Por: Ricardo Abud
Una sociedad puede soportar una generación irreverente, extravagante e incluso escandalosa. Lo que resulta mucho más difícil de soportar es una cultura que empieza a confundir la pérdida de propósito con libertad, la exhibición con personalidad y la destrucción con entretenimiento.
Los Therians, el farmear aura y los teen takeovers no son necesariamente movimientos organizados ni expresiones de una misma ideología. Sería intelectualmente torpe meterlos a todos en el mismo saco. Pero pueden ser observados como manifestaciones de un fenómeno cultural más amplio: la aparición de formas de comportamiento juvenil cuya recompensa principal no está en crear, aprender, trabajar, construir comunidad o producir algo duradero, sino en llamar la atención.
Y ahí es donde su relación con el tecnofeudalismo se vuelve particularmente inquietante.
El sistema ya no necesita que todos produzcan bienes, ideas o conocimientos para extraer valor de ellos. Puede extraer valor de su tiempo, de su atención, de su comportamiento y, sobre todo, de su capacidad para generar espectáculo.
El resultado puede ser una sociedad extraordinariamente productiva en términos tecnológicos y, al mismo tiempo, profundamente improductiva en términos humanos.
El teen takeover es probablemente la imagen más brutal de esa contradicción. Adolescentes que irrumpen en centros comerciales, tiendas o espacios públicos, destruyen mercancías, molestan a trabajadores, generan caos y convierten el desorden en contenido para las redes sociales no están realizando una revolución. Tampoco están cuestionando las estructuras económicas que los rodean. En muchos casos, simplemente están utilizando el espacio común como escenario para obtener una recompensa simbólica inmediata.
La destrucción se convierte en entretenimiento. El caos se convierte en contenido y el contenido se convierte en visibilidad. Ese circuito es extraordinariamente funcional para una economía basada en la atención. Incluso el comportamiento antisocial puede convertirse en mercancía cuando produce suficientes visualizaciones.
La paradoja resulta casi obscena: alguien puede destrozar una propiedad ajena, perjudicar a trabajadores que probablemente ganan salarios modestos y terminar recompensado por el algoritmo con fama, seguidores y reconocimiento, la sociedad real absorbe el costo y la plataforma captura el beneficio. Ese es uno de los rasgos más perversos de la nueva economía digital: la externalización de las consecuencias mientras se privatiza la recompensa. Pero los teen takeovers representan algo más profundo todavía. Revelan una pérdida de respeto por el espacio común. El centro comercial deja de ser entendido como un lugar perteneciente a una comunidad y pasa a convertirse en un decorado disponible para la experiencia individual o grupal.
La propiedad de otro se vuelve escenario, el trabajador se vuelve parte del espectáculo, el cliente se vuelve espectador involuntario y el teléfono convierte todo aquello en una oportunidad de publicación.
No estamos ante una generación que necesariamente odie las instituciones. En muchos casos ni siquiera parece interesarle discutirlas. Es algo más banal y, quizá por eso, más preocupante: una generación que puede aprender a ignorarlas porque ha descubierto que la atención ofrece una recompensa más inmediata que la construcción de algo real.
Los Therians introducen otra dimensión de esta crisis cultural. Conviene distinguir entre una persona que utiliza símbolos animales, disfraces, juegos de rol o comunidades identitarias y alguien que literalmente sostiene que es un animal. No toda expresión de estética animal implica una desconexión de la realidad. Pero cuando la identidad deja de ser una exploración simbólica y empieza a sustituir categorías humanas básicas, aparece una pregunta cultural que no debería ser reprimida por miedo a parecer intolerante: ¿qué está ocurriendo con nuestra concepción de lo humano? Durante siglos, la cultura humana estuvo construida alrededor de una idea sencilla: ser humano significaba aceptar una condición y tratar de transformarla mediante lenguaje, educación, trabajo, disciplina, creación y cultura.
Ahora aparece, en determinados espacios, una fascinación por escapar incluso de esa condición. No mediante la literatura, la filosofía o la imaginación formas antiguas de trascender lo humano sino mediante una representación literalizada del animal.
La ironía es evidente. Una civilización que ha conseguido enviar máquinas a otros planetas, modificar genes, construir inteligencia artificial y comunicarse instantáneamente con cualquier continente produce simultáneamente adolescentes fascinados por la posibilidad de convertirse simbólica o literalmente en un animal, no es una contradicción tecnológica, es una contradicción cultural. El problema no es que un joven juegue a ser un lobo. Los niños han jugado a ser animales desde siempre. El problema aparece cuando una cultura empieza a otorgar legitimidad social, visibilidad y recompensa algorítmica a la incapacidad de distinguir entre juego, identidad, fantasía y realidad.
Y vuelve a aparecer el tecnofeudalismo, la plataforma no necesita que esa identidad sea racional. Necesita que sea llamativa, no necesita que sea productiva, necesita que sea compatible, no necesita que mejore la vida de quien la adopta. Necesita que genere interacción. La lógica económica resulta brutalmente sencilla: cuanto más extravagante sea el comportamiento, mayores posibilidades existen de producir sorpresa, indignación, burla o fascinación. Todas esas emociones generan atención.
El absurdo puede ser monetizable, la ridiculez puede ser monetizable, la provocación puede ser monetizable. En ese sentido, el sistema no necesariamente combate estas conductas, puede alimentarse de ellas.
Y llegamos entonces al farmear aura, quizá el ejemplo más transparente de la reducción del ser humano a una máquina de autopromoción, la palabra ya contiene la enfermedad cultural, no basta con tener personalidad, hay que farmear personalidad, no basta con ser respetado, hay que acumular señales de respeto, no basta con ser interesante, hay que producir la apariencia de ser interesante. El adolescente deja de preguntarse qué está haciendo con su vida y comienza a preguntarse cómo está siendo percibido. La existencia se convierte en una campaña publicitaria permanente.
La expresión farmear aura tiene además algo profundamente revelador: convierte el prestigio social en una especie de recurso cuantificable. Como si la personalidad fuera una criptomoneda miserable que pudiera acumularse mediante poses, gestos, silencios calculados, ropa, actitudes y videos, el individuo ya no vive solamente, se administra.Y cuanto menos sustancia existe detrás de la imagen, mayor puede ser la obsesión por perfeccionar la imagen, ahí aparece una de las grandes tragedias de nuestra época.
Una civilización que necesita ingenieros, médicos, investigadores, agricultores, docentes, empresarios, artesanos, científicos, cuidadores y ciudadanos capaces de sostener instituciones está inundando a sus jóvenes de incentivos para convertirse en espectadores de sí mismos.
La cuestión no es exigir que cada adolescente produzca una patente o escriba una novela. La juventud siempre ha tenido derecho a perder el tiempo. El ocio, el juego y la experimentación son partes indispensables de una vida humana.
La cuestión es otra: ¿qué ocurre cuando el ocio deja de ser descanso para convertirse en una identidad? ¿Cuando el vacío deja de ser una etapa y comienza a convertirse en prestigio? ¿Cuando ser inútil, extravagante o disruptivo genera más reconocimiento que aprender una habilidad? ¿Cuando hacer el ridículo delante de millones de personas puede proporcionar más estatus que construir algo durante diez años? Entonces el problema deja de ser individual, se convierte en cultural. Y aquí conviene rechazar otra mentira cómoda: esto no demuestra que la juventud sea estúpida, demuestra que los incentivos que la rodean pueden ser estúpidos.
Un adolescente es extraordinariamente sensible al reconocimiento porque todavía está formando su identidad. Si una plataforma le ofrece fama instantánea por comportarse como un animal, destruir una tienda, realizar una estupidez o fingir una personalidad extravagante, no debería sorprendernos que algunos acepten la oferta.
Sin embargo, explicar y contextualizar las trampas del diseño algorítmico no equivale a eximir de culpa a quienes caen en ellas. Por más poderosos e invasivos que sean los incentivos del tecnofeudalismo, la juventud conserva un margen inalienable de agencia y responsabilidad moral. Culpar exclusivamente a las plataformas o al sistema convierte a los jóvenes en meros espectadores pasivos, despojándose de su condición de sujetos con la capacidad racional de discernir entre el bien y el mal, lo constructivo y lo destructivo. Ceder conscientemente ante el absurdo, aplaudir el caos o elegir el camino de la degradación pública por una cuota efímera de validación digital implica una decisión personal. El algoritmo ofrece el escaparate, pero es el individuo quien opta por subirse al escenario.
La pregunta adulta debería ser por qué diseñamos un sistema en el que esa oferta resulta tan atractiva, sin dejar de exigir a las nuevas generaciones que asuman el peso ético de sus propias elecciones.
El tecnofeudalismo encuentra allí una fuente extraordinaria de poder: jóvenes que creen estar desafiando al sistema mientras producen exactamente aquello que el sistema necesita,creen que están siendo libres, pero sus comportamientos son registrados, creen que están siendo originales, pero sus tendencias son recomendadas algorítmicamente a millones, creen que están acumulando reconocimiento. Pero están acumulando métricas dentro de plataformas que ellos no poseen.
Creen que están rompiendo las reglas, pero el espectáculo de romper las reglas puede ser perfectamente compatible con la rentabilidad de quien controla el escenario, ese es el verdadero engaño, el sistema no necesita prohibir la rebeldía, puede monetizarla, No necesita eliminar el absurdo, puede convertirlo en contenido. No necesita impedir el narcisismo, puede hacerlo rentable.
Y mientras eso sucede, una parte de la juventud corre el riesgo de confundir visibilidad con valor.Pero una sociedad no puede vivir únicamente de gente que quiere ser vista. Alguien tiene que construir, reparar, investigar, enseñar, cuidar, cultivar. Alguien tiene que mantener funcionando las instituciones que permiten que millones de personas puedan pasar sus días mirando una pantalla. Esa es la contradicción que deberíamos discutir.
El joven que farmea aura puede recibir miles de visualizaciones sin haber producido absolutamente nada que permanezca cuando el teléfono se apaga. El teen takeover puede generar millones de reproducciones mientras deja detrás basura, daños materiales y trabajadores aterrorizados. El Therian puede obtener una comunidad gigantesca alrededor de una identidad que, fuera de la lógica digital, probablemente tendría un alcance mucho más limitado.
El algoritmo iguala todas esas cosas bajo una única pregunta:
¿Genera atención?
Y cuando esa se convierte en la medida dominante del valor, una civilización corre el riesgo de premiar precisamente lo contrario de aquello que necesita para sobrevivir. La verdadera amenaza, por tanto, no es que los jóvenes sean demasiado extraños. Es que una economía extraordinariamente poderosa haya descubierto que el vacío también puede producir dinero.
Y quizá esa sea la característica más siniestra del nuevo orden: ya ni siquiera necesitamos convertirnos en trabajadores productivos para beneficiarse de nosotros. Puede convertir nuestra estupidez en espectáculo, nuestra rebeldía en contenido, nuestra inseguridad en consumo, nuestra identidad en mercancía. Y nuestra necesidad desesperada de ser vistos en una fuente permanente de riqueza para quienes controlan las plataformas. Por eso el problema no se resuelve simplemente diciéndoles a los jóvenes que "maduren".
La pregunta verdaderamente incómoda es si nosotros, como sociedad, estamos dispuestos a recuperar una idea mucho más antigua y exigente de libertad: la libertad de hacer algo que tenga valor aunque nadie lo filme, nadie lo comparta y ningún algoritmo lo premie.
Porque quizá el acto más revolucionario frente al tecnofeudalismo no sea conseguir millones de seguidores.
Quizá sea aprender a construir algo que siga teniendo valor cuando nadie está mirando.
NO HAY NADA MÁS EXCLUYENTE QUE SER POBRE.

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