Por: Ricardo Abud
La selección venezolana de fútbol ha llegado a un punto de inflexión que ya no admite medias tintas ni justificaciones.
Es momento de decir las verdades que nadie quiere escuchar: la Vinotinto no merece el espacio mediático, la cobertura televisiva ni la atención que recibe de manera desproporcionada en comparación con sus resultados.
Mientras otras disciplinas deportivas venezolanas cosechan triunfos internacionales, hacen sonar el himno nacional en ceremonias de premiación y llenan de orgullo a todo un país, el fútbol nacional sigue sumido en la mediocridad, el conformismo y la repetición sistemática de errores que ya se han vuelto una marca registrada.
La crisis de la Vinotinto trasciende los aspectos técnicos y tácticos. Se trata de un problema cultural profundo que ha infectado a toda la estructura de la selección nacional. No existe una mentalidad ganadora, una cultura del sacrificio, del compromiso real con la camiseta y con el país que representan.
Los mismos jugadores que hace ocho años mostraban actitudes sobradas y prepotentes siguen exhibiendo los mismos comportamientos, con la diferencia de que el tiempo ha pasado y los objetivos siguen siendo inalcanzables. Es la definición perfecta de insania: hacer lo mismo una y otra vez esperando resultados diferentes.
Existe un grupo de futbolistas en la selección que se han convertido en verdaderos intocables, blindados por reputaciones construidas más en promesas que en logros concretos. Estos jugadores han perpetuado una cultura de conformismo que se ha vuelto tóxica para el desarrollo del fútbol venezolano.
La selección necesita una limpieza profunda, comenzando por aquellos que se sienten dueños del vestuario pero que nunca han demostrado estar a la altura de las exigencias que requiere una selección con ambiciones mundialistas. No puede seguir premiándose la mediocridad con titularidades automáticas.
El cuerpo técnico actual ha demostrado que no posee las herramientas, la personalidad ni la capacidad de generar el cambio cultural que la selección necesita. Los mismos errores se repiten sistemáticamente: ventajas desperdiciadas, falta de carácter en momentos decisivos, y una incapacidad manifiesta para transmitir una mentalidad ganadora a los jugadores.
La renuncia del actual comando técnico no debería ser una opción, sino una obligación moral hacia un país que ha depositado su confianza y sus recursos en un proyecto que simplemente no funciona. El cambio debió haber ocurrido hace tiempo, después de repetir los mismos patrones de fracaso en encuentros decisivos.
Lo más doloroso de esta situación es ver cómo se ha traicionado la confianza de miles de venezolanos que, con enormes sacrificios económicos, viajan por tierra y aire para llenar estadios y apoyar a una selección que no les corresponde con resultados.
Nueve veces en dos años el pueblo venezolano llenó el estadio de Maturín, pagando sumas considerables de dinero, invirtiendo tiempo y depositando sus ilusiones en un grupo de jugadores que parecen inmunes al dolor que sienten los aficionados cuando los resultados no llegan.
Es desgarrador observar cómo la gente sale de los estadios con la frustración pintada en el rostro, culpando justificadamente a jugadores que no han sabido honrar la confianza depositada en ellos.
Mientras la Vinotinto acapara titulares, tiempo televisivo y recursos mediáticos, otras disciplinas deportivas venezolanas brillan en silencio, conquistando medallas, rompiendo récords y colocando el nombre de Venezuela en lo más alto del podio internacional.
Esta desproporción no solo es injusta, sino que envía un mensaje erróneo a las nuevas generaciones: que el fracaso puede ser premiado con atención mediática, mientras que el éxito real pasa desapercibido.
Venezuela necesita una revolución en su fútbol. No pequeños ajustes o cambios cosméticos, sino una transformación profunda que incluya:
Una renovación total del cuerpo técnico con profesionales que demuestren capacidad para generar cultura ganadora y que no toleren actitudes conformistas. Un proceso de renovación generacional que privilegie el hambre de triunfo sobre las reputaciones infladas. La implementación de estándares de rendimiento y comportamiento que no admitan excepciones ni privilegios.
El fútbol venezolano debe entender una verdad fundamental: el respeto, la atención mediática y el cariño del pueblo se ganan con resultados, no con promesas eternas o discursos vacíos.
Hasta que la Vinotinto no demuestre que puede competir de igual a igual y lograr los objetivos que se propone, no merece el protagonismo que actualmente ostenta. Es hora de que otras disciplinas deportivas, aquellas que sí le cumplen al país y hacen sonar el himno nacional en ceremonias de premiación, reciban el reconocimiento que verdaderamente merecen.
El cambio no puede esperar más. El pueblo venezolano merece una selección que esté a la altura de su pasión y su sacrificio.


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