Del origen y evolución del lenguaje humano a las armas nucleares

Del origen y evolución del lenguaje humano a las armas nucleares
Por: Marcelo Colussi y Guillermo GuzmƔn


I

Acceder a una visión integral del mundo implica traducir la realidad a un determinado lenguaje; hay muchos, pero sí y solo sí hubiese un universal lenguaje, nuestra noción del mundo, nuestro acercamiento y afortunada aprehensión de esa escurridiza realidad, pudiese llevarnos a la mÔs fecunda comunicación.
La experiencia del diario vivir, por el contrario, nos muestra que no hay tal universalidad, y que la pluralidad de visiones (de lenguajes) es lo que prima.


Todos somos parte de la dispersa y contradictoria realidad, y no bastan las disquisiciones dialĆ©cticas para explicar ni para justificar el que aĆŗn estemos sumergidos en un caos infernal. HabrĆ­a que bucear mĆ”s a fondo para ver si hallamos la hebra de la madeja. ¿En quĆ© lugar, momento histórico y de quĆ© manera se resquebrajó a nivel de no retorno la evidente voluntad unitaria del Homo Sapiens?

Hoy la humanidad es un rompecabezas suelto al que debemos armar; algunas piezas no calzan para integrar un mundo de paz y armonĆ­a; los guerreristas “genĆ©ticos” no encajan, y hasta tanto las ciencias no ofrezcan una alternativa de curación para ellos, hay que desecharlos, dejarlos a nivel de esa cosa tan rara de justificar que llaman “Premio Nobel” (Kissinger, el principal mentor de guerras en el siglo XX, recibió uno. ¿Alguien lo puede explicar?).

Desde que el niño respira por primera vez, inicia un proceso de aprendizaje que se concibe como la transformación que tiene lugar en su sistema nervioso cada vez que se integra a él una nueva información. La teoría cognoscitiva de reciente aparición hace hincapié en los factores que determinan la conducta y establece que ésta, mayormente, es aprendida y las leyes que gobiernan ese aprendizaje pueden conocerse y medirse.

Asimismo, es concluyente que tanto la conducta “normal” como la “anormal” se adquieren mediante los mismos mecanismos fundamentales de aprendizaje. La especificidad de cómo se llega a una mentalidad criminal capaz de fabricar una bomba atómica para matar niƱos, o población civil no combatiente, no es objeto de estas reflexiones; mas, en sentido lato, hay que decir que la ojiva nuclear es una consecuencia perversa del desarrollo del lenguaje cientĆ­fico.

Encargada de escarbar la evolución, la ciencia ya da por sentado que del Australopithecus erectus al Cro-magnon es evidente el aumento de la capacidad craneal. Desentrañar la secuencia del genoma humano puede aportar claves acerca del desarrollo del lenguaje.

En la zona de los Grandes Lagos, en África, se han hallado los huesos mÔs antiguos, y los estudios de ADN confirman que todos los grupos étnicos tenemos filiación con el africano originario (aunque muchos, de puros racistas, no lo admitirían de buen grado). AdemÔs, fósiles humanos de hace dos millones de años, datan indicios de que el incipiente cerebro desarrollaba desde entonces atisbos del habla.

La capacidad de almacenar información nos ha venido haciendo extremadamente complejos. Desde entonces, y hasta el presente, hemos pasado de simplemente fabricar rudimentarias herramientas de piedra a construir ojivas nucleares. Es de suponer que las primeras eran para cazar, armas de subsistencia; mientras que la bomba atómica implica la mĆ”s brutal arma ofensiva e intimidatoria. De hecho, el potencial atómico de que disponen los pocos paĆ­ses que forman el super selecto club nuclear, de liberarse todo al mismo tiempo producirĆ­a una explosión de tal magnitud que harĆ­a colapsar el planeta, llegando su onda expansiva hasta la órbita de Plutón. “Proeza tĆ©cnica”, podrĆ­a pensarse; pero ese potencial no mejora la calidad de vida, y el hambre sigue siendo la principal causa de muerte de la Humanidad. ¿Ha evolucionado el ser humano entonces? ¿Hacia adonde va?

Formular hipótesis generales acerca de si, cómo, cuÔndo y etc. factores determinaron el lenguaje, e inclusive su evolución, difícilmente nos llevarÔn a una verdad científica incuestionable. Es de imaginar la multiplicidad de factores de toda laya que han podido afectar la evolución del lenguaje humano pero, sin lugar a dudas, los sectores sociales y políticos que históricamente impusieron su ley a otros grupos o pueblos e influyeron en menoscabar lo que había, para imponer sus valoraciones, tienen mucho que ver.

¡Menuda tarea, tratar de escarbar la historia de la evolución del lenguaje desde sus primeras manifestaciones hasta la complejidad de lo actual! PodrĆ­amos intentar extrapolar inductivamente en función de recientes cambios e inclusive de apreciables modificaciones en marcha ahora.

II

El lenguaje es el mÔs poderoso elemento de la cultura humana; surgió de la necesidad de comunicarse, lo que es evidencia de nuestro ancestral carÔcter gregario. Ahora bien: el lenguaje es mÔs que un medio de expresar el pensamiento. Es su matriz, su condición de posibilidad. Pensamos en nuestra lengua materna, y eso nos decide mucho de lo que construimos. En otros términos: somos el lenguaje. Es nuestra condición de posibilidad, y al mismo tiempo nuestro límite.

¿Las primeras expresiones habladas? ¿Cómo saberlo? ¿QuĆ© objeto pudo estar en la cabeza del hombre primitivo, acaso un plato de comida? ¿Plato? ¿Las exigencias de su vida prĆ”ctica incluĆ­an internet, las ojivas nucleares?

Los primeros signos escritos fueron representaciones de objetos prƔcticos, y las primeras expresiones habladas han podido ser imitaciones de sonidos de la Naturaleza, tal vez reproducir sonidos del mar o del rƭo, o del viento, o de animales. En esas circunstancias, el lenguaje onomatopƩyico pudo expresar lo externo, pero habƭa que expresar los sentimientos, lo interior, y eso pudo empujar al ser humano a crear otro lenguaje.

Es de advertir nuevamente que este es un abordaje temerariamente empĆ­rico, de la evolución del lenguaje humano; serĆ­a impropio dar por sentado como factor de evolución al respecto algo que no se pueda demostrar. A diario el ser humano inventa nuevas formas verbales para no quedarse atrĆ”s y a nosotros, en tanto que no somos excepción alguna, se nos ha ocurrido inventar “oenarcocitanul” para definir a los mĆ”s conspicuos y despiadados asesinos.

Testimonios de investigaciones científicas señalan que actualmente existen cerca de 7.000 idiomas (entre lenguas y dialectos derivados) y que un indeterminado número ha desaparecido, así como otro número estÔ hoy en vías de extinción. Impulsar la creación de un lenguaje universal mediante el cual podamos entendernos para impulsar la paz, tal como pretendió el esperanto, podría abrir caminos de solución a los problemas de la especie humana, principalmente, la amenaza nuclear. Pero de momento eso no parece sino una altruista petición de principios, bastante alejada de la realidad por cierto.

Lamentablemente, el posicionamiento de los medios de comunicación por parte de sectores guerreristas y la instrumentación de un lenguaje pérfido nos ha conllevado hacia un solo patrón: la globalización informativa llevada a cabo en un lenguaje de guerra.

No existe lenguaje sin pensamiento ni pensamiento sin lenguaje; es lógico pensar que un desarrollo cerebral al que se llega como resultado de una prolongada evolución con transformaciones biológicas profundas y, convergentemente, un desarrollo de la vida social, son presupuestos de la creación del lenguaje eficaz. La eficacia de toda comunicación debe ser valorada en tanto que sustente la vigencia de la vida y de la paz.

La comunicación que emana de los centros de poder internacionales es guerrerista; luego, habrĆ­a que dudar si la capacidad craneal de las Ć©lites criminales que dirigen tales imperios, capaces de lanzar bombas contra pueblos inocentes, pensar en armas de destrucción masivas o en planes para eliminar “poblaciones sobrantes”, no ha sido perturbada por una desviación, una mutación genĆ©tica. O, por el contrario, habrĆ­a que pensar que la bĆŗsqueda de poder no se detiene ante nada, aĆŗn ante esas monstruosidades. Para obtener y mantener el poder todo, absolutamente todo es posible.

Ante cada información percibida, un individuo activo reflexiona y experimenta antes de asumirla o rechazarla, mientras que el individuo pasivo simplemente la asume sin filtro, porque es un esclavo. Esto significa que la manera como el sujeto procesa la información es determinante para esclarecer el sentido de la realidad; de ahí que el deliberado propósito de maniatar el sentido crítico del individuo, por parte de las corporaciones informativas internacionales capitalistas, incide en la debacle o en la transformación del mundo. En última instancia: en la guerra o en la paz.

La opinión pĆŗblica es una fuerza de primera magnitud y significado, en cualquier sociedad, por lo que las Ć©lites sanguinarias no vacilan en confiscarlas y ponerlas a su servicio. A esa “comunipulación” -comunicación manipulada- hay que oponer una verdadera comunicación basada en los valores, anhelos y necesidades de las comunidades y de los pueblos.

Las ciencias y las tecnologías pudiesen abonar que desemboquemos en un lenguaje universal expresamente en pro de la paz, pero habría que procurar reajustes éticos; no obviemos que el porvenir de la cultura estÔ ligado al desarrollo de las ciencias y de las tecnologías. La evolución del lenguaje es directamente inherente a la evolución comunicacional, por lo que es necesario planificar las características deseables de ese proceso evolutivo.

El proceso de integración de los pueblos no debe ser una simple y artificial fusión homogénea de las distintas particularidades culturales; es que una cultura no arraigada en lo profundo de la conciencia carece de fuerza moral como soporte esencial. De lo que se trata es de establecer relaciones, vínculos interactivos interculturales; no, en cambio, una unidad de integración artificiosa, carente de raíces.

El lenguaje y la comunicación conforman un binomio histórico en transición permanente que lamentablemente desembocó en el desarrollo y puesta en prĆ”ctica de la bomba atómica, infernal patrón de mortalidad que hoy por hoy ostentan muy pocos paĆ­ses, lo que, llegado el caso, podrĆ­an desatar la hecatombe nuclear. En ese sentido, la bomba atómica es la prostitución de la ciencia. El desarme nuclear es la Ćŗnica alternativa de solución a la dicotomĆ­a de vida-muerte sobre el Planeta Tierra. ¿CuĆ”l es el papel que deberĆ­a jugar la ciencia en una sociedad ideal: acaso no es el de proyectar la paz y el bienestar para todos?

El bienestar para sólo algunos, por poderosos que éstos sean militarmente, no es sustentable a mediano y largo plazo. Las consecuencias indeseables del desarrollo científico y tecnológico suponen un grave problema ético que se patentiza en la espantosa proliferación de armas nucleares.

Es de suponer -justo es reconocerlo- que la evolución y el desarrollo del lenguaje humano permitió que los diferentes lenguajes populares desplazaran al latín, tal vez porque se intuyó la pesada carga de dogmas a los que la iglesia -en especial, la católica- sometió a ese idioma. No obstante, la ciencia no se ha sacudido el latín todavía. No parece ser tan descabellado pensar que residuos de dogmas de esa lengua pudieron haber influido en mentalidades científicas que condujeron al desarrollo de la energía nuclear con fines bélicos. Habría que demostrarlo. Ninguna hipótesis tiene que ser necesariamente compartida por todos, pero es razonable inferir que la evolución del lenguaje permitió el desarrollo científico y éste, a su vez, fue desviado del camino de la ética de los pueblos, debido a la carga dogmÔtica.

Los guerreristas son dogmÔticos, y así como uno pudiese explorar río arriba hasta dar con el manantial, habría que investigar los orígenes del dogmatismo que caracteriza a quienes amenazan la destrucción del mundo con sus enormes arsenales nucleares. De ese modo, tal vez encontremos pistas que corroboren la apreciación.

La Humanidad se ha desarrollado en el Ômbito de complejos procesos prehistóricos e históricos, y la visión que el ser humano ha sustentado respecto al mundo ha sido, en mucho, precariamente parcial cuando no simplemente parcial, en el mÔs eficaz de los casos. Obviamente, nuestra visión de la realidad ha estado siempre sujeta a equivocaciones. Otras veces, cuando esa visión tiende hacia la globalidad, en el buen sentido del término, pareciera acercarse mÔs a la certeza.

A medida que el ser humano se desprende de prepotencias y de ilusiones inútiles y asume una postura crítica respecto a lo erróneo, puede reencausar su existencia bajo una visión mÔs verdadera acerca del mundo en el que vive.

Ver el mundo críticamente es ubicarse bien respecto al todo posible, porque ello le permite, a su vez, verse a sí mismo en su dimensión real, es decir, comprender lo pequeño y lo pasajero que se es individualmente con respecto al contexto universal de espacio, tiempo, Naturaleza y de toda entidad social.

Si no todo estĆ” completamente a nuestra vista, esa parte de la realidad natural, o social, o espacial, o temporal que no vemos ni sentimos ni oĆ­mos ni olemos ni saboreamos y, ni siquiera intuimos, pudiese prestarse para suposiciones infundadas con las que intentarĆ­amos, eventualmente, completar el cuadro. No faltarĆ”n quienes pretendan dejar las cosas tales como precariamente parecen ser, tales como estĆ”n y, punto. Otros, por lo contrario, rehusamos vivir impĆ”vidamente resignados, con los brazos cruzados frente a una realidad de guerra, de orgĆ­as de sangre y de esclavitud de nuestros pueblos. Algo hay que hacer…

III

Los despiadados ataques de la OTAN contra Libia, Irak, AfganistÔn, Palestina y demÔs pueblos son algo inentendible bajo el imperio de la razón humana, bajo la lógica de la pacífica convivencia. Se trata de aspectos de la realidad mundial que nos obligan a replantear con mayor atención (o con nuevos referentes) los fenómenos internacionales. La posesión por parte las grandes potencias de los recursos petroleros y gasíferos, tanto como del agua dulce, tan valorados por cierto, nos obligan a integrarnos para redefinir nuevas relaciones internacionales con todos los países, en el marco de las particularidades de cada sistema político tradicional o insurgente.

La importancia de la política exterior estÔ en auge. Por una parte, porque las tendencias hegemónicas de las grandes potencias siguen propiciando la expansión de relaciones internacionales de vasallaje. Por otra parte, la política exterior de cada Estado repercute cada vez mÔs sobre los procesos políticos internos de cada país, y en ese accionar algunas cosas se descomponen y se degradan mientras que otras, simplemente, cambian.

El lenguaje tiene que ver como expresión de los sentimientos de cada quien. “AmĆ©rica para los americanos”, que sintetiza buena parte de la doctrina Monroe, atribuye a Estados Unidos la potestad de dominar a todos en el continente, y ese lenguaje se hizo carne en el pensamiento de muchos pero, no de todos. “Los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia para plagar la AmĆ©rica de miseria y oprobio en nombre de la libertad”, es la antĆ­tesis bolivariana al monroĆ­smo. Como podemos observar, el lenguaje ha jugado un estelar papel en el desempeƱo del quehacer histórico de nuestros pueblos.

Recomponer las consideraciones del lenguaje constituye una vital alternativa para intentar desmontar el creciente espĆ­ritu guerrerista de las potencias hegemónicas. Americanos somos todos los nacidos en AmĆ©rica, de tal manera que la consideración de Monroe es una contradicción teórico-prĆ”ctica desde el momento en que los gobernantes estadounidenses se atribuyeron el derecho a esclavizar a nuestros pueblos y asumir para sĆ­, exclusivamente, el gentilicio “americano”.

Fuera del contexto de relación y de la comunicación, muchas cuestiones pierden su sentido esencial. Es sumamente complejo aprehender la realidad de las estructuras sociales, vistas éstas desde una perspectiva de lo global. Aprehender las estructuras del Ôtomo tampoco es nada sencillo; por ejemplo, cuando ejercemos una determinada disciplina debidamente, nos orientamos hacia un particular y apropiado objetivo; el objetivo del médico ha de ser la salud del paciente, lo cual implica ademÔs de una orientación, una regularidad, a saber, curar todos los días a muchos pacientes. De modo que las regularidades de la conducta estÔn pautadas mediante normas sociales que establecen los límites dentro de los cuales puede darse un comportamiento social determinado. Y así, por analogía, el pescador, el psicólogo, el carpintero, el escritor, el político, el gerente también deben asumir normas de comportamiento social. Una infracción a esas normas pone al infractor al margen del establecimiento y, en consecuencia, al alcance de un castigo que redima su comportamiento. Ahí precisamente se pone de manifiesto la ética y el ejercicio apropiado de la norma que restablezca la normalidad de la conducta.

¿Cómo se nos revela la realidad? ¿Acaso se nos revela en ideas? La realidad tiene aspectos visibles y otros invisibles, de ahĆ­ que sólo nos percatemos de aproximaciones de la realidad, en el mejor de los casos. La realidad “completa” escapa a nuestras posibilidades. Una botella estĆ” medio vacĆ­a o medio llena; todo depende de lo que recortemos de nuestra lectura de la realidad. Por supuesto, es el lenguaje la matriz donde se juega todo ello.

Buscamos que la realidad se nos presente clara. No obstante, merodean acontecimientos sociales que determinan nuestra visión de esa realidad escurridiza, nunca diĆ”fanamente clara. ¿Para quĆ© quiero captar la realidad nĆ­tidamente? Para criticarla y formularla, y pese a que muchos estemos frente al mismo fenómeno social, cada quien lo aprecia a su modo, de manera distinta. Medio vacĆ­a o medio llena, segĆŗn podamos verla…

Asumamos principios Ć©ticos frente a tales fenómenos ¿QuiĆ©n puede afirmar certeramente que tal o cual visión o principio se expresa claro como la luz del dĆ­a? ¿A partir de quĆ© nos ponemos de acuerdo y bajo que condición?

Sucede que cuando tratamos de conceptualizar un hecho, un fenómeno, equis cosa, pueden surgir diferencias que, a su vez, constituyen un problema real que hace mĆ”s compleja la tarea de criticar y analizar un hecho. Por lo pronto, no hay “hechos” puros; es el lenguaje el que los construye: “medio vacĆ­a o medio llena…” No hay “cosas en sĆ­” mĆ”s allĆ” de las expresiones, misteriosas esencias inaprehensibles, entelequias ocultas. La realidad es la suma de lo que podemos nombrar.

Determinada ley pauta una disposición que regula el comportamiento del ciudadano pero, en verdad, cada quien interpreta ajustado a su propio criterio. Entonces puede decirse que estamos frente a una dificultad real, puesto que no todos asumen los valores éticos en la misma dimensión. De allí que la realidad suele ser algunas veces identificada y conceptualizada por muchos de manera uniforme, pero otras veces no es así.

Lo natural es que cada quien vea las cosas desde su propio lugar y, en consecuencia, asigne relevancia a determinados aspectos. Es que cada problema es contentivo de diversas caras desde cada una de las cuales pueden ser formuladas soluciones diferentes, y es evidente que de ordinario la gente no tienda a tomar decisiones con los ojos cerrados. Cada quien ha incorporado a su propio comportamiento valores, concepciones del mundo, maneras de pensar que pueden conducirlo a elegir determinado aspecto del problema en vez de otro, a ubicarse en una posición y no en otra. Encontrar una respuesta Ćŗnica, acaso un pensamiento Ćŗnico, es altamente improbable. De tal modo que si confrontamos la diversidad de opiniones y posiciones podrĆ­amos acercarnos a un encuentro fecundo que abra caminos a la paz o, al menos, a una convivencia no basada en el ataque violento. El otro distinto ¿por quĆ© tendrĆ­a que llevarme a su aniquilación?

Es necesario considerar todos los aspectos posibles del problema de aprehender la escurridiza percepción de la realidad y procurar definir conceptos que resuman las diferentes observaciones que califiquen nítidamente el fenómeno observado. Es que en todo acto humano estÔ presente alguna forma de comunicación; inclusive cuando estamos en silencio. El sujeto nunca estÔ en el aire, desconectado; estÔ siempre prendido, nos estamos comunicando con nosotros mismos, en acción, en puro movimiento, aunque no nos estemos desplazando de un lado a otro.

IV

Intentar abordar el tema de la evolución del lenguaje tiene que llevarnos necesariamente hacia sus orígenes. Por cierto numerosas teorías han intentado explicar ese fenómeno. Unos ven en la onomatopeya el germen del lenguaje; en esa perspectiva, todas las lenguas habrían empezado siendo sonidos imitativos de la realidad. Esta teoría siempre mereció la crítica respecto a que el conjunto de onomatopeyas haya sido escaso en todas las lenguas e inclusive muchas prÔcticamente la desconocen. Otros marcos conceptuales han planteado que en el origen del lenguaje se encuentra la interjección, es decir, el sonido apenas articulado comparable con los sonidos de los animales, lo que sería característico de un supuesto estado en el que lo primordial sería la expresión de emociones.

TambiĆ©n se ha mantenido que ese primer momento del lenguaje pudo estar en gestos fónicos, tales como la llamada. Lo bĆ”sico serĆ­a la apelación, la necesidad de enviar a los demĆ”s algunas peticiones, órdenes y deseos, de manera indiferenciada primero, para analizarse luego en signos propiamente dichos. Todas estas teorĆ­as son contentivas de sagaces intuiciones, y tambiĆ©n en ocasiones, errores. Pero, sobre todo, son inverificables. ¿QuĆ© debe hacer un buen lingüista para abordar este problema?

Tal vez sea bueno que se estudien las lenguas de los pueblos llamados primitivos, que se intente la reconstrucción de las protolenguas y se aboque a la observación de cómo el niño adquiere el lenguaje. En sendos sentidos se han hecho y se siguen haciendo esfuerzos constructivos; mas no se ha podido resolver el problema, porque tanto los estudiosos de las lenguas primarias como quienes lograron reconstruir protolenguas, concluyen que se trata de sistemas lingüísticos demasiado complejos y evolucionados, en nada parecidos a lo que ha debido ser el respectivo estado primigenio. Y, en cuanto a la adquisición del lenguaje por el niño, se trata de un problema distinto, puesto que no es lo mismo aprender un sistema ya establecido que crear un lenguaje. Los pueblos originarios tuvieron la tendencia a atribuir a cada cosa un alma (hilozoísmo) y a hacerla objeto de culto. La magia fue usada por el hombre primitivo para tratar de contrarrestar las fuerzas de la Naturaleza.

Es de recordar la expresión de Simón BolĆ­var el 26 de marzo de 1812, cuando ocurrió un espantoso terremoto que asoló a Caracas. A la sazón, el clero vociferó que dicho seĆ­smo era un castigo del cielo contra el pueblo venezolano por estar intentando liberarse de la corona espaƱola de Fernando VII, a lo que BolĆ­var replicó presto, para contrarrestar la maledicencia clerical mĆ”gico-religiosa, que “si la Naturaleza se opone a nosotros, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”, queriendo significar, precisamente, la necesidad que el pueblo se despojase del yugo de falsas creencias.

Los rituales de falsas creencias proporcionan supuestos beneficios en determinados casos, o maleficios en otros. Desde las sociedades ancestrales se ha venido aplicando la magia, y aunque fue condenada públicamente por la iglesia católica desde la Edad Media y durante el Renacimiento, fue asumida por lo bajo para someter y aterrorizar a los pueblos.

Inclusive la magia se mezcló, de alguna sutil forma, con la investigación científica. La magia, tanto como el animismo, tuvieron mucho que hacer con el culto a los espíritus en un ambiente en el que el ser humano trataba de entender los fenómenos de la Naturaleza. Se trataba de ideas primitivas que, de alguna manera, sirvieron de referencia para la evolución de las ideas científicas. Obviamente, estas últimas demandan un lenguaje científico para ser transmitidas, y tal lenguaje estÔ sujeto a evolución también. Todo lenguaje es un instrumento de la comunicación, fundamento de la vida social.

Cifrado en códigos de diferentes naturalezas y complejidades, cada mensaje pertenece a un sistema; las variadas relaciones del entramado comunicacional determinan la mayor o menor posibilidad de acceder a la determinación del “genoma lingüístico” -permĆ­tasenos el neologismo-. El carĆ”cter sonoro o grĆ”fico del mensaje determina dos grandes variedades del lenguaje: la oral y la escrita.

La lengua oral es primaria; todos los seres humanos y todas las sociedades la poseen. La lengua escrita es secundaria e históricamente tardía; ni todas las comunidades la han poseído ni todos los hablantes la dominan. Por lo general la lengua oral se emplea ante interlocutores presentes y en circunstancias de interacción, lo que determina que sea mÔs implícita e imprecisa. Su vaguedad es fÔcilmente contrarrestada por la situación. Su sintaxis suele ser mÔs psicológica que lógica, según la importancia que el hablante va dando a lo que dice; lo contrario suele ocurrir en la lengua escrita, en la que el interlocutor estÔ ausente, el intercambio no es explícitamente inmediato y los contenidos son mÔs explícitos y la sintaxis mÔs lógica, a objeto de la comprensión.

En consecuencia, la lengua escrita no parece traducir simplemente a la hablada. Forzosamente, por ser una abstracción de la dimensión fónica del lenguaje y de su empleo en una situación comunicativa concreta, la lengua escrita presenta limitaciones y posibilidades que no tiene la hablada. Por ejemplo, no puede reproducir exactamente la riqueza fónica de aquella, tal como la pausa, el énfasis, la entonación, etc. Tampoco puede reproducir situaciones concretas en las que se produce, tal como gestos, movimientos, relaciones entre los interlocutores, etc. Entre las posibilidades estÔ el que fije los mensajes, lo que permite su permanencia en el tiempo y su difusión en el espacio.

Desde finales del Siglo XIX, con la invención del gramófono y del magnetófono, hasta el presente, con la aparición de internet y una inmensa cantidad de dispositivos técnicos, ha sido posible conservar la lengua oral, que es precisamente la lengua de la conversación y el diÔlogo. La lengua escrita, la de los registros mÔs cultos, tales como registro científico, técnico, literario, jurídico, cumple con una función de prestigio, es decir, que estÔ mÔs sujeta a la norma, contribuye decisivamente a transmitir y es mÔs conservadora. La lengua oral, por el contrario, es mÔs despreocupada de criterios normativos, es mÔs innovadora y cambiante.

Hay poca duda respecto a que el lenguaje oral precedió a la escritura. Muchos creen que el aparato vocal del ser humano, que ciertamente tiene una enorme adaptabilidad y eficacia, es el que le ha proporcionado una ventaja extraordinaria para el desarrollo del lenguaje complejo en relación a todo el reino animal. Sin embargo, muchos animales tienen órganos capaces de producir sonidos que podrían asemejarse mucho a nuestro lenguaje si tuviesen un cerebro potente y capaz de ser controlado como el nuestro. El ser humano tiene un cerebro relativamente grande, pero lo que mÔs interesa de su dimensión es la mayor o menor superficie de su corteza. De hecho, las zonas de la corteza ligadas con la palabra y la memoria son muy extensas, y también lo es la zona de la que depende el control sobre los dedos de la mano, con los que se pueden realizar trabajos delicados. Esta actividad nos remonta a los tiempos primitivos en que nuestros ancestros empezaron a fabricar y utilizar instrumentos; y por igual, a tiempos relativamente recientes cuando cogió por primera vez con la mano un utensilio de escribir y grabó en piedra, en arcilla o en papiro, testimonios para las generaciones futuras.

La acción de hablar es parte tan cotidiana de la actividad humana que no nos damos cuenta del porquĆ© ni del cómo se realiza. La palabra es nuestro principal medio para transmitir el pensamiento a otras personas, ya que la comunicación mental directa es imposible. Son muchas las especies animales cuyos individuos se comunican entre sĆ­ de un modo u otro, pero solamente la especie humana logró la comunicación por medio de la palabra y dio asĆ­ el gran paso hacia la fundación de complejas sociedades. DespuĆ©s vino la invención de la escritura, que permitió transmitir a la posteridad los pensamientos y los conocimientos adquiridos por cada generación, salvando del olvido las gestas y acontecimientos de las grandes civilizaciones del pasado. En las sucesivas fases de la evolución humana los sujetos pusieron en prĆ”ctica habilidades para fabricar armas. Primitivamente para cazar animales, y actualmente para “cazar” al propio ser humano. La evolución del cerebro determinó la aparición de armas mĆ”s complicadas para cazar, pero hay un punto de inflexión en el momento en que el ser humano comenzó a guerrear contra su propia especie, en vez de sólo cazar animales. HabrĆ­a que precisar lo que ocurrió entonces con el sistema de comunicaciones, y si acaso Ć©ste se pervirtió al extremo de insuflar la malignidad de los guerreristas.

V

Quienes disponen de ojivas nucleares para amedrentar el mundo se caracterizan, entre otras cosas, por la prepotencia de su lenguaje. En todo esto también tiene que ver el lenguaje sumiso de quienes se dejan amedrentar (o no pueden hacer nada al respecto). Quienes pretenden arrasar al resto del mundo creyendo estar a salvo dentro de una burbuja, estÔn muy equivocados. El complejo militar estadounidense y la Casa Blanca, que destacan por su criminal estupidez de creerse dueños del mundo, albergan en su vientre el germen de su propia destrucción: millones de asiÔticos, africanos, latinoamericanos, Ôrabes, y en cualquier momento pudiese desatarse una reacción interna; pero habría que entenderse todos mediante un lenguaje común, que no existe pero que habría que inventar.

Un lenguaje de paz y concordia para todos los pueblos podría encauzar el camino definitivo hacia una paz sustentable pero, mientras las grandes cadenas de difusión de informaciones sean manipuladas por intereses corporativos, se ahondarÔ la brecha entre la paz y la guerra.

El propio pueblo estadounidense debe reaccionar, unirse a los demĆ”s pueblos del mundo que luchan por la paz de todos, y amarrar a sus propios “locos guerreristas”; aunque lamentablemente la cotidiana ración de basura mental a la que estĆ”n condenados les impide ver la realidad.

La sociedad de Estados Unidos llegó a un nivel de saturación de imÔgenes de la realidad tan descomunal, trucadas, manipuladas, difundidas por las grandes cadenas televisivas al servicio del imperio, que hasta pudo perder la noción de formas y de colores del mundo real; por añadidura, ese pueblo ha sido tan sistemÔticamente bombardeado por noticias elaboradas en laboratorios que dependen del mefistofélico complejo industrial-militar, que logró mantenerlo cautivo, atenazado y listo para la manipulación. Homero Simpson es una patética pero cabal metÔfora del ciudadano normal de ese país.

¿QuĆ© le sucede al pueblo estadounidense? En principio hay que indicar que se trata de un pueblo aislado, por no decir cautivo de grupos económicos “enloquecidos”. Responder la interrogante implica hacer un anĆ”lisis exhaustivo de esa realidad. El anĆ”lisis de la naturaleza de su relación con el exterior es fundamental; es de suponer que a medida que puedan establecerse relaciones de amistad y de afecto con otros pueblos, de contactos directos, de intercambios culturales -por ejemplo- podrĆ­a romperse ese aislamiento, y asĆ­ el norteamericano promedio (Homero Simpson) dejarĆ­a detrĆ”s su tendencia a tratar de controlar el mundo, es decir, dejar de considerar a los demĆ”s pueblos como una expresión extraƱa, visión que le ha sido metida a la fuerza, en paquetes ideológicos diseƱados por el PentĆ”gono, la casa Blanca y el Departamento de Estado.

Antes que con un paquete económico o militar, por ejemplo, ciertamente el imperialismo ataca con paquetes ideológicos, que a su vez entraƱan un lenguaje a su manera, expresamente infame. ¿Puede el pueblo estadounidense librarse a sĆ­ mismo del yugo al que estĆ” uncido? AquĆ­ el problema fundamental, en principio, es integrarse al mundo y no tratar de destruirlo. Hay que hacer notar, con relación a ese modelo nefasto que le ha sido impuesto a ese pobre pueblo de AmĆ©rica del Norte, que la separación es una forma de negación de la existencia; la integración es, contrariamente, una manera de afirmación de la realidad. Dicho de otra forma: capitalismo es aislarse y socialismo es integrarse.

El agua dulce, el petróleo, el gas, el trigo, el maĆ­z, el oro, el mar, el hierro, el aluminio, el aire, el ecosistema, la madera, la ciencia, la tecnologĆ­a, el arte, la medicina, en fin, la Naturaleza y todo producto social inclusive los dioses del larario, son factores del todo. “Desintegrar el mundo es una acción autodestructiva”, decimos nosotros. “Dios no juega el Universo a los dados”, habrĆ­a dicho Einstein -y “Einstein, ¡no le diga usted a Dios lo que Ć©l debe hacer!”, replicó Niels Bohr a Einstein-. Y para mĆ”s aĆŗn, Stephen Hawking tambiĆ©n metió lo suyo: “Dios no sólo gusta de jugar a los dados con el Universo sino que a veces los lanza donde no podemos verlos”.

Sea lo que fuere, donde y como sea, el mundo es de todos, venga la comunión de la diversidad como un autĆ©ntico camino hacia la coexistencia pacĆ­fica. La Ć©lite militar y militarista del mayor imperio expone con prepotencia sus “verdades” como absolutas, pero eso hay que rechazarlo de plano. El dĆ­a en que La Humanidad se despliegue como una unidad dinĆ”mica de conjunto hacia la paz, estaremos en el camino de resolver todos los problemas coexistenciales; para ello serĆ” necesario abordar un lenguaje comĆŗn aprobado y asumido por todos.

Es difícil determinar lo primero por hacer. No nos sentimos tentados a proponer ni una cartilla ni una fórmula. La integración de los pueblos, tal como la concebimos, es ajena a todo algoritmo, pero pensamos que el abordaje debe hacerse desde el plano cultural, por las buenas y sin condicionamientos. Esto, por sólo decir lo que pensamos y, hasta ahí; venga la otra opinión, un poco de sincretismo tal vez no nos cause sarampión.

Generar un clima de confianza entre los pueblos, libre de ataques y defensas, podrĆ­a guiarnos hacia una nueva concepción del mundo que desencadene si bien no “la paz” para todos (tĆ©rmino quizĆ” un tanto ampuloso), al menos sĆ­ la posibilidad de un relacionamiento respetuoso. Valga agregar aquĆ­ que nadie estĆ” obligado a amar al otro, pero sĆ­ a respetarlo. La paz, si es posible, en definitiva tiene que ver con eso: con el respeto del otro diverso.

Con sus millares de ojivas nucleares, su ONU y su OEA, el gobierno de Estados Unidos, en tanto cabeza mundial del capitalismo desarrollado, suele sentarse a la mesa de discusión como el gĆ”nster que clava su cuchillo en la misma antes de hablar la primera palabra. Por eso, y por peores cosas, ahora los pueblos del Sur tenemos la necesidad de integrarnos bajo nuestras propias reglas, sin amenazas y sin tutelaje, de igual a igual, con respeto, y con la disposición de complementar nuestras necesidades y nuestras fortalezas. La actual “legalidad internacional” no es mĆ”s que una impĆŗdica mentira, y seguirĆ” siendo asĆ­ el mientras el Norte (con Estados Unidos a la cabeza) siga imponiendo sus condiciones capitalistas leoninas al Sur.

De modo que la creación y el desarrollo evolutivo de un lenguaje al servicio de la paz mundial es competencia de los propios pueblos, y Ć©stos deben asumir esa demanda, sin pedirle permiso a nadie. Esta vez sĆ­ existen bases concretas que permitirĆ”n seguirle la pista a la evolución del nuevo lenguaje por parte de futuras generaciones para las que “las guerras pasadas” -las anteriores y las actuales- no tengan acicate para retoƱar.

Obviamente no basta crear un nuevo lenguaje sino, ademĆ”s, nuevos medios de difundirlo, y fundamentalmente otra Ć©tica, esta vez planetaria. Pero si nos tomamos en serio aquello de “el lenguaje es la morada del ser” -siendo heideggerianos en esto-, desarrollar un nuevo lenguaje implicar desarrollar un nuevo mundo.

La ideología es una expresión esencial de la conciencia. Sin ideología no puede haber ética y sin ética no puede haber convivencia; ninguna ley escapa al agobiante rigor de la caducidad. Por ejemplo, con su Teoría de la Relatividad, Einstein tiró por tierra centenarias concepciones del mundo, inclusive sustentadas por la matemÔtica, que ya es decir algo. Y la propia Teoría de la Relatividad empieza a tambalearse en sus fundamentos, precisamente con el avance de la ciencia.

No hay verdades absolutas. De manera que estamos ante un reto de complejidad descomunal: abatir la guerra y suplantarla por un mundo de paz sustentable. Un vistazo apenas superficial de la historia del mundo nos hace ver que si existen diferencias dentro de un mismo sistema social y polĆ­tico, con mayor razón existen diferencias con respecto a sistemas distintos. ¿QuĆ© no decir entonces de confrontar sistemas diferentes? Mientras tales diferencias existan en guerra, en vez de en coexistencia pacĆ­fica y constructiva, el bienestar del ser humano contemporĆ”neo estarĆ” comprometido.

En libertad se conjugan los logros fundamentales del ser humano, pero la libertad por sí sola no basta. Es que mientras los pueblos han debido estar escalando niveles superiores de felicidad todavía tienen que pelear por subsistir, y esa es una contradicción. La libertad, la soberanía, la autodeterminación, la felicidad y muchos otros valores sin los cuales la paz no es sustentable, son objetivos sine qua non hacia los cuales tiende el mundo contemporÔneo; pero sin el lenguaje que lo exprese de común, serÔ arduo el camino hacia el logro.

A decir verdad, de ninguna manera pretendemos hacer un relato irreflexivo de nuestros pareceres; sólo tratamos de plantear partes de nuestros puntos de vista acerca de un tema que consideramos de primerĆ­simo orden, pero sin mĆ”s pretensión que intentar presentar una crĆ­tica teórica, en este caso, indiferenciada. Es natural concebir desde “el ocĆ©ano de la diversidad humana” un nuevo estamento social y polĆ­tico particular, zonal, regional o hemisfĆ©rico. Creemos que la idea es extensiva a todo el Planeta Tierra. Somos empedernidamente ambiciosos respecto al porvenir; no somos entera ni medianamente uniformes respecto a la base de nuestros respectivos enfoques personales del problema expuesto. Pero creemos que no es dilemĆ”tico optar entre guerra y paz.

Las grandes corrientes del pensamiento universal han surgido de procesos de lucha de los pueblos contra el peso de concepciones tradicionales erróneas, sostenidas por grupos de poder. Recordemos el calvario de Galileo por sostener la concepción acerca de la TeorĆ­a HeliocĆ©ntrica en contraposición a la falsa creencia geocentrista, sostenida por la Iglesia Católica de Roma de entonces. La feroz lucha del conocimiento cientĆ­fico por insurgir y la tenaz oposición del dogmatismo estĆ©ril, que siempre se erige como obstĆ”culo a las transformaciones necesarias, han marcado siempre el carĆ”cter de la confrontación brutal entre opuestos. Hoy el sistema capitalista globalizado representa el poder irracional y sanguinario, la guerra; mientras que los pueblos sojuzgados y escarnecidos representan la paz. Estamos asĆ­ ante una confrontación entre el Ć”tomo violento y el Ć”tomo pacĆ­fico en la polĆ­tica internacional. ¿ExplotarĆ”?

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