De defender a los narcotraficantes colombianos a librarles una guerra


BOGOTÁ, Colombia — En Miami, Abelardo de la Espriella se movía en el turbio mundo de los abogados de "polvo blanco": abogados defensores de alto precio que ayudan a traficar, lavar y asegurar el dinero del narcotráfico.

El presidente electo de Colombia, que es abogado, representó a personas acusadas de tráfico de drogas, blanqueo de dinero y otros delitos. Aunque su ostentoso estilo de vida en Miami, con coches de lujo, aviones privados y trajes de diseñadores italianos, puede haber sido financiado en parte por clientes implicados en casos de tráfico y blanqueo de dinero, posteriormente se ha comprometido políticamente a ayudar a acabar con los "narcoterroristas", bombardear supuestos barcos y estrechar la mano dura con Estados Unidos.  

Mientras vivía en Miami, de la Espriella fue investigado por las autoridades estadounidenses, aunque nunca se le imputaron cargos formales. Su oficina declinó responder a las preguntas relacionadas con casos específicos como el de Alex Saab. En un comunicado enviado al diario, afirmó: «El presidente nunca fue investigado ni acusado en ninguno de los asuntos que usted menciona», añadiendo que su conducta como abogado y ciudadano particular ha sido intachable.

La representante republicana por la Florida, María Elvira Salazar, declaró el día de las elecciones en Colombia: «Abelardo de la Espriella no tiene ninguna investigación abierta en Estados Unidos». Por su parte, el Departamento de Justicia estadounidense declinó hacer comentarios.

Tras su ascenso político y su victoria, surgieron críticas y fotografías que lo vinculaban con figuras cuestionadas. Opositores y críticos locales, como el senador Iván Cepeda, cuestionaron su idoneidad para el cargo, afirmando públicamente que de la Espriella ha mantenido cercanía con personajes como el paramilitar Jorge Luis Hernández —etiquetas de «abogado de la mafia» que el mandatario electo ha rechazado con firmeza—.

Entre los conocidos de De la Espriella en el sur de la Florida se encontraba un veterano agente de la DEA que había supervisado investigaciones sensibles, según fuentes consultadas por el periódico (agente que posteriormente afrontó acusaciones en un caso de soborno no relacionado con este asunto).

Durante su campaña presidencial, De la Espriella aludió de manera recurrente a una gran fortuna personal que le permitía financiar su proyecto político. Sin embargo, analistas y conocidos señalaban que, fuera de su exitoso bufete de abogados en Colombia, sus incursiones financieras habían enfrentado tropiezos, salvándose principalmente sus inversiones en el sector inmobiliario.

En lugares del ambiente social de Miami donde solía frecuentar, como el establecimiento Liquor Dreams, de la Espriella acaparaba las miradas con un cigarro y una copa en la mano, rodeado de un aura de celebridad local y simpatizantes.

Ante las constantes preguntas de los entrevistadores sobre qué lo motivó a dejar su cómoda e influyente vida en el extranjero para asumir los riesgos de la política colombiana, su respuesta constante apuntaba a un mandato divino y a un ineludible deber patriótico: salvar a Colombia de las garras de los narcotraficantes.

 Este es el reportaje publicado por The New York Times, escrito por Annie Correal y David Ovalle:


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