Escrito en tres tiempos
Tania Delgado
Primer tiempo. El sentimiento de la derrota.
La derrota más allá de ser una realidad objetiva, es también un sentimiento. Se puede sentir uno derrotado sin estarlo realmente, o estarlo efectivamente sin sentirlo. Hoy, creo que la realidad y el sentimiento van de la mano: nos sentimos derrotados porque efectivamente lo hemos sido.
Hay quienes se esmeran en decir que la derrota no es tal, que a veces
perdiendo se gana, que ahora sí nadie podrá decir que en Venezuela hay una
dictadura, que esta derrota reafirma el talante democrático del gobierno e
incluso que esta derrota pudo habernos salvado de un escenario de violencia, en fin, que era mejor así.
En efecto, podemos intentar verle el lado positivo a este 'trance', habrá
que hacerlo para enfrentar los retos que este escenario nos plantea, pero
creo fundamental que no nos escudemos en argumentos hipotéticos para
salvarnos, en la pequeñez de nuestra individualidad, del amargo sentimiento
de la derrota.
Decir que perdiendo se gana, es minimizar la apuesta y es resignarse ante
la derrota. Es como si dijéramos que ganar, después de todo, no era tan
importante. O como si dijéramos que si hipotéticamente hubiésemos ganado
(lo que no ocurrió) en realidad no ganábamos nada. La verdad es que con
esta derrota no hemos ganado nada y hemos perdido en cambio una oportunidad
de oro, la oportunidad de enfrentarnos definitiva y decididamente al
desafío histórico de construir, con nuestras propias manos, una sociedad de
iguales.
Tampoco podemos creer que ahora nadie podrá decir que en Venezuela hay una
dictadura. Pensar que esto será así, es desconocer quién es y cómo se
comporta la derecha. Si nos remitimos a las pruebas que la derecha nos ha
dado, entonces tendríamos que constatar que así como lo han dicho en los
últimos nueve años, a pesar de los 12 procesos electorales que han
legitimado, relegitimado y machacado la legitimidad de este gobierno, así
seguirán diciéndolo. Seguirán diciéndolo, ahora y siempre, mientras perdure
para nosotros la esperanza, y mientras perdure para ellos la amenaza, de
que en este país las cosas sigan cambiando. Seguirán diciéndolo mientras se
mantenga el gobierno revolucionario. Es más, seguirán diciendo que Chávez
es un dictador, cuando mucho alguno matizará sus palabras y dirá que es un
'dictador en ciernes'. Ocurre que el argumento de la dictadura no es un
argumento que la derecha esté dispuesta a desechar. Es un argumento cómodo
que cómodamente tiene eco en el concierto internacional de las voces de la
reacción.
Decir que esta derrota reafirma el talante democrático del gobierno,
esconde peligrosamente dos ideas, o mejor, esconde dos ideas muy
peligrosas: por un lado, que efectivamente atesorábamos alguna duda sobre
la vocación de este gobierno que de tan democrático a veces pasa
francamente por pendejo; y por otro lado, que es necesario seguir
demostrándolo. Yo me pregunto a quién se lo tenemos que demostrar: ¿A la
derecha? ¿A la nacional? ¿A la internacional? ¿A ambas? ¿Per secula
seculorum? ¿Y cómo para qué? ¿Y a cuenta de qué? ¿O es que la cosa es
convencernos nosotros mismos que ya estamos convencidos?
También se dice que esta derrota pudo habernos salvado de un escenario de
violencia. Es decir, que mejor perdíamos para que la derecha no quemase el
país. Mejor perdíamos y empeñábamos el futuro de la patria, para que la
derecha no desatase la violencia. Mejor perdíamos y abandonábamos lo
construido hasta ahora para que la derecha no nos atacase. Mejor perdíamos
y claudicábamos. La pregunta es: ¿Quién dijo que este proceso estaría
exento de la violencia? ¿Es que acaso este proceso no es una respuesta a la
violencia que intrínsecamente comporta la sociedad capitalista? ¿Es que
acaso la revolución no pasa por violentar esta sociedad transformando su
estructura desde sus cimientos? ¿Qué clase de revolucionarios son los que
se amilanan ante la amenaza y el chantaje? ¿Qué vaina es, pues? Tenemos que
estar preparados para la violencia, para neutralizarla siempre que se
pueda, pero también para enfrentarla cuando lo que esté en juego sea el
futuro de la revolución.
Lo prefiero así… ¡Por ahora! - dijo el Comandante. Este mensaje lo entiendo
en la voz del líder, en la voz de quien está al frente de cada batalla y de
quien tiene la responsabilidad de canalizar la fuerza de la revolución.
Pero que nadie se acomode, aquí nadie puede bajar la guardia y dar por
terminada la pelea.
Segundo tiempo. La realidad de la derrota.
Los buenos historiadores sostienen que la historia no se escribe sobre la
base de los imponderables, o lo que es lo mismo que la historia no acepta
hipótesis: la historia es lo que ha sido y lo que es, y punto, la historia
no se escribe por adelantado ni en condicional. Así las cosas, no vale
aquello de que si tuviéramos ruedas fuéramos bicicletas.
No vale decir ahora que la derrota se debe a la campaña de miedo que
desplegó la derecha, porque eso equivale a pensar que si la derecha hubiera
fallado en su estrategia mediática entonces hubiésemos ganado: seamos
honestos la cuenta no da.
En este sentido solo podemos constatar nuestra culpa asumiendo: 1) si el
miedo hizo presa a la pequeña burguesía (esa que no se define por sus
haberes sino por su falta de consciencia de clase) es en parte nuestra
responsabilidad porque tácitamente aceptamos que esos miedos tenían algún
fundamento y entonces ni siquiera nos propusimos atacarlos dando por
perdidos esos votos de antemano; 2) si el miedo hizo presa a los nuestros,
entonces somos más culpables aún, porque nuestra campaña fue
convencionalmente mediática y reactiva, y no incitó al debate profundo, ese
que permite que la gente se apropie de los procesos y se haga protagonista.
Luego, si no fue el miedo lo que condujo a la abstención de los nuestros,
entonces fue la duda (me niego a pensar que hubo otras razones como la
indiferencia o la desidia). Y en ese caso también somos culpabilísimos.
Quienes dudaron, y antes que votar contra Chávez prefirieron no votar, se
abstuvieron porque no estaban seguros, porque no sentían suya la propuesta.
Quizás sí la de Chávez, pero no el amasijo de artículos que la Asamblea
agregó con una pasmosa falta de criterio. Es probable que la Asamblea
estuviera preñada de buenas intenciones (¿de verdad?) pero sorprende
(¿sorprende?) su falta de sentido de la oportunidad. Y es que no es lo
mismo proponer la cobertura universal para todos los trabajadores y
trabajadoras, como lo hiciera el Comandante, que asegurarse el curul (y el sueldito… que no es tan ito) como lo hicieran los diputados en su propio
beneficio, con el aliento de más de un ex diputados hoy Ministro. Tratando
de hacer pasar lo grotesco tras lo sublime, enredaron el papagayo, con este
y otros artículos y esto sin duda es uno de los elementos que contribuyó
con la abstención y la derrota.
Y si no fue ni la duda ni el miedo, entonces fue el malestar. El malestar
que provoca constatar en el día a día que la cosa mejora pero está lejos
aún de revolucionarse. Aquí creo que hay que hacer varias lecturas. Por un
lado, pienso que aún cuando el malestar sea fundado, el voto castigo o el
castigo de no votar no contribuye con la creación y consolidación de
mecanismos que garanticen la profundización del proceso y al contrario le
imprime un freno peligroso a la revolución. Por otro lado, creo que aún
cuando la revolución no haya resuelto todos los problemas, se ha alcanzado
mucho más que antes y de lo que era posible alcanzar en cualquier otro
contexto político. Y en fin, estoy convencida de que aún cuando haya mucho
de qué quejarse, si la derecha retoma el poder entonces no solo perderemos
todas nuestras conquistas sino que perderemos también el derecho a
protestar. Entonces ni siquiera habrá espacio para la esperanza. Si en este
caso, considero que la abstención y el voto castigo son un error político
es porque no me cabe la menor duda de que la derecha no dejará escapar la
más mínima ocasión para dar el zarpazo, y que en lugar de auto flagelarnos
con un voto castigo o con el castigo de no votar (porque en fin de cuentas
los dolientes de este país somos los único afectados) había que hacer
prueba de consciencia y de unión.
Visto desde otro ángulo, y a pesar de mi percepción del fenómeno, otra cosa
de la que estoy profundamente convencida es que con o sin razón, errónea o
acertadamente, lo ocurrido el domingo debe ser comprendido en toda su
complejidad, interpretando con mucha sabiduría las voces del pueblo para
entonces actuar consecuentemente. La agudización de las contradicciones no
nos puede llevar a pactar con la derecha pero tampoco a la fractura
interna.
Siguiendo con lo que no es posible decir ahora que la derrota nos
sorprendió. Diría que no vale decir ahora que los Alcaldes, los
Gobernadores y los Ministros no hicieron bien su trabajo. Es cierto que
muchos no lo han hecho, y es cierto que muchos no lo harán, por
oportunistas y pasa-agachao, pero lo que tenemos que constatar es que
nosotros tampoco estamos haciendo nuestro trabajo de contralores. Qué
cuando lo hacemos no nos escuchan, también es verdad. Qué cuando somos
críticos nos tildan rapidito de contrarrevolucionarios, también es cierto.
¿Y qué? Ahora es que tiene que tomar todo su sentido la idea de la
corresponsabilidad.
Tampoco vale decir ahora que la derrota es el resultado de la incapacidad
de los batallones, de los Consejos Comunales, del PSUV, de las Misiones o
de la estructura del Estado. No vale sacar cuentas sobre cuantas franelas,
afiches o refrigerios faltaron. El problema no es de incapacidad en
términos de maquinaria electoral, el problema es de conciencia
revolucionaria. Ni los Batallones, ni los Consejos Comunales ni el PSUV, ni
las Misiones y mucho menos la estructura del Estado, están funcionando como
entidades políticas. No se han o no los hemos politizado, no lo suficiente.
Son espacios de poder, eso sí, donde se libran las más pueriles batallas
por el minúsculo poder de vecindad o por el gran poder de la burocracia y
de los recursos del Estado, pero en donde falta mucho camino que recorrer
para alcanzar la profundidad del debate y la intensidad del compromiso que
se requieren a su vez para trascender lo coyuntural.
Y mucho menos vale decir ahora que la derrota tiene que ver con una
coyuntura convulsa de dimes y diretes con Presidentes vecinos, Reyes de
ultramar y otros enemigos de la Revolución; tampoco tiene que ver con el
desgaste que produjo el enorme esfuerzo realizado por aportarle un poco de
paz a nuestros hermanos colombianos. Aún cuando estas confrontaciones no se
hubieran planteado, igual hubiésemos perdido. Y en el caso que Chávez las
hubiese rehuido entonces no solo habríamos perdido en el referéndum sino
que habríamos perdido parte de nuestra dignidad frente a nuestros enemigos
y nos habríamos traicionado si mezquinamente hubiésemos descartado la
posibilidad de ayudar a nuestros hermanos.
Tercer tiempo. ¿Qué hacer ahora?.
Tenemos que aceptar que la revolución se ha construido y seguirá
erigiéndose sobre la base de una estrecha relación entre el líder de este
bloque histórico y su pueblo, y que más allá de cualquier intelectualosa
valoración de esta relación como contraproducente, tenemos que ocuparnos de
la construcción de estructuras intermediarias que permitan atender con
mayor eficacia no solo los problemas de lo cotidiano sino también la
formación y consciencia política de todos los que estamos empujando este
proyecto.
Así, tenemos que evaluar con mucho más desprendimiento si la estructura de
los batallones permite profundizar el debate e incluso más importante aún,
si permite crear lazos inquebrantables de solidaridad entre camaradas y
recrear valores de convivencia cónsonos con el proyecto revolucionario.
Tenemos que repensar los batallones y los consejos comunales desde una
perspectiva más amplia que nos permita mirar más allá de nuestras narices,
del hueco en la calle, de la tubería, del transporte, del mercal de la
esquina, es decir, que nos permita mirar más allá de lo doméstico, y que
permita entonces trascender nuestra cotidianidad y pensar el colectivo de
una manera más integral y más integradora que le dé cabida a un proyecto de
país y de futuro.
Tenemos que dejar de mirar a las Misiones como una instancia asistencial.
Esa no es su vocación, su vocación es la inclusión, es la atención, es la formación,
es la formación política, es la educación para la transformación.
Tenemos que tomar conciencia de que la contrarrevolución no actúa solamente
de frente y por televisión, sigue actuando, y con mucho éxito, en la
estructura del Estado. Si la estructura del Estado sigue siendo
'ineficiente' (palabrota tecnocrática) ya no es sólo por la herencia que
nos dejó la cuarta República, ya no es sólo porque llegamos al poder sin
saber cómo hacer funcionar la administración pública, ya no es sólo porque
la corrupción sigue siendo una práctica a todos los niveles. Si la
estructura del Estado sigue sin responder a los desafíos de la Revolución
es una vez más porque no hemos alcanzado los niveles de conciencia política
que se requieren y que pasan por modificar nuestros comportamientos
cotidianos y comprender el impacto de nuestras acciones. La quinta columna
no se personifica en agentes de la CIA disfrazados de funcionarios de
tercera. La quinta columna se alimenta del escuálido disfrazado que pasa
agachado en las narices de sus jefes revolucionarios, del oportunista
disfrazado de chavista para la ocasión, del 'revolucionario' confeso que le
huye a la militancia, a la calle y a la gente, del 'revolucionario' de voz
en pecho que prefiere sacrificar a su camarada que sacrificar su carguito,
del revolucionario que se resigna en su impotencia… la quinta columna se
alimenta, del 'revolucionario' con poder al que le faltan cojones.
Hemos puesto la Revolución en peligro, ahora tenemos que arrear con
nuestros errores, tenemos que saber interpretar incluso con una buena dosis
de dramatismo el momento político, no vale seguir pensando que podemos
estar tranquilos, que el equipo gana. O radicalizamos la revolución desde
abajo y desde adentro o fracasamos definitivamente.
Tania Delgado
Primer tiempo. El sentimiento de la derrota.
La derrota más allá de ser una realidad objetiva, es también un sentimiento. Se puede sentir uno derrotado sin estarlo realmente, o estarlo efectivamente sin sentirlo. Hoy, creo que la realidad y el sentimiento van de la mano: nos sentimos derrotados porque efectivamente lo hemos sido.
Hay quienes se esmeran en decir que la derrota no es tal, que a veces
perdiendo se gana, que ahora sí nadie podrá decir que en Venezuela hay una
dictadura, que esta derrota reafirma el talante democrático del gobierno e
incluso que esta derrota pudo habernos salvado de un escenario de violencia, en fin, que era mejor así.
En efecto, podemos intentar verle el lado positivo a este 'trance', habrá
que hacerlo para enfrentar los retos que este escenario nos plantea, pero
creo fundamental que no nos escudemos en argumentos hipotéticos para
salvarnos, en la pequeñez de nuestra individualidad, del amargo sentimiento
de la derrota.
Decir que perdiendo se gana, es minimizar la apuesta y es resignarse ante
la derrota. Es como si dijéramos que ganar, después de todo, no era tan
importante. O como si dijéramos que si hipotéticamente hubiésemos ganado
(lo que no ocurrió) en realidad no ganábamos nada. La verdad es que con
esta derrota no hemos ganado nada y hemos perdido en cambio una oportunidad
de oro, la oportunidad de enfrentarnos definitiva y decididamente al
desafío histórico de construir, con nuestras propias manos, una sociedad de
iguales.
Tampoco podemos creer que ahora nadie podrá decir que en Venezuela hay una
dictadura. Pensar que esto será así, es desconocer quién es y cómo se
comporta la derecha. Si nos remitimos a las pruebas que la derecha nos ha
dado, entonces tendríamos que constatar que así como lo han dicho en los
últimos nueve años, a pesar de los 12 procesos electorales que han
legitimado, relegitimado y machacado la legitimidad de este gobierno, así
seguirán diciéndolo. Seguirán diciéndolo, ahora y siempre, mientras perdure
para nosotros la esperanza, y mientras perdure para ellos la amenaza, de
que en este país las cosas sigan cambiando. Seguirán diciéndolo mientras se
mantenga el gobierno revolucionario. Es más, seguirán diciendo que Chávez
es un dictador, cuando mucho alguno matizará sus palabras y dirá que es un
'dictador en ciernes'. Ocurre que el argumento de la dictadura no es un
argumento que la derecha esté dispuesta a desechar. Es un argumento cómodo
que cómodamente tiene eco en el concierto internacional de las voces de la
reacción.
Decir que esta derrota reafirma el talante democrático del gobierno,
esconde peligrosamente dos ideas, o mejor, esconde dos ideas muy
peligrosas: por un lado, que efectivamente atesorábamos alguna duda sobre
la vocación de este gobierno que de tan democrático a veces pasa
francamente por pendejo; y por otro lado, que es necesario seguir
demostrándolo. Yo me pregunto a quién se lo tenemos que demostrar: ¿A la
derecha? ¿A la nacional? ¿A la internacional? ¿A ambas? ¿Per secula
seculorum? ¿Y cómo para qué? ¿Y a cuenta de qué? ¿O es que la cosa es
convencernos nosotros mismos que ya estamos convencidos?
También se dice que esta derrota pudo habernos salvado de un escenario de
violencia. Es decir, que mejor perdíamos para que la derecha no quemase el
país. Mejor perdíamos y empeñábamos el futuro de la patria, para que la
derecha no desatase la violencia. Mejor perdíamos y abandonábamos lo
construido hasta ahora para que la derecha no nos atacase. Mejor perdíamos
y claudicábamos. La pregunta es: ¿Quién dijo que este proceso estaría
exento de la violencia? ¿Es que acaso este proceso no es una respuesta a la
violencia que intrínsecamente comporta la sociedad capitalista? ¿Es que
acaso la revolución no pasa por violentar esta sociedad transformando su
estructura desde sus cimientos? ¿Qué clase de revolucionarios son los que
se amilanan ante la amenaza y el chantaje? ¿Qué vaina es, pues? Tenemos que
estar preparados para la violencia, para neutralizarla siempre que se
pueda, pero también para enfrentarla cuando lo que esté en juego sea el
futuro de la revolución.
Lo prefiero así… ¡Por ahora! - dijo el Comandante. Este mensaje lo entiendo
en la voz del líder, en la voz de quien está al frente de cada batalla y de
quien tiene la responsabilidad de canalizar la fuerza de la revolución.
Pero que nadie se acomode, aquí nadie puede bajar la guardia y dar por
terminada la pelea.
Segundo tiempo. La realidad de la derrota.
Los buenos historiadores sostienen que la historia no se escribe sobre la
base de los imponderables, o lo que es lo mismo que la historia no acepta
hipótesis: la historia es lo que ha sido y lo que es, y punto, la historia
no se escribe por adelantado ni en condicional. Así las cosas, no vale
aquello de que si tuviéramos ruedas fuéramos bicicletas.
No vale decir ahora que la derrota se debe a la campaña de miedo que
desplegó la derecha, porque eso equivale a pensar que si la derecha hubiera
fallado en su estrategia mediática entonces hubiésemos ganado: seamos
honestos la cuenta no da.
En este sentido solo podemos constatar nuestra culpa asumiendo: 1) si el
miedo hizo presa a la pequeña burguesía (esa que no se define por sus
haberes sino por su falta de consciencia de clase) es en parte nuestra
responsabilidad porque tácitamente aceptamos que esos miedos tenían algún
fundamento y entonces ni siquiera nos propusimos atacarlos dando por
perdidos esos votos de antemano; 2) si el miedo hizo presa a los nuestros,
entonces somos más culpables aún, porque nuestra campaña fue
convencionalmente mediática y reactiva, y no incitó al debate profundo, ese
que permite que la gente se apropie de los procesos y se haga protagonista.
Luego, si no fue el miedo lo que condujo a la abstención de los nuestros,
entonces fue la duda (me niego a pensar que hubo otras razones como la
indiferencia o la desidia). Y en ese caso también somos culpabilísimos.
Quienes dudaron, y antes que votar contra Chávez prefirieron no votar, se
abstuvieron porque no estaban seguros, porque no sentían suya la propuesta.
Quizás sí la de Chávez, pero no el amasijo de artículos que la Asamblea
agregó con una pasmosa falta de criterio. Es probable que la Asamblea
estuviera preñada de buenas intenciones (¿de verdad?) pero sorprende
(¿sorprende?) su falta de sentido de la oportunidad. Y es que no es lo
mismo proponer la cobertura universal para todos los trabajadores y
trabajadoras, como lo hiciera el Comandante, que asegurarse el curul (y el sueldito… que no es tan ito) como lo hicieran los diputados en su propio
beneficio, con el aliento de más de un ex diputados hoy Ministro. Tratando
de hacer pasar lo grotesco tras lo sublime, enredaron el papagayo, con este
y otros artículos y esto sin duda es uno de los elementos que contribuyó
con la abstención y la derrota.
Y si no fue ni la duda ni el miedo, entonces fue el malestar. El malestar
que provoca constatar en el día a día que la cosa mejora pero está lejos
aún de revolucionarse. Aquí creo que hay que hacer varias lecturas. Por un
lado, pienso que aún cuando el malestar sea fundado, el voto castigo o el
castigo de no votar no contribuye con la creación y consolidación de
mecanismos que garanticen la profundización del proceso y al contrario le
imprime un freno peligroso a la revolución. Por otro lado, creo que aún
cuando la revolución no haya resuelto todos los problemas, se ha alcanzado
mucho más que antes y de lo que era posible alcanzar en cualquier otro
contexto político. Y en fin, estoy convencida de que aún cuando haya mucho
de qué quejarse, si la derecha retoma el poder entonces no solo perderemos
todas nuestras conquistas sino que perderemos también el derecho a
protestar. Entonces ni siquiera habrá espacio para la esperanza. Si en este
caso, considero que la abstención y el voto castigo son un error político
es porque no me cabe la menor duda de que la derecha no dejará escapar la
más mínima ocasión para dar el zarpazo, y que en lugar de auto flagelarnos
con un voto castigo o con el castigo de no votar (porque en fin de cuentas
los dolientes de este país somos los único afectados) había que hacer
prueba de consciencia y de unión.
Visto desde otro ángulo, y a pesar de mi percepción del fenómeno, otra cosa
de la que estoy profundamente convencida es que con o sin razón, errónea o
acertadamente, lo ocurrido el domingo debe ser comprendido en toda su
complejidad, interpretando con mucha sabiduría las voces del pueblo para
entonces actuar consecuentemente. La agudización de las contradicciones no
nos puede llevar a pactar con la derecha pero tampoco a la fractura
interna.
Siguiendo con lo que no es posible decir ahora que la derrota nos
sorprendió. Diría que no vale decir ahora que los Alcaldes, los
Gobernadores y los Ministros no hicieron bien su trabajo. Es cierto que
muchos no lo han hecho, y es cierto que muchos no lo harán, por
oportunistas y pasa-agachao, pero lo que tenemos que constatar es que
nosotros tampoco estamos haciendo nuestro trabajo de contralores. Qué
cuando lo hacemos no nos escuchan, también es verdad. Qué cuando somos
críticos nos tildan rapidito de contrarrevolucionarios, también es cierto.
¿Y qué? Ahora es que tiene que tomar todo su sentido la idea de la
corresponsabilidad.
Tampoco vale decir ahora que la derrota es el resultado de la incapacidad
de los batallones, de los Consejos Comunales, del PSUV, de las Misiones o
de la estructura del Estado. No vale sacar cuentas sobre cuantas franelas,
afiches o refrigerios faltaron. El problema no es de incapacidad en
términos de maquinaria electoral, el problema es de conciencia
revolucionaria. Ni los Batallones, ni los Consejos Comunales ni el PSUV, ni
las Misiones y mucho menos la estructura del Estado, están funcionando como
entidades políticas. No se han o no los hemos politizado, no lo suficiente.
Son espacios de poder, eso sí, donde se libran las más pueriles batallas
por el minúsculo poder de vecindad o por el gran poder de la burocracia y
de los recursos del Estado, pero en donde falta mucho camino que recorrer
para alcanzar la profundidad del debate y la intensidad del compromiso que
se requieren a su vez para trascender lo coyuntural.
Y mucho menos vale decir ahora que la derrota tiene que ver con una
coyuntura convulsa de dimes y diretes con Presidentes vecinos, Reyes de
ultramar y otros enemigos de la Revolución; tampoco tiene que ver con el
desgaste que produjo el enorme esfuerzo realizado por aportarle un poco de
paz a nuestros hermanos colombianos. Aún cuando estas confrontaciones no se
hubieran planteado, igual hubiésemos perdido. Y en el caso que Chávez las
hubiese rehuido entonces no solo habríamos perdido en el referéndum sino
que habríamos perdido parte de nuestra dignidad frente a nuestros enemigos
y nos habríamos traicionado si mezquinamente hubiésemos descartado la
posibilidad de ayudar a nuestros hermanos.
Tercer tiempo. ¿Qué hacer ahora?.
Tenemos que aceptar que la revolución se ha construido y seguirá
erigiéndose sobre la base de una estrecha relación entre el líder de este
bloque histórico y su pueblo, y que más allá de cualquier intelectualosa
valoración de esta relación como contraproducente, tenemos que ocuparnos de
la construcción de estructuras intermediarias que permitan atender con
mayor eficacia no solo los problemas de lo cotidiano sino también la
formación y consciencia política de todos los que estamos empujando este
proyecto.
Así, tenemos que evaluar con mucho más desprendimiento si la estructura de
los batallones permite profundizar el debate e incluso más importante aún,
si permite crear lazos inquebrantables de solidaridad entre camaradas y
recrear valores de convivencia cónsonos con el proyecto revolucionario.
Tenemos que repensar los batallones y los consejos comunales desde una
perspectiva más amplia que nos permita mirar más allá de nuestras narices,
del hueco en la calle, de la tubería, del transporte, del mercal de la
esquina, es decir, que nos permita mirar más allá de lo doméstico, y que
permita entonces trascender nuestra cotidianidad y pensar el colectivo de
una manera más integral y más integradora que le dé cabida a un proyecto de
país y de futuro.
Tenemos que dejar de mirar a las Misiones como una instancia asistencial.
Esa no es su vocación, su vocación es la inclusión, es la atención, es la formación,
es la formación política, es la educación para la transformación.
Tenemos que tomar conciencia de que la contrarrevolución no actúa solamente
de frente y por televisión, sigue actuando, y con mucho éxito, en la
estructura del Estado. Si la estructura del Estado sigue siendo
'ineficiente' (palabrota tecnocrática) ya no es sólo por la herencia que
nos dejó la cuarta República, ya no es sólo porque llegamos al poder sin
saber cómo hacer funcionar la administración pública, ya no es sólo porque
la corrupción sigue siendo una práctica a todos los niveles. Si la
estructura del Estado sigue sin responder a los desafíos de la Revolución
es una vez más porque no hemos alcanzado los niveles de conciencia política
que se requieren y que pasan por modificar nuestros comportamientos
cotidianos y comprender el impacto de nuestras acciones. La quinta columna
no se personifica en agentes de la CIA disfrazados de funcionarios de
tercera. La quinta columna se alimenta del escuálido disfrazado que pasa
agachado en las narices de sus jefes revolucionarios, del oportunista
disfrazado de chavista para la ocasión, del 'revolucionario' confeso que le
huye a la militancia, a la calle y a la gente, del 'revolucionario' de voz
en pecho que prefiere sacrificar a su camarada que sacrificar su carguito,
del revolucionario que se resigna en su impotencia… la quinta columna se
alimenta, del 'revolucionario' con poder al que le faltan cojones.
Hemos puesto la Revolución en peligro, ahora tenemos que arrear con
nuestros errores, tenemos que saber interpretar incluso con una buena dosis
de dramatismo el momento político, no vale seguir pensando que podemos
estar tranquilos, que el equipo gana. O radicalizamos la revolución desde
abajo y desde adentro o fracasamos definitivamente.

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