Un golpe condenado con demasiada ambigüedadTomado de la Libre Red
El fracaso provisional de las negociaciones de Costa Rica ha llevado la crisis de Honduras al borde del abismo.
Zelaya y la OEA, bajo el impulso de la diplomacia estadounidense, reconocieron de hecho a los golpistas al acceder a negociar con sus representantes con el arbitraje de Óscar Arias.
Además, cedieron al planteamiento inconstitucional de conformar un Gobierno de Unidad Nacional, con la participación de los golpistas; una amnistía para los facciosos, y el adelanto de las elecciones presidenciales, entre los puntos centrales presentados por EEUU a través de Arias.
Así y todo, el dictador “institucional” de Tegucigalpa ha dicho no. Las repercusiones en la región de esta actitud cerril del Gobierno del alto mando militar, los terratenientes y la Iglesia de Honduras, despiertan serios temores en Washington.
El secretario de la OEA, el chileno José Miguel Insulza, también expresó sus “esperanzas” de que Arias “haga recapacitar a los que rechazaron la propuesta” del costarricense, que es la suya y de los diplomáticos de Barack Obama.
El presidente de EEUU, quien condenó el golpe de Estado del 28 de junio, no ha roto relaciones con Honduras ni ha retirado su embajador en Tegucigalpa. El levantamiento de la derecha hondureña cuenta con el apoyo de gran parte de los republicanos. Y no sólo de los halcones del ex vicepresidente Dick Cheney y de George W. Bush. Hasta la secretaria de Estado, Hillary Clinton, se ha mostrado muy prudente a la hora de condenar a los golpistas y pedir sanciones contra ellos.
Un ensayo de la derecha
No olvidemos que el primer ataque contra Zelaya provino del ex secretario adjunto para América Latina de Bush, el cubano-estadounidense Otto Reich, uno de los más duros anticomunistas de la anterior Administración. Obama se mueve con sigilo porque el establishment de su país, un sector de su propia Administración y él mismo ven a Zelaya como gran aliado del presidente venezolano, Hugo Chávez.
El chavismo representado en el ALBA que agrupa a Cuba, Nicaragua, Bolivia y Venezuela, y al que miran con simpatía Ecuador y Paraguay, considera que el golpe de Honduras es un primer paso y un ensayo de la derecha estadounidense para terminar con el movimiento bolivariano y sus aliados.
Pero no sólo los nacionalistas declaradamente “antiimperialistas” hacen esta lectura del golpe. La presencia de la presidenta argentina, Cristina Fernández, en el fracasado intento de regreso protagonizado por Zelaya hace dos semanas, junto a sus pares Rafael Correa, de Ecuador, y Fernando Lugo, de Paraguay, indica que el más moderado Gobierno argentino teme los posibles efectos de un asentamiento de los golpistas en Tegucigalpa.
Un caso aparte es el de Brasil. El presidente Luiz Inácio Lula da Silva, quien ha condenado severamente el golpe, no acompañó a sus colegas en el fallido regreso de Zelaya. Su posición ha sido similar a la de Michelle Bachelet, de Chile: condena pero actuación moderada, sin críticas a Washington. Una diferencia sustancial con los nacionalistas andinos y de Paraguay. Incluso de su gran socio comercial, Argentina.
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