Martes, 11 de noviembre de 2008
Las elecciones en EE.UU.
Por: VicenƧ Navarro
Sistema
Las limitaciones de gran nĆŗmero de reportajes sobre EE.UU.
Los reportajes e informes sobre las elecciones de EE.UU. se han centrado mucho en la personalidad del candidato vencedor Obama, y muy poco en el contexto que ha determinado su victoria.
Este Ć©nfasis en la personalidad, que algunos autores crĆticos han definido como “mesianismo”, despolitiza un hecho que es profundamente polĆtico. En realidad, la victoria de Obama no se puede explicar sin entender el enorme enfado de las clases populares de EE.UU. hacia las instituciones polĆticas de aquel paĆs, un enfado que antecede la campaƱa de Obama y que ha alcanzado su cenit con la crisis financiera y la ayuda del gobierno federal a la banca (Wall Street). Mientras mucho se ha hablado de la crisis financiera y económica, poco se ha hablado de la enorme crisis polĆtica de EE.UU. que es la causa de la crisis financiera (como explicarĆ© en el texto), y sin la cual, Obama hubiera sido una mera nota de pie de pĆ”gina en estas elecciones. Lo que tales medios parecen no apercibirse es de que no es Obama el que creó la movilización popular, sino que Ć©sta, (resultado de una enorme frustración por parte de las clases populares hacia la clase polĆtica) fue la que hizo posible la candidatura de Obama. El Ć©nfasis sobre Obama, ignorando el contexto polĆtico que lo hizo posible es asumir (como constantemente y erróneamente se hace) que la historia la escriben “grandes personajes”. Lo que estĆ” ocurriendo en EE.UU. muestra el error de este supuesto. Y lamento que gran parte de los medios en EspaƱa (y en EE.UU.) han incurrido en este error. Me explicarĆ©. Pero antes me siento en la necesidad de aƱadir una nota biogrĆ”fica. He vivido treinta y cinco aƱos en EE.UU. participando activamente en la vida acadĆ©mica (como profesor de Ciencias PolĆticas y PolĆticas PĆŗblicas de la The Johns Hopkins University) y vida polĆtica (como asesor al candidato a la Presidencia de EE.UU. durante las primarias del Partido Demócrata de 1984 y 1988, y como miembro del grupo de trabajo, dirigido por la Sra. Hillary Clinton, en la Casa Blanca, encargado de realizar la reforma sanitaria. ServĆ en tal grupo de trabajo a petición del Rainbow Coalition, que representa la izquierda del Partido Demócrata y que estĆ” compuesto por los sindicatos, el movimiento de los derechos civiles, el movimiento feminista y el movimiento ecológico). En EspaƱa, fui la persona encargada de elaborar el programa social del candidato Josep Borrell durante las primarias del PSOE en el aƱo 2000, y soy asesor al gobierno d’Entesa de CataluƱa. Creo pues conocer bien ambos paĆses. Paso ahora a contar la situación de EE.UU.
La democracia muy incompleta de EE.UU.
La gran mayorĆa de reportajes sobre EE.UU. han idealizado su sistema polĆtico. Ni que decir tiene que tal sistema polĆtico tiene elementos muy positivos. Uno de estos es el sistema de primarias, un sistema en el que todos los candidatos para cualquier cargo electivo tienen que competir dentro de cada partido por el voto de los miembros del partido (y en ocasiones de sus simpatizantes). Este es el aspecto que ha centrado mĆ”s reportajes realizados por analistas espaƱoles que comentan tales primarias con cierta envidia, pues las primarias en los partidos de EspaƱa, en caso de existir, no tienen en general (aunque han habido claras excepciones) la vitalidad y diversidad que existe en EE.UU.
Otro aspecto que es muy positivo del sistema democrĆ”tico estadounidense son los referĆ©ndums a nivel local y estatal (a nivel de cada uno de los cincuenta estados) que son vinculantes. AsĆ, en el documento donde se votó el martes constaban no sólo los nombres de los candidatos, sino tambiĆ©n los referĆ©ndums sobre los que se tiene que votar a nivel de los estados. No existen, sin embargo, referĆ©ndums a nivel de todo el paĆs. Esta dimensión positiva de la democracia no existe en la democracia espaƱola, donde no existe la posibilidad de consultar a la ciudadanĆa, mediante referĆ©ndums a nivel local y autonómico (a no ser que exista la aprobación previa del Estado). Esta ausencia parecerĆa responder al temor que existe en las estructuras de poder de EspaƱa (todavĆa muy centralizadas) hacia la opinión popular.
Estos dos componentes muy positivos de la democracia estadounidense –las primarias y los referĆ©ndums- estĆ”n enormemente limitados, sin embargo, por la privatización en la financiación del sistema electoral. En el sistema electoral de EE.UU. los candidatos pueden recibir tanto dinero como sean capaces de conseguir. La mayorĆa de este dinero se gasta en comprar tiempo de exposición en las televisiones, todas privadas, que se venden al mejor postor sin ningĆŗn tipo de regulación o control. Cada candidato, Obama y McCain se ha gastado mĆ”s de 2.400 millones de dólares en la campaƱa electoral. Aquellos que quieran pueden conseguir financiación pĆŗblica, pero la mayorĆa de candidatos no lo hacen pues es una cantidad reducida y les limita en cuanto a la cantidad de dinero que puedan utilizar.
Y la mayorĆa de estos fondos no vienen, como frecuentemente se dice, de pequeƱas aportaciones de 20 o 30 dólares enviados al candidato por la persona normal y corriente, sino que son grandes cantidades procedentes de grupos empresariales, financieros, profesionales, y grupos de interĆ©s y presión, asĆ como del 30% de renta superior del paĆs que contribuyen hasta un mĆ”ximo de 2.300 dólares en las primarias y un tanto semejante para las elecciones presidenciales. Este dinero le llega directamente al candidato o a asociaciones que promueven al candidato y que no estĆ”n sujetas a los lĆmites de contribuciones individuales a los que estĆ”n sujetas cuando el dinero va al candidato directamente. Obama, por ejemplo, recibió 414.863 dólares de las compaƱĆas de aseguramiento sanitario privado, y McCain, 274.729 dólares de las mismas fuentes. Una parte tambiĆ©n procede de las agencias promotoras de intereses empresariales basadas en Washington, que se conocen como lobbies. Obama dijo rechazar dinero de los lobbies basados en Washington, pero recibió dinero (y mucho) de los intereses financieros (basados en Wall Street) y empresariales. No es cierto que la mayorĆa de sus fondos procedĆan de aportaciones de menos de 200 dólares. Sólo un 20% de las aportaciones individuales vinieron de tal tipo de contribuciones.
El origen del dinero varĆa segĆŗn el momento de la campaƱa. AsĆ, al principio, cuando el candidato no es todavĆa conocido, el dinero procede de grupos financieros y empresariales que intentan influenciar al candidato. AsĆ Obama habĆa recogido 100 millones de dólares antes de que empezaran las primarias. Estos fondos incluĆan fondos de grupos inmobiliarios y capital financiero. Es mĆ”s tarde, cuando los candidatos son conocidos, cuando las aportaciones individuales juegan un papel mayor, siendo su porcentaje mayor a medida que prosiga la campaƱa. Parte del Ć©xito de la campaƱa de Obama fue el movilizar tres millones de donantes para garantizar un flujo constante de 200 euros o cantidades semejantes. La mayorĆa de contribuciones, sin embargo, son mayores que tales cantidades y proceden del 30 por ciento de renta superior de la población. (ver capĆtulo II “Como entender la Situación PolĆtica de EE.UU” en Navarro, V. La situación polĆtica en EE.UU, Anagrama, 2008).
Tal sistema de financiación discrimina a los candidatos de izquierda, como Kucinick o Edwards, que no consiguen aportaciones de los grupos empresariales o de los sectores mĆ”s pudientes de la población. Los 100 millones que Obama tenĆa al principio de la campaƱa, contrastaban con los 3 millones que tenĆa Edwards o los 650.000 dólares que tenĆa Kucinick. Es cierto que hay grupos importantes progresistas, como los sindicatos, que tambiĆ©n contribuyen a las campaƱas electorales, pero son cantidades en absoluto comparables a las que proveen grupos financieros y empresariales. El dinero que dan las nueve empresas mĆ”s importantes de EE.UU. a las campaƱas electorales es cincuenta veces mayor que las aportaciones que dan todos los sindicatos. Este maridaje entre la clase empresarial (conocida en EE.UU. como Corporate Class) y la clase polĆtica es lo que se llama Washington y provoca un gran rechazo por parte de las clases populares. En realidad, a mayores contribuciones por parte de la clase empresarial al proceso polĆtico, mayor abstención de la clase trabajadora, que es plenamente consciente de que la clase polĆtica no representa sus intereses. En realidad, el 80% de la ciudadanĆa no cree que el Congreso de EE.UU. refleje sus intereses.
Es sorprendente que tal sistema polĆtico sea alabado en EspaƱa, presentĆ”ndolo como modĆ©lico. Su aplicación en EspaƱa significarĆa que las campaƱas electorales estarĆan financiadas por la banca, las cajas, Telefónica, Repsol, MAPFRE, y un largo etcĆ©tera, asĆ como por aportaciones procedentes del 30% de renta superior del paĆs. Es mĆ”s, no habrĆa ninguna regulación de los medios radiofónicos y televisivos, de manera que los que pudieran conseguir mĆ”s dinero podrĆan tener mayor tiempo de exposición sin ningĆŗn tipo de limitación. Es preocupante que tal sistema polĆtico haya conseguido las alabanzas que ha estado recibiendo de muchos articulistas y tertulianos espaƱoles.
Las consecuencias de tal privatización del sistema electoral son enormes. No sólo excluyen a las izquierdas, sino que reproducen una clase polĆtica enormemente estable. SegĆŗn el Instituto de anĆ”lisis electorales, Common Cause, el 92% de los candidatos que reciben mĆ”s dinero en las campaƱas ganan las elecciones. Hay pues una relación clara entre dinero y capacidad de ser elegido. Por otra parte, la mayorĆa del dinero va a polĆticos que ya han estado elegidos en elecciones previas (y en grado menor a los que se presentaron para desbancarlos del cargo polĆtico). De ahĆ que del 85% el 94% de representantes elegidos que se presenten de nuevo, salen reelegidos, reproduciĆ©ndose asĆ la clase polĆtica mĆ”s estable de todas las clases polĆticas de las democracias occidentales.
No es pues de extraƱar que la mayorĆa de la ciudadanĆa no se encuentre representada por el Congreso de EE.UU. (o por otras cĆ”maras representativas) participando poco en el proceso electoral, una escasa participación que paradójicamente es favorecida por la clase polĆtica. Me di cuenta de ello cuando en el aƱo 1988, la delegación del candidato Jackson (del cual yo era parte) se reunió con la delegación del candidato ganador de las primarias del partido Demócrata, el Sr. Dukakis para pactar las condiciones de apoyo del primero al segundo. Una de tales condiciones era que el Partido Demócrata diera fondos para facilitar el registro de votantes (en EE.UU. una persona debe registrarse antes de poder votar). Pronto vi que muchos representantes no estaban muy a favor de ello. La causa era sencilla. Si el gobernador demócrata del Estado de Maryland gana las elecciones del Estado de Maryland en la que sólo vota el 30% de la población, necesita sólo un 16% para ganar, un porcentaje relativamente fĆ”cil de conseguir a partir de polĆticas clientelares. Si aumenta el porcentaje de votantes, tendrĆa que aumentar el apoyo necesario para ganar, con lo cual favorece que no haya un aumento del voto.
Se me dirĆ”, ¿y por quĆ© la gente no se rebela, votando a otros partidos? La respuesta presenta la segunda gran deficiencia del sistema estadounidense: el sistema bipartidista mayoritario, no proporcional. El ciudadano en la prĆ”ctica puede votar sólo al Partido Republicado o al Demócrata. Y el que tiene la mayorĆa de votos consigue todos los delegados de la circunscripción. En estas condiciones es muy difĆcil para un tercer partido el ganar las elecciones, pues, a no ser que gane mĆ”s del 51% del voto, se queda sin ningĆŗn delegado, independientemente de que haya conseguido el 49% o el 1% de los votos. De ahĆ que la misión histórica de un tercer partido es perjudicar (restando votos) al partido mĆ”s próximo. AsĆ, Perot facilitó la victoria de Clinton, perjudicando a Bush padre. Y Nader perjudicó a Gore que perdió a Bush hijo. Este bipartidismo es otra de las causas de que la ciudadanĆa se encuentre frustrada. En realidad, si EE.UU. tuviera un sistema electoral proporcional, las distintas sensibilidades que aparecen durante las primarias de los dos partidos mayoritarios serĆan partidos polĆticos. En un sistema bipartidista mayoritario, sin embargo, es un error crear partidos, pues pierden su capacidad de influencia, que es lo que pasó con el Partido Verde (Nader) que posibilitó la victoria de Bush hijo. Existe pues una enorme alienación de la población hacia la clase polĆtica percibida como cautiva de los intereses económicos del mundo empresarial (conocida como la Corporate Class en EE.UU.). De ahĆ que todos los candidatos se hayan tenido que presentar como “anti-Washington”.
Este patrocinio empresarial de los candidatos explica que las diferencias entre tales candidatos (que existen y que son muy importantes) son mucho menores que las diferencias existentes entre las izquierdas y derechas en EspaƱa. En realidad el candidato Obama es un candidato de centro y en terminologĆa espaƱola y en algunas Ć”reas y propuestas (como su propuesta sanitaria) estĆ” a la derecha del PP. No pide por ejemplo la existencia del derecho a acceso a los servicios sanitarios aceptada por la derecha espaƱola. No es cierto, de hecho, que Obama haya pedido la universalización del derecho de acceso a los servicios sanitarios. En realidad, Obama cuando habla de universalizar los servicios sanitarios para los niƱos (no existe la propuesta de garantizar cobertura universal a la población adulta), quiere decir que obliga a todos los padres a que compren pólizas de aseguramiento sanitario privado para sus hijos. De la misma manera que para conducir un coche se requiere un aseguramiento del coche, la propuesta de Obama es que cada padre tiene que asegurarse de que su(s) hijo(s) tiene(n) un aseguramiento sanitario privado. Es cierto que facilita desgravaciones y subsidios, pero no garantiza que el Estado sea el que universalice tales derechos. Exige, en su lugar, que los ciudadanos compren su propio aseguramiento. Ni que decir tiene que el programa de Obama es mucho mejor que el de McCain, pero esto no quiere decir mucho en tĆ©rminos europeos. La propuesta de que sea el Estado el que garantice tal derecho (lo que en EE.UU. se llama single payer, siguiendo el modelo canadiense) no ha sido aceptado por Obama, pues considera que, aĆŗn cuando tal sistema serĆa el mĆ”s aconsejable, implicarĆa un enfrentamiento con las compaƱĆas de seguro (que han financiado en parte su campaƱa) que considera inviable en la situación polĆtica de EE.UU. Esta propuesta es la deseada por la mayorĆa de la ciudadanĆa (2/3 de la población) (ver mi artĆculo Navarro,V. “Yes we can! Can we? The next failure of Health Care Reform”. A CounterPunch special report, en mi blog www.vnavarro.org, sección EE.UU.
Otra aclaración. El gran Ć©nfasis en las personalidades debilita enormemente la democracia. Es sorprendente que medios de información que son, con razón, muy crĆticos hacia sistemas mesiĆ”nicos fijados en la figura de un redentor, hayan seguido prĆ”cticas mesiĆ”nicas hacia Obama, reproduciendo una caracterĆstica del sistema estadounidense, que al centrarse en personalidades, despolitiza la polĆtica estadounidense. Es un sĆntoma de inmadurez polĆtica el enfatizar las personalidades, promocionĆ”ndolas como se promueve cualquier otro producto comercial. Ello se realiza a pesar de que la mayorĆa de la población expresa su descontento con tal Ć©nfasis mediĆ”tico, prefiriendo que se discutan las propuestas, en lugar de las personalidades. En realidad, ha habido muy pocos programas que analicen en detalle las propuestas hechas por los candidatos excepto en la reproducción de eslóganes propagandistas como la llamada al cambio sin que se explicite a quĆ© cambio se estĆ” refiriendo.
La alienación de la población y el fenómeno Obama
El enorme descontento de la población estadounidense ha sido lo que ha posibilitado a Obama presentarse como una alternativa a Washington, al ser muy nuevo en Washington, y al haberse opuesto a la guerra de Irak, dos credenciales de gran poder hoy en EE.UU. A ello se aƱade su condición de ser afro americano, que en sĆ constituye un elemento de cambio y corrección de una gran injusticia social, aƱadiĆ©ndose a ello la enorme crisis financiera y económica que ha movilizado a grandes sectores populares para echar a Bush. El Ć©xito de Obama fue aprovechar el gran descontento de la ciudadanĆa hacia el establishment polĆtico para promover y liderar su candidatura. Y la dirección del Partido Demócrata se veĆa claramente como parte del establishment. Mucho se ha hablado de la enorme impopularidad de Bush. Pero lo que no se ha dicho es que el Congreso Estadounidense, controlado por el Partido Demócrata era incluso mĆ”s impopular. En el 2004 el Congreso pasó a ser controlado por el Partido Demócrata con el claro mandato de retirarse de Irak, sin que ello ocurriera durante su mandato. El Congreso continuó apoyando la ocupación de Irak. Una situación semejante ocurrió con otras demandas tales como la universalización de los servicios sanitarios que la población desea pero que el Congreso no realiza (debido en parte a los dineros que congresistas en comitĆ©s clave han recibido en sus campaƱas electorales de compaƱĆas de seguros que financian y gestionan la sanidad estadounidense).
Este descontento se ha ido incrementando con la crisis financiera motivada, por cierto, por la crisis polĆtica. Tal crisis se inició a partir de los aƱos del Presidente Reagan cuyas polĆticas pĆŗblicas han polarizado la distribución de las rentas en EE.UU., con un descenso de la capacidad adquisitiva de las clases populares (un obrero de 30 aƱos recibe un salario que es un 17% mĆ”s bajo que el existente en 1980), y un incremento de las rentas superiores, que alcanzan unos niveles de gran exuberancia. En realidad, la renta del 1% de la población de renta superior es mayor que la suma de la renta de 40% de la población de EE.UU. Mientras que en 1980 (el inicio de la revolución liberal), un ejecutivo de una gran empresa cobraba cuarenta veces lo que ganaba un trabajador promedio, en el aƱo 2000, el primero ganaba cuatrocientas veces mĆ”s que el segundo. Ganaba en un dĆa lo que el trabajador ganaba en todo un aƱo. Nunca antes (desde la Gran Depresión) se habĆan alcanzado unos niveles de desigualdad semejantes. Mientras que los salarios han descendido desde 1996 al 2001, las rentas de la decila superior han incrementado durante el mismo periodo un 58%. Y tal polarización ha significado tambiĆ©n una disminución de la movilidad vertical de la ciudadanĆa, de manera que paradójicamente, en el mismo periodo en que un Afro americano es elegido Presidente, dando una imagen de movilidad racial, las posibilidades para que una persona que vive en la Ćŗltima decila de renta del paĆs deje tal nivel son las mĆ”s bajas de los paĆses de la OECD de nivel comparable al de EE.UU. (ver George Irwin. Super Rich. The Rise of Inequalities in Great Britain and in the U.S. Polity Press.- 2007.
Nos encontramos pues, en una situación en que la mayorĆa de la ciudadanĆa estĆ” superendeudada, mientras que las grandes rentas estĆ”n invirtiendo en actividades especulativas que originan las burbujas especulativas y las crisis financieras. (ver Navarro, V. De lo que no se habla en la crisis financiera. Sistema Digital, Octubre 2008). Esta polarización de las rentas es tambiĆ©n responsable de la gran influencia del capital financiero en la vida polĆtica que alcanza su mĆ”xima expresión cuando Wall Street controla la agencia federal que debe regular la banca establecido por el gobierno Bush. De ahĆ que la crisis financiera moviliza todavĆa mĆ”s a las clases populares votando por lo que perciben puede ser un cambio.
¿HabrĆ” cambio con Obama?
EstÔ claro que el voto por Obama y por el Partido Demócrata es un voto por cambio. Votó el 64% del electorado, con un 36% de abstención. Los tres grupos que votaron mÔs masivamente por Obama fueron los afro americanos (el 93% de los votantes negros), los hispanos (66% de los votantes hispanos) y jóvenes (el 66% de los votantes jóvenes). Y dentro de la raza blanca, a menor renta, mayor apoyo a Obama, alcanzando un 44% entre los trabajadores blancos. Las mujeres han votado a Obama mÔs que a McCain (aunque las blancas votaron mÔs a McCain que a Obama).
Estos grupos, la clase trabajadora y sectores amplios de las clases medias han sido las fuerzas que han presionado mĆ”s por el cambio. Y para desarrollarlo, Obama tendrĆ” que ir mĆ”s allĆ” que su programa. En realidad su programa es muy moderado lo cual explica el apoyo de The Financial Times y The Economist que estĆ”n preocupados por el desprestigio del gobierno federal de EE.UU. y de las elites gobernantes de aquel paĆs. Ni que decir tiene que la elección de Obama, el primer afro americano elegido presidente, es de un enorme simbolismo que explica la gran celebración de su elección entre las personas progresistas del mundo. Es la culminación de la lucha de derechos civiles en aquel paĆs. Como lo puso muy claramente Jay-Z, el famoso cantante negro, “Rose Park se sentó en un autobĆŗs a fin de que Martin Luther King pudiera andar. Martin Luther King anduvo y anduvo para que, un dĆa, un Obama pudiera correr, y ahora Obama correrĆ” para que podamos votar”. Es un gran dĆa para EE.UU. y para toda la humanidad.
Pero desde el punto de vista de la reforma profunda que el paĆs (y el mundo) necesita, las limitaciones de su programa son grandes, tipificadas por el conflicto entre las grandes influencias empresariales y financieras que le apoyaron y sus bases electorales mĆ”s movilizadas que exigen un cambio. Y que esto ocurra depende de la movilización de estas bases. DespuĆ©s de todo, Franklin Roosevelt tambiĆ©n fue un candidato moderado que presionado por las movilizaciones populares estableció el New Deal (que ni siquiera estaba en su programa cuando salió elegido por primera vez). Lo mismo podrĆa ocurrir con Obama. Y hay indicios que podrĆan ser asĆ. Un ejemplo ocurrió sólo hace unas semanas cuando Obama apoyó la propuesta Bush de ayudar a la banca comprĆ”ndole las hipotecas basura, propuesta hecha por el Secretario del Tesoro que habĆa sido dirigente del Banco Goldman Sacks. Tal proyecto definido por el Senador Sanders del Estado de Vermont (el Ćŗnico Senador perteneciente a la Internacional Socialista) como la “Instrumentalización mĆ”s abusiva del estado federal por parte de la banca que ha ocurrido en EE.UU.” fue modificado por el Partido Demócrata pero de una manera muy insuficiente. La protesta de las bases del Partido Demócrata hizo que se fueran incorporando cambios. Pero el cambio mĆ”s significante fue la protesta popular (liderada por los Sindicatos) que forzó que Obama y el Partido Demócrata aƱadieran otra propuesta, la de que el Gobierno Federal invirtiera 150.000 millones de dólares en infraestructuras y servicios pĆŗblicos como manera de crear empleo, propuesta que no estaba en su propuesta inicial. Es mĆ”s, los sindicatos exigieron que se incorporaran economistas keynesianos a los liberales que predominaban en su equipo económico, a lo cual Obama accedió. De no continuar tal presión popular, podrĆa ocurrir lo que le ocurrió a Clinton en 1992, cuando tras ganar las elecciones con un programa socialdemócrata de tipo keynesiano (mĆ”s progresista que el de Obama y que incluĆa el establecimiento de un programa universal de salud), dejó de desarrollarlo debido a la presión de Wall Street a travĆ©s de su secretario del Tesoro, Robert Rubin (que hoy asesora a Obama). Una consecuencia fue que en 1994, en las elecciones al Congreso, el votante demócrata, enfadado con Clinton, dejó de votar, aumentando la abstención de las bases electorales del Partido Demócrata, con lo que el Partido Republicano, con el mismo nĆŗmero de votos que en las elecciones anteriores, en 1990, ganó y se inició la revolución de Gingrich, una de las Ć©pocas mĆ”s reaccionarias en la historia de EE.UU. De ahĆ la enorme importancia de que para que la esplĆ©ndida victoria de Obama inicie el cambio deseado por la mayorĆa de las clases populares, se requiera un cambio mayor que el propuesto por el candidato y ahora Presidente Obama. Y esto no ocurrirĆ” a no ser que la movilización popular que hizo posible que Obama fuera Presidente ahora haga posible tal cambio. La historia la escribe no los grandes personajes, sino las clases populares cuando se movilizan.
VicenƧ Navarro es CatedrĆ”tico de PolĆticas PĆŗblicas. Universitat Pompeu Fabra y Profesor de Ciencias PolĆticas de la The Johns Hopkins University
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