Miércoles, 18 de marzo de 2009
El Proceso Bolivariano garantiza la nutrición del pueblo
Por: Luis Alberto Matos
La alimentación es un derecho universal
“Generar cambios en la forma de producir y distribuir alimentos que aseguren su acceso oportuno a la población es necesario y … ¡MUY HUMANO!”
Rhaitza Mendoza Zambrano
El 10 de diciembre de 1948, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó y proclamó la Declaración Universal de Derechos Humanos.
Su artículo 25 establece: “Toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar, y en especial la alimentación.”
Historia y hambre
La alimentación, necesidad básica, introduce cambios en la historia, desde primitivas herramientas de caza y cuchillos para carnes, hasta complejas transacciones comerciales y negociaciones políticas, que hoy aprovechan el hambre para engrosar cuentas bancarias.
Algunos historiadores afirman que la necesidad de alimentarse introdujo, antes que ninguna otra, el desarrollo de la propiedad privada, el comercio y el robo. Y de estas provinieron las clases sociales y el antagonismo que posteriormente derivaron en enfrentamientos de muy diversa índole y formato.
Thomas Robert Malthus alertó, a finales del Siglo XVIII, el futuro problema a generarse por un incremento de la población mayor que la capacidad del planeta para producir suficientes alimentos. Quizás sus palabras, desechadas por algunos científicos, pensadores y religiosos, fueron escuchadas por el sistema neoliberal; hoy sus grandes corporaciones multinacionales adquieren alimentos a precios míserables para venderlos, con algún maquillaje y envase apropiado, con porcentajes de ganancia superiores al promedio comercial. ¿O es que no ganan más la rosca de Coche y el dueño del camión que el agricultor que cuida por meses las cosechas en los campos venezolanos? No hablemos de productos enlatados ni ferias en Centros Comerciales porque no me van a creer los volúmenes de venta ni los porcentajes de ganancia.
El hambre, producto directo del desvío de las riquezas naturales de todos a las arcas de una “selecta” minoría, deberia ser hoy un drama inaceptable. Por el contrario, el hambre, según puede con facilidad leerse en más de un medio de comunicación, parecería ser más bien un mal que padecen los flojos e irresponsables que no quieren trabajar, amparados por tiranos que desean imponer el comunismo y alejarse de la democracia.
Cuando alguien pide para comer, más de uno supone que ese mendigo es así porque es bruto, alcohólico o irresponsable. Por el contrario, el “sistema” considera “triunfador” a quien puede bajarse de la mula algunas veces a la semana en un restaurant de lujo.
Soberanía y seguridad
Definiciones de soberanía alimentaria hay varias. Me gusta aquella, que leí en el Instituto Nacional de Nutrición, que la considera como el derecho de los pueblos a definir sus propias políticas sustentables de producción, distribución y consumo de alimentos, garantizando el derecho a la alimentación de la población, con base en la pequeña y mediana producción, respetando sus propias culturas y la diversidad de los modos campesinos, pesqueros e indígenas de producción y comercialización agropecuaria, y de gestión de los espacios rurales basados en tecnología ecológicamente sustentable.
Raj Patel, economista especializado en “Soberanía Alimentaria”, nos dice: “La industria alimentaria gasta millones de dólares en el mercadeo de sus productos poco sanos. En todo el mundo, por cada dólar que se gasta en promocionar comida buena para el hombre, se gastan quinientos dólares en promocionar comida chatarra. Es por eso que hoy la “M” de McDonald’s es más reconocida que la cruz cristiana”
Ganancia y especulación
Especuladores y hambreadores del pueblo, como acertadamente los califica el Gobernador William Lara. Y advierte al respecto que: “Los derechos de la familia y la colectividad son superiores a los derechos de las individualidades.”
Pero hay malentendidos “derechos de propiedad” que permiten que alguien, sin siquiera detenerse a restar cifras, defienda que determinada hacienda es una “propiedad desde hace más de 200 años”. Supongo sería Vicente Emparan, entonces Capitán General de la Nueva Andalucía, quien validó con su firma tal documento.
Costos y precios
Las areperas no quieren vender a prcios regulados porque perderían. Cómerte una empanada, paradito, te cuesta cinco bolívares fuerte.
Con razón Frei Betto dice: “¿Quién se imaginó que tendría que entrar en una boutique para comprar arroz, frijoles, verduras y carne? Quizás no estemos lejos de ello.”
En la relación de elevados costos que reproducen en la prensa privada opositora mencionan “salarios e impuestos”. ¡Ave María Purísima! exclamaría mi abuelita. ¿Impuestos? ¿elevados? ¿costosos?. A estos si es verdad que les hace falta una estadía en su ansiado Norte.
Y en cuanto a salarios, nada nuevo bajo el sol. ¡Cuánto añoran aquel “feliz pasado”, cuando no existían estos “inventos socialistas” como los “salarios mínimos”, las “prestaciones laborales” y la “estabilidad laboral”. Por supuesto: hecha la Ley, hecha la trampa. De allí que no exista ninguna rotación de personal superior a la de los loncheros.
Hemos visto señoras clase media, con camionetota y todo, comprar en PDVAL a precio regulado; hacer su cola con compatriotas de la comunidad, y luego, a la vista de todos, sacar otra bolsa de la cartera, a veces con evidente marca de un supermercado privado u otro negocio comercial de conocida marca, y meter allí la bolsa que adentro le dieron. No quiere rayarse con sus vecinos. ¡Imagínate chica! ¡Llegar al edificio y que me vean en el ascensor con bolsas de PDVAL o Mercal!.
Por supuesto, es para todos, clase media y alta incluidas. Y no está prohibido transvasar los alimentos a empaques de cualquier índole, procedencia, idioma y latitud, porque, a pesar de los obstáculos, el Proceso Bolivariano garantiza la alimentación de todos los venezolanos y venezolanas.
jaquematos@cantv.net

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