Por: Ricardo Abud
Venezuela atraviesa uno de los momentos más comprometedores de su historia republicana. La retórica de soberanía ,tan invocada durante décadas como escudo ideológico y carta de presentación ante el mundo, parece haber cedido su lugar a una realidad que muchos ciudadanos perciben con indignación y perplejidad: la progresiva subordinación de los intereses nacionales a poderes externos, particularmente a Washington.
La espada de Simón Bolívar no es un objeto cualquiera en el imaginario venezolano. Es el símbolo fundacional de la independencia continental, el arquetipo del antimperialismo latinoamericano, la bandera con la que se construyó durante más de dos décadas un proyecto político que se proclamaba heredero directo del Libertador. Que ese símbolo ,literal y metafóricamente, haya dejado de recorrer las tierras que prometió defender es quizás la imagen más poderosa del colapso de un discurso que movilizó generaciones enteras.
Cuando un gobierno que edificó su legitimidad sobre la soberanía nacional termina negociando con las mismas potencias que denunciaba como enemigas, no se produce simplemente un giro pragmático de política exterior. Se produce una fractura moral entre el relato y la acción, entre la máscara y el rostro.
El entreguismo no es un fenómeno nuevo en América Latina. Sin embargo, resulta particularmente grave cuando proviene de quienes construyeron su poder político sobre la promesa contraria. En el caso venezolano, la gravedad radica no solo en lo que se entrega ,recursos, soberanía jurídica, autonomía en política exterior, sino en la forma en que se ejecuta: sin debate público, sin transparencia, sin consulta al pueblo que supuestamente lo legitima todo.
Las negociaciones que se desarrollan lejos de los ojos ciudadanos, los acuerdos que se susurran en corredores diplomáticos mientras la plaza pública recibe consignas vacías, configuran una doble traición: al país y al propio discurso fundacional del proyecto. Se traiciona a Venezuela, sí, pero también se traiciona la inteligencia de quienes creyeron genuinamente en un proyecto de dignidad nacional.
Tan grave como el entreguismo mismo es el silencio ensordecedor de quienes se autoproclaman guardianes de la revolución. Aquellos que llenaron plazas con discursos encendidos sobre dignidad, soberanía e independencia, hoy callan con una comodidad que resulta obscena. No es el silencio del que no sabe, ni el del que teme: es el silencio del cómplice, el que conoce la verdad y la entierra porque su bienestar personal depende de que esa verdad no salga a la luz. Los llamados líderes revolucionarios han convertido su mutismo en moneda de cambio, en garantía de supervivencia política, en el precio que cobran por mirar hacia otro lado mientras se negocia lo que juraron defender con la vida. Ese silencio no es neutral. Es un acto político en sí mismo, tan traicionero como la firma de cualquier acuerdo vergonzoso. Y resulta especialmente hiriente porque proviene de quienes educaron a generaciones enteras en la cultura de la denuncia, de la indignación permanente, del imperativo moral de hablar aunque temblara la voz. Hoy, cuando más se necesita esa voz, la revolución guarda silencio. Y en ese silencio, se retrata entera.
Que Venezuela pueda volver a configurarse como zona de influencia directa de los Estados Unidos ,bajo cualquier forma o denominación, no es simplemente un retroceso geopolítico. Es la reedición de una relación histórica de dependencia que el continente entero lleva décadas intentando superar. América Latina no necesita tutores. No los necesitó en el siglo XIX con las doctrinas monroístas, no los necesitó en el siglo XX con la política del gran garrote, y no los necesita en el siglo XXI bajo las formas renovadas del intervencionismo suave.
El problema no es relacionarse con Washington ,ningún país puede darse el lujo del aislamiento absoluto en el mundo contemporáneo, sino hacerlo desde una posición de dignidad y de defensa genuina de los intereses nacionales. Cuando la relación se establece desde la rendición y no desde la soberanía, el resultado siempre es el mismo: un país que cede más de lo que gana.
Lo que profundiza la herida es la persistencia del engaño. Un entreguismo honesto ,si tal cosa pudiera existir, al menos respetaría la capacidad del ciudadano de entender su propia realidad. Pero mantener el discurso de la resistencia antiimperialista mientras se negocian acuerdos que contradicen ese discurso es una forma de violencia política sutil: la que se ejerce sobre la conciencia pública.
El pueblo venezolano ha demostrado históricamente que puede enfrentar la verdad, por dura que sea. Lo que no puede, lo que ningún pueblo debería, es ser gobernado mediante la fabricación sistemática de una realidad alternativa. Quitarse la máscara, como exige la dignidad política, sería al menos un acto de honestidad con la historia.
Venezuela merece un debate real sobre su posición en el mundo, sobre qué significa la soberanía en el siglo XXI, sobre cómo relacionarse con las grandes potencias sin convertirse en peón de sus intereses. Ese debate no puede darse mientras exista una brecha insalvable entre lo que se dice y lo que se hace.
La espada de Bolívar, si tiene algún sentido hoy, no debería ser un instrumento de legitimación de ningún poder, sino una invitación permanente a preguntarse: "¿estamos gobernando para Venezuela, o estamos gobernando para mantenernos en el poder a cualquier precio?" La respuesta a esa pregunta define si lo que ocurre es política, o simplemente traición con bandera.
NO HAY NADA MÁS EXCLUYENTE QUE SER POBRE


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