Por: Ricardo Abud
Cada cierto tiempo aparece un nuevo comité internacional de salvación democrática, integrado por expertos en Venezuela que no saben distinguir entre Barinas y Barcelona, pero que poseen una habilidad extraordinaria: redactar manuales electorales desde hoteles cinco estrellas, estudios de televisión o cafeterías en Miami donde el café cuesta más que un salario mínimo entero.
La escena ya es costumbre. Desde el exterior llegan comunicados solemnes, exigencias urgentes, condiciones innegociables y recetas mágicas para “rescatar la democracia venezolana”. Lo curioso es que casi nunca comienzan hablando del voto del venezolano que madruga, trabaja, hace cola, resuelve y vive aquí. No. Primero discuten qué debe hacer el país para que ellos consideren válidas unas elecciones. Después, si queda tiempo, recuerdan que existen los venezolanos.
Ahora resulta que para votar en Venezuela hay que pasar una especie de prueba migratoria ideológica. Si no resides en la República Independiente del Darién, si no has cruzado fronteras grabándote en TikTok con música triste de fondo, si no has dado declaraciones desde un estudio en Washington explicando por qué el venezolano que vive en Venezuela “no entiende la realidad”, entonces pareciera que tu opinión vale menos.
La nueva moda política consiste en convertir el proceso electoral venezolano en una franquicia internacional. Unos quieren cambiar el árbitro, otros quieren cambiar las reglas, algunos quieren cambiar el estadio y no falta quien quiera cambiar hasta el pueblo porque “vota mal”. Según ciertos sectores opositores, las elecciones solo son legítimas cuando ellos ganan o, por lo menos, cuando pueden redactar el reglamento completo antes de comenzar el partido.
La ironía alcanza niveles científicos. Muchos de los mismos dirigentes que durante años llamaron a la abstención ahora descubren que las elecciones son importantes. Los mismos que juraban que el sistema electoral era inútil, hoy piden dirigirlo. Los que antes aseguraban que votar no servía para nada, ahora exigen garantías con una pasión casi romántica. Pareciera que el problema nunca fue el mecanismo electoral, sino que el pueblo no siguió el libreto que ellos escribieron desde un apartamento con aire acondicionado en el extranjero.
Desde la perspectiva revolucionaria, el asunto tiene un detalle incómodo para ciertos sectores: la soberanía. Esa palabra que algunos consideran anticuada cuando Venezuela la pronuncia, pero sagrada cuando la utiliza cualquier potencia extranjera. Porque una cosa es opinar sobre un proceso político y otra muy distinta es intentar administrar un país a control remoto, como quien cambia el canal de televisión.
El venezolano común observa todo este espectáculo con una mezcla de humor y agotamiento. Mientras unos hablan de “transiciones”, “reestructuraciones institucionales” y “nuevos modelos democráticos”, la señora del mercado sigue preguntándose algo mucho más simple: “¿Y esta gente cuándo piensa hablarle al país real?”. Porque en la práctica, algunas propuestas opositoras parecen diseñadas para impresionar diplomáticos extranjeros y no precisamente para convencer al ciudadano de a pie.
La narrativa se vuelve todavía más surrealista cuando aparecen analistas explicando que las elecciones venezolanas solo serán válidas si son supervisadas por medio planeta, auditadas por medio continente y aprobadas por gobiernos que ni siquiera logran organizar sus propios procesos sin escándalos. Pronto pedirán que las actas electorales sean revisadas por la OTAN, la FIFA y quizás por un jurado especial de influencers políticos.
Mientras tanto, Venezuela sigue siendo Venezuela: compleja, intensa, contradictoria y profundamente política. Aquí la gente discute de elecciones en una bodega, en un autobús, en una plaza o en una cola. No hace falta un seminario en Washington para entender que el voto pertenece al pueblo y no a laboratorios internacionales de opinión.
Quizás el problema más grande para cierta oposición no sea el árbitro, ni el sistema, ni el cronograma. Tal vez el verdadero problema es aceptar que el país no cabe dentro de un hashtag ni dentro de un comunicado redactado en otro continente. Porque Venezuela no es un proyecto de exportación política. Mucho menos una colonia emocional administrada desde el extranjero.
Y allí aparece la gran tragedia cómica de todo este asunto: algunos sectores hablan de democracia con un entusiasmo tan autoritario que pareciera que las elecciones solo serían libres cuando todos piensen exactamente igual que ellos.
Al final, el pueblo venezolano termina asistiendo a este espectáculo con una sonrisa sarcástica. Porque mientras unos intentan decidir quién puede votar, cómo se debe votar y cuándo conviene votar, la realidad sigue recordándoles algo elemental: las elecciones venezolanas se hacen en Venezuela, no en la República Autónoma del Darién mediático.
NO HAY NADA MÁS EXCLUYENTE QUE SER POBRE


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