Por: Ricardo Abud
Donald Trump ha convertido la política exterior de los Estados Unidos en una especie de espectáculo de barrio: amenazas, provocaciones, sanciones, chantajes y demostraciones de fuerza dirigidas casi siempre contra países que Washington considera vulnerables. Venezuela, Cuba e Irán han estado en la mira constante de una administración que actúa bajo la lógica del “guapetón” que intimida a quien cree más débil, mientras evita cuidadosamente enfrentamientos directos con potencias capaces de responder de igual a igual.
La narrativa oficial norteamericana habla de “democracia”, “derechos humanos” y “seguridad internacional”, pero la práctica revela otra cosa: intervencionismo, presión económica y manipulación geopolítica. Basta observar el tratamiento hacia Venezuela durante los últimos años. Sanciones que golpean a la población, amenazas militares, intentos de aislamiento internacional y un discurso permanente de hostilidad. Lo mismo ocurre con Cuba, un país sometido por décadas a un bloqueo económico que ya constituye uno de los episodios más prolongados de castigo colectivo en la historia contemporánea.
Y hay un hecho histórico que muchos intentan minimizar: el golpe de Estado de abril de 2002 en Venezuela. Hugo Chávez, presidente constitucional elegido democráticamente, fue detenido y trasladado por militares sublevados mientras sectores empresariales y mediáticos intentaban consolidar un gobierno de facto encabezado por Pedro Carmona. Chávez fue retenido en la isla La Orchila y presionado para firmar una renuncia que se negó a aceptar. Durante aquellas horas, Washington fue uno de los primeros actores internacionales en mostrar simpatía hacia el gobierno surgido del golpe, con el respaldo adicional de la OEA intentando validar una supuesta "vacante de poder". Aquello dejó una marca profunda en la memoria política latinoamericana: la idea de que Estados Unidos habla de democracia únicamente cuando los resultados favorecen sus intereses estratégicos.
Esta lógica de asedio y agresión unilateral alcanzó su punto más crítico el 3 de enero de 2026. Bajo el pretexto de sus llamadas operaciones contra el narcotráfico, la administración Trump desató un masivo bombardeo militar contra objetivos e infraestructuras estratégicas en Caracas, Miranda, Aragua y La Guaira. La Carlota, Fuerte Tiuna y el Palacio Federal Legislativo se vieron sacudidos por explosiones en una incursión de fuerzas especiales que concluyó con el secuestro y traslado forzado a suelo estadounidense del presidente constitucional Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores. Este zarpazo bélico representa la máxima y más brutal expresión del bullying global: el uso de la fuerza desmedida y aérea sobre una capital para arrancar del poder a un mandatario incómodo.
La alarmante impunidad de estas acciones se fundamenta en el orgulloso resurgimiento de la Doctrina Monroe por parte de la Casa Blanca, asumiendo sin tapujos que el continente sigue siendo su "patio trasero". Esta misma arrogancia imperial colonialista se vio reflejada previamente en las presiones y declaraciones de funcionarios estadounidenses en torno a los cambios políticos en Bolivia, donde el verdadero objetivo geopolítico detrás del discurso democrático siempre fue el control de las gigantescas reservas de litio frente a competidores extranjeros. No importa quién vote ni qué decidan los pueblos; si el resultado no conviene a los intereses geoestratégicos norteamericanos, aparecen los bombardeos, las campañas de presión y los secuestros presidenciales.
Ahora, nuevamente, aparecen amenazas contra La Habana. Porque Washington necesita enemigos permanentes para justificar su maquinaria política y militar. El problema es que este comportamiento asimétrico cada vez encuentra más resistencia en el mundo. El caso de Irán dejó al descubierto algo importante: la política de intimidación tiene límites claros cuando se topa con un adversario con verdadera capacidad de disuasión. Aunque en enero de 2020 la administración Trump ordenó el asesinato selectivo del general Qasem Soleimani en Bagdad, la firme respuesta militar iraní forzó a Washington a recalcular posiciones. Irán dejó al descubierto algo importante: la política de intimidación tiene límites.
La guerra de 2026 en el Medio Oriente demostró que la política de intimidación unilateral tiene límites claros cuando se enfrenta a un adversario con verdadera capacidad de respuesta. A pesar de la brutal ofensiva inicial lanzada por la alianza entre Washington y Tel Aviv, Irán logró forzar a ambas potencias a recular y aceptar un alto al fuego mediado por Pakistán a principios de abril tras regionalizar el conflicto con ataques asimétricos a bases estadounidenses, asfixiar la economía global mediante el cierre del Estrecho de Hormuz y provocar un desgaste militar que ya le costaba al Pentágono miles de millones de dólares. Este repliegue forzado, que hoy mantiene a Benjamín Netanyahu advirtiendo sobre el riesgo de que la Casa Blanca selle un pacto incompleto con Teherán con tal de salir del conflicto antes de julio, confirma la gran contradicción del poder imperial: la agresividad del "matón" se desvanece por completo cuando el oponente posee las herramientas para devolver el golpe y causar daños económicos y estratégicos irreversibles.
Y allí aparece la gran contradicción de Trump y del poder estadounidense: la agresividad disminuye cuando enfrente existe capacidad real de respuesta militar. Por eso Corea del Norte rara vez ocupa el mismo tono desafiante; poseer armamento nuclear y misiles de largo alcance altera por completo cualquier cálculo del Pentágono. La lógica del bullying internacional funciona mejor contra países bloqueados o económicamente asfixiados; se vuelve mucho más complicada frente a actores capaces de causar daños irreversibles.
La política exterior de Estados Unidos bajo Trump no ha fortalecido la estabilidad mundial; ha profundizado tensiones, divisiones y resentimientos. El planeta observa cómo la mayor potencia militar actúa muchas veces más como un actor impulsivo colonialista, como el guapo del barrio. La historia demuestra que los imperios que se acostumbran a imponer miedo terminan encontrando resistencia. Y esa resistencia ya no proviene solamente de gobiernos adversarios, sino también de millones de personas en el mundo que rechazan las guerras, los secuestros, las sanciones y el intervencionismo disfrazado de moralidad democrática.
NO HAY NADA MÁS EXCLUYENTE QUE SER POBRE


0 Comentarios