Del origen y evolución del lenguaje humano a las armas nucleares
Por: Marcelo Colussi y Guillermo GuzmƔn
Todos somos parte de la dispersa y contradictoria realidad, y no bastan las disquisiciones dialĆ©cticas para explicar ni para justificar el que aĆŗn estemos sumergidos en un caos infernal. HabrĆa que bucear mĆ”s a fondo para ver si hallamos la hebra de la madeja. ¿En quĆ© lugar, momento histórico y de quĆ© manera se resquebrajó a nivel de no retorno la evidente voluntad unitaria del Homo Sapiens?
Hoy la humanidad es un rompecabezas suelto al que debemos armar; algunas piezas no calzan para integrar un mundo de paz y armonĆa; los guerreristas “genĆ©ticos” no encajan, y hasta tanto las ciencias no ofrezcan una alternativa de curación para ellos, hay que desecharlos, dejarlos a nivel de esa cosa tan rara de justificar que llaman “Premio Nobel” (Kissinger, el principal mentor de guerras en el siglo XX, recibió uno. ¿Alguien lo puede explicar?).
Desde que el niƱo respira por primera vez, inicia un proceso de aprendizaje que se concibe como la transformación que tiene lugar en su sistema nervioso cada vez que se integra a Ć©l una nueva información. La teorĆa cognoscitiva de reciente aparición hace hincapiĆ© en los factores que determinan la conducta y establece que Ć©sta, mayormente, es aprendida y las leyes que gobiernan ese aprendizaje pueden conocerse y medirse.
Asimismo, es concluyente que tanto la conducta “normal” como la “anormal” se adquieren mediante los mismos mecanismos fundamentales de aprendizaje. La especificidad de cómo se llega a una mentalidad criminal capaz de fabricar una bomba atómica para matar niƱos, o población civil no combatiente, no es objeto de estas reflexiones; mas, en sentido lato, hay que decir que la ojiva nuclear es una consecuencia perversa del desarrollo del lenguaje cientĆfico.
Encargada de escarbar la evolución, la ciencia ya da por sentado que del Australopithecus erectus al Cro-magnon es evidente el aumento de la capacidad craneal. Desentrañar la secuencia del genoma humano puede aportar claves acerca del desarrollo del lenguaje.
En la zona de los Grandes Lagos, en Ćfrica, se han hallado los huesos mĆ”s antiguos, y los estudios de ADN confirman que todos los grupos Ć©tnicos tenemos filiación con el africano originario (aunque muchos, de puros racistas, no lo admitirĆan de buen grado). AdemĆ”s, fósiles humanos de hace dos millones de aƱos, datan indicios de que el incipiente cerebro desarrollaba desde entonces atisbos del habla.
La capacidad de almacenar información nos ha venido haciendo extremadamente complejos. Desde entonces, y hasta el presente, hemos pasado de simplemente fabricar rudimentarias herramientas de piedra a construir ojivas nucleares. Es de suponer que las primeras eran para cazar, armas de subsistencia; mientras que la bomba atómica implica la mĆ”s brutal arma ofensiva e intimidatoria. De hecho, el potencial atómico de que disponen los pocos paĆses que forman el super selecto club nuclear, de liberarse todo al mismo tiempo producirĆa una explosión de tal magnitud que harĆa colapsar el planeta, llegando su onda expansiva hasta la órbita de Plutón. “Proeza tĆ©cnica”, podrĆa pensarse; pero ese potencial no mejora la calidad de vida, y el hambre sigue siendo la principal causa de muerte de la Humanidad. ¿Ha evolucionado el ser humano entonces? ¿Hacia adonde va?
Formular hipótesis generales acerca de si, cómo, cuĆ”ndo y etc. factores determinaron el lenguaje, e inclusive su evolución, difĆcilmente nos llevarĆ”n a una verdad cientĆfica incuestionable. Es de imaginar la multiplicidad de factores de toda laya que han podido afectar la evolución del lenguaje humano pero, sin lugar a dudas, los sectores sociales y polĆticos que históricamente impusieron su ley a otros grupos o pueblos e influyeron en menoscabar lo que habĆa, para imponer sus valoraciones, tienen mucho que ver.
¡Menuda tarea, tratar de escarbar la historia de la evolución del lenguaje desde sus primeras manifestaciones hasta la complejidad de lo actual! PodrĆamos intentar extrapolar inductivamente en función de recientes cambios e inclusive de apreciables modificaciones en marcha ahora.
II
El lenguaje es el mĆ”s poderoso elemento de la cultura humana; surgió de la necesidad de comunicarse, lo que es evidencia de nuestro ancestral carĆ”cter gregario. Ahora bien: el lenguaje es mĆ”s que un medio de expresar el pensamiento. Es su matriz, su condición de posibilidad. Pensamos en nuestra lengua materna, y eso nos decide mucho de lo que construimos. En otros tĆ©rminos: somos el lenguaje. Es nuestra condición de posibilidad, y al mismo tiempo nuestro lĆmite.
¿Las primeras expresiones habladas? ¿Cómo saberlo? ¿QuĆ© objeto pudo estar en la cabeza del hombre primitivo, acaso un plato de comida? ¿Plato? ¿Las exigencias de su vida prĆ”ctica incluĆan internet, las ojivas nucleares?
Los primeros signos escritos fueron representaciones de objetos prĆ”cticos, y las primeras expresiones habladas han podido ser imitaciones de sonidos de la Naturaleza, tal vez reproducir sonidos del mar o del rĆo, o del viento, o de animales. En esas circunstancias, el lenguaje onomatopĆ©yico pudo expresar lo externo, pero habĆa que expresar los sentimientos, lo interior, y eso pudo empujar al ser humano a crear otro lenguaje.
Es de advertir nuevamente que este es un abordaje temerariamente empĆrico, de la evolución del lenguaje humano; serĆa impropio dar por sentado como factor de evolución al respecto algo que no se pueda demostrar. A diario el ser humano inventa nuevas formas verbales para no quedarse atrĆ”s y a nosotros, en tanto que no somos excepción alguna, se nos ha ocurrido inventar “oenarcocitanul” para definir a los mĆ”s conspicuos y despiadados asesinos.
Testimonios de investigaciones cientĆficas seƱalan que actualmente existen cerca de 7.000 idiomas (entre lenguas y dialectos derivados) y que un indeterminado nĆŗmero ha desaparecido, asĆ como otro nĆŗmero estĆ” hoy en vĆas de extinción. Impulsar la creación de un lenguaje universal mediante el cual podamos entendernos para impulsar la paz, tal como pretendió el esperanto, podrĆa abrir caminos de solución a los problemas de la especie humana, principalmente, la amenaza nuclear. Pero de momento eso no parece sino una altruista petición de principios, bastante alejada de la realidad por cierto.
Lamentablemente, el posicionamiento de los medios de comunicación por parte de sectores guerreristas y la instrumentación de un lenguaje pérfido nos ha conllevado hacia un solo patrón: la globalización informativa llevada a cabo en un lenguaje de guerra.
No existe lenguaje sin pensamiento ni pensamiento sin lenguaje; es lógico pensar que un desarrollo cerebral al que se llega como resultado de una prolongada evolución con transformaciones biológicas profundas y, convergentemente, un desarrollo de la vida social, son presupuestos de la creación del lenguaje eficaz. La eficacia de toda comunicación debe ser valorada en tanto que sustente la vigencia de la vida y de la paz.
La comunicación que emana de los centros de poder internacionales es guerrerista; luego, habrĆa que dudar si la capacidad craneal de las Ć©lites criminales que dirigen tales imperios, capaces de lanzar bombas contra pueblos inocentes, pensar en armas de destrucción masivas o en planes para eliminar “poblaciones sobrantes”, no ha sido perturbada por una desviación, una mutación genĆ©tica. O, por el contrario, habrĆa que pensar que la bĆŗsqueda de poder no se detiene ante nada, aĆŗn ante esas monstruosidades. Para obtener y mantener el poder todo, absolutamente todo es posible.
Ante cada información percibida, un individuo activo reflexiona y experimenta antes de asumirla o rechazarla, mientras que el individuo pasivo simplemente la asume sin filtro, porque es un esclavo. Esto significa que la manera como el sujeto procesa la información es determinante para esclarecer el sentido de la realidad; de ahĆ que el deliberado propósito de maniatar el sentido crĆtico del individuo, por parte de las corporaciones informativas internacionales capitalistas, incide en la debacle o en la transformación del mundo. En Ćŗltima instancia: en la guerra o en la paz.
La opinión pĆŗblica es una fuerza de primera magnitud y significado, en cualquier sociedad, por lo que las Ć©lites sanguinarias no vacilan en confiscarlas y ponerlas a su servicio. A esa “comunipulación” -comunicación manipulada- hay que oponer una verdadera comunicación basada en los valores, anhelos y necesidades de las comunidades y de los pueblos.
Las ciencias y las tecnologĆas pudiesen abonar que desemboquemos en un lenguaje universal expresamente en pro de la paz, pero habrĆa que procurar reajustes Ć©ticos; no obviemos que el porvenir de la cultura estĆ” ligado al desarrollo de las ciencias y de las tecnologĆas. La evolución del lenguaje es directamente inherente a la evolución comunicacional, por lo que es necesario planificar las caracterĆsticas deseables de ese proceso evolutivo.
El proceso de integración de los pueblos no debe ser una simple y artificial fusión homogĆ©nea de las distintas particularidades culturales; es que una cultura no arraigada en lo profundo de la conciencia carece de fuerza moral como soporte esencial. De lo que se trata es de establecer relaciones, vĆnculos interactivos interculturales; no, en cambio, una unidad de integración artificiosa, carente de raĆces.
El lenguaje y la comunicación conforman un binomio histórico en transición permanente que lamentablemente desembocó en el desarrollo y puesta en prĆ”ctica de la bomba atómica, infernal patrón de mortalidad que hoy por hoy ostentan muy pocos paĆses, lo que, llegado el caso, podrĆan desatar la hecatombe nuclear. En ese sentido, la bomba atómica es la prostitución de la ciencia. El desarme nuclear es la Ćŗnica alternativa de solución a la dicotomĆa de vida-muerte sobre el Planeta Tierra. ¿CuĆ”l es el papel que deberĆa jugar la ciencia en una sociedad ideal: acaso no es el de proyectar la paz y el bienestar para todos?
El bienestar para sólo algunos, por poderosos que Ć©stos sean militarmente, no es sustentable a mediano y largo plazo. Las consecuencias indeseables del desarrollo cientĆfico y tecnológico suponen un grave problema Ć©tico que se patentiza en la espantosa proliferación de armas nucleares.
Es de suponer -justo es reconocerlo- que la evolución y el desarrollo del lenguaje humano permitió que los diferentes lenguajes populares desplazaran al latĆn, tal vez porque se intuyó la pesada carga de dogmas a los que la iglesia -en especial, la católica- sometió a ese idioma. No obstante, la ciencia no se ha sacudido el latĆn todavĆa. No parece ser tan descabellado pensar que residuos de dogmas de esa lengua pudieron haber influido en mentalidades cientĆficas que condujeron al desarrollo de la energĆa nuclear con fines bĆ©licos. HabrĆa que demostrarlo. Ninguna hipótesis tiene que ser necesariamente compartida por todos, pero es razonable inferir que la evolución del lenguaje permitió el desarrollo cientĆfico y Ć©ste, a su vez, fue desviado del camino de la Ć©tica de los pueblos, debido a la carga dogmĆ”tica.
Los guerreristas son dogmĆ”ticos, y asĆ como uno pudiese explorar rĆo arriba hasta dar con el manantial, habrĆa que investigar los orĆgenes del dogmatismo que caracteriza a quienes amenazan la destrucción del mundo con sus enormes arsenales nucleares. De ese modo, tal vez encontremos pistas que corroboren la apreciación.
La Humanidad se ha desarrollado en el Ômbito de complejos procesos prehistóricos e históricos, y la visión que el ser humano ha sustentado respecto al mundo ha sido, en mucho, precariamente parcial cuando no simplemente parcial, en el mÔs eficaz de los casos. Obviamente, nuestra visión de la realidad ha estado siempre sujeta a equivocaciones. Otras veces, cuando esa visión tiende hacia la globalidad, en el buen sentido del término, pareciera acercarse mÔs a la certeza.
A medida que el ser humano se desprende de prepotencias y de ilusiones inĆŗtiles y asume una postura crĆtica respecto a lo erróneo, puede reencausar su existencia bajo una visión mĆ”s verdadera acerca del mundo en el que vive.
Ver el mundo crĆticamente es ubicarse bien respecto al todo posible, porque ello le permite, a su vez, verse a sĆ mismo en su dimensión real, es decir, comprender lo pequeƱo y lo pasajero que se es individualmente con respecto al contexto universal de espacio, tiempo, Naturaleza y de toda entidad social.
Si no todo estĆ” completamente a nuestra vista, esa parte de la realidad natural, o social, o espacial, o temporal que no vemos ni sentimos ni oĆmos ni olemos ni saboreamos y, ni siquiera intuimos, pudiese prestarse para suposiciones infundadas con las que intentarĆamos, eventualmente, completar el cuadro. No faltarĆ”n quienes pretendan dejar las cosas tales como precariamente parecen ser, tales como estĆ”n y, punto. Otros, por lo contrario, rehusamos vivir impĆ”vidamente resignados, con los brazos cruzados frente a una realidad de guerra, de orgĆas de sangre y de esclavitud de nuestros pueblos. Algo hay que hacer…
III
Los despiadados ataques de la OTAN contra Libia, Irak, AfganistĆ”n, Palestina y demĆ”s pueblos son algo inentendible bajo el imperio de la razón humana, bajo la lógica de la pacĆfica convivencia. Se trata de aspectos de la realidad mundial que nos obligan a replantear con mayor atención (o con nuevos referentes) los fenómenos internacionales. La posesión por parte las grandes potencias de los recursos petroleros y gasĆferos, tanto como del agua dulce, tan valorados por cierto, nos obligan a integrarnos para redefinir nuevas relaciones internacionales con todos los paĆses, en el marco de las particularidades de cada sistema polĆtico tradicional o insurgente.
La importancia de la polĆtica exterior estĆ” en auge. Por una parte, porque las tendencias hegemónicas de las grandes potencias siguen propiciando la expansión de relaciones internacionales de vasallaje. Por otra parte, la polĆtica exterior de cada Estado repercute cada vez mĆ”s sobre los procesos polĆticos internos de cada paĆs, y en ese accionar algunas cosas se descomponen y se degradan mientras que otras, simplemente, cambian.
El lenguaje tiene que ver como expresión de los sentimientos de cada quien. “AmĆ©rica para los americanos”, que sintetiza buena parte de la doctrina Monroe, atribuye a Estados Unidos la potestad de dominar a todos en el continente, y ese lenguaje se hizo carne en el pensamiento de muchos pero, no de todos. “Los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia para plagar la AmĆ©rica de miseria y oprobio en nombre de la libertad”, es la antĆtesis bolivariana al monroĆsmo. Como podemos observar, el lenguaje ha jugado un estelar papel en el desempeƱo del quehacer histórico de nuestros pueblos.
Recomponer las consideraciones del lenguaje constituye una vital alternativa para intentar desmontar el creciente espĆritu guerrerista de las potencias hegemónicas. Americanos somos todos los nacidos en AmĆ©rica, de tal manera que la consideración de Monroe es una contradicción teórico-prĆ”ctica desde el momento en que los gobernantes estadounidenses se atribuyeron el derecho a esclavizar a nuestros pueblos y asumir para sĆ, exclusivamente, el gentilicio “americano”.
Fuera del contexto de relación y de la comunicación, muchas cuestiones pierden su sentido esencial. Es sumamente complejo aprehender la realidad de las estructuras sociales, vistas Ć©stas desde una perspectiva de lo global. Aprehender las estructuras del Ć”tomo tampoco es nada sencillo; por ejemplo, cuando ejercemos una determinada disciplina debidamente, nos orientamos hacia un particular y apropiado objetivo; el objetivo del mĆ©dico ha de ser la salud del paciente, lo cual implica ademĆ”s de una orientación, una regularidad, a saber, curar todos los dĆas a muchos pacientes. De modo que las regularidades de la conducta estĆ”n pautadas mediante normas sociales que establecen los lĆmites dentro de los cuales puede darse un comportamiento social determinado. Y asĆ, por analogĆa, el pescador, el psicólogo, el carpintero, el escritor, el polĆtico, el gerente tambiĆ©n deben asumir normas de comportamiento social. Una infracción a esas normas pone al infractor al margen del establecimiento y, en consecuencia, al alcance de un castigo que redima su comportamiento. AhĆ precisamente se pone de manifiesto la Ć©tica y el ejercicio apropiado de la norma que restablezca la normalidad de la conducta.
¿Cómo se nos revela la realidad? ¿Acaso se nos revela en ideas? La realidad tiene aspectos visibles y otros invisibles, de ahĆ que sólo nos percatemos de aproximaciones de la realidad, en el mejor de los casos. La realidad “completa” escapa a nuestras posibilidades. Una botella estĆ” medio vacĆa o medio llena; todo depende de lo que recortemos de nuestra lectura de la realidad. Por supuesto, es el lenguaje la matriz donde se juega todo ello.
Buscamos que la realidad se nos presente clara. No obstante, merodean acontecimientos sociales que determinan nuestra visión de esa realidad escurridiza, nunca diĆ”fanamente clara. ¿Para quĆ© quiero captar la realidad nĆtidamente? Para criticarla y formularla, y pese a que muchos estemos frente al mismo fenómeno social, cada quien lo aprecia a su modo, de manera distinta. Medio vacĆa o medio llena, segĆŗn podamos verla…
Asumamos principios Ć©ticos frente a tales fenómenos ¿QuiĆ©n puede afirmar certeramente que tal o cual visión o principio se expresa claro como la luz del dĆa? ¿A partir de quĆ© nos ponemos de acuerdo y bajo que condición?
Sucede que cuando tratamos de conceptualizar un hecho, un fenómeno, equis cosa, pueden surgir diferencias que, a su vez, constituyen un problema real que hace mĆ”s compleja la tarea de criticar y analizar un hecho. Por lo pronto, no hay “hechos” puros; es el lenguaje el que los construye: “medio vacĆa o medio llena…” No hay “cosas en sĆ” mĆ”s allĆ” de las expresiones, misteriosas esencias inaprehensibles, entelequias ocultas. La realidad es la suma de lo que podemos nombrar.
Determinada ley pauta una disposición que regula el comportamiento del ciudadano pero, en verdad, cada quien interpreta ajustado a su propio criterio. Entonces puede decirse que estamos frente a una dificultad real, puesto que no todos asumen los valores Ć©ticos en la misma dimensión. De allĆ que la realidad suele ser algunas veces identificada y conceptualizada por muchos de manera uniforme, pero otras veces no es asĆ.
Lo natural es que cada quien vea las cosas desde su propio lugar y, en consecuencia, asigne relevancia a determinados aspectos. Es que cada problema es contentivo de diversas caras desde cada una de las cuales pueden ser formuladas soluciones diferentes, y es evidente que de ordinario la gente no tienda a tomar decisiones con los ojos cerrados. Cada quien ha incorporado a su propio comportamiento valores, concepciones del mundo, maneras de pensar que pueden conducirlo a elegir determinado aspecto del problema en vez de otro, a ubicarse en una posición y no en otra. Encontrar una respuesta Ćŗnica, acaso un pensamiento Ćŗnico, es altamente improbable. De tal modo que si confrontamos la diversidad de opiniones y posiciones podrĆamos acercarnos a un encuentro fecundo que abra caminos a la paz o, al menos, a una convivencia no basada en el ataque violento. El otro distinto ¿por quĆ© tendrĆa que llevarme a su aniquilación?
Es necesario considerar todos los aspectos posibles del problema de aprehender la escurridiza percepción de la realidad y procurar definir conceptos que resuman las diferentes observaciones que califiquen nĆtidamente el fenómeno observado. Es que en todo acto humano estĆ” presente alguna forma de comunicación; inclusive cuando estamos en silencio. El sujeto nunca estĆ” en el aire, desconectado; estĆ” siempre prendido, nos estamos comunicando con nosotros mismos, en acción, en puro movimiento, aunque no nos estemos desplazando de un lado a otro.
IV
Intentar abordar el tema de la evolución del lenguaje tiene que llevarnos necesariamente hacia sus orĆgenes. Por cierto numerosas teorĆas han intentado explicar ese fenómeno. Unos ven en la onomatopeya el germen del lenguaje; en esa perspectiva, todas las lenguas habrĆan empezado siendo sonidos imitativos de la realidad. Esta teorĆa siempre mereció la crĆtica respecto a que el conjunto de onomatopeyas haya sido escaso en todas las lenguas e inclusive muchas prĆ”cticamente la desconocen. Otros marcos conceptuales han planteado que en el origen del lenguaje se encuentra la interjección, es decir, el sonido apenas articulado comparable con los sonidos de los animales, lo que serĆa caracterĆstico de un supuesto estado en el que lo primordial serĆa la expresión de emociones.
TambiĆ©n se ha mantenido que ese primer momento del lenguaje pudo estar en gestos fónicos, tales como la llamada. Lo bĆ”sico serĆa la apelación, la necesidad de enviar a los demĆ”s algunas peticiones, órdenes y deseos, de manera indiferenciada primero, para analizarse luego en signos propiamente dichos. Todas estas teorĆas son contentivas de sagaces intuiciones, y tambiĆ©n en ocasiones, errores. Pero, sobre todo, son inverificables. ¿QuĆ© debe hacer un buen lingüista para abordar este problema?
Tal vez sea bueno que se estudien las lenguas de los pueblos llamados primitivos, que se intente la reconstrucción de las protolenguas y se aboque a la observación de cómo el niƱo adquiere el lenguaje. En sendos sentidos se han hecho y se siguen haciendo esfuerzos constructivos; mas no se ha podido resolver el problema, porque tanto los estudiosos de las lenguas primarias como quienes lograron reconstruir protolenguas, concluyen que se trata de sistemas lingüĆsticos demasiado complejos y evolucionados, en nada parecidos a lo que ha debido ser el respectivo estado primigenio. Y, en cuanto a la adquisición del lenguaje por el niƱo, se trata de un problema distinto, puesto que no es lo mismo aprender un sistema ya establecido que crear un lenguaje. Los pueblos originarios tuvieron la tendencia a atribuir a cada cosa un alma (hilozoĆsmo) y a hacerla objeto de culto. La magia fue usada por el hombre primitivo para tratar de contrarrestar las fuerzas de la Naturaleza.
Es de recordar la expresión de Simón BolĆvar el 26 de marzo de 1812, cuando ocurrió un espantoso terremoto que asoló a Caracas. A la sazón, el clero vociferó que dicho seĆsmo era un castigo del cielo contra el pueblo venezolano por estar intentando liberarse de la corona espaƱola de Fernando VII, a lo que BolĆvar replicó presto, para contrarrestar la maledicencia clerical mĆ”gico-religiosa, que “si la Naturaleza se opone a nosotros, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”, queriendo significar, precisamente, la necesidad que el pueblo se despojase del yugo de falsas creencias.
Los rituales de falsas creencias proporcionan supuestos beneficios en determinados casos, o maleficios en otros. Desde las sociedades ancestrales se ha venido aplicando la magia, y aunque fue condenada públicamente por la iglesia católica desde la Edad Media y durante el Renacimiento, fue asumida por lo bajo para someter y aterrorizar a los pueblos.
Inclusive la magia se mezcló, de alguna sutil forma, con la investigación cientĆfica. La magia, tanto como el animismo, tuvieron mucho que hacer con el culto a los espĆritus en un ambiente en el que el ser humano trataba de entender los fenómenos de la Naturaleza. Se trataba de ideas primitivas que, de alguna manera, sirvieron de referencia para la evolución de las ideas cientĆficas. Obviamente, estas Ćŗltimas demandan un lenguaje cientĆfico para ser transmitidas, y tal lenguaje estĆ” sujeto a evolución tambiĆ©n. Todo lenguaje es un instrumento de la comunicación, fundamento de la vida social.
Cifrado en códigos de diferentes naturalezas y complejidades, cada mensaje pertenece a un sistema; las variadas relaciones del entramado comunicacional determinan la mayor o menor posibilidad de acceder a la determinación del “genoma lingüĆstico” -permĆtasenos el neologismo-. El carĆ”cter sonoro o grĆ”fico del mensaje determina dos grandes variedades del lenguaje: la oral y la escrita.
La lengua oral es primaria; todos los seres humanos y todas las sociedades la poseen. La lengua escrita es secundaria e históricamente tardĆa; ni todas las comunidades la han poseĆdo ni todos los hablantes la dominan. Por lo general la lengua oral se emplea ante interlocutores presentes y en circunstancias de interacción, lo que determina que sea mĆ”s implĆcita e imprecisa. Su vaguedad es fĆ”cilmente contrarrestada por la situación. Su sintaxis suele ser mĆ”s psicológica que lógica, segĆŗn la importancia que el hablante va dando a lo que dice; lo contrario suele ocurrir en la lengua escrita, en la que el interlocutor estĆ” ausente, el intercambio no es explĆcitamente inmediato y los contenidos son mĆ”s explĆcitos y la sintaxis mĆ”s lógica, a objeto de la comprensión.
En consecuencia, la lengua escrita no parece traducir simplemente a la hablada. Forzosamente, por ser una abstracción de la dimensión fónica del lenguaje y de su empleo en una situación comunicativa concreta, la lengua escrita presenta limitaciones y posibilidades que no tiene la hablada. Por ejemplo, no puede reproducir exactamente la riqueza fónica de aquella, tal como la pausa, el énfasis, la entonación, etc. Tampoco puede reproducir situaciones concretas en las que se produce, tal como gestos, movimientos, relaciones entre los interlocutores, etc. Entre las posibilidades estÔ el que fije los mensajes, lo que permite su permanencia en el tiempo y su difusión en el espacio.
Desde finales del Siglo XIX, con la invención del gramófono y del magnetófono, hasta el presente, con la aparición de internet y una inmensa cantidad de dispositivos tĆ©cnicos, ha sido posible conservar la lengua oral, que es precisamente la lengua de la conversación y el diĆ”logo. La lengua escrita, la de los registros mĆ”s cultos, tales como registro cientĆfico, tĆ©cnico, literario, jurĆdico, cumple con una función de prestigio, es decir, que estĆ” mĆ”s sujeta a la norma, contribuye decisivamente a transmitir y es mĆ”s conservadora. La lengua oral, por el contrario, es mĆ”s despreocupada de criterios normativos, es mĆ”s innovadora y cambiante.
Hay poca duda respecto a que el lenguaje oral precedió a la escritura. Muchos creen que el aparato vocal del ser humano, que ciertamente tiene una enorme adaptabilidad y eficacia, es el que le ha proporcionado una ventaja extraordinaria para el desarrollo del lenguaje complejo en relación a todo el reino animal. Sin embargo, muchos animales tienen órganos capaces de producir sonidos que podrĆan asemejarse mucho a nuestro lenguaje si tuviesen un cerebro potente y capaz de ser controlado como el nuestro. El ser humano tiene un cerebro relativamente grande, pero lo que mĆ”s interesa de su dimensión es la mayor o menor superficie de su corteza. De hecho, las zonas de la corteza ligadas con la palabra y la memoria son muy extensas, y tambiĆ©n lo es la zona de la que depende el control sobre los dedos de la mano, con los que se pueden realizar trabajos delicados. Esta actividad nos remonta a los tiempos primitivos en que nuestros ancestros empezaron a fabricar y utilizar instrumentos; y por igual, a tiempos relativamente recientes cuando cogió por primera vez con la mano un utensilio de escribir y grabó en piedra, en arcilla o en papiro, testimonios para las generaciones futuras.
La acción de hablar es parte tan cotidiana de la actividad humana que no nos damos cuenta del porquĆ© ni del cómo se realiza. La palabra es nuestro principal medio para transmitir el pensamiento a otras personas, ya que la comunicación mental directa es imposible. Son muchas las especies animales cuyos individuos se comunican entre sĆ de un modo u otro, pero solamente la especie humana logró la comunicación por medio de la palabra y dio asĆ el gran paso hacia la fundación de complejas sociedades. DespuĆ©s vino la invención de la escritura, que permitió transmitir a la posteridad los pensamientos y los conocimientos adquiridos por cada generación, salvando del olvido las gestas y acontecimientos de las grandes civilizaciones del pasado. En las sucesivas fases de la evolución humana los sujetos pusieron en prĆ”ctica habilidades para fabricar armas. Primitivamente para cazar animales, y actualmente para “cazar” al propio ser humano. La evolución del cerebro determinó la aparición de armas mĆ”s complicadas para cazar, pero hay un punto de inflexión en el momento en que el ser humano comenzó a guerrear contra su propia especie, en vez de sólo cazar animales. HabrĆa que precisar lo que ocurrió entonces con el sistema de comunicaciones, y si acaso Ć©ste se pervirtió al extremo de insuflar la malignidad de los guerreristas.
V
Quienes disponen de ojivas nucleares para amedrentar el mundo se caracterizan, entre otras cosas, por la prepotencia de su lenguaje. En todo esto tambiĆ©n tiene que ver el lenguaje sumiso de quienes se dejan amedrentar (o no pueden hacer nada al respecto). Quienes pretenden arrasar al resto del mundo creyendo estar a salvo dentro de una burbuja, estĆ”n muy equivocados. El complejo militar estadounidense y la Casa Blanca, que destacan por su criminal estupidez de creerse dueƱos del mundo, albergan en su vientre el germen de su propia destrucción: millones de asiĆ”ticos, africanos, latinoamericanos, Ć”rabes, y en cualquier momento pudiese desatarse una reacción interna; pero habrĆa que entenderse todos mediante un lenguaje comĆŗn, que no existe pero que habrĆa que inventar.
Un lenguaje de paz y concordia para todos los pueblos podrĆa encauzar el camino definitivo hacia una paz sustentable pero, mientras las grandes cadenas de difusión de informaciones sean manipuladas por intereses corporativos, se ahondarĆ” la brecha entre la paz y la guerra.
El propio pueblo estadounidense debe reaccionar, unirse a los demĆ”s pueblos del mundo que luchan por la paz de todos, y amarrar a sus propios “locos guerreristas”; aunque lamentablemente la cotidiana ración de basura mental a la que estĆ”n condenados les impide ver la realidad.
La sociedad de Estados Unidos llegó a un nivel de saturación de imĆ”genes de la realidad tan descomunal, trucadas, manipuladas, difundidas por las grandes cadenas televisivas al servicio del imperio, que hasta pudo perder la noción de formas y de colores del mundo real; por aƱadidura, ese pueblo ha sido tan sistemĆ”ticamente bombardeado por noticias elaboradas en laboratorios que dependen del mefistofĆ©lico complejo industrial-militar, que logró mantenerlo cautivo, atenazado y listo para la manipulación. Homero Simpson es una patĆ©tica pero cabal metĆ”fora del ciudadano normal de ese paĆs.
¿QuĆ© le sucede al pueblo estadounidense? En principio hay que indicar que se trata de un pueblo aislado, por no decir cautivo de grupos económicos “enloquecidos”. Responder la interrogante implica hacer un anĆ”lisis exhaustivo de esa realidad. El anĆ”lisis de la naturaleza de su relación con el exterior es fundamental; es de suponer que a medida que puedan establecerse relaciones de amistad y de afecto con otros pueblos, de contactos directos, de intercambios culturales -por ejemplo- podrĆa romperse ese aislamiento, y asĆ el norteamericano promedio (Homero Simpson) dejarĆa detrĆ”s su tendencia a tratar de controlar el mundo, es decir, dejar de considerar a los demĆ”s pueblos como una expresión extraƱa, visión que le ha sido metida a la fuerza, en paquetes ideológicos diseƱados por el PentĆ”gono, la casa Blanca y el Departamento de Estado.
Antes que con un paquete económico o militar, por ejemplo, ciertamente el imperialismo ataca con paquetes ideológicos, que a su vez entraƱan un lenguaje a su manera, expresamente infame. ¿Puede el pueblo estadounidense librarse a sĆ mismo del yugo al que estĆ” uncido? AquĆ el problema fundamental, en principio, es integrarse al mundo y no tratar de destruirlo. Hay que hacer notar, con relación a ese modelo nefasto que le ha sido impuesto a ese pobre pueblo de AmĆ©rica del Norte, que la separación es una forma de negación de la existencia; la integración es, contrariamente, una manera de afirmación de la realidad. Dicho de otra forma: capitalismo es aislarse y socialismo es integrarse.
El agua dulce, el petróleo, el gas, el trigo, el maĆz, el oro, el mar, el hierro, el aluminio, el aire, el ecosistema, la madera, la ciencia, la tecnologĆa, el arte, la medicina, en fin, la Naturaleza y todo producto social inclusive los dioses del larario, son factores del todo. “Desintegrar el mundo es una acción autodestructiva”, decimos nosotros. “Dios no juega el Universo a los dados”, habrĆa dicho Einstein -y “Einstein, ¡no le diga usted a Dios lo que Ć©l debe hacer!”, replicó Niels Bohr a Einstein-. Y para mĆ”s aĆŗn, Stephen Hawking tambiĆ©n metió lo suyo: “Dios no sólo gusta de jugar a los dados con el Universo sino que a veces los lanza donde no podemos verlos”.
Sea lo que fuere, donde y como sea, el mundo es de todos, venga la comunión de la diversidad como un autĆ©ntico camino hacia la coexistencia pacĆfica. La Ć©lite militar y militarista del mayor imperio expone con prepotencia sus “verdades” como absolutas, pero eso hay que rechazarlo de plano. El dĆa en que La Humanidad se despliegue como una unidad dinĆ”mica de conjunto hacia la paz, estaremos en el camino de resolver todos los problemas coexistenciales; para ello serĆ” necesario abordar un lenguaje comĆŗn aprobado y asumido por todos.
Es difĆcil determinar lo primero por hacer. No nos sentimos tentados a proponer ni una cartilla ni una fórmula. La integración de los pueblos, tal como la concebimos, es ajena a todo algoritmo, pero pensamos que el abordaje debe hacerse desde el plano cultural, por las buenas y sin condicionamientos. Esto, por sólo decir lo que pensamos y, hasta ahĆ; venga la otra opinión, un poco de sincretismo tal vez no nos cause sarampión.
Generar un clima de confianza entre los pueblos, libre de ataques y defensas, podrĆa guiarnos hacia una nueva concepción del mundo que desencadene si bien no “la paz” para todos (tĆ©rmino quizĆ” un tanto ampuloso), al menos sĆ la posibilidad de un relacionamiento respetuoso. Valga agregar aquĆ que nadie estĆ” obligado a amar al otro, pero sĆ a respetarlo. La paz, si es posible, en definitiva tiene que ver con eso: con el respeto del otro diverso.
Con sus millares de ojivas nucleares, su ONU y su OEA, el gobierno de Estados Unidos, en tanto cabeza mundial del capitalismo desarrollado, suele sentarse a la mesa de discusión como el gĆ”nster que clava su cuchillo en la misma antes de hablar la primera palabra. Por eso, y por peores cosas, ahora los pueblos del Sur tenemos la necesidad de integrarnos bajo nuestras propias reglas, sin amenazas y sin tutelaje, de igual a igual, con respeto, y con la disposición de complementar nuestras necesidades y nuestras fortalezas. La actual “legalidad internacional” no es mĆ”s que una impĆŗdica mentira, y seguirĆ” siendo asĆ el mientras el Norte (con Estados Unidos a la cabeza) siga imponiendo sus condiciones capitalistas leoninas al Sur.
De modo que la creación y el desarrollo evolutivo de un lenguaje al servicio de la paz mundial es competencia de los propios pueblos, y Ć©stos deben asumir esa demanda, sin pedirle permiso a nadie. Esta vez sĆ existen bases concretas que permitirĆ”n seguirle la pista a la evolución del nuevo lenguaje por parte de futuras generaciones para las que “las guerras pasadas” -las anteriores y las actuales- no tengan acicate para retoƱar.
Obviamente no basta crear un nuevo lenguaje sino, ademĆ”s, nuevos medios de difundirlo, y fundamentalmente otra Ć©tica, esta vez planetaria. Pero si nos tomamos en serio aquello de “el lenguaje es la morada del ser” -siendo heideggerianos en esto-, desarrollar un nuevo lenguaje implicar desarrollar un nuevo mundo.
La ideologĆa es una expresión esencial de la conciencia. Sin ideologĆa no puede haber Ć©tica y sin Ć©tica no puede haber convivencia; ninguna ley escapa al agobiante rigor de la caducidad. Por ejemplo, con su TeorĆa de la Relatividad, Einstein tiró por tierra centenarias concepciones del mundo, inclusive sustentadas por la matemĆ”tica, que ya es decir algo. Y la propia TeorĆa de la Relatividad empieza a tambalearse en sus fundamentos, precisamente con el avance de la ciencia.
No hay verdades absolutas. De manera que estamos ante un reto de complejidad descomunal: abatir la guerra y suplantarla por un mundo de paz sustentable. Un vistazo apenas superficial de la historia del mundo nos hace ver que si existen diferencias dentro de un mismo sistema social y polĆtico, con mayor razón existen diferencias con respecto a sistemas distintos. ¿QuĆ© no decir entonces de confrontar sistemas diferentes? Mientras tales diferencias existan en guerra, en vez de en coexistencia pacĆfica y constructiva, el bienestar del ser humano contemporĆ”neo estarĆ” comprometido.
En libertad se conjugan los logros fundamentales del ser humano, pero la libertad por sĆ sola no basta. Es que mientras los pueblos han debido estar escalando niveles superiores de felicidad todavĆa tienen que pelear por subsistir, y esa es una contradicción. La libertad, la soberanĆa, la autodeterminación, la felicidad y muchos otros valores sin los cuales la paz no es sustentable, son objetivos sine qua non hacia los cuales tiende el mundo contemporĆ”neo; pero sin el lenguaje que lo exprese de comĆŗn, serĆ” arduo el camino hacia el logro.
A decir verdad, de ninguna manera pretendemos hacer un relato irreflexivo de nuestros pareceres; sólo tratamos de plantear partes de nuestros puntos de vista acerca de un tema que consideramos de primerĆsimo orden, pero sin mĆ”s pretensión que intentar presentar una crĆtica teórica, en este caso, indiferenciada. Es natural concebir desde “el ocĆ©ano de la diversidad humana” un nuevo estamento social y polĆtico particular, zonal, regional o hemisfĆ©rico. Creemos que la idea es extensiva a todo el Planeta Tierra. Somos empedernidamente ambiciosos respecto al porvenir; no somos entera ni medianamente uniformes respecto a la base de nuestros respectivos enfoques personales del problema expuesto. Pero creemos que no es dilemĆ”tico optar entre guerra y paz.
Las grandes corrientes del pensamiento universal han surgido de procesos de lucha de los pueblos contra el peso de concepciones tradicionales erróneas, sostenidas por grupos de poder. Recordemos el calvario de Galileo por sostener la concepción acerca de la TeorĆa HeliocĆ©ntrica en contraposición a la falsa creencia geocentrista, sostenida por la Iglesia Católica de Roma de entonces. La feroz lucha del conocimiento cientĆfico por insurgir y la tenaz oposición del dogmatismo estĆ©ril, que siempre se erige como obstĆ”culo a las transformaciones necesarias, han marcado siempre el carĆ”cter de la confrontación brutal entre opuestos. Hoy el sistema capitalista globalizado representa el poder irracional y sanguinario, la guerra; mientras que los pueblos sojuzgados y escarnecidos representan la paz. Estamos asĆ ante una confrontación entre el Ć”tomo violento y el Ć”tomo pacĆfico en la polĆtica internacional. ¿ExplotarĆ”?
Enviado por uno de sus autores via e-mail
Por: Marcelo Colussi y Guillermo GuzmƔn
I
Acceder a una visión integral del mundo implica traducir la realidad a un determinado lenguaje; hay muchos, pero sà y solo sà hubiese un universal lenguaje, nuestra noción del mundo, nuestro acercamiento y afortunada aprehensión de esa escurridiza realidad, pudiese llevarnos a la mÔs fecunda comunicación.
La experiencia del diario vivir, por el contrario, nos muestra que no hay tal universalidad, y que la pluralidad de visiones (de lenguajes) es lo que prima.
Todos somos parte de la dispersa y contradictoria realidad, y no bastan las disquisiciones dialĆ©cticas para explicar ni para justificar el que aĆŗn estemos sumergidos en un caos infernal. HabrĆa que bucear mĆ”s a fondo para ver si hallamos la hebra de la madeja. ¿En quĆ© lugar, momento histórico y de quĆ© manera se resquebrajó a nivel de no retorno la evidente voluntad unitaria del Homo Sapiens?
Hoy la humanidad es un rompecabezas suelto al que debemos armar; algunas piezas no calzan para integrar un mundo de paz y armonĆa; los guerreristas “genĆ©ticos” no encajan, y hasta tanto las ciencias no ofrezcan una alternativa de curación para ellos, hay que desecharlos, dejarlos a nivel de esa cosa tan rara de justificar que llaman “Premio Nobel” (Kissinger, el principal mentor de guerras en el siglo XX, recibió uno. ¿Alguien lo puede explicar?).
Desde que el niƱo respira por primera vez, inicia un proceso de aprendizaje que se concibe como la transformación que tiene lugar en su sistema nervioso cada vez que se integra a Ć©l una nueva información. La teorĆa cognoscitiva de reciente aparición hace hincapiĆ© en los factores que determinan la conducta y establece que Ć©sta, mayormente, es aprendida y las leyes que gobiernan ese aprendizaje pueden conocerse y medirse.
Asimismo, es concluyente que tanto la conducta “normal” como la “anormal” se adquieren mediante los mismos mecanismos fundamentales de aprendizaje. La especificidad de cómo se llega a una mentalidad criminal capaz de fabricar una bomba atómica para matar niƱos, o población civil no combatiente, no es objeto de estas reflexiones; mas, en sentido lato, hay que decir que la ojiva nuclear es una consecuencia perversa del desarrollo del lenguaje cientĆfico.
Encargada de escarbar la evolución, la ciencia ya da por sentado que del Australopithecus erectus al Cro-magnon es evidente el aumento de la capacidad craneal. Desentrañar la secuencia del genoma humano puede aportar claves acerca del desarrollo del lenguaje.
En la zona de los Grandes Lagos, en Ćfrica, se han hallado los huesos mĆ”s antiguos, y los estudios de ADN confirman que todos los grupos Ć©tnicos tenemos filiación con el africano originario (aunque muchos, de puros racistas, no lo admitirĆan de buen grado). AdemĆ”s, fósiles humanos de hace dos millones de aƱos, datan indicios de que el incipiente cerebro desarrollaba desde entonces atisbos del habla.
La capacidad de almacenar información nos ha venido haciendo extremadamente complejos. Desde entonces, y hasta el presente, hemos pasado de simplemente fabricar rudimentarias herramientas de piedra a construir ojivas nucleares. Es de suponer que las primeras eran para cazar, armas de subsistencia; mientras que la bomba atómica implica la mĆ”s brutal arma ofensiva e intimidatoria. De hecho, el potencial atómico de que disponen los pocos paĆses que forman el super selecto club nuclear, de liberarse todo al mismo tiempo producirĆa una explosión de tal magnitud que harĆa colapsar el planeta, llegando su onda expansiva hasta la órbita de Plutón. “Proeza tĆ©cnica”, podrĆa pensarse; pero ese potencial no mejora la calidad de vida, y el hambre sigue siendo la principal causa de muerte de la Humanidad. ¿Ha evolucionado el ser humano entonces? ¿Hacia adonde va?
Formular hipótesis generales acerca de si, cómo, cuĆ”ndo y etc. factores determinaron el lenguaje, e inclusive su evolución, difĆcilmente nos llevarĆ”n a una verdad cientĆfica incuestionable. Es de imaginar la multiplicidad de factores de toda laya que han podido afectar la evolución del lenguaje humano pero, sin lugar a dudas, los sectores sociales y polĆticos que históricamente impusieron su ley a otros grupos o pueblos e influyeron en menoscabar lo que habĆa, para imponer sus valoraciones, tienen mucho que ver.
¡Menuda tarea, tratar de escarbar la historia de la evolución del lenguaje desde sus primeras manifestaciones hasta la complejidad de lo actual! PodrĆamos intentar extrapolar inductivamente en función de recientes cambios e inclusive de apreciables modificaciones en marcha ahora.
II
El lenguaje es el mĆ”s poderoso elemento de la cultura humana; surgió de la necesidad de comunicarse, lo que es evidencia de nuestro ancestral carĆ”cter gregario. Ahora bien: el lenguaje es mĆ”s que un medio de expresar el pensamiento. Es su matriz, su condición de posibilidad. Pensamos en nuestra lengua materna, y eso nos decide mucho de lo que construimos. En otros tĆ©rminos: somos el lenguaje. Es nuestra condición de posibilidad, y al mismo tiempo nuestro lĆmite.
¿Las primeras expresiones habladas? ¿Cómo saberlo? ¿QuĆ© objeto pudo estar en la cabeza del hombre primitivo, acaso un plato de comida? ¿Plato? ¿Las exigencias de su vida prĆ”ctica incluĆan internet, las ojivas nucleares?
Los primeros signos escritos fueron representaciones de objetos prĆ”cticos, y las primeras expresiones habladas han podido ser imitaciones de sonidos de la Naturaleza, tal vez reproducir sonidos del mar o del rĆo, o del viento, o de animales. En esas circunstancias, el lenguaje onomatopĆ©yico pudo expresar lo externo, pero habĆa que expresar los sentimientos, lo interior, y eso pudo empujar al ser humano a crear otro lenguaje.
Es de advertir nuevamente que este es un abordaje temerariamente empĆrico, de la evolución del lenguaje humano; serĆa impropio dar por sentado como factor de evolución al respecto algo que no se pueda demostrar. A diario el ser humano inventa nuevas formas verbales para no quedarse atrĆ”s y a nosotros, en tanto que no somos excepción alguna, se nos ha ocurrido inventar “oenarcocitanul” para definir a los mĆ”s conspicuos y despiadados asesinos.
Testimonios de investigaciones cientĆficas seƱalan que actualmente existen cerca de 7.000 idiomas (entre lenguas y dialectos derivados) y que un indeterminado nĆŗmero ha desaparecido, asĆ como otro nĆŗmero estĆ” hoy en vĆas de extinción. Impulsar la creación de un lenguaje universal mediante el cual podamos entendernos para impulsar la paz, tal como pretendió el esperanto, podrĆa abrir caminos de solución a los problemas de la especie humana, principalmente, la amenaza nuclear. Pero de momento eso no parece sino una altruista petición de principios, bastante alejada de la realidad por cierto.
Lamentablemente, el posicionamiento de los medios de comunicación por parte de sectores guerreristas y la instrumentación de un lenguaje pérfido nos ha conllevado hacia un solo patrón: la globalización informativa llevada a cabo en un lenguaje de guerra.
No existe lenguaje sin pensamiento ni pensamiento sin lenguaje; es lógico pensar que un desarrollo cerebral al que se llega como resultado de una prolongada evolución con transformaciones biológicas profundas y, convergentemente, un desarrollo de la vida social, son presupuestos de la creación del lenguaje eficaz. La eficacia de toda comunicación debe ser valorada en tanto que sustente la vigencia de la vida y de la paz.
La comunicación que emana de los centros de poder internacionales es guerrerista; luego, habrĆa que dudar si la capacidad craneal de las Ć©lites criminales que dirigen tales imperios, capaces de lanzar bombas contra pueblos inocentes, pensar en armas de destrucción masivas o en planes para eliminar “poblaciones sobrantes”, no ha sido perturbada por una desviación, una mutación genĆ©tica. O, por el contrario, habrĆa que pensar que la bĆŗsqueda de poder no se detiene ante nada, aĆŗn ante esas monstruosidades. Para obtener y mantener el poder todo, absolutamente todo es posible.
Ante cada información percibida, un individuo activo reflexiona y experimenta antes de asumirla o rechazarla, mientras que el individuo pasivo simplemente la asume sin filtro, porque es un esclavo. Esto significa que la manera como el sujeto procesa la información es determinante para esclarecer el sentido de la realidad; de ahĆ que el deliberado propósito de maniatar el sentido crĆtico del individuo, por parte de las corporaciones informativas internacionales capitalistas, incide en la debacle o en la transformación del mundo. En Ćŗltima instancia: en la guerra o en la paz.
La opinión pĆŗblica es una fuerza de primera magnitud y significado, en cualquier sociedad, por lo que las Ć©lites sanguinarias no vacilan en confiscarlas y ponerlas a su servicio. A esa “comunipulación” -comunicación manipulada- hay que oponer una verdadera comunicación basada en los valores, anhelos y necesidades de las comunidades y de los pueblos.
Las ciencias y las tecnologĆas pudiesen abonar que desemboquemos en un lenguaje universal expresamente en pro de la paz, pero habrĆa que procurar reajustes Ć©ticos; no obviemos que el porvenir de la cultura estĆ” ligado al desarrollo de las ciencias y de las tecnologĆas. La evolución del lenguaje es directamente inherente a la evolución comunicacional, por lo que es necesario planificar las caracterĆsticas deseables de ese proceso evolutivo.
El proceso de integración de los pueblos no debe ser una simple y artificial fusión homogĆ©nea de las distintas particularidades culturales; es que una cultura no arraigada en lo profundo de la conciencia carece de fuerza moral como soporte esencial. De lo que se trata es de establecer relaciones, vĆnculos interactivos interculturales; no, en cambio, una unidad de integración artificiosa, carente de raĆces.
El lenguaje y la comunicación conforman un binomio histórico en transición permanente que lamentablemente desembocó en el desarrollo y puesta en prĆ”ctica de la bomba atómica, infernal patrón de mortalidad que hoy por hoy ostentan muy pocos paĆses, lo que, llegado el caso, podrĆan desatar la hecatombe nuclear. En ese sentido, la bomba atómica es la prostitución de la ciencia. El desarme nuclear es la Ćŗnica alternativa de solución a la dicotomĆa de vida-muerte sobre el Planeta Tierra. ¿CuĆ”l es el papel que deberĆa jugar la ciencia en una sociedad ideal: acaso no es el de proyectar la paz y el bienestar para todos?
El bienestar para sólo algunos, por poderosos que Ć©stos sean militarmente, no es sustentable a mediano y largo plazo. Las consecuencias indeseables del desarrollo cientĆfico y tecnológico suponen un grave problema Ć©tico que se patentiza en la espantosa proliferación de armas nucleares.
Es de suponer -justo es reconocerlo- que la evolución y el desarrollo del lenguaje humano permitió que los diferentes lenguajes populares desplazaran al latĆn, tal vez porque se intuyó la pesada carga de dogmas a los que la iglesia -en especial, la católica- sometió a ese idioma. No obstante, la ciencia no se ha sacudido el latĆn todavĆa. No parece ser tan descabellado pensar que residuos de dogmas de esa lengua pudieron haber influido en mentalidades cientĆficas que condujeron al desarrollo de la energĆa nuclear con fines bĆ©licos. HabrĆa que demostrarlo. Ninguna hipótesis tiene que ser necesariamente compartida por todos, pero es razonable inferir que la evolución del lenguaje permitió el desarrollo cientĆfico y Ć©ste, a su vez, fue desviado del camino de la Ć©tica de los pueblos, debido a la carga dogmĆ”tica.
Los guerreristas son dogmĆ”ticos, y asĆ como uno pudiese explorar rĆo arriba hasta dar con el manantial, habrĆa que investigar los orĆgenes del dogmatismo que caracteriza a quienes amenazan la destrucción del mundo con sus enormes arsenales nucleares. De ese modo, tal vez encontremos pistas que corroboren la apreciación.
La Humanidad se ha desarrollado en el Ômbito de complejos procesos prehistóricos e históricos, y la visión que el ser humano ha sustentado respecto al mundo ha sido, en mucho, precariamente parcial cuando no simplemente parcial, en el mÔs eficaz de los casos. Obviamente, nuestra visión de la realidad ha estado siempre sujeta a equivocaciones. Otras veces, cuando esa visión tiende hacia la globalidad, en el buen sentido del término, pareciera acercarse mÔs a la certeza.
A medida que el ser humano se desprende de prepotencias y de ilusiones inĆŗtiles y asume una postura crĆtica respecto a lo erróneo, puede reencausar su existencia bajo una visión mĆ”s verdadera acerca del mundo en el que vive.
Ver el mundo crĆticamente es ubicarse bien respecto al todo posible, porque ello le permite, a su vez, verse a sĆ mismo en su dimensión real, es decir, comprender lo pequeƱo y lo pasajero que se es individualmente con respecto al contexto universal de espacio, tiempo, Naturaleza y de toda entidad social.
Si no todo estĆ” completamente a nuestra vista, esa parte de la realidad natural, o social, o espacial, o temporal que no vemos ni sentimos ni oĆmos ni olemos ni saboreamos y, ni siquiera intuimos, pudiese prestarse para suposiciones infundadas con las que intentarĆamos, eventualmente, completar el cuadro. No faltarĆ”n quienes pretendan dejar las cosas tales como precariamente parecen ser, tales como estĆ”n y, punto. Otros, por lo contrario, rehusamos vivir impĆ”vidamente resignados, con los brazos cruzados frente a una realidad de guerra, de orgĆas de sangre y de esclavitud de nuestros pueblos. Algo hay que hacer…
III
Los despiadados ataques de la OTAN contra Libia, Irak, AfganistĆ”n, Palestina y demĆ”s pueblos son algo inentendible bajo el imperio de la razón humana, bajo la lógica de la pacĆfica convivencia. Se trata de aspectos de la realidad mundial que nos obligan a replantear con mayor atención (o con nuevos referentes) los fenómenos internacionales. La posesión por parte las grandes potencias de los recursos petroleros y gasĆferos, tanto como del agua dulce, tan valorados por cierto, nos obligan a integrarnos para redefinir nuevas relaciones internacionales con todos los paĆses, en el marco de las particularidades de cada sistema polĆtico tradicional o insurgente.
La importancia de la polĆtica exterior estĆ” en auge. Por una parte, porque las tendencias hegemónicas de las grandes potencias siguen propiciando la expansión de relaciones internacionales de vasallaje. Por otra parte, la polĆtica exterior de cada Estado repercute cada vez mĆ”s sobre los procesos polĆticos internos de cada paĆs, y en ese accionar algunas cosas se descomponen y se degradan mientras que otras, simplemente, cambian.
El lenguaje tiene que ver como expresión de los sentimientos de cada quien. “AmĆ©rica para los americanos”, que sintetiza buena parte de la doctrina Monroe, atribuye a Estados Unidos la potestad de dominar a todos en el continente, y ese lenguaje se hizo carne en el pensamiento de muchos pero, no de todos. “Los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia para plagar la AmĆ©rica de miseria y oprobio en nombre de la libertad”, es la antĆtesis bolivariana al monroĆsmo. Como podemos observar, el lenguaje ha jugado un estelar papel en el desempeƱo del quehacer histórico de nuestros pueblos.
Recomponer las consideraciones del lenguaje constituye una vital alternativa para intentar desmontar el creciente espĆritu guerrerista de las potencias hegemónicas. Americanos somos todos los nacidos en AmĆ©rica, de tal manera que la consideración de Monroe es una contradicción teórico-prĆ”ctica desde el momento en que los gobernantes estadounidenses se atribuyeron el derecho a esclavizar a nuestros pueblos y asumir para sĆ, exclusivamente, el gentilicio “americano”.
Fuera del contexto de relación y de la comunicación, muchas cuestiones pierden su sentido esencial. Es sumamente complejo aprehender la realidad de las estructuras sociales, vistas Ć©stas desde una perspectiva de lo global. Aprehender las estructuras del Ć”tomo tampoco es nada sencillo; por ejemplo, cuando ejercemos una determinada disciplina debidamente, nos orientamos hacia un particular y apropiado objetivo; el objetivo del mĆ©dico ha de ser la salud del paciente, lo cual implica ademĆ”s de una orientación, una regularidad, a saber, curar todos los dĆas a muchos pacientes. De modo que las regularidades de la conducta estĆ”n pautadas mediante normas sociales que establecen los lĆmites dentro de los cuales puede darse un comportamiento social determinado. Y asĆ, por analogĆa, el pescador, el psicólogo, el carpintero, el escritor, el polĆtico, el gerente tambiĆ©n deben asumir normas de comportamiento social. Una infracción a esas normas pone al infractor al margen del establecimiento y, en consecuencia, al alcance de un castigo que redima su comportamiento. AhĆ precisamente se pone de manifiesto la Ć©tica y el ejercicio apropiado de la norma que restablezca la normalidad de la conducta.
¿Cómo se nos revela la realidad? ¿Acaso se nos revela en ideas? La realidad tiene aspectos visibles y otros invisibles, de ahĆ que sólo nos percatemos de aproximaciones de la realidad, en el mejor de los casos. La realidad “completa” escapa a nuestras posibilidades. Una botella estĆ” medio vacĆa o medio llena; todo depende de lo que recortemos de nuestra lectura de la realidad. Por supuesto, es el lenguaje la matriz donde se juega todo ello.
Buscamos que la realidad se nos presente clara. No obstante, merodean acontecimientos sociales que determinan nuestra visión de esa realidad escurridiza, nunca diĆ”fanamente clara. ¿Para quĆ© quiero captar la realidad nĆtidamente? Para criticarla y formularla, y pese a que muchos estemos frente al mismo fenómeno social, cada quien lo aprecia a su modo, de manera distinta. Medio vacĆa o medio llena, segĆŗn podamos verla…
Asumamos principios Ć©ticos frente a tales fenómenos ¿QuiĆ©n puede afirmar certeramente que tal o cual visión o principio se expresa claro como la luz del dĆa? ¿A partir de quĆ© nos ponemos de acuerdo y bajo que condición?
Sucede que cuando tratamos de conceptualizar un hecho, un fenómeno, equis cosa, pueden surgir diferencias que, a su vez, constituyen un problema real que hace mĆ”s compleja la tarea de criticar y analizar un hecho. Por lo pronto, no hay “hechos” puros; es el lenguaje el que los construye: “medio vacĆa o medio llena…” No hay “cosas en sĆ” mĆ”s allĆ” de las expresiones, misteriosas esencias inaprehensibles, entelequias ocultas. La realidad es la suma de lo que podemos nombrar.
Determinada ley pauta una disposición que regula el comportamiento del ciudadano pero, en verdad, cada quien interpreta ajustado a su propio criterio. Entonces puede decirse que estamos frente a una dificultad real, puesto que no todos asumen los valores Ć©ticos en la misma dimensión. De allĆ que la realidad suele ser algunas veces identificada y conceptualizada por muchos de manera uniforme, pero otras veces no es asĆ.
Lo natural es que cada quien vea las cosas desde su propio lugar y, en consecuencia, asigne relevancia a determinados aspectos. Es que cada problema es contentivo de diversas caras desde cada una de las cuales pueden ser formuladas soluciones diferentes, y es evidente que de ordinario la gente no tienda a tomar decisiones con los ojos cerrados. Cada quien ha incorporado a su propio comportamiento valores, concepciones del mundo, maneras de pensar que pueden conducirlo a elegir determinado aspecto del problema en vez de otro, a ubicarse en una posición y no en otra. Encontrar una respuesta Ćŗnica, acaso un pensamiento Ćŗnico, es altamente improbable. De tal modo que si confrontamos la diversidad de opiniones y posiciones podrĆamos acercarnos a un encuentro fecundo que abra caminos a la paz o, al menos, a una convivencia no basada en el ataque violento. El otro distinto ¿por quĆ© tendrĆa que llevarme a su aniquilación?
Es necesario considerar todos los aspectos posibles del problema de aprehender la escurridiza percepción de la realidad y procurar definir conceptos que resuman las diferentes observaciones que califiquen nĆtidamente el fenómeno observado. Es que en todo acto humano estĆ” presente alguna forma de comunicación; inclusive cuando estamos en silencio. El sujeto nunca estĆ” en el aire, desconectado; estĆ” siempre prendido, nos estamos comunicando con nosotros mismos, en acción, en puro movimiento, aunque no nos estemos desplazando de un lado a otro.
IV
Intentar abordar el tema de la evolución del lenguaje tiene que llevarnos necesariamente hacia sus orĆgenes. Por cierto numerosas teorĆas han intentado explicar ese fenómeno. Unos ven en la onomatopeya el germen del lenguaje; en esa perspectiva, todas las lenguas habrĆan empezado siendo sonidos imitativos de la realidad. Esta teorĆa siempre mereció la crĆtica respecto a que el conjunto de onomatopeyas haya sido escaso en todas las lenguas e inclusive muchas prĆ”cticamente la desconocen. Otros marcos conceptuales han planteado que en el origen del lenguaje se encuentra la interjección, es decir, el sonido apenas articulado comparable con los sonidos de los animales, lo que serĆa caracterĆstico de un supuesto estado en el que lo primordial serĆa la expresión de emociones.
TambiĆ©n se ha mantenido que ese primer momento del lenguaje pudo estar en gestos fónicos, tales como la llamada. Lo bĆ”sico serĆa la apelación, la necesidad de enviar a los demĆ”s algunas peticiones, órdenes y deseos, de manera indiferenciada primero, para analizarse luego en signos propiamente dichos. Todas estas teorĆas son contentivas de sagaces intuiciones, y tambiĆ©n en ocasiones, errores. Pero, sobre todo, son inverificables. ¿QuĆ© debe hacer un buen lingüista para abordar este problema?
Tal vez sea bueno que se estudien las lenguas de los pueblos llamados primitivos, que se intente la reconstrucción de las protolenguas y se aboque a la observación de cómo el niƱo adquiere el lenguaje. En sendos sentidos se han hecho y se siguen haciendo esfuerzos constructivos; mas no se ha podido resolver el problema, porque tanto los estudiosos de las lenguas primarias como quienes lograron reconstruir protolenguas, concluyen que se trata de sistemas lingüĆsticos demasiado complejos y evolucionados, en nada parecidos a lo que ha debido ser el respectivo estado primigenio. Y, en cuanto a la adquisición del lenguaje por el niƱo, se trata de un problema distinto, puesto que no es lo mismo aprender un sistema ya establecido que crear un lenguaje. Los pueblos originarios tuvieron la tendencia a atribuir a cada cosa un alma (hilozoĆsmo) y a hacerla objeto de culto. La magia fue usada por el hombre primitivo para tratar de contrarrestar las fuerzas de la Naturaleza.
Es de recordar la expresión de Simón BolĆvar el 26 de marzo de 1812, cuando ocurrió un espantoso terremoto que asoló a Caracas. A la sazón, el clero vociferó que dicho seĆsmo era un castigo del cielo contra el pueblo venezolano por estar intentando liberarse de la corona espaƱola de Fernando VII, a lo que BolĆvar replicó presto, para contrarrestar la maledicencia clerical mĆ”gico-religiosa, que “si la Naturaleza se opone a nosotros, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”, queriendo significar, precisamente, la necesidad que el pueblo se despojase del yugo de falsas creencias.
Los rituales de falsas creencias proporcionan supuestos beneficios en determinados casos, o maleficios en otros. Desde las sociedades ancestrales se ha venido aplicando la magia, y aunque fue condenada públicamente por la iglesia católica desde la Edad Media y durante el Renacimiento, fue asumida por lo bajo para someter y aterrorizar a los pueblos.
Inclusive la magia se mezcló, de alguna sutil forma, con la investigación cientĆfica. La magia, tanto como el animismo, tuvieron mucho que hacer con el culto a los espĆritus en un ambiente en el que el ser humano trataba de entender los fenómenos de la Naturaleza. Se trataba de ideas primitivas que, de alguna manera, sirvieron de referencia para la evolución de las ideas cientĆficas. Obviamente, estas Ćŗltimas demandan un lenguaje cientĆfico para ser transmitidas, y tal lenguaje estĆ” sujeto a evolución tambiĆ©n. Todo lenguaje es un instrumento de la comunicación, fundamento de la vida social.
Cifrado en códigos de diferentes naturalezas y complejidades, cada mensaje pertenece a un sistema; las variadas relaciones del entramado comunicacional determinan la mayor o menor posibilidad de acceder a la determinación del “genoma lingüĆstico” -permĆtasenos el neologismo-. El carĆ”cter sonoro o grĆ”fico del mensaje determina dos grandes variedades del lenguaje: la oral y la escrita.
La lengua oral es primaria; todos los seres humanos y todas las sociedades la poseen. La lengua escrita es secundaria e históricamente tardĆa; ni todas las comunidades la han poseĆdo ni todos los hablantes la dominan. Por lo general la lengua oral se emplea ante interlocutores presentes y en circunstancias de interacción, lo que determina que sea mĆ”s implĆcita e imprecisa. Su vaguedad es fĆ”cilmente contrarrestada por la situación. Su sintaxis suele ser mĆ”s psicológica que lógica, segĆŗn la importancia que el hablante va dando a lo que dice; lo contrario suele ocurrir en la lengua escrita, en la que el interlocutor estĆ” ausente, el intercambio no es explĆcitamente inmediato y los contenidos son mĆ”s explĆcitos y la sintaxis mĆ”s lógica, a objeto de la comprensión.
En consecuencia, la lengua escrita no parece traducir simplemente a la hablada. Forzosamente, por ser una abstracción de la dimensión fónica del lenguaje y de su empleo en una situación comunicativa concreta, la lengua escrita presenta limitaciones y posibilidades que no tiene la hablada. Por ejemplo, no puede reproducir exactamente la riqueza fónica de aquella, tal como la pausa, el énfasis, la entonación, etc. Tampoco puede reproducir situaciones concretas en las que se produce, tal como gestos, movimientos, relaciones entre los interlocutores, etc. Entre las posibilidades estÔ el que fije los mensajes, lo que permite su permanencia en el tiempo y su difusión en el espacio.
Desde finales del Siglo XIX, con la invención del gramófono y del magnetófono, hasta el presente, con la aparición de internet y una inmensa cantidad de dispositivos tĆ©cnicos, ha sido posible conservar la lengua oral, que es precisamente la lengua de la conversación y el diĆ”logo. La lengua escrita, la de los registros mĆ”s cultos, tales como registro cientĆfico, tĆ©cnico, literario, jurĆdico, cumple con una función de prestigio, es decir, que estĆ” mĆ”s sujeta a la norma, contribuye decisivamente a transmitir y es mĆ”s conservadora. La lengua oral, por el contrario, es mĆ”s despreocupada de criterios normativos, es mĆ”s innovadora y cambiante.
Hay poca duda respecto a que el lenguaje oral precedió a la escritura. Muchos creen que el aparato vocal del ser humano, que ciertamente tiene una enorme adaptabilidad y eficacia, es el que le ha proporcionado una ventaja extraordinaria para el desarrollo del lenguaje complejo en relación a todo el reino animal. Sin embargo, muchos animales tienen órganos capaces de producir sonidos que podrĆan asemejarse mucho a nuestro lenguaje si tuviesen un cerebro potente y capaz de ser controlado como el nuestro. El ser humano tiene un cerebro relativamente grande, pero lo que mĆ”s interesa de su dimensión es la mayor o menor superficie de su corteza. De hecho, las zonas de la corteza ligadas con la palabra y la memoria son muy extensas, y tambiĆ©n lo es la zona de la que depende el control sobre los dedos de la mano, con los que se pueden realizar trabajos delicados. Esta actividad nos remonta a los tiempos primitivos en que nuestros ancestros empezaron a fabricar y utilizar instrumentos; y por igual, a tiempos relativamente recientes cuando cogió por primera vez con la mano un utensilio de escribir y grabó en piedra, en arcilla o en papiro, testimonios para las generaciones futuras.
La acción de hablar es parte tan cotidiana de la actividad humana que no nos damos cuenta del porquĆ© ni del cómo se realiza. La palabra es nuestro principal medio para transmitir el pensamiento a otras personas, ya que la comunicación mental directa es imposible. Son muchas las especies animales cuyos individuos se comunican entre sĆ de un modo u otro, pero solamente la especie humana logró la comunicación por medio de la palabra y dio asĆ el gran paso hacia la fundación de complejas sociedades. DespuĆ©s vino la invención de la escritura, que permitió transmitir a la posteridad los pensamientos y los conocimientos adquiridos por cada generación, salvando del olvido las gestas y acontecimientos de las grandes civilizaciones del pasado. En las sucesivas fases de la evolución humana los sujetos pusieron en prĆ”ctica habilidades para fabricar armas. Primitivamente para cazar animales, y actualmente para “cazar” al propio ser humano. La evolución del cerebro determinó la aparición de armas mĆ”s complicadas para cazar, pero hay un punto de inflexión en el momento en que el ser humano comenzó a guerrear contra su propia especie, en vez de sólo cazar animales. HabrĆa que precisar lo que ocurrió entonces con el sistema de comunicaciones, y si acaso Ć©ste se pervirtió al extremo de insuflar la malignidad de los guerreristas.
V
Quienes disponen de ojivas nucleares para amedrentar el mundo se caracterizan, entre otras cosas, por la prepotencia de su lenguaje. En todo esto tambiĆ©n tiene que ver el lenguaje sumiso de quienes se dejan amedrentar (o no pueden hacer nada al respecto). Quienes pretenden arrasar al resto del mundo creyendo estar a salvo dentro de una burbuja, estĆ”n muy equivocados. El complejo militar estadounidense y la Casa Blanca, que destacan por su criminal estupidez de creerse dueƱos del mundo, albergan en su vientre el germen de su propia destrucción: millones de asiĆ”ticos, africanos, latinoamericanos, Ć”rabes, y en cualquier momento pudiese desatarse una reacción interna; pero habrĆa que entenderse todos mediante un lenguaje comĆŗn, que no existe pero que habrĆa que inventar.
Un lenguaje de paz y concordia para todos los pueblos podrĆa encauzar el camino definitivo hacia una paz sustentable pero, mientras las grandes cadenas de difusión de informaciones sean manipuladas por intereses corporativos, se ahondarĆ” la brecha entre la paz y la guerra.
El propio pueblo estadounidense debe reaccionar, unirse a los demĆ”s pueblos del mundo que luchan por la paz de todos, y amarrar a sus propios “locos guerreristas”; aunque lamentablemente la cotidiana ración de basura mental a la que estĆ”n condenados les impide ver la realidad.
La sociedad de Estados Unidos llegó a un nivel de saturación de imĆ”genes de la realidad tan descomunal, trucadas, manipuladas, difundidas por las grandes cadenas televisivas al servicio del imperio, que hasta pudo perder la noción de formas y de colores del mundo real; por aƱadidura, ese pueblo ha sido tan sistemĆ”ticamente bombardeado por noticias elaboradas en laboratorios que dependen del mefistofĆ©lico complejo industrial-militar, que logró mantenerlo cautivo, atenazado y listo para la manipulación. Homero Simpson es una patĆ©tica pero cabal metĆ”fora del ciudadano normal de ese paĆs.
¿QuĆ© le sucede al pueblo estadounidense? En principio hay que indicar que se trata de un pueblo aislado, por no decir cautivo de grupos económicos “enloquecidos”. Responder la interrogante implica hacer un anĆ”lisis exhaustivo de esa realidad. El anĆ”lisis de la naturaleza de su relación con el exterior es fundamental; es de suponer que a medida que puedan establecerse relaciones de amistad y de afecto con otros pueblos, de contactos directos, de intercambios culturales -por ejemplo- podrĆa romperse ese aislamiento, y asĆ el norteamericano promedio (Homero Simpson) dejarĆa detrĆ”s su tendencia a tratar de controlar el mundo, es decir, dejar de considerar a los demĆ”s pueblos como una expresión extraƱa, visión que le ha sido metida a la fuerza, en paquetes ideológicos diseƱados por el PentĆ”gono, la casa Blanca y el Departamento de Estado.
Antes que con un paquete económico o militar, por ejemplo, ciertamente el imperialismo ataca con paquetes ideológicos, que a su vez entraƱan un lenguaje a su manera, expresamente infame. ¿Puede el pueblo estadounidense librarse a sĆ mismo del yugo al que estĆ” uncido? AquĆ el problema fundamental, en principio, es integrarse al mundo y no tratar de destruirlo. Hay que hacer notar, con relación a ese modelo nefasto que le ha sido impuesto a ese pobre pueblo de AmĆ©rica del Norte, que la separación es una forma de negación de la existencia; la integración es, contrariamente, una manera de afirmación de la realidad. Dicho de otra forma: capitalismo es aislarse y socialismo es integrarse.
El agua dulce, el petróleo, el gas, el trigo, el maĆz, el oro, el mar, el hierro, el aluminio, el aire, el ecosistema, la madera, la ciencia, la tecnologĆa, el arte, la medicina, en fin, la Naturaleza y todo producto social inclusive los dioses del larario, son factores del todo. “Desintegrar el mundo es una acción autodestructiva”, decimos nosotros. “Dios no juega el Universo a los dados”, habrĆa dicho Einstein -y “Einstein, ¡no le diga usted a Dios lo que Ć©l debe hacer!”, replicó Niels Bohr a Einstein-. Y para mĆ”s aĆŗn, Stephen Hawking tambiĆ©n metió lo suyo: “Dios no sólo gusta de jugar a los dados con el Universo sino que a veces los lanza donde no podemos verlos”.
Sea lo que fuere, donde y como sea, el mundo es de todos, venga la comunión de la diversidad como un autĆ©ntico camino hacia la coexistencia pacĆfica. La Ć©lite militar y militarista del mayor imperio expone con prepotencia sus “verdades” como absolutas, pero eso hay que rechazarlo de plano. El dĆa en que La Humanidad se despliegue como una unidad dinĆ”mica de conjunto hacia la paz, estaremos en el camino de resolver todos los problemas coexistenciales; para ello serĆ” necesario abordar un lenguaje comĆŗn aprobado y asumido por todos.
Es difĆcil determinar lo primero por hacer. No nos sentimos tentados a proponer ni una cartilla ni una fórmula. La integración de los pueblos, tal como la concebimos, es ajena a todo algoritmo, pero pensamos que el abordaje debe hacerse desde el plano cultural, por las buenas y sin condicionamientos. Esto, por sólo decir lo que pensamos y, hasta ahĆ; venga la otra opinión, un poco de sincretismo tal vez no nos cause sarampión.
Generar un clima de confianza entre los pueblos, libre de ataques y defensas, podrĆa guiarnos hacia una nueva concepción del mundo que desencadene si bien no “la paz” para todos (tĆ©rmino quizĆ” un tanto ampuloso), al menos sĆ la posibilidad de un relacionamiento respetuoso. Valga agregar aquĆ que nadie estĆ” obligado a amar al otro, pero sĆ a respetarlo. La paz, si es posible, en definitiva tiene que ver con eso: con el respeto del otro diverso.
Con sus millares de ojivas nucleares, su ONU y su OEA, el gobierno de Estados Unidos, en tanto cabeza mundial del capitalismo desarrollado, suele sentarse a la mesa de discusión como el gĆ”nster que clava su cuchillo en la misma antes de hablar la primera palabra. Por eso, y por peores cosas, ahora los pueblos del Sur tenemos la necesidad de integrarnos bajo nuestras propias reglas, sin amenazas y sin tutelaje, de igual a igual, con respeto, y con la disposición de complementar nuestras necesidades y nuestras fortalezas. La actual “legalidad internacional” no es mĆ”s que una impĆŗdica mentira, y seguirĆ” siendo asĆ el mientras el Norte (con Estados Unidos a la cabeza) siga imponiendo sus condiciones capitalistas leoninas al Sur.
De modo que la creación y el desarrollo evolutivo de un lenguaje al servicio de la paz mundial es competencia de los propios pueblos, y Ć©stos deben asumir esa demanda, sin pedirle permiso a nadie. Esta vez sĆ existen bases concretas que permitirĆ”n seguirle la pista a la evolución del nuevo lenguaje por parte de futuras generaciones para las que “las guerras pasadas” -las anteriores y las actuales- no tengan acicate para retoƱar.
Obviamente no basta crear un nuevo lenguaje sino, ademĆ”s, nuevos medios de difundirlo, y fundamentalmente otra Ć©tica, esta vez planetaria. Pero si nos tomamos en serio aquello de “el lenguaje es la morada del ser” -siendo heideggerianos en esto-, desarrollar un nuevo lenguaje implicar desarrollar un nuevo mundo.
La ideologĆa es una expresión esencial de la conciencia. Sin ideologĆa no puede haber Ć©tica y sin Ć©tica no puede haber convivencia; ninguna ley escapa al agobiante rigor de la caducidad. Por ejemplo, con su TeorĆa de la Relatividad, Einstein tiró por tierra centenarias concepciones del mundo, inclusive sustentadas por la matemĆ”tica, que ya es decir algo. Y la propia TeorĆa de la Relatividad empieza a tambalearse en sus fundamentos, precisamente con el avance de la ciencia.
No hay verdades absolutas. De manera que estamos ante un reto de complejidad descomunal: abatir la guerra y suplantarla por un mundo de paz sustentable. Un vistazo apenas superficial de la historia del mundo nos hace ver que si existen diferencias dentro de un mismo sistema social y polĆtico, con mayor razón existen diferencias con respecto a sistemas distintos. ¿QuĆ© no decir entonces de confrontar sistemas diferentes? Mientras tales diferencias existan en guerra, en vez de en coexistencia pacĆfica y constructiva, el bienestar del ser humano contemporĆ”neo estarĆ” comprometido.
En libertad se conjugan los logros fundamentales del ser humano, pero la libertad por sĆ sola no basta. Es que mientras los pueblos han debido estar escalando niveles superiores de felicidad todavĆa tienen que pelear por subsistir, y esa es una contradicción. La libertad, la soberanĆa, la autodeterminación, la felicidad y muchos otros valores sin los cuales la paz no es sustentable, son objetivos sine qua non hacia los cuales tiende el mundo contemporĆ”neo; pero sin el lenguaje que lo exprese de comĆŗn, serĆ” arduo el camino hacia el logro.
A decir verdad, de ninguna manera pretendemos hacer un relato irreflexivo de nuestros pareceres; sólo tratamos de plantear partes de nuestros puntos de vista acerca de un tema que consideramos de primerĆsimo orden, pero sin mĆ”s pretensión que intentar presentar una crĆtica teórica, en este caso, indiferenciada. Es natural concebir desde “el ocĆ©ano de la diversidad humana” un nuevo estamento social y polĆtico particular, zonal, regional o hemisfĆ©rico. Creemos que la idea es extensiva a todo el Planeta Tierra. Somos empedernidamente ambiciosos respecto al porvenir; no somos entera ni medianamente uniformes respecto a la base de nuestros respectivos enfoques personales del problema expuesto. Pero creemos que no es dilemĆ”tico optar entre guerra y paz.
Las grandes corrientes del pensamiento universal han surgido de procesos de lucha de los pueblos contra el peso de concepciones tradicionales erróneas, sostenidas por grupos de poder. Recordemos el calvario de Galileo por sostener la concepción acerca de la TeorĆa HeliocĆ©ntrica en contraposición a la falsa creencia geocentrista, sostenida por la Iglesia Católica de Roma de entonces. La feroz lucha del conocimiento cientĆfico por insurgir y la tenaz oposición del dogmatismo estĆ©ril, que siempre se erige como obstĆ”culo a las transformaciones necesarias, han marcado siempre el carĆ”cter de la confrontación brutal entre opuestos. Hoy el sistema capitalista globalizado representa el poder irracional y sanguinario, la guerra; mientras que los pueblos sojuzgados y escarnecidos representan la paz. Estamos asĆ ante una confrontación entre el Ć”tomo violento y el Ć”tomo pacĆfico en la polĆtica internacional. ¿ExplotarĆ”?
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