Por: Ricardo Abud
Una escena define, mejor que ningún discurso, el estado actual de la política exterior de Venezuela. Un comunicado oficial de la Cancillería, publicado para condenar los ataques militares contra uno de sus históricos aliados en Oriente Medio, desapareció silenciosamente de todas las redes y plataformas oficiales horas después de ser publicado. Sin explicación, sin rectificación, sin autocrítica.
Solo el vacío donde antes había palabras. Ese gesto, aparentemente menor, condensa una transformación política de proporciones mayúsculas.
Durante más de dos décadas, el discurso antiimperialista fue el oxígeno ideológico de las autoridades y líderes del chavismo. La narrativa era simple pero efectiva: Venezuela era el faro de la resistencia latinoamericana frente al imperio del norte, y sus alianzas con Cuba, Irán, Siria, China o Rusia y cualquier otro gobierno que se definiera en oposición a Washington no eran simples relaciones diplomáticas sino compromisos históricos, fraternidades de pueblos en lucha. Cuba, en particular, ocupaba un lugar casi sagrado en ese relato. La isla era el modelo, el origen espiritual del proyecto, la demostración viviente de que era posible resistir décadas de bloqueo y presión sin doblar la rodilla. Cada vez que la presión externa arreciaba, el régimen venezolano se envolvía en esa bandera y cargaba con ella ante sus bases.
Ese andamiaje comenzó a desmoronarse no con un gran debate ideológico ni con una crisis de conciencia colectiva, sino con la lógica más prosaica de la supervivencia política. Cuando las circunstancias internacionales cambiaron y la presión del gobierno norteamericano se hizo sentir con fuerza renovada, el régimen eligió, sin titubeos, archivar décadas de retórica. Los mismos funcionarios que meses antes posaban junto a representantes de gobiernos aliados en actos de solidaridad explícita, que calificaban al imperialismo yanqui de enemigo máximo de los pueblos libres, que exigían el cese de acciones hostiles contra aliados estratégicos, enmudecieron de golpe. No hubo transición, no hubo explicación. El discurso simplemente cambió de color como cambia un semáforo.
Lo más revelador no es el giro en sí, sino la velocidad y la desvergüenza con que se ejecutó. En política, los cambios de postura tienen cierta gramática: se esbozan justificaciones, se habla de nuevos contextos, se reencuadra la narrativa para dar la sensación de continuidad. Aquí no hubo nada de eso. El comunicado fue borrado. Cuba dejó de mencionarse como bastión de la dignidad latinoamericana. El cerco imperialista dejó de ser el gran villano del relato. Y en el lugar de todo eso apareció, sin más ceremonia, un nuevo lenguaje de entendimiento con Washington, presentado no como una rendición sino como una apertura, no como una contradicción sino como una evolución natural.
Este fenómeno no puede analizarse únicamente como oportunismo diplomático. Es algo más profundo: la demostración de que el antiimperialismo venezolano nunca fue una convicción arraigada sino un instrumento de poder. Sirvió para cohesionar bases en momentos de crisis, para justificar el aislamiento internacional como virtud soberana, para dotar de épica a un modelo político que, sin ese relato, quedaba reducido a sus resultados concretos, que son devastadores. Cuando ese instrumento dejó de ser útil, cuando mantenerlo en alto tenía un costo mayor que guardarlo, simplemente se guardó.
El régimen aprendió hace mucho que sus bases no exigen coherencia, exigen pertenencia. Y la pertenencia se alimenta de discursos, no de principios. Por eso el cambio no produjo ninguna crisis interna de consideración. Los mismos que aplaudían la resistencia antiimperialista aplaudirán el nuevo pragmatismo, porque el objeto de su lealtad nunca fue una idea sino una estructura de poder que los contiene y los define.
Lo que queda al final de este giro es una pregunta incómoda que el régimen nunca responderá: si el imperialismo era el enemigo histórico irreconciliable, si Cuba era el modelo de dignidad que había que defender a cualquier precio, si las alianzas con otros pueblos en resistencia eran compromisos sagrados, ¿Qué eran entonces todos esos años de discurso? La respuesta, aunque nadie la pronuncie en voz alta, ya la dio ese comunicado que desapareció de la pantalla sin dejar rastro: eran palabras. Solo palabras. Y las palabras, en manos de quienes nunca creyeron en ellas, tienen la vida útil que les conviene.
Lo que verdaderamente destroza y duele no es el cambio de lealtades, la frialdad del cálculo político ni la traición de los poderosos, que al fin y al cabo siempre traicionan. Lo que duele es la gente que creyó y mirar a los ojos a quienes lo dieron todo creyendo en algo: los que repitieron ese discurso con el pecho lleno, los que marcharon, los que defendieron, los que aguantaron el hambre convencidos de que era el precio de una dignidad mayor y sintieron que por fin había un proyecto que los nombraba, que los incluía, que hablaba de dignidad con su misma voz.
Hoy ven cómo todo aquello que se les vendió como convicción era apenas un disfraz que se cambia cuando el sastre manda, mientras ese sacrificio no vale ni el tiempo que tarda en borrarse un comunicado. Se vendió un sueño, se cobró en vidas, en años, en familias rotas, y cuando ya no fue útil, se archivó sin siquiera el decoro de una despedida; porque no hay nada más triste que descubrir que la bandera que uno cargó con orgullo siempre fue, para otros, solo una tela. Eso no es política. Eso es una herida. Y las heridas de los pueblos que creyeron de verdad tardan generaciones en cerrar, si es que alguna vez cierran.
Nota: Desde mi mirada de venezolano, contemplo a Irán y reconozco una dignidad que se sostiene como un muro frente al tiempo y la presión. Yo veo un país que no se quiebra, una nación donde el amor a la tierra trasciende la conveniencia y se convierte en un acto de resistencia pura. En ese espejo, percibo una soberanía que no es un eslogan vacío, sino una identidad viva que late con fuerza propia, recordándome que el orgullo de un pueblo nace de su negativa a ser una pieza más en el tablero ajeno. Para mí, Irán representa esa entereza que no se rinde, el ejemplo de quien prefiere cargar con el peso de su propia historia antes que entregar su destino a manos extrañas.
NO HAY NADA MÁS EXCLUYENTE QUE SER POBRE


0 Comentarios