las repúblicas latinoamericanas: corrupción, dictaduras, hambre y muerte para la población más humilde; riquezas y privilegios para los poderosos. Y -como un siniestro recordatorio de la advertencia martiana-, innumerables intromisiones de los Estados Unidos, incluyendo invasiones militares. Mientras, la memoria martiana crecía a cada momento.

No pretendo ser exhaustivo. Sería imposible. Sólo he querido introducirlos en una de las esencias de lo cubano: la presencia de José Martí en nuestra revolución. Por eso, cuando tras la década de los años 40 del siglo XX, la república neocolonial parecía encaminarse a un proceso de institucionalización democrática, y casi de inmediato desembocó en la etapa disoluta de los años 50 con participación de la Mafia estadounidense y el imperialismo -en acción farisaica-, apostó de nuevo por la mano dura de la tiranía Batistiana; entonces, la llamada “Generación del Centenario” liderada por Fidel, retomó las lecciones martianas y las aplicó al calor de los nuevos tiempos.

En 2006, el periodista Ignacio Ramonet realizó una larga entrevista a Fidel Castro, publicada con el título Cien horas con Fidel. El capítulo I del libro (Antecedentes de la revolución), se inicia con la siguiente pregunta:

-Comandante, en el año 2003 se celebró, no sólo el aniversario 150 del nacimiento de José Martí, sino también el aniversario 50 del asalto al Moncada. ¿Se puede decir que aquel 26 de julio de 1953 empezaba la Revolución Cubana?

Para darle respuesta a tal pregunta -durante casi 25 páginas-, fue necesario que se sucedieran numerosas indagaciones y contestaciones entre ambos interlocutores. En lo que corresponde a este tema, me gustaría terminar con algunos fragmentos de esas intervenciones esclarecedoras de Fidel.

-“No sería absolutamente justo, porque la Revolución Cubana comenzó con la primera guerra de independencia en 1868. Se inició por Oriente, el 10 de octubre de ese año; la dirigió un cubano bien preparado, Carlos Manuel de Céspedes (…) El mérito de Martí, su mayor mérito es el siguiente: se acaba la guerra aquella que tuvo lugar entre 1868 y 1878, él es un joven intelectual y patriota, poeta, escritor, con ideas independentista, tiene entonces sólo 25 años de edad al finalizar la contienda y comienza a dar los primeros pasos en el camino que lo llevaría a la unión y dirección de los veteranos de aquella dura y gloriosa guerra de diez años.(…) Martí logró unirlos. ¡Que talento y capacidad! (…) Elabora una doctrina, desarrolla la filosofía de la independencia y un pensamiento humanista excepcional. (…) Más de una vez habló sobre el odio: “No albergamos odio contra el español”.[xvii]

(…) Desarrolla, además, una concepción integradora para América Latina. (…) Antes de partir al combate, Martí está redactando una carta a Manuel Mercado (…) Es extraordinario lo que dice(…) Esa es la herencia increíble que nos deja aquel hombre a los revolucionarios cubanos. (…) Yo empiezo a adquirir una cultura política, así, con esas palabras (…) Cuando el ataque al Moncada, en 1953, había leído lo suficiente sobre el socialismo, tenía un pensamiento martiano desarrollado y además, ideas socialistas radicales, un pensamiento que he sostenido después firmemente a lo largo de toda mi vida. Por eso cuando usted dice que la revolución comienza el 26 de julio de 1953, nosotros decimos que comienza el 10 de octubre de 1868 y se prolonga a lo largo de la historia”[xviii]

i. Castro, Fidel. La Historia me absolverá. Ed. Anotada. OP-CE. La Habana, 1993. Pag. 34.
ii. Ibidem.
iii. CF. Ob. Cit. Pags. 108-109.
iv. José Martí. Poesía completa. Edición Crítica del Centro de Estudios Martianos. Editorial Letras Cubanas, dos tomos. La Habana, 1993. Tomo II, Pas. 10 y 11.
v. El pensamiento político de Martí, de Emilio Roig de Leuchsenring, en Colección de Divulgación Martiana, Cuaderno No. 1, La Habana, 1960. Pags. 12 y 13.
vi. José Martí. Obras Completas, en dos tomos. Edt. Lex, La Habana, 1953, tomo I, pag. 673.
vii. Idem.
viii. José Martí. Todo lo olvida Nueva York en un instante. Selección y presentación de Jorge de J. Aguirre y María A. Juliá, Edt. Ciencias Sociales, La Habana, 1997. Pag. 1 a 3
ix. José Martí. Poesía y Prosa. Selección, Introducción y edición de Armando Cristóbal. Colección Joyas de la Literatura Castellano y Lusoparlante. Vol. VI. Asoc. De Prensa Hispanoamericana en España, Madrid, 2004. Pag. 12.
x. José Martí. Cronología. De Ibrahim Hidalgo Paz. Col. Estudios Martianos. Edt. Ciencias Sociales, La Habana, 1992.
xi. El pensamiento político de Martí, op. Cit. Pag 289.
xii. idem
xiii. Idem
xiv. Camino a lo alto. Apoximaciones marxistas a José Martí. Col. Ponencia. Compilación de la revista de teoría internacional “Marx Ahora”, Edt. Ciencias Socales, La Habana, 2006.
xv. Género de canto popular, originariamente de los barrios de La Habana, extendida al resto del país, donde se mezclaban de maners diversas las raíces musicales procedentes de España y de África. Ver el Diccionario de la Música Cubana del Mtro. Helio Orovio, Edt. Letras Cubanas, La Habana, 1981
xvi. Camino a lo alto. Op. Cit. Pag. 12 a 14.

xvii. Cien horas con Fidel. Ignacio Ramonet. OPCE. La Habana, 2006. Pags. 31-44
xviii. Idem. Pag. 55


Dr. Armando Cristóbal Pérez
Campamento de Bejucal,
Brigada Internacional “Primero de Mato”

Imagen agregada: Comp. fotogr. RCBáez_Martí en Fidel

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