Se vende soberanía al mejor postor


Por: Ricardo Abud

 Durante años le dijeron al pueblo venezolano que defender a Alex Saab era defender la patria. Lo convirtieron en bandera política, en símbolo de resistencia, en supuesto mártir del bloqueo. Movilizaron instituciones, medios públicos, diplomáticos y hasta cadenas presidenciales para repetir la narrativa de que aquel hombre era un ciudadano venezolano perseguido por el imperialismo. 

Hoy, con una facilidad insultante, los mismos voceros del poder salen a decir que Saab nunca fue venezolano, que su cédula era fraudulenta y que todo fue una especie de engaño administrativo. La pregunta que retumba en la conciencia de cualquier revolucionario honesto es simple: ¿quién miente entonces y quién ha mentido durante todos estos años? Se burlaron de todos los que salieron a la calle a defender a este personaje. Y esto quedan en evidencia en la gran cantidad de maeterial en las redes. 

Porque aquí no se trata de defender a Alex Saab. Se trata de defender la inteligencia y la dignidad de un pueblo que ha soportado hambre, sanciones, corrupción, humillaciones y sacrificios mientras una élite política jugaba a la geopolítica con discursos revolucionarios en la boca y acuerdos oscuros en las manos. El venezolano de a pie sabe perfectamente que para obtener un pasaporte se necesita una cédula validada por el SAIME. Sabe que ningún ciudadano común puede atravesar el sistema sin dejar rastros. Sabe también que Saab fue presentado oficialmente como diplomático venezolano, protegido por el Estado, abrazado públicamente por el presidente Nicolás Maduro y elevado a la categoría de “héroe económico” por quienes hoy pretenden lavarse las manos como pilatos, venderlo como Judas y negarlo como Pedro.

Ahora quieren convencer al país de que todo fue un simple fraude individual descubierto de repente, como si las instituciones no hubiesen sido utilizadas para legitimar su figura. Pretenden que el pueblo crea que el mismo aparato estatal que persigue con ferocidad a cualquier ciudadano por un error burocrático fue incapaz de detectar durante años una supuesta cédula falsa en uno de los hombres más cercanos al poder. Esa historia no resiste el más mínimo análisis. Diversos medios reseñaron recientemente las declaraciones oficiales donde se afirma que Saab “no es venezolano” y que habría utilizado documentos irregulares dentro del sistema estatal. Todo el que quiera saber de irregularidades, solo debe presentarse en esa institución cualquier día y ver cómo desfilan cantidades de indocumentados de un país en específico,  que luego salen con cédula y pasaporte en mano, es un secreto a voces. 

Lo verdaderamente doloroso para quienes alguna vez creyeron en la Revolución Bolivariana no es solamente la contradicción. Lo insoportable es el olor a entrega. El discurso antiimperialista se derrumba cuando quienes juraban resistir hasta las últimas consecuencias terminan negociando piezas humanas para salvar cuotas de poder. La narrativa revolucionaria se convierte en mercancía de cambio cuando las lealtades duran únicamente mientras resulten útiles. Y allí aparece la sensación amarga de que Venezuela dejó de ser un proyecto político para convertirse en una mesa de transacciones donde algunos entregan soberanía para garantizar su supervivencia.

La tragedia moral del chavismo actual no radica únicamente en la corrupción o en la improvisación. Radica en haber vaciado de contenido humano las palabras que durante años movilizaron a millones. Hablaron de Bolívar mientras negociaban privilegios. Hablaron del pueblo mientras se enriquecían grupos enteros alrededor del poder. Hablaron de resistencia mientras construían fortunas protegidas por el Estado. Y ahora hablan de legalidad después de haber defendido con uñas y dientes aquello que hoy califican de fraudulento.

Cada vez que un dirigente intenta justificar estas contradicciones diciendo que “todo es por Venezuela”, lo que realmente hace es profundizar el desencanto popular. Porque el pueblo venezolano puede soportar dificultades, pero detesta sentirse utilizado. El militante humilde que marchó bajo el sol, el trabajador que defendió el proceso en su comunidad, el anciano que siguió creyendo pese a las carencias, todos merecen una explicación mucho más seria que esta grotesca pirueta política.

La revolución bolivariana nació con una promesa de dignidad, con la convicción de que este país no volvería a ser colonia de nadie, que sus recursos serían del pueblo, que su destino lo decidiría su gente. Esa promesa fue real para millones. Y es precisamente por eso que la traición duele tanto: porque no la comete un enemigo declarado, sino quien juraba ser el guardián de esa llama.

Lo que está ocurriendo no es un error, no es una falla del sistema, no es la consecuencia inevitable del bloqueo. Es una entrega calculada, negociada en silencio, procesada en acuerdos que el pueblo no conoce y no consintió. Se entregan activos, se ceden posiciones, se sacrifican principios, todo ello envuelto en el celofán de un discurso que ya nadie con dos dedos de frente puede sostener con la cara en alto.

Cuando el poder se obsesiona más con protegerse a sí mismo que con proteger al país, comienza inevitablemente el proceso de descomposición moral. Y eso es precisamente lo que hoy perciben millones de venezolanos: una dirigencia atrapada entre el miedo, las negociaciones y la necesidad desesperada de conservar espacios de poder aunque para ello tenga que renunciar a todo lo que antes proclamaba.

La traición, decía el Libertador, es el crimen más vil porque se comete con el rostro de la lealtad. Y eso es exactamente lo que algunos están haciendo: traicionando con la bandera en la mano, vendiendo con el himno en los labios, entregando mientras fingen resistir.

Resulta imposible no sentir indignación cuando quienes ayer gritaban “Leales siempre, traidores nunca” ahora modifican discursos según las conveniencias del momento, desechan el rojo y asumen el azul y blanco como sus nuevos colores. La lealtad verdadera no consiste en defender nombres ni operadores financieros. La verdadera lealtad es con el pueblo que sigue sobreviviendo entre salarios miserables, servicios destruidos y promesas incumplidas.

Venezuela no necesita más propaganda disfrazada de patriotismo. Necesita dirigentes capaces de decir la verdad aunque les cueste poder. Necesita coherencia. Necesita dignidad. Porque ningún proyecto político puede sostenerse eternamente sobre contradicciones tan obscenas sin terminar destruyendo la poca credibilidad que le queda. Y cuando un pueblo comienza a sentir que su soberanía se negocia a puertas cerradas mientras le venden discursos heroicos por televisión, lo que nace no es esperanza revolucionaria. Venezuela merece más que este circo de hipócritas con conciencia elástica.

Lo que nace es una  arrechera tan grande... 

Nota: Estos mismos dirigentes nos hablarán de la conveniencia de ser el estado 51 de la unión o en el mejor de los casos, hablarnos de la necesidad de crear bases militares norteamericanas en nuestro suelo. MCM para que quiere ser presidente, si ya le están haciéndo el trabajo.  

NO HAY NADA MÁS EXCLUYENTE QUE SER POBRE 


Publicar un comentario

0 Comentarios