Gracias, Fidel
Javier Solís
Esta carta, Fidel, quiere ser atrevidamente fraternal. Nos llegó la hora del balance. La Revolución Cubana es para mi generación de luchadores sociales salidos de las filas cristianas -¡ojalá, revolucionarios!- el principal haber. En todo caso el primero, preñado de esperanza, cargado de luz; concreto, con resultados. Pudimos, desde distintas posiciones y momentos, mucho o poco, converger con ella, pero la consideramos nuestra. Lugar común, pero cierto: la Revolución Cubana es de América Latina, es de los pueblos pobres del mundo, es universal.
Vos sos la imagen, la voz de la Revolución. Por eso, como para los cubanos, vos sos simplemente Fidel, en segunda persona, nuestro hermano, nuestro compañero. Otro lugar común, pero qué grato, qué estimulante, qué motivador. En todo caso, qué paliativo para nuestros escasos o nulos resultados, para nuestra mediocridad instalada, para nuestra rebeldía acomodada y satisfecha, para nuestra grandilocuencia vacía, para nuestra ingenuidad estéril y envejecida; incluso para nuestro discurso alabancero de la Revolución Cubana. No tenemos que deprimirnos volviendo la mirada atrás. Te miramos a vos y al pueblo de Cuba.
El otro haber es la teología de la liberación, ese modo de pensar el hecho cristiano enraizado en la conciencia popular latinoamericana a partir de la realidad irrefutable de la pobreza. Me han contado sus cultores que la conocés. Con toda probabilidad, porque certezas absolutas no hay, es la mayor contribución teórica a las ciencias sociales universales en los últimos cincuenta años.
¿Me permitís una concesión a mi experiencia sentimental? En el mismo mes de enero en que entraron triunfantes las tropas revolucionarios en La Habana, descendíamos, a nuestros veinte años, otro costarricense y yo, de un tren polvoriento, fatigoso y deteriorado, a eso de las siete de la mañana, muertos de frío, en la estación de
Lyon-Perrache, en Francia. No había prácticamente nadie en el interminable andén. Cuando el tren siguió su marcha, divisamos en el fondo una pequeña, casi diría muy pequeña, silueta negra, tocado de boina y enfundado en un chaquetón de invierno. Avanzó hacia nosotros sin disimular su cojera. Ya de cerca, reconocimos sus rasgos, su acento latinoamericano y su hablar precipitado. Venía a llevarnos a la residencia eclesiástica que íbamos a compartir. Era Gustavo Gutiérrez, el chico Gutiérrez, el más grande, sabio, humilde, inteligente, erudito, entrañable y fraternal pensador cristiano del siglo veinte en América Latina y en todo el mundo cristiano. Su andar teológico coincide con el proceso revolucionario cubano. No he podido nunca disociarlo desde enero, de ese proceso ni de una nueva forma de ser seguidor de Jesucristo.
Disfruté de su compañía en Lyon y más tarde en Roma. Pero hay más. Gustavo ya había estudiado filosofía y psicología en la Universidad Católica de Lovaina. Probablemente por su influencia, nosotros, con un itinerario inverso, nos trasladamos de Francia a Lovaina. Compartí entonces por un año residencia estudiantil con Camilo Torres, que terminaba una tesis doctoral en sociología; y allí encontré a François Houtart, que dirigía la tesis de Camilo y que ha sido desde entonces el maestro, el guía y el más grande provocador del compromiso social y político de los cristianos en América Latina. Debe haber sido el primer sacerdote europeo que visitó Cuba en los años sesenta y nos llevó a la universidad y al seminario una visión optimista y comprometida con el proyecto revolucionario. Como vos, sigue militante y clarividente a sus ochenta y pico de años.
El triunfo de la Revolución Cubana en 1959 fue una especie de big bang para la conciencia social y política de muchas mujeres y hombres en todo el mundo, especialmente en nuestro Continente. Nada fue igual desde entonces. Se hizo posible dar un paso adelante y emprender otro camino. Además, tuvo lugar a la luz pública, en un proceso abierto, con los aplausos y la solidaridad de muchos luchadores.
Para muchos cristianos se convirtió en un locus theologicus, en una referencia insoslayable. Fue una llamada para miles de creyentes, que nos sentimos convocados a convertir el seguimiento de Jesús en una fuerza de transformación histórica contra la pobreza y la marginalidad social, más que la superstición y la magia o el consuelo de una vida mejor después de la muerte. El Concilio Vaticano II reunido por Juan XXIII en 1962, no hizo más que reforzar esa convicción. Siguieron muchos y desgarradores acontecimientos. Se impusieron nuevas opciones. En México, El Salvador, Guatemala, Brasil, Chile, Argentina los cristianos convencidos se pusieron en marcha y se incorporaron a procesos de lucha. Surgieron sabios profetas y florecieron, hasta nuestros días, héroes y mártires populares. Unos procesos han sido derrotados, otros traicionados. La ingenuidad y entrega de los cristianos no pudo contra el proyecto de la avaricia, contra las armas, contra la improvisación y el dogmatismo.
Hemos llegado al inicio del siglo veintiuno a un mundo dominado por la moral de la avaricia, uno de los siete pecados capitales de la Edad Media. El valor supremo para buena parte de la humanidad, y sobre todo para los dueños del dinero, es acumular riqueza a cualquier costo. Quieren ser ricos y aumentar sus riquezas, aunque para ello tengan que robar y matar a pueblos enteros y esclavizarlos; y acabar y destruir todos los recursos naturales. Las corporaciones capitalistas de Estados Unidos y Europa encabezan esa brigada y ejecutan ese proyecto. Las más criminales son las farmacéuticas, para quienes la salud humana, el dolor, la enfermedad y la muerte no son más que mecanismos de enriquecimiento. Han secuestrado y prostituido el pensamiento liberal y el intercambio mercantil para reducirlo a vulgar legitimación de su voracidad y cinismo.
Controlan la industria cultural, la que crea y transmite valores sociales. Los periódicos, las cadenas de televisión y de radio, el cine; y el sistema educativo, de la escuela primaria a las universidades y centros de investigación, con todos sus actores, creadores y pensadores, son reproductores y transmisores de esa escala de valores. Los deslumbrantes inventos científicos y tecnológicos de estos últimos cincuenta años elevan exponencialmente su capacidad de manipulación y de dominio. Inyectan en la conciencia de niños, jóvenes y viejos que lo único que importa es ser competitivo para triunfar; derrotar y destruir al que se interponga en el camino para hacerse con el dinero y satisfacer los más extravagantes y dispendiosos gustos y artículos de consumo. No importan las debilidades, privaciones o dolores de los otros. Lo único que importa es mi riqueza. Es el reino del egoísmo, de la insolidaridad, de la muerte y la pobreza. El ideal capitalista es intrínsecamente perverso por inhumano.
Lo tienen todo bien atado, además, por un sistema de organismos internacionales. A esa lógica ha sucumbido ya la democracia liberal más antigua del mundo que son los Estados Unidos. La libertad individual y la ciudadanía como conjunto de deberes y derechos inviolables de las personas frente al estado, consagrados en la Constitución de Jefferson y de Franklin, han cedido ante la invasión del espionaje, la tortura, la negación del habeas corpus, el simple derecho a un juicio, la guerra preventiva, el reparto del patrimonio público entre los amigos del gobierno. Una verdadera negación de la separación de los poderes republicanos formulada por Montesquieu en esa misma nación. Todo ante la pasividad de la otrora prensa llamada libre y la complicidad del Congreso de la Unión. La invasión y ocupación militar de cualquier pueblo con recursos para el bienestar de los estadounidenses tiene hoy legitimidad legal en ese país.
Pues resulta, Fidel, que ese cuadro, denunciado siempre en tu palabra y en tu letra, es todo lo contrario de la enseñanza y de la experiencia de vida nacidas del hecho
-misterioso- llamado Jesucristo. Es cierto que por mil quinientos años, una casta minoritaria en la comunidad cristiana, aliada de los poderes políticos y económicos de turno, ha pretendido secuestrarlo y se ha erigido a sí misma en un sistema de autoridad religiosa y moral de falso origen divino. Pero la fuerza intrínseca y humana -para los creyentes, sobrenatural- del mensaje evangélico es tan incontenible, que este sector minoritario en la historia cristiana ha sido incapaz de acabar su la energía liberadora y vitalizadora. Por mil quinientos años los cristianos han vivido la contradicción entre la conciencia liberadora nacida de la profecía evangélica y los intentos del poder opresor por exterminarla. Las jerarquías han sido incapaces -¿por cálculo?- de denunciar las causas de la pobreza y de condenar a sus responsables. Hoy son parte del poder opresor mundial. Pero el hecho cristiano está lejos de ser vencido. Es un proyecto de vida entre iguales y entre hermanos para derrotar la injusticia, movidos por el amor y la solidaridad, esencial al ser humano.
¡Gracias, Fidel! ¡Gracias, pueblo de Cuba por el misticismo nacido de la fidelidad al proceso socialista! La Revolución Cubana es una piedra donde tropieza el proyecto contemporáneo de la avaricia y la acumulación a cualquier costo. Es un “escándalo”, en palabras de Pablo de Tarso. No ignoramos que ha tenido sus tiempos y contratiempos, sus aciertos y sus errores, sus heroísmos y sus desfallecimientos, sus aliados y sus traidores, sus delatores y sus fieles. El proyecto de la avaricia es incapaz de comprender que un pueblo se mantenga en pie de lucha, por cincuenta años, a base de solidaridad y de austeridad, contra la potencia económica más grande la historia y todos sus aliados. Mantienen el bloqueo económico y un aparato de propaganda anticubana porque en su sistema de valores no hay lugar para la solidaridad.
Gracias, Fidel, por ese empecinamiento en construir una sociedad superior, como dice Theilard de Chardin, que camina en comunidad, que no ve en “el prójimo” a un competidor sino a un compañero o socio; que no lucha con cualquier arma sólo por vencer, por ser exitoso, por ser poderoso, por servirse de los demás.
Para los que así pensamos, creemos y queremos, la Revolución Cubana es una realidad que anuncia el futuro de nuestros pueblos. Gracias por permitirnos seguir luchando, seguir esperando y seguir creyendo.
Gracias, Fidel, por tu vida simple, espontánea, austera, identificada con el pueblo cubano. Sos conciencia y voluntad de resistir, voluntad de seguir adelante, de no tenerle miedo al enemigo, de derrotar al criminal y omnipotente hostigamiento. Gracias por demostrarnos que es posible.
jsolis@igso.net
Javier Solís
Esta carta, Fidel, quiere ser atrevidamente fraternal. Nos llegó la hora del balance. La Revolución Cubana es para mi generación de luchadores sociales salidos de las filas cristianas -¡ojalá, revolucionarios!- el principal haber. En todo caso el primero, preñado de esperanza, cargado de luz; concreto, con resultados. Pudimos, desde distintas posiciones y momentos, mucho o poco, converger con ella, pero la consideramos nuestra. Lugar común, pero cierto: la Revolución Cubana es de América Latina, es de los pueblos pobres del mundo, es universal.
Vos sos la imagen, la voz de la Revolución. Por eso, como para los cubanos, vos sos simplemente Fidel, en segunda persona, nuestro hermano, nuestro compañero. Otro lugar común, pero qué grato, qué estimulante, qué motivador. En todo caso, qué paliativo para nuestros escasos o nulos resultados, para nuestra mediocridad instalada, para nuestra rebeldía acomodada y satisfecha, para nuestra grandilocuencia vacía, para nuestra ingenuidad estéril y envejecida; incluso para nuestro discurso alabancero de la Revolución Cubana. No tenemos que deprimirnos volviendo la mirada atrás. Te miramos a vos y al pueblo de Cuba.
El otro haber es la teología de la liberación, ese modo de pensar el hecho cristiano enraizado en la conciencia popular latinoamericana a partir de la realidad irrefutable de la pobreza. Me han contado sus cultores que la conocés. Con toda probabilidad, porque certezas absolutas no hay, es la mayor contribución teórica a las ciencias sociales universales en los últimos cincuenta años.
¿Me permitís una concesión a mi experiencia sentimental? En el mismo mes de enero en que entraron triunfantes las tropas revolucionarios en La Habana, descendíamos, a nuestros veinte años, otro costarricense y yo, de un tren polvoriento, fatigoso y deteriorado, a eso de las siete de la mañana, muertos de frío, en la estación de
Lyon-Perrache, en Francia. No había prácticamente nadie en el interminable andén. Cuando el tren siguió su marcha, divisamos en el fondo una pequeña, casi diría muy pequeña, silueta negra, tocado de boina y enfundado en un chaquetón de invierno. Avanzó hacia nosotros sin disimular su cojera. Ya de cerca, reconocimos sus rasgos, su acento latinoamericano y su hablar precipitado. Venía a llevarnos a la residencia eclesiástica que íbamos a compartir. Era Gustavo Gutiérrez, el chico Gutiérrez, el más grande, sabio, humilde, inteligente, erudito, entrañable y fraternal pensador cristiano del siglo veinte en América Latina y en todo el mundo cristiano. Su andar teológico coincide con el proceso revolucionario cubano. No he podido nunca disociarlo desde enero, de ese proceso ni de una nueva forma de ser seguidor de Jesucristo.
Disfruté de su compañía en Lyon y más tarde en Roma. Pero hay más. Gustavo ya había estudiado filosofía y psicología en la Universidad Católica de Lovaina. Probablemente por su influencia, nosotros, con un itinerario inverso, nos trasladamos de Francia a Lovaina. Compartí entonces por un año residencia estudiantil con Camilo Torres, que terminaba una tesis doctoral en sociología; y allí encontré a François Houtart, que dirigía la tesis de Camilo y que ha sido desde entonces el maestro, el guía y el más grande provocador del compromiso social y político de los cristianos en América Latina. Debe haber sido el primer sacerdote europeo que visitó Cuba en los años sesenta y nos llevó a la universidad y al seminario una visión optimista y comprometida con el proyecto revolucionario. Como vos, sigue militante y clarividente a sus ochenta y pico de años.
El triunfo de la Revolución Cubana en 1959 fue una especie de big bang para la conciencia social y política de muchas mujeres y hombres en todo el mundo, especialmente en nuestro Continente. Nada fue igual desde entonces. Se hizo posible dar un paso adelante y emprender otro camino. Además, tuvo lugar a la luz pública, en un proceso abierto, con los aplausos y la solidaridad de muchos luchadores.
Para muchos cristianos se convirtió en un locus theologicus, en una referencia insoslayable. Fue una llamada para miles de creyentes, que nos sentimos convocados a convertir el seguimiento de Jesús en una fuerza de transformación histórica contra la pobreza y la marginalidad social, más que la superstición y la magia o el consuelo de una vida mejor después de la muerte. El Concilio Vaticano II reunido por Juan XXIII en 1962, no hizo más que reforzar esa convicción. Siguieron muchos y desgarradores acontecimientos. Se impusieron nuevas opciones. En México, El Salvador, Guatemala, Brasil, Chile, Argentina los cristianos convencidos se pusieron en marcha y se incorporaron a procesos de lucha. Surgieron sabios profetas y florecieron, hasta nuestros días, héroes y mártires populares. Unos procesos han sido derrotados, otros traicionados. La ingenuidad y entrega de los cristianos no pudo contra el proyecto de la avaricia, contra las armas, contra la improvisación y el dogmatismo.
Hemos llegado al inicio del siglo veintiuno a un mundo dominado por la moral de la avaricia, uno de los siete pecados capitales de la Edad Media. El valor supremo para buena parte de la humanidad, y sobre todo para los dueños del dinero, es acumular riqueza a cualquier costo. Quieren ser ricos y aumentar sus riquezas, aunque para ello tengan que robar y matar a pueblos enteros y esclavizarlos; y acabar y destruir todos los recursos naturales. Las corporaciones capitalistas de Estados Unidos y Europa encabezan esa brigada y ejecutan ese proyecto. Las más criminales son las farmacéuticas, para quienes la salud humana, el dolor, la enfermedad y la muerte no son más que mecanismos de enriquecimiento. Han secuestrado y prostituido el pensamiento liberal y el intercambio mercantil para reducirlo a vulgar legitimación de su voracidad y cinismo.
Controlan la industria cultural, la que crea y transmite valores sociales. Los periódicos, las cadenas de televisión y de radio, el cine; y el sistema educativo, de la escuela primaria a las universidades y centros de investigación, con todos sus actores, creadores y pensadores, son reproductores y transmisores de esa escala de valores. Los deslumbrantes inventos científicos y tecnológicos de estos últimos cincuenta años elevan exponencialmente su capacidad de manipulación y de dominio. Inyectan en la conciencia de niños, jóvenes y viejos que lo único que importa es ser competitivo para triunfar; derrotar y destruir al que se interponga en el camino para hacerse con el dinero y satisfacer los más extravagantes y dispendiosos gustos y artículos de consumo. No importan las debilidades, privaciones o dolores de los otros. Lo único que importa es mi riqueza. Es el reino del egoísmo, de la insolidaridad, de la muerte y la pobreza. El ideal capitalista es intrínsecamente perverso por inhumano.
Lo tienen todo bien atado, además, por un sistema de organismos internacionales. A esa lógica ha sucumbido ya la democracia liberal más antigua del mundo que son los Estados Unidos. La libertad individual y la ciudadanía como conjunto de deberes y derechos inviolables de las personas frente al estado, consagrados en la Constitución de Jefferson y de Franklin, han cedido ante la invasión del espionaje, la tortura, la negación del habeas corpus, el simple derecho a un juicio, la guerra preventiva, el reparto del patrimonio público entre los amigos del gobierno. Una verdadera negación de la separación de los poderes republicanos formulada por Montesquieu en esa misma nación. Todo ante la pasividad de la otrora prensa llamada libre y la complicidad del Congreso de la Unión. La invasión y ocupación militar de cualquier pueblo con recursos para el bienestar de los estadounidenses tiene hoy legitimidad legal en ese país.
Pues resulta, Fidel, que ese cuadro, denunciado siempre en tu palabra y en tu letra, es todo lo contrario de la enseñanza y de la experiencia de vida nacidas del hecho
-misterioso- llamado Jesucristo. Es cierto que por mil quinientos años, una casta minoritaria en la comunidad cristiana, aliada de los poderes políticos y económicos de turno, ha pretendido secuestrarlo y se ha erigido a sí misma en un sistema de autoridad religiosa y moral de falso origen divino. Pero la fuerza intrínseca y humana -para los creyentes, sobrenatural- del mensaje evangélico es tan incontenible, que este sector minoritario en la historia cristiana ha sido incapaz de acabar su la energía liberadora y vitalizadora. Por mil quinientos años los cristianos han vivido la contradicción entre la conciencia liberadora nacida de la profecía evangélica y los intentos del poder opresor por exterminarla. Las jerarquías han sido incapaces -¿por cálculo?- de denunciar las causas de la pobreza y de condenar a sus responsables. Hoy son parte del poder opresor mundial. Pero el hecho cristiano está lejos de ser vencido. Es un proyecto de vida entre iguales y entre hermanos para derrotar la injusticia, movidos por el amor y la solidaridad, esencial al ser humano.
¡Gracias, Fidel! ¡Gracias, pueblo de Cuba por el misticismo nacido de la fidelidad al proceso socialista! La Revolución Cubana es una piedra donde tropieza el proyecto contemporáneo de la avaricia y la acumulación a cualquier costo. Es un “escándalo”, en palabras de Pablo de Tarso. No ignoramos que ha tenido sus tiempos y contratiempos, sus aciertos y sus errores, sus heroísmos y sus desfallecimientos, sus aliados y sus traidores, sus delatores y sus fieles. El proyecto de la avaricia es incapaz de comprender que un pueblo se mantenga en pie de lucha, por cincuenta años, a base de solidaridad y de austeridad, contra la potencia económica más grande la historia y todos sus aliados. Mantienen el bloqueo económico y un aparato de propaganda anticubana porque en su sistema de valores no hay lugar para la solidaridad.
Gracias, Fidel, por ese empecinamiento en construir una sociedad superior, como dice Theilard de Chardin, que camina en comunidad, que no ve en “el prójimo” a un competidor sino a un compañero o socio; que no lucha con cualquier arma sólo por vencer, por ser exitoso, por ser poderoso, por servirse de los demás.
Para los que así pensamos, creemos y queremos, la Revolución Cubana es una realidad que anuncia el futuro de nuestros pueblos. Gracias por permitirnos seguir luchando, seguir esperando y seguir creyendo.
Gracias, Fidel, por tu vida simple, espontánea, austera, identificada con el pueblo cubano. Sos conciencia y voluntad de resistir, voluntad de seguir adelante, de no tenerle miedo al enemigo, de derrotar al criminal y omnipotente hostigamiento. Gracias por demostrarnos que es posible.
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