Por: Ricardo Abud
La noche del 24 de febrero de 2026, el Capitolio de Washington no fue solo el escenario de un balance de gobierno; fue el teatro donde se proyectó el nuevo mapa político de Venezuela.
En un ejercicio de comunicación simbólica de altísima precisión, Donald Trump presentó ante el Congreso al excandidato presidencial Enrique Márquez, orquestando un emotivo reencuentro con su sobrina Alejandra.Los aplausos de pie y la calidez con la que el mandatario pronunció el nombre de "Enrique" no fueron gestos fortuitos. Fue una presentación en sociedad, una declaración de intenciones que puso rostro a la "transición judiciosa" que la Casa Blanca ha decidido tutelar tras la captura de Nicolás Maduro el pasado enero.
Sin embargo, en política los vacíos suelen ser tan elocuentes como las presencias. El silencio absoluto sobre María Corina Machado y Edmundo González Urrutia durante la alocución fue el negativo fotográfico del retrato que Trump eligió construir esa noche.
Este desplazamiento no parece ser un descuido, sino una decisión táctica. Mientras el senador Rick Scott reveló que Machado no respondió a su invitación para asistir al evento, Trump ya había sentado las bases de este distanciamiento al calificarla previamente como una mujer "muy agradable", pero carente del "respeto" o el apoyo interno necesario para liderar el complejo aparato del Estado venezolano.
La irrupción de Enrique Márquez no fue espontánea, sino calculada bajo una lógica de pragmatismo quirúrgico. Ingeniero eléctrico y rostro conocido en el Zulia, Márquez construyó su trayectoria desde las filas del MAS y el CNE.
A diferencia de los liderazgos forjados en la confrontación total, ofrece un perfil institucionalista y centrista. Su capacidad para haber operado dentro del Estado y su negativa a firmar acuerdos en 2024, sin caer en la insurrección, lo convierten en el puente ideal hacia los sectores del chavismo que aún permanecen en el terreno. Washington parece estar buscando una "caída suave", evitando vacíos de poder que comprometan la seguridad regional.
Detrás de la escenografía emocional subyace el motor real de esta administración: el realismo petrolero. Trump ha sido explícito al medir el éxito de su intervención no en hitos democráticos, sino en barriles. El anuncio de que Estados Unidos ya ha recibido 80 millones de barriles de crudo de su "nuevo socio" estabilizó los precios globales por debajo de los $60.
En este esquema, la figura de Delcy Rodríguez como interlocutora operativa y la promoción de Márquez sugieren que la Casa Blanca prefiere administradores manejables por encima de líderes con una legitimidad social que escape a su control. Para Wall Street, Márquez es la cara de la seguridad jurídica; la señal de que no habrá una purga traumática, sino una reapertura negociada.
En las calles de Caracas y Maracaibo, la reacción es un mosaico de contradicciones. Para los seguidores más fieles de Machado, el silencio de Trump se siente como una "traición de terciopelo". Sin embargo, en sectores del empresariado y la sociedad civil agotada, hay un suspiro de alivio pragmático. Se percibe a Márquez como alguien capaz de gestionar la amnistía y devolver la normalidad, aunque esta venga bajo una tutela extranjera evidente.
Lo ocurrido en el Capitolio sugiere que Venezuela ha entrado en una fase de laboratorio. Es una transición donde la épica de la resistencia está siendo desplazada por la utilidad política. Trump ha elegido un camino donde el petróleo dicta el ritmo, dejando a la voluntad popular en una tensa espera frente a los cálculos de una potencia que prefiere un socio previsible antes que un líder impredecible.
NO HAY NADA MÁS EXCLUYENTE QUE SER POBRE


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