Memorias de un Caraqueño Anfibio


 Por: Ricardo Abud 

Nací en Caracas, ciudad donde el tiempo no se mide en días sino en chorros de agua. Mi semana tenía dos estaciones claramente definidas: la época de abundancia (jueves, viernes y sábado) y la gran sequía espiritual (domingo, lunes, martes y miércoles). Mientras el resto del mundo dividía su calendario en meses, yo dividía el mío en "cuando viene el agua" y "cuando uno llora por dentro".

Los jueves eran mi Navidad. Abría la llave del baño y el agua caía como una bendición divina mientras yo alzaba los brazos al cielo como si hubiera ganado un campeonato mundial. Me bañaba dos veces. A veces tres. Una vez me bañé cuatro veces en un día solo porque podía, porque era libre, porque el agua corría y yo era un hombre civilizado con acceso a recursos hídricos. Me sentía suizo.

Pero el domingo llegaba con su crueldad característica.

Abría el grifo (vulgarmente el chorro) con la esperanza irracional de que quizás, solo quizás, esta vez sería diferente. El caño tosía, escupía aire con algo de dignidad, y luego guardaba un silencio sepulcral que me partía el alma. Ahí comenzaba mi transformación: dejaba de ser ciudadano de una capital del primer mundo para convertirme en un explorador que debía racionar recursos en medio de la selva, excepto que mi selva tenía televisión por cable y tráfico en la Francisco de Miranda.

Entonces aparecía él. Mi héroe. Mi salvador. Mi compañero de batallas.

El envase de Margarina Mavesa de un kilo.

Ese recipiente blanco, humilde, sin pretensiones filosóficas, con su etiqueta amarilla que prometía suavidad y sabor pero que en mi casa había alcanzado un destino mucho más glorioso, se convirtió en el utensilio más importante de mi hogar entre domingo y miércoles. Con él y un tobo ese recipiente de plástico resistente que en otras latitudes sirve para guardar cosas en la cocina, pero en Caracas alcanza su máxima expresión como herramienta de higiene personal me convertía en un artista del baño minimalista. Cada movimiento era calculado. Cada derrame, una tragedia. Vertía el agua con la precisión de un cirujano suizo y la parsimonia de un sommelier sirviendo Château Pétrus.

El problema, y aquí viene mi gran conflicto existencial, era el agarre.

El envase de Margarina Mavesa de un kilo no fue diseñado para bañarse. Fue diseñado para guardar margarina, lo cual, en retrospectiva, es una función bastante limitada comparada con todo lo que yo le estaba exigiendo. Resbalaba. Se escurría. Había noches en las que peleaba con ese envase como si fuera un adversario personal, como si los señores de Margarina Mavesa hubieran diseñado intencionalmente un recipiente imposible de sostener para hacerme la vida más difícil mientras me enjabonaba la espalda.

Fue entonces cuando tomé una decisión histórica.

Le escribí a Lorenzo Mendoza.

Sí. Al señor de Empresas Polar, dueño de Margarina Mavesa y de medio refrigerador venezolano. Personalmente. Con nombre, apellido y todo. Le redacté una carta con la seriedad de un memorando corporativo solicitando, con absoluta convicción ciudadana, que le pusieran un asa al envase de Margarina Mavesa de un kilo. Un asa. Solo una. No pedía mucho. No pedía que resolviera la crisis del agua, no pedía que arreglara el Guaire, no pedía milagros. Solo un asa de plástico que me permitiera sostener con dignidad el recipiente con el que me bañaba cuatro días a la semana en la capital de un país petrolero.

Nunca me contestó.

Imagino que la carta llegó a algún departamento de atención al cliente donde algún empleado la leyó, miró a sus compañeros, y todos guardaron un minuto de silencio por mí. O quizás la carta nunca llegó porque el servicio de correo tampoco funcionaba bien. En Caracas todo tenía sus días.

Lo del río Guaire es otro capítulo de mi tragedia personal. Ese río y uso el término "río" con toda la generosidad literaria que me es posible,  atraviesa Caracas como una cicatriz marrón que huele a los sueños que pudieron ser y no fueron. Dicen que en otros tiempos el Guaire era un río de verdad, con agua de verdad, con peces y todo. Yo nunca lo conocí así. Yo lo conocí como lo que es: el resumen ejecutivo de todas las decisiones que no se tomaron, de todos los proyectos que se anunciaron en cadena nacional y desaparecieron junto con los recursos destinados a ejecutarlos.

Si hubieran recuperado el Guaire, yo especulo en mis noches de insomnio seco y sin agua, quizás Caracas sería otra ciudad. Quizás la brisa que bajaría del río olería a futuro en lugar de oler a lo que huele ahora. Quizás habría un malecón con gente tomando café, y yo no habría necesitado escribirle a Lorenzo Mendoza sobre asas en envases de Margarina Mavesa, porque habría agua suficiente para todos y el tobo y el envase amarillo serían solo una anécdota pintoresca de la abuela.

Pero se robaron todo. Con una eficiencia que, irónicamente, nunca aplicaron a ningún servicio público.

Y así crecí yo, caraqueño de pura cepa, anfibio urbano que aprendió a medir la felicidad en chorros de agua, a calcular la semana en días con y días sin, a valorar cada gota con una intensidad que ningún spot publicitario ecologista podría superar. Mientras en otros países la gente ahorra agua por conciencia ambiental, yo la ahorraba por pura supervivencia metropolitana.

Hoy, donde quiera que esté, cada vez que abro una llave y el agua sale así, sin drama, sin horario, sin negociaciones previas pienso en mis días con el envase de Margarina Mavesa y el tobo. Pienso en los malabarismos matutinos. Pienso en la carta sin respuesta.

Y me baño dos veces. Solo porque puedo. Solo porque soy libre.

Y porque, en el fondo, sigo siendo el mismo caraqueño que nunca perdió la esperanza de que alguien, algún día, le pusiera un asa a ese coño e madre envase amarillo de Margarina Mavesa.



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