Jueves, 30 de abril de 2009
Una pequeña luz roja
Por: Uri Avnery
CounterPunch
Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens
Tal vez Avigdor Lieberman sea sĂłlo un episodio pasajero en los anales del Estado de Israel. Tal vez el fuego que trata de prender sĂłlo eche algunas llamas y se apague solo.
O tal vez las investigaciones policiales del grave affaire de corrupciĂłn del que se le sospecha lo eliminen de la esfera pĂşblica.
Pero lo contrario también es posible. La semana pasada prometió a sus acólitos que las próximas elecciones lo llevarán al poder.
Tal vez Lieberman resulte ser un “Israbluf” (un tĂ©rmino que Ă©l mismo gusta de utilizar), y se revele que tras la espantosa fachada no hay más que un impostor comĂşn.
Puede que este Lieberman verdaderamente desaparezca, y sea reemplazado por otro Lieberman todavĂa peor.
De todos modos, debemos enfrentar francamente el fenómeno que representa. Si alguien cree que sus declaraciones suenan fascistas, tendrá que preguntarse si existe la posibilidad de que un régimen fascista pueda llegar al poder en Israel.
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La premoniciĂłn INICIAL es un resonante NO. ¿En Israel? ¿En el Estado JudĂo? ¿DespuĂ©s del Holocausto que trajo consigo el fascismo nazi? ¿Hay quiĂ©n pueda imaginar que los israelĂes se conviertan en algo semejante a los nazis?
Cuando Yeshayahu Leibowitz acuñó, hace muchos años, el tĂ©rmino “judeo-nazis,” hubo un estallido en todo el paĂs. Incluso muchos de sus admiradores pensaron que el turbulento profesor habĂa ido demasiado lejos.
Pero las consignas de Lieberman lo justifican en retrospectiva.
Algunos desechan el logro de Lieberman en las recientes elecciones. DespuĂ©s de todo, su partido “Israel es nuestra casa” no es el primero que surge de la nada y gana impresionantes 15 escaños. Exactamente la misma cantidad que fue conseguida por el partido Dash del general Yigael Yadin en 1977 y por el partido
Shinui de Tommy Lapid en 2003 – y ambos desaparecieron pronto sin dejar rastros.
Pero los votantes de Lieberman no son como los de Yadin y Lapid, que eran ciudadanos comunes aburridos con ciertos aspectos particulares de la vida israelĂ. Muchos de sus votantes son inmigrantes de la antigua UniĂłn SoviĂ©tica, que ven a su “Ivett,” inmigrante de la ex repĂşblica soviĂ©tica de Moldavia, como representante de su “sector.” Aunque muchos de ellos llevaron consigo de su antigua patria una visiĂłn del mundo derechista, antidemocrática e incluso racista, no plantean de por sĂ un peligro para la democracia israelĂ.
Pero el poder adicional que convirtiĂł al partido de Lieberman en la tercera facciĂłn por su tamaño en la nueva Knesset [parlamento] vino de otro tipo de votante: jĂłvenes nacidos en Israel, mucho de los cuales acababan de participar en la Guerra de Gaza. Votaron por Ă©l porque creĂan que expulsarĂa a los ciudadanos árabes de Israel, y a los palestinos fuera del todo el paĂs histĂłrico.
No son gente marginal, fanática o desfavorecida, sino jóvenes normales que terminaron la escuela secundaria y sirvieron en el ejército, que bailan en discotecas y quieren formar familias. Si gente semejante vota en masa por un racista declarado con un pungente olor a fascista, el fenómeno no puede ser ignorado.
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Hace cincuenta años escribĂ un libro llamado “La esvástica”, en el que describĂ cĂłmo los nazis se apoderaron de Alemania. Me ayudaron mis recuerdos de infancia. TenĂa 9 años cuando los nazis llegaron al poder. PresenciĂ© las agonĂas de la democracia alemana y los primeros pasos del nuevo rĂ©gimen antes que mis padres, en su infinita sabidurĂa, decidieran escapar y asentarse en Palestina.
EscribĂ el libro en vĂsperas del juicio de Adolf Eichmann, despuĂ©s de darme cuenta que la joven generaciĂłn en Israel sabĂa mucho sobre el Holocausto pero casi nada sobre la gente que lo provocĂł. Lo que me ocupĂł más que nada fue la pregunta: ¿CĂłmo pudo un partido tan monstruoso llegar democráticamente al poder en uno de los paĂses más civilizados del mundo?
El Ăşltimo capĂtulo de mi libro se llamaba “Puede pasar aquĂ.” Era una paráfrasis del tĂtulo de un libro del escritor estadounidense Sinclair Lewis, “Eso no puede pasar aquĂ” en el que describiĂł precisamente cĂłmo podrĂa pasar en EE.UU.
ArgumentĂ© en el libro que el nazismo no es una enfermedad especĂficamente alemana, que en ciertas circunstancias cualquier paĂs del mundo podrĂa ser infectado por ese virus – incluido nuestro propio Estado. A fin de evitar ese peligro, hay que comprender las causas subyacentes para el desarrollo de la enfermedad.
Cuando se afirma que estoy “obsesionado” por este tema, que veo ese peligro amenazando en cada esquina, respondo: No es verdad. Durante años he evitado discutir ese tema. Pero es verdad que llevo en mi cabeza una pequeña luz roja que se enciende cuando siento el peligro.
Esa luz está centellando.
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¿QuĂ© hizo que brotara la enfermedad nazi? ¿QuĂ© hizo que brotara en un cierto momento y no en otro? ¿Por quĂ© en Alemania y no en otro paĂs con problemas similares?
La respuesta es que el fascismo es un fenĂłmeno especial, diferente de cualquier otro. No es una “extrema derecha”, una extensiĂłn de actitudes “nacionalistas” o “conservadoras”. El fascismo es en muchos sentidos lo opuesto del conservadurismo, aunque pueda aparecer en un disfraz conservador. Tampoco es una radicalizaciĂłn del nacionalismo ordinario y normal, que existe en toda naciĂłn.
El fascismo es un fenĂłmeno Ăşnico y tiene caracterĂsticas Ăşnicas: la nociĂłn de ser una “naciĂłn superior”, la negaciĂłn de la humanidad de otras naciones y minorĂas nacionales, un culto del lĂder, un culto de la violencia, el desdeño por la democracia, una adoraciĂłn de la guerra, el desprecio por la moral convencional.
Todos estos atributos crean en conjunto el fenĂłmeno, que no tiene una definiciĂłn cientĂfica concertada.
¿CĂłmo llegĂł a suceder?
Cientos de libros han sido escritos sobre el tema, se han presentado docenas de teorĂas, y ninguna de ellas es satisfactoria. Con toda humildad propongo mi propia teorĂa, sin pretender que sea más válida que ninguna de las otras.
SegĂşn mi percepciĂłn, una revoluciĂłn fascista estalla cuando una personalidad muy especial encuentra una situaciĂłn nacional muy especial.
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También se han escrito muchos libros sobre la personalidad de Adolf Hitler. Casa fase de su vida ha sido examinada bajo el microscopio, cada una de sus acciones ha sido discutida incansablemente. No hay secretos sobre Hitler, pero Hitler ha seguido siendo un enigma.
Uno de sus rasgos más obvios fue su patolĂłgico antisemitismo, que fue mucho más allá de toda lĂłgica. Lo acompañó hasta la Ăşltima hora de su vida, cuando dictĂł su testamento y se suicidĂł. En los momentos más desesperados de su guerra, cuando sus soldados en el frente clamaban por refuerzos y suministros, valiosos trenes fueron desviados para transportar judĂos a los campos de la muerte. Cuando la Wehrmacht [ejĂ©rcito alemán] sufrĂa una atroz falta de casi todo, trabajadores judĂos fueron sacados de fábricas esenciales y enviados a la muerte.
Se han sugerido muchas explicaciones para su patolĂłgico antisemitismo, y todas han sido desmitificadas. ¿QuerĂa Hitler vengarse de un judĂo del que se sospechaba que haya sido su verdadero abuelo? ¿Odiaba al doctor judĂo que tratĂł a su adorada madre antes que muriera? ¿Era un castigo por el director judĂo de la escuela de arte que no reconociĂł su genio? ¿Odiaba a los judĂos pobres que encontrĂł cuando carecĂa de vivienda en Viena? Todo esto ha sido examinado y fue considerado insatisfactorio. El enigma persiste.
Lo mismo vale para sus otros puntos de vista y atributos personales. ¿CĂłmo logrĂł el poder de hipnotizar a las masas? ¿QuĂ© poseĂa que hizo que tanta gente, de todo tipo, se identificara con Ă©l? ¿De dĂłnde surgieron sus desenfrenadas ansias de poder?
No lo sabemos. No existe una explicaciĂłn completa y satisfactoria. SĂłlo sabemos que entre los millones de alemanes y austrĂacos que vivieron en esos dĂas, y de los miles que crecieron en circunstancias similares, hubo (que sepamos) un solo Hitler, una persona Ăşnica. Para pedir prestado un tĂ©rmino a la biologĂa: fue una mutaciĂłn Ăşnica.
Pero ese Ăşnico Hitler no se habrĂa convertido en una personalidad histĂłrica si no hubiera encontrado una Alemania en circunstancias Ăşnicas.
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Alemania a fines de la repĂşblica de Weimar tambiĂ©n ha sido tema de numerosos libros. ¿QuĂ© hizo que el pueblo alemán adoptara el nazismo? ¿Causas histĂłricas, con raĂces en la terrible catástrofe de la Guerra de los Treinta Años o incluso eventos anteriores? ¿El sentido de humillaciĂłn despuĂ©s de la derrota en la Primera Guerra Mundial? ¿La cĂłlera contra los vencedores, que hicieron morder el polvo a Alemania e impusieron inmensas indemnizaciones? ¿La terrible inflaciĂłn de 1923, que eliminĂł los ahorros de clases enteras? ¿La Gran DepresiĂłn de 1929, que echĂł a la calle a millones de alemanes decentes y diligentes?
Esa pregunta, tampoco ha encontrado una respuesta satisfactoria. Otra gente tambiĂ©n ha sido humillada. Otros pueblos han perdido guerras. La Gran DepresiĂłn afectĂł a docenas de paĂses. TambiĂ©n en EE.UU. y en el Reino Unido, millones fueron despedidos de sus puestos de trabajo. ¿Por quĂ© el fascismo no tomĂł el poder en esos paĂses (con la excepciĂłn de Italia, claro está)?
A mi juicio, la chispa fatal fue encendida en un momento aciago en el que un pueblo listo para el fascismo encontrĂł al hombre que tenĂa los atributos de un lĂder fascista.
¿QuĂ© habrĂa sucedido si Adolf Hitler hubiera muerto en un accidente automovilĂstico en el otoño de 1932? Tal vez otro lĂder nazi habrĂa llegado al poder – pero el Holocausto no hubiera ocurrido, y tampoco, probablemente, la Segunda Guerra Mundial. Sus probables reemplazantes – Gregor Strasser, quien era No. 2, o Hermann Goering, el as piloto adicto a la morfina – eran ciertamente nazis, pero ninguno de ellos fue un segundo Hitler. CarecĂan de su personalidad demonĂaca.
¿Y quĂ© habrĂa pasado si Alemania no hubiera caĂdo en una profunda desesperaciĂłn? Las potencias occidentales podrĂan haber detectado el peligro a tiempo y ayudado a la reconstrucciĂłn de la economĂa alemana y a reducir el desempleo. PodrĂan haber abrogado el infame Tratado de Versalles, impuesto por los vencedores despuĂ©s de la Primera Guerra Mundial, y permitido que los alemanes recuperaran su autorespeto. La repĂşblica alemana podrĂa haber sido salvada, los dirigentes morales, que Alemania tenĂa en gran cantidad, podrĂan haber recuperado su rol dirigente.
¿QuĂ© habrĂa pasado entonces? Adolfo Hitler, a quien el ampliamente adorado presidente del Reich, mariscal de campo, habĂa llamado desdeñosamente “el cabo bohemo”, habrĂa seguido siendo un pequeño demagogo en los márgenes lunáticos. El Siglo XX habrĂa sido muy diferente. Decenas de millones de vĂctimas de la guerra y seis millones de judĂos no habrĂan perdido la vida, sin llegar a saber lo que podrĂa haber pasado.
Pero Hitler no murió temprano y el pueblo alemán no fue salvado de su destino. Se encontraron en un momento crucial, y estalló la chispa, encendiendo el detonador que condujo a la histórica explosión.
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Un encuentro tan desafortunado no se limita, evidentemente, al fascismo. Ha ocurrido en la historia en otras circunstancias y a otras personas.
Winston Churchill, por ejemplo. Sus estatuas salpican el paisaje británico, y es considerado uno de los más grandes dirigentes británicos de todos los tiempos.
Sin embargo, hasta fines de los años treinta, Churchill fue un fracaso polĂtico. Pocos lo admiraban, y menos todavĂa lo apreciaban. Muchos de sus colegas lo detestaban de todo corazĂłn. Era considerado un egĂłlatra, un arrogante demagogo, un borracho errático. Pero en un momento de peligro existencial, los británicos encontraron en su persona su portavoz y al lĂder que tomĂł sus destinos en sus manos. PareciĂł como si en los primeros 65 años de su vida, Churchill hubiera estado preparándose para ese momento, y como si Gran Bretaña hubiera estado esperando precisamente a ese hombre.
¿HabrĂa sido diferente la historia si Churchill hubiera muerto el año antes de trombosis coronaria, cáncer al pulmĂłn o cirrosis del hĂgado, y Neville Chamberlain hubiera continuado en el poder? Ahora sabemos que Ă©l y sus colegas, incluido el influyente ministro de exteriores, Lord Halifax, consideraron seriamente la aceptaciĂłn de la oferta de paz de Hitler de 1940, basada en la particiĂłn del mundo entre los imperios alemán y británico.
O Lenin. Si el estado mayor imperial alemán no hubiera suministrado el famoso tren sellado para llevarlo de Zurich a Suecia, de donde siguiĂł a San Petersburgo, ¿habrĂa tenido lugar la revoluciĂłn bolchevique, que cambiĂł la cara del Siglo XX? Es verdad que Trotsky llegĂł antes que Ă©l, y tambiĂ©n Stalin. Pero ninguno de los dos era un Lenin, y sin Lenin es muy posible que no hubiera tenido lugar, y ciertamente no tal como lo hizo.
Tal vez se podrĂa agregar a esta lista a Barack Obama. Una persona muy especial, de origen y carácter Ăşnicos, que tuvo un profĂ©tico encuentro con el pueblo estadounidense en un momento importante de su destino, cuando estaba sufriendo dos crisis al mismo tiempo – la econĂłmica y la polĂtica – que proyectan sus sombras sobre todo el mundo.
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Volvamos a Israel. ¿Se acerca el Estado de Israel a una crisis existencial – moral, polĂtica, econĂłmica – que lo convertirĂa en una naciĂłn en peligro? ¿Es posible que Lieberman, o alguien que tome su lugar, resulte ser una personalidad demonĂaca como Hitler, o por lo menos Mussolini?
En nuestra situaciĂłn actual hay algunos indicios peligrosos. La Ăşltima guerra mostrĂł una decadencia mayor de nuestros estándares morales. El odio hacia la minorĂa árabe de Israel aumenta, y tambiĂ©n el odio hacia el pueblo palestino ocupado que sufre una lenta estrangulaciĂłn. En algunos cĂrculos, el culto de la fuerza bruta gana en fuerza. El rĂ©gimen democrático está en una crisis sin fin. La situaciĂłn econĂłmica puede caer en el caos, de modo que las masas lleguen a ansiar un “hombre fuerte”. Y la creencia en que somos un “pueblo elegido” ya está profundamente arraigada.
Puede que esos indicios no lleven necesariamente al desastre. La historia está llena de naciones en crisis que se recuperaron y volvieron a la normalidad. Aparte del Hitler real, que ascendió a alturas históricas, hubo probablemente cientos de otros Hitler, no menos dementes y no menos talentosos, que terminaron sus vidas como cajeros de bancos o escritores frustrados, porque no encontraron una oportunidad histórica.
Tengo mucha fe en la resistencia de la sociedad israelĂ y de la democracia israelĂ. Creo que tenemos fuerzas ocultas que saldrán a la luz cuando más falta haga.
Nada “tiene” que pasar. Pero todo “puede” pasar. Y la pequeña luz roja no dejará de centellear.
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Uri Avnery es escritor israelĂ y activista por la paz en Gush Shalom. Es colaborador del libro de CounterPunch: “The Politics of Anti-Semitism.”
http://www.counterpunch.org/avnery04282009.html
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