Elecciones libres, transparentes, competitivas, capaces de devolverle a los venezolanos la posibilidad de decidir quién gobierna su país.
Esa fue una de las exigencias repetidas por Washington, por la oposición venezolana y por buena parte de la comunidad internacional frente al régimen de Nicolás Maduro. Por eso resulta difícil no detenerse ante lo que acaba de decir Donald Trump desde la Casa Blanca: preguntado por cuándo Venezuela podrá celebrar elecciones, el presidente estadounidense respondió que “todavía no están preparados”. No es la primera vez que lo dice. El 24 de julio ya había afirmado que Venezuela no estaba lista para elecciones, aunque aseguró que se había avanzado mucho bajo la administración de Delcy Rodríguez. (reuters.com)
Y aquí aparece la pregunta que muchos venezolanos tienen derecho a hacerse: ¿Qué cambió? Porque Venezuela no dejó de ser una nación necesitada de democracia, no desapareció de un día para otro la demanda de elecciones libres, tampoco desapareció la razón por la que durante años se denunciaron elecciones fraudulentas, instituciones controladas por el poder, presos políticos y persecución contra adversarios. Lo que cambió fue la relación de Washington con quienes ahora ejercen el poder en Caracas.
Delcy Rodríguez, quien llegó al poder después de haber sido vicepresidenta de Maduro, pasó de ser presentada como parte del régimen que Estados Unidos combatía a convertirse en una interlocutora privilegiada de la administración Trump. El contraste resulta todavía más llamativo porque en enero Trump había amenazado públicamente a Rodríguez con consecuencias severas si no hacía “lo correcto”. (theatlantic.com) Meses después, la administración estadounidense no solamente suavizó su postura: solicitó inmunidad para Rodríguez en un proceso civil en Estados Unidos, argumentando su condición de jefa de Estado, y pidió que las reclamaciones contra ella fueran desestimadas. (politifact.com) Mientras tanto, las conversaciones sobre elecciones continúan sin una fecha definida.
Ese es el punto que resulta difícil de explicar a una sociedad que durante años escuchó que la solución pasaba por votar. Para un venezolano común, todo esto no es una discusión diplomática abstracta: es la vida de un país que lleva años esperando poder decidir su destino mediante el voto; es la madre que quiere que sus hijos regresen, es el joven que no quiere emigrar, es el preso político que todavía espera justicia, es el ciudadano que quiere entrar a un centro de votación y sentir que su voto vale lo mismo que el de cualquier otro venezolano.
Por eso resulta tan doloroso que aquello que antes parecía una condición indispensable ahora pueda convertirse en algo que debe esperar porque “Venezuela no está preparada”. ¿Quién determina cuándo estará preparada? ¿Trump? ¿Washington? ¿Delcy Rodríguez? ¿Los venezolanos? Y, sobre todo, ¿cuáles son exactamente las condiciones que deben cumplirse? La administración estadounidense no ha presentado públicamente un criterio suficientemente preciso que permita saber qué significa estar “preparado” para votar. Mientras tanto, la cooperación entre Washington y Caracas se profundiza, particularmente alrededor del petróleo. El nuevo acuerdo energético anunciado por Trump ha colocado los intereses petroleros estadounidenses en el centro de la relación bilateral. (apnews.com)
Entonces aparece una sospecha inevitable, aunque debe formularse como pregunta y no como hecho probado: ¿La democracia venezolana está siendo postergada porque todavía no están dadas las condiciones políticas o porque Washington encontró una fórmula que considera más conveniente para sus intereses estratégicos y energéticos? La pregunta no es conspirativa. Es política.
La oposición venezolana enfrenta ahora una situación mucho más incómoda que la que tenía antes. Durante años construyó buena parte de su estrategia internacional sobre una premisa: Estados Unidos sería un aliado fundamental en la recuperación democrática de Venezuela. Pero ahora ese mismo aliado está trabajando con quien representa la continuidad del aparato político chavista, mientras sostiene que todavía no es el momento de convocar elecciones. Eso obliga a la oposición a hacerse adulta políticamente. Ya no basta con esperar que Washington decida el futuro venezolano, ya no basta con interpretar cada declaración de Trump como una señal de que la democracia está a la vuelta de la esquina, y tampoco basta con denunciar a Maduro mientras se guarda silencio frente a las decisiones de quienes ahora controlan el poder.
Una oposición democrática debe ser capaz de decirle la verdad incluso a sus aliados. Si las elecciones eran necesarias cuando gobernaba Maduro, también son necesarias cuando gobierna Delcy Rodríguez. Si el principio era la democracia, el principio no puede cambiar dependiendo de quién resulte conveniente para Washington. Si la soberanía pertenece al pueblo venezolano, entonces ningún gobierno extranjero debería convertirse en el árbitro permanente de cuándo ese pueblo está suficientemente preparado para votar.
Trump puede tener razones estratégicas para acercarse a Rodríguez. Puede tener intereses petroleros. Puede considerar que la estabilidad económica debe preceder a las elecciones. Puede creer que una transición demasiado rápida produciría caos. Todo eso puede discutirse legítimamente. Lo que no puede desaparecer en medio de esa discusión es la pregunta democrática: ¿Cuándo votan los venezolanos? Porque una transición sin fecha puede convertirse fácilmente en una transición sin final, y una administración provisional que permanece indefinidamente deja de ser simplemente provisional.
La historia latinoamericana conoce demasiado bien ese camino. Lo verdaderamente paradójico es que quienes durante años exigieron que Venezuela volviera a las urnas ahora parecen pedirle paciencia a los venezolanos: paciencia después de décadas de crisis, paciencia después de elecciones cuestionadas, paciencia después de persecución política, paciencia después de millones de venezolanos obligados a abandonar su país, paciencia después de haber escuchado tantas veces que la democracia era urgente.
Ahora resulta que Venezuela debe esperar. Y mientras espera, Washington negocia petróleo con Caracas, protege jurídicamente a la presidenta interina y estrecha su relación con un gobierno que no surgió de una elección presidencial competitiva. (theguardian.com)
La oposición venezolana, si quiere conservar autoridad moral, tendrá que asumir una nueva posición. No se trata de convertirse en enemiga de Estados Unidos, tampoco de defender a Maduro, mucho menos de negar los avances que puedan beneficiar a los venezolanos. Se trata de algo mucho más sencillo: un aliado no deja de ser aliado porque se le diga que está equivocado.
Y si Washington realmente cree en la democracia venezolana, debería poder responder una pregunta elemental: ¿Por qué las elecciones eran una urgencia cuando Maduro estaba en Miraflores y ahora Venezuela ya no está preparada para celebrarlas?
Los venezolanos merecen una respuesta. No una promesa. No otra espera. No otra fecha indefinida. Una respuesta.
Chamosaurio

0 Comentarios