Por: Ricardo Abud
Después de firmado el acuerdo petrolero mediante el cual, según se ha denunciado, se entrega a Estados Unidos el 21 % de nuestras reservas petroleras, Venezuela quedó ante una de esas escenas que parecen escritas por un humorista con demasiado tiempo libre: los revolucionarios entregándole el petróleo al imperio y los opositores protestando porque el imperio se está llevando el petróleo.
La historia política venezolana acaba de dar una vuelta tan grande que uno necesita revisar el almanaque para saber en qué año estamos.
Durante décadas nos explicaron que Estados Unidos era el gran enemigo, que el imperialismo venía por nuestras riquezas, que las transnacionales querían apoderarse del petróleo y que Venezuela debía defender a toda costa su soberanía energética. Se escribieron discursos, se pronunciaron cadenas, se hicieron canciones, se levantaron consignas y se pintaron murales contra el imperio. Y ahora, después de tanta épica revolucionaria, resulta que el petróleo termina siendo negociado precisamente con Washington.
El imperio debe estar confundido. Después de tantos años escuchando que venía a robarnos el petróleo, finalmente descubre que ni siquiera tiene que venir a buscarlo: se lo ponen en la mesa.
La revolución venezolana alcanzó así una extraordinaria evolución ideológica. Pasó de “¡El petróleo es nuestro!” a una versión mucho más moderna: “¡El petróleo es nuestro, pero vamos a conversar con los estadounidenses sobre cuánto les toca!”.
Y mientras los revolucionarios explican las bondades del acuerdo, ocurre algo todavía más cómico: los opositores comenzaron a escribir en las redes como si hubieran sido convocados a una reunión extraordinaria de la Sociedad Bolivariana.
“¡La soberanía no se entrega!”, “¡El petróleo es de Venezuela!”, “¡No podemos permitir que Estados Unidos se quede con nuestras riquezas!”.
Uno lee esos comentarios y siente que el país se ha vuelto loco. Los que durante años fueron acusados de querer entregar Venezuela al imperialismo ahora están defendiendo el subsuelo patrio, mientras quienes construyeron su identidad política alrededor de la lucha contra el imperialismo parecen haber encontrado una nueva doctrina económica: imperialismo sí, siempre que lo administremos nosotros.
Y allí aparece la camarada María Corina, nuestra flamante especialista en relaciones afectivas con Washington, observando cómo su pana Trump sigue sin prestarle la atención que ella esperaba.
Porque el Premio Nobel de la Paz ya se lo entregó. El gesto de amistad quedó hecho. El premio ya llegó a manos de Trump y, sin embargo, el hombre sigue sin terminar de comportarse como ese príncipe azul geopolítico que algunos imaginaron.
Quizás Trump haya descubierto que una cosa es recibir un premio y otra muy distinta es casarse políticamente con quien te lo entrega.
La camarada María Corina debe estar mirando el teléfono con esa angustia universal que produce el mensaje que nunca llega: “¿Y ahora qué?”.
Mientras tanto, el resto de la oposición, que durante años fue presentada como enemiga de cualquier discurso nacionalista, se ha lanzado a defender las reservas venezolanas con una pasión que habría hecho sospechar al mismísimo Simón Bolívar.
Y aquí aparece la parte verdaderamente deliciosa de esta tragedia nacional: los revolucionarios entregan el petróleo al imperio que juraron combatir, mientras los antimoralistas descubren que la soberanía sí importa cuando el petróleo tiene nombre y apellido extranjero.
Al final, quizá unos y otros tengan algo mucho más importante en común de lo que quieren admitir: ninguno parece querer demasiado al país que los vio nacer.
Unos están dispuestos a entregar sus riquezas para conservar el poder; otros parecen dispuestos a entregar cualquier cosa con tal de recuperarlo. Cambian las consignas, cambian los colores, cambian los enemigos y cambian los amigos, pero el venezolano común sigue siendo el espectador sentado en la última fila, mirando cómo se reparten el país mientras le explican que todo se hace por su bienestar.
La patria, entretanto, permanece en el medio como una casa familiar cuyos hijos se pelean por las llaves mientras venden los muebles.
Y quizá esa sea la ironía más amarga de todas: durante años nos hicieron creer que la gran batalla era entre revolución y oposición, socialismo y capitalismo, chavismo y antichavismo, imperio y soberanía. Pero cuando llega la hora de defender realmente los intereses nacionales, descubrimos que algunos están dispuestos a entregar el país por conservar el poder y otros por conquistarlo.
Ni unos ni otros parecen recordar que Venezuela no es un premio, una finca, un botín electoral ni una ficha para negociar con Washington. Es el país que los vio nacer.
Y mientras ellos discuten quién tiene derecho a administrarlo, el petróleo, como siempre, permanece debajo de la tierra esperando que algún día aparezca una generación que entienda que defender a Venezuela no consiste en gritar consignas contra el imperio ni en arrodillarse ante él.
Consiste, sencillamente, en no venderla.

0 Comentarios