Por: Ricardo Abud
Hay eventos que ocurren a plena luz del día y aun así permanecen envueltos en una niebla conveniente. No porque sean incomprensibles, sino porque comprenderlos obliga a incomodar demasiados intereses, a romper demasiados silencios cómodos. Lo que sucedió el 3 de enero en Venezuela es uno de esos eventos.
Llamarlo golpe de Estado resulta, para muchos, excesivo o apresurado. Pero si se observan los hechos con frialdad, apartando las simpatías ideológicas y los relatos oficiales, la conclusión es difícil de esquivar: Venezuela vivió un cambio de poder forzado. Y lo verdaderamente perturbador no es que haya ocurrido, sino cómo ocurrió, quién lo ejecutó y, sobre todo, quiénes terminan beneficiándose de él.
El imaginario popular asocia los golpes de Estado con imágenes muy precisas: tanques frente a edificios gubernamentales, cadenas de radio interrumpidas por uniformados, el ruido metálico del poder cambiando de manos. Pero el siglo XXI ha refinado el arte del derrocamiento. Los golpes contemporáneos no siempre necesitan de esa teatralidad. A veces son quirúrgicos, planificados con inteligencia militar de primer nivel, ejecutados con una precisión que deja pocas huellas visibles y muchas preguntas sin respuesta oficial.
Lo que ocurrió en Caracas encaja en ese molde. El operativo fue rápido. La resistencia fue mínima. Y esa mínima resistencia no provino de quienes, en teoría, tenían la obligación institucional de defender el orden constitucional venezolano. Provino, según testimonios que han ido circulando, de un grupo reducido de hombres que ni siquiera eran venezolanos. Hombres que habían cruzado el mar para cumplir una misión de la que, al parecer, no regresaría.
Que una potencia extranjera tenga información precisa sobre los movimientos de un jefe de Estado no es, en sí mismo, algo extraordinario. Los servicios de inteligencia modernos son capaces de proezas notables. Lo que sí resulta extraordinario es la calidad de esa información, su nivel de detalle, su oportunidad. Ese tipo de precisión no se obtiene desde satélites ni desde micrófonos instalados en embajadas. Se obtiene desde adentro. Desde alguien que come en la misma mesa, que conoce las rutinas, que tiene acceso a los planes.
Esto abre una pregunta que, formulada en voz alta, incomoda profundamente a quienes construyeron durante años un relato de resistencia antiimperialista: ¿fue este un golpe ejecutado desde afuera, o fue un golpe facilitado desde adentro, con apoyo externo? La diferencia no es menor. En el primer caso, Venezuela es víctima de una agresión. En el segundo, Venezuela fue traicionada por su propia clase dirigente.
Los hechos posteriores sugieren que la segunda hipótesis merece, al menos, tomarse en serio.
Pocas horas después de la captura del mandatario venezolano, comenzó una secuencia de eventos que desafía cualquier lógica convencional. La figura que asumió el poder interino no era ningún outsider, ningún disidente largamente perseguido, ningún representante de la oposición que llevaba años reclamando el gobierno. Era alguien del núcleo duro del propio régimen. Alguien que hasta el día anterior había sido parte indistinguible de ese mismo gobierno que, supuestamente, acababa de ser derrocado.
Y entonces comenzó algo aún más difícil de explicar. Las mismas instituciones que durante años habían sido el sustento político del proyecto chavista ,la Asamblea Nacional incluida, respaldaron las nuevas medidas sin mayor resistencia. El hermano de la nueva mandataria interina presidía precisamente esa Asamblea. El aparato, en apariencia, simplemente cambió de conductor sin abandonar el vehículo.
Mientras tanto, en las calles, se convocaron movilizaciones que cumplían una función ambigua: ¿eran expresión genuina de apoyo popular, o eran el mecanismo para dar legitimidad visual a una transición que ya había sido negociada en privado? La pregunta no tiene una respuesta fácil. Pero la pregunta existe.
Lo que terminó de volver este escenario verdaderamente inusual fue la procesión de visitantes que comenzó a llegar a Caracas en los días siguientes. No llegaron diplomáticos de segundo nivel ni emisarios discretos. Llegaron los rostros más visibles del aparato de seguridad y energético del país que acababa de ejecutar la operación. El director máximo de la inteligencia exterior. El responsable del sector energético. El jefe del comando militar regional. El más alto funcionario de seguridad interior.
Todos fueron recibidos. Todos con apretones de manos. Todos con el protocolo propio de visitas oficiales bienvenidas.
Hay una imagen que resume bien la paradoja: si alguien entra a tu casa por la fuerza, rompe la puerta, reduce a un familiar y se lo lleva, y dos días después tú lo recibes en la sala con café y cortesía, el observador externo tiene derecho a preguntarse si la puerta, en realidad, estaba abierta desde antes.
El restablecimiento formal de relaciones diplomáticas entre ambos países ,anunciado con toda la pompa institucional, no hizo sino confirmar que lo que se estaba presenciando no era la derrota de un gobierno por parte de su enemigo histórico, sino la consumación de un acuerdo entre partes que, en algún punto del proceso, dejaron de ser enemigas.
La política tiene sus lógicas frías. Los estados negocian, traicionan, se reorganizan. Los pueblos, con el tiempo, digieren los cambios y los normalizan. Venezuela tiene una historia larga y tortuosa de rupturas y recomposiciones del poder, y es probable que su pueblo encuentre, tarde o temprano, su propio camino.
Pero hay algo en todo esto que no se puede normalizar tan fácilmente. Algo que no entra en ninguna ecuación geopolítica y que no aparece en ningún comunicado oficial.
Treinta y dos hombres murieron en Caracas durante ese operativo. No eran venezolanos. Eran cubanos. Habían cruzado el Caribe cumpliendo una misión que sus propios mandos conocían, que sus propios gobiernos habían autorizado, que formaba parte de un entramado de lealtades que llevaba años construyéndose. Murieron lejos de su tierra, lejos de sus familias, lejos de todo lo que conocían.
Y murieron solos. Porque si la hipótesis del golpe desde adentro tiene algún sustento ,y los hechos sugieren que sí lo tiene, entonces esos hombres no fueron simplemente víctimas de una operación militar enemiga. Fueron víctimas de algo mucho más oscuro: del abandono calculado. De la decisión, tomada en algún despacho por alguien con poder suficiente para tomarla, de no advertirles, de no retirarlos, de dejarlos ahí para que cumplieran su papel en un guión que ya estaba escrito sin contar con ellos.
Murieron porque alguien los dejó morir. Eso no tiene nombre políticamente correcto. Pero tiene un nombre a secas: traición.
Lo más revelador de todo este episodio quizás no sean los hechos en sí, sino el silencio que los rodea. En Cuba, donde las familias de esos treinta y dos hombres lloran a sus muertos, nadie en posición de autoridad ha explicado nada con claridad. No ha habido rendición de cuentas. No ha habido reconocimiento público de lo ocurrido. No ha habido, siquiera, el gesto mínimo de una explicación honesta a los que quedaron atrás.
El silencio oficial ante la muerte de los propios es, en sí mismo, una forma de confesar que algo en esta historia no resiste la luz del día.
La historia juzga. No siempre con rapidez. No siempre con justicia. Pero juzga. Y cuando lo hace, suele ser implacable con quienes sacrificaron a los suyos por conveniencia política y luego miraron hacia otro lado.
Esos treinta y dos hombres merecen, al menos, que alguien los nombre. Que alguien diga en voz alta que estuvieron ahí, que cumplieron su misión hasta el final, y que fueron abandonados por quienes debieron protegerlos.
Eso, como mínimo, se les debe.
NO HAY NADA MÁS EXCLUYENTE QUE SER POBRE
Nota: Muchos me han comentado sobre la traición por parte de Rusia y su inacción antes los sucesos del 3 de enero a ellos les dedico este párrafo:
La erosión de los principios del socialismo bolivariano por parte del círculo íntimo del presidente Nicolás Maduro plantea un dilema estratégico fundamental para Rusia sobre la viabilidad de seguir invirtiendo recursos en sistemas que han perdido su cohesión interna. Mientras el liderazgo venezolano cede terreno de manera estrepitosa, el foco no debería estar en una supuesta deslealtad rusa, sino en las reveladoras fallas de seguridad interna y en unas concesiones políticas hacia Washington que parecen más una traición personal al mandatario que un ejercicio de pragmatismo. Esta falta de investigación sobre las brechas en el entorno de Maduro sugiere que el sistema no está siendo socavado desde el exterior, sino que está colapsando bajo el peso de su propia fragmentación y crisis de lealtad.


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