Los regaños del Presidente

Los regaños del Presidente
Luis Fuenmayor Toro


Nuevamente, el presidente Chávez regaña públicamente a su equipo de colaboradores inmediatos, por la ineficacia demostrada en la atención de los problemas de su competencia. Alguna gente, amiga del proceso, me ha comentado que el Presidente no debería reclamarle públicamente a sus inmediatos subalternos la incapacidad demostrada en la gestión de los asuntos públicos. No es a esa consideración que me voy a referir, pues la misma no pasa de ser una cuestión de formalidad o cortesía del Jefe del Estado para con su gente más cercana. Hay en esta situación una cuestión de mucho mayor contenido, más importante cualitativamente que la vergüenza pública que han debido sentir todos los cuestionados por el presidente Chávez. De hecho, ésta ha sido una forma asumida por el Jefe de la Revolución desde hace ya cierto tiempo, si no es que ha estado presente desde el principio mismo del primer gobierno en 1999.

Chávez nos ha acostumbrado a un tipo de comportamiento público muy diferente al de los presidentes del pasado, todos de la Cuarta República. No sólo nacionalmente, sino en escenarios internacionales, el Presidente ha venido rompiendo el protocolo ordinario, para dar paso a una conducta más llana, más sincera, más natural, más cercana a las actitudes del común de la gente, si se quiere menos aristocrática. Esto ha irritado a todos aquéllos quienes hacen de la forma y del protocolo un valor fundamental, a veces más importante que el contenido mismo de las reuniones protocolares. Me pasó a mí muchas veces en el pasado, cuando me desempeñé como Rector de la Universidad Central de Venezuela, que se me criticaba el no uso de corbata o la utilización de la guayabera como prenda de vestir y estas situaciones se hacían más importantes, para algunos, que las realizaciones mismas de la gestión rectoral. Quiero recordarles aquí, a amigos y enemigos, que internamente fuimos objeto de la oposición más recalcitrante que se haya dado en universidad alguna. Ni que hablar de la agresión continua del gobierno de Pérez, a través de Ávila Vivas, Ledesma, Paulina Gamus, Gonzalo Barrios y muchos otros.

La ultraderecha no da tregua ni necesita motivos para enfrentar a quienes considera un peligro para el mantenimiento de sus privilegios y prebendas. La mejor acción gubernamental es desconocida por completo y transformada en algo perverso para el país. Esta situación se les facilita cuando se es ineficaz, ignorante, negligente o simplemente incapaz. Y esa lamentablemente es la situación del gobierno de Chávez, reconocida por él mismo en muchas ocasiones. Esa fue la situación que se presentó con el referéndum para la reforma constitucional, decisión política que significaba la necesidad de un gobierno que le hubiera dado respuestas a la gente mucho más allá de las producidas por el actual equipo. Y aquí tenemos que señalar, en nuestra lucha por la aplicación de la política de las tres erres por el propio Presidente, que ese equipo regañado no fue designado por el presidente de Colombia. No fueron Uribe, ni el presidente de México, ni Alan García, ni Bush, los responsables de las designaciones de estos ministros o presidentes de fundaciones e institutos autónomos. Fue el propio Hugo Chávez quien los designó, quien los escogió, y no ahora, pues la mayoría ha estado en el Gabinete y sus alrededores desde el inicio de la llamada Quinta República.

El Presidente los ha rotado, ha efectuado los llamados enroques, ha salido de algunos para luego llamarlos e incorporarlos de nuevo, de manera que la responsabilidad es en primer lugar del presidente Chávez. Si no sirven, como parece desprenderse de las propias palabras presidenciales, deben ser sacados y substituidos por gente que sirva, que conozca, capaz, trabajadora, honesta, que la hay y no en pocas cantidades. Para quienes hemos trabajado en el éxito de este proceso es difícil aceptar lo que digo en este momento, y quizás muchos me llamarán contrarrevolucionario y algunos, en el mejor estilo gringo, dirán que tienen ganas de vomitar ante mis afirmaciones. Lo lamento sinceramente, pero lo que estoy diciendo es una verdad del tamaño de un castillo, que si no se reconoce y no se rectifica en forma inmediata, dará al traste con la esperanza popular nacida el 4 de febrero de 1992 y que ha mantenido a Hugo Chávez en el poder desde hace casi diez años. Mi compromiso con ese pueblo me hace imposible callar.

La Razón, pp A-8, 24-2-2008, Caracas.

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