Yanis Varoufakis no usa la metáfora del feudalismo por capricho retórico. La usa porque describe con precisión algo que el vocabulario del capitalismo clásico ya no puede nombrar: un sistema donde no se compite en mercados, sino que se tributa en plataformas; donde el poder no emana de la propiedad de fábricas, sino del control de la infraestructura digital sobre la que transcurre casi toda la vida humana. Y si hay una generación que ha nacido directamente dentro de ese sistema, sin haber conocido nada previo a él, esa es la Generación Z.
Llamarlos "nativos digitales" es una condescendencia que oculta más de lo que revela. Ser nativo de algo no implica comprenderlo ni dominarlo. Un siervo medieval también era "nativo" del feudo. Google organiza el conocimiento. Meta organiza las relaciones. TikTok organiza el deseo. Amazon organiza el consumo. Estas no son empresas en el sentido clásico ,entidades que compiten en mercados abiertos, sino señores feudales digitales que cobran renta por el acceso a territorios que ellos controlan y que, sin embargo, son habitados por miles de millones como si fueran espacios naturales, inevitables, casi atmosféricos.
Varoufakis distingue entre el capitalismo de mercado, donde el beneficio proviene de la producción e intercambio, y el tecnofeudalismo, donde proviene de la extracción de renta sobre plataformas. La diferencia es política, no técnica. En el capitalismo, el trabajador era consciente de la relación de explotación. En el tecnofeudalismo, el usuario produce valor activa y entusiastamente sin compensación alguna, convencido de que está ejerciendo su libertad. Ese es el truco maestro del sistema: hacer que la servidumbre se sienta como expresión del yo.
La Generación Z tiene acceso a información ilimitada, puede construir audiencias globales desde un dormitorio y cuestionar normas con una fluidez sin precedentes. Nada de esto es falso. Sin embargo, esa libertad tiene una arquitectura diseñada por ingenieros cuyo objetivo no es la emancipación, sino la retención. Las plataformas no venden productos a los usuarios; venden la atención de los usuarios a los anunciantes. La Generación Z no es el cliente de TikTok: es la materia prima.
El scroll infinito no es un accidente de diseño; es una decisión de ingeniería modelada sobre los mismos principios que regulan las máquinas tragamonedas. La pregunta no es si esta generación es libre, sino si la libertad que experimenta ha sido prefabricada para permanecer dentro de ciertos límites rentables. El "creador de contenido" produce, distribuye y promociona su trabajo en plataformas que pueden modificar el algoritmo sin previo aviso, desmonetizar sin explicación y suspender cuentas sin apelación efectiva. No hay sindicato posible, no hay contrato colectivo. Y sin embargo, millones de jóvenes aspiran exactamente a esto, porque el discurso de la "pasión como trabajo" ha colonizado el imaginario de lo que significa una vida lograda. Cuando esa pasión ocurre sobre infraestructura ajena y controlada algorítmicamente, la liberación tiene fecha de caducidad.
La Generación Z será recordada, además, como la primera que confundió el acceso con el conocimiento, la opinión con el análisis y la visibilidad con el valor. Crecieron convencidos de que Google resuelve lo que antes resolvía el estudio, que un hilo de Twitter equivale a una tesis y que acumular certificados digitales en LinkedIn reemplaza la formación rigurosaa que forja criterio, no solo empleabilidad.
En ese contexto, la universidad tradicional no los está esperando con las respuestas: los está esperando con las mismas deudas de siempre, los mismos planes de estudio diseñados para un mercado laboral que ya no existe y los mismos títulos que el algoritmo de contratación de Amazon descarta en 0,3 segundos si el formato del CV no es el correcto. Cuatro, cinco o seis años de carrera universitaria para competir con una inteligencia artificial que no duerme, no pide aumento y no necesita seguro médico no es una inversión en el futuro: es una liturgia cara que el sistema mantiene viva porque alguien tiene que pagar los créditos estudiantiles, y porque la ilusión de movilidad social es más barata que la movilidad social real. El título universitario no ha muerto, pero agoniza convertido en lo que siempre fue para muchos: no una herramienta de pensamiento, sino un salvoconducto de clase que ahora ni siquiera abre las puertas que prometía.
El efecto más profundo y menos visible del tecnofeudalismo sobre la Generación Z es cognitivo. El algoritmo no sólo decide qué ven, sino que gradualmente determina cómo piensan sobre lo que ven. TikTok es el caso más radical: no muestra lo que tus amigos comparten, sino lo que el modelo predictivo ha determinado que te mantendrá mirando. El resultado es una identidad retroalimentada por sus propios patrones de atención, una coherencia ilusoria que es en realidad una optimización algorítmica. Saber que el mecanismo existe no lo neutraliza, igual que saber que el azúcar es adictiva no protege del todo de la adicción.
La Generación Z no es simplemente víctima pasiva del tecnofeudalismo: es también su combustible y su potencial contradicción más explosiva. Los mismos jóvenes que producen valor gratuito para Meta organizan movimientos de boicot contra Meta. Los mismos que aspiran a ser creadores articulan con claridad la crítica a la precariedad de ese modelo. El conocimiento crítico está más democratizado que nunca, aunque llega servido como "contenido" dentro de la misma lógica de consumo que pretende cuestionar. Ser consciente del sistema puede funcionar como una válvula de escape que reduce la presión sin cambiar la estructura.
La rebelión es posible ,ninguna generación ha sido incapaz de producir resistencia, pero el tecnofeudalismo copta la disidencia con una eficiencia sin precedentes, casi en tiempo real, dentro de la misma infraestructura donde nació la crítica. Un video de denuncia al capitalismo de plataformas en TikTok genera visualizaciones que enriquecen a ByteDance. Y sin embargo, algo se mueve en las grietas del sistema. No con la velocidad que la urgencia exigiría, pero con una dirección que empieza a ser legible. Los movimientos de trabajadores de plataformas están ganando batallas legales en Europa y América Latina. Las regulaciones sobre monopolios digitales avanzan con una seriedad sin precedentes en Bruselas.
Varios países del Sur Global negocian condiciones de acceso a plataformas desde posiciones menos asimétricas que hace una década. Y en el plano cultural, crece entre los propios jóvenes un escepticismo hacia las redes sociales que no existía cinco años atrás: comunidades de digital minimalism, recuperación de tecnologías analógicas, conversaciones sobre salud mental y atención que ya no ocurren solo en los márgenes, sino en el centro del debate público.
Más significativo aún: la misma generación que el sistema intentó convertir en materia prima está produciendo los marcos conceptuales para nombrar su propia condición. Jóvenes filósofos, economistas, activistas y artistas menores de treinta años están articulando críticas al tecnofeudalismo con una sofisticación que sus predecesores tardaron décadas en alcanzar. No porque sean más inteligentes, sino porque la urgencia es mayor y las herramientas conceptuales están más disponibles. La democratización del conocimiento crítico es real, aunque ocurra dentro de plataformas contradictorias.
El deterioro del núcleo familiar y las grietas en el sistema educativo actual son fenómenos entrelazados que definen esta experiencia. La familia tradicional enfrenta una erosión en sus dinámicas debido a la mediación tecnológica, desplazando la transmisión de valores hacia algoritmos y comunidades virtuales bajo la lógica de este nuevo feudo. Paralelamente, la educación formal atraviesa una crisis de relevancia; mientras los jóvenes exigen un aprendizaje pragmático, el sistema se queda rezagado en modelos industriales que no logran captar la atención de mentes acostumbradas a la inmediatez. Este escenario crea un vacío de autoridad donde la falta de una estructura sólida deja a esta generación en la búsqueda de una identidad propia en un entorno de constante incertidumbre.
La esperanza no reside en que la Generación Z logre un "uso responsable" de la tecnología, ni en que un regulador benevolente desmantele los feudos digitales por decreto. Reside en algo más visceral: en el hecho de que una generación parida por el sistema sea la primera en comprender, con una lucidez quirúrgica, la anatomía de su propio encierro. Conocer los engranajes del feudo desde sus entrañas es una ventaja que el siervo medieval jamás pudo imaginar. Nombrar con precisión las estructuras de poder que nos habitan sigue siendo, hoy como en el siglo XIII, el acto de insurrección más profundo. Y esta generación, entre el ruido del algoritmo y el parpadeo de la pantalla, finalmente está aprendiendo a nombrar.
NO HAY NADA MÁS EXCLUYENTE QUE SER POBRE


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