La lucha por una educación gratuita, democrática y de
calidad en 2012
Los horizontes del movimiento estudiantil
Por: Gabriel
Boric
Le Monde Diplomatique, Chile
El 2011 marcará un antes y un después en la
historia reciente de Chile. Lo dice todo el mundo. Pero lograr hacer de este
“después” que se inicia un ciclo efectivamente distinto al “antes” que se
cierra, es un desafío que está abierto.
Cuán favorable será para las aspiraciones populares el Chile que al calor de las crecientes movilizaciones se empieza a forjar, sólo el desarrollo de las luchas sociales lo podrá determinar. Es algo que está en nuestras manos.
Cuán favorable será para las aspiraciones populares el Chile que al calor de las crecientes movilizaciones se empieza a forjar, sólo el desarrollo de las luchas sociales lo podrá determinar. Es algo que está en nuestras manos.
De nada sirve conformarnos con lo hecho y cruzarnos
de brazos. Nuestro deber es realizar una reflexión colectiva sobre el momento
que vive el país y las tareas que nosotros, como movimiento estudiantil y
también como izquierda, debemos cumplir para contribuir con nuestra rebeldía a
la construcción de nuevas y convergentes fuerzas sociales transformadoras, que
asuman como propia la tarea de cambiar Chile.
Es fácil caer en el vicio de embriagarse con
aspectos superficiales y perder de vista las relaciones de fuerza que determinan
el curso general de las cosas. Ha habido muchas movilizaciones, han caído
ministros, la popularidad del Presidente y los partidos continúan a la baja.
Pero cuidado, sobredimensionar los efectos de nuestras acciones y menospreciar
las de nuestros adversarios puede llevarnos a fallar al momento de definir las
tareas pendientes. Que son muchas.
El movimiento estudiantil ha conquistado un grado de
autoconciencia, organización y disposición de lucha inédito en su historia. Pero
no seamos autocomplacientes. Todavía no ceden los pilares sobre los cuales los
poderosos están parados. Más allá de la magnitud de las movilizaciones y el
descrédito de la clase dirigente, campea una extendida desarticulación social, y
en términos políticos el país todavía continúa preso de “dos derechas” que viven
en otro planeta. Una oficial y otra encubierta, pero derechas al fin y al
cabo.
La santa alianza del neoliberalismo chileno busca
como sea presentar el extendido malestar social como síntoma de que avanzamos al
desarrollo. Tras sus cómodos escritorios, nos dicen que no hay nada de qué
preocuparnos, que nuestra infelicidad es demostración de lo bien que han hecho
las cosas. No quieren ceder ni un centímetro en la defensa de un modelo
educativo basado en el lucro y la competencia, sometido a fin de cuentas a la
ley del dinero.
No pienso únicamente en los tecnócratas del
Gobierno, ni en los exponentes más caricaturescos de la derecha cavernaria, tipo
Cristián Labbé o Jovino Novoa. Los jerarcas de la Concertación siguen siendo más
parte del problema que de la solución, pues en lugar de proponerse superar la
obra del pinochetismo, en educación y otros ámbitos, plantean simplemente cómo
administrarla mejor. De esa forma, sólo acentuarán la concentración de riqueza y
poder en unos pocos sin resolver los problemas que aquejan a las mayorías. El
mejor ejemplo fueron los arrogantes dichos de Ricardo Lagos en enero pasado.
Ante la pregunta sobre cuál era su autocrítica tras el agotamiento del modelo
educacional consolidado durante los gobiernos de la Concertación, el “Tigre del
Sur” (como se titula su último libro sobre él mismo), contestó sin sonrojarse:
“Lo primero es que yo lo puse (el tema) en marzo, antes de que los estudiantes
estuvieran en la calle. ¿Estamos? ¿Y por qué tengo que hacer una autocrítica?”
(1).
Los ejemplos sobran. El punto es que siguen
existiendo grandes obstáculos para hacer realidad las aspiraciones mayoritarias
del país por una educación al servicio de la realización individual y colectiva
de los ciudadanos, concebida por tanto como un derecho y no como un negocio. Son
todavía muchos los muros por derribar y muchas las incapacidades propias que
resolver. Identificarlas es tener la mitad del problema resuelto.
Superar la camisa de fuerza
pinochetista
Lo primero es hacerle ver al país la real magnitud
de la transformación necesaria para responder a los anhelos de una ciudadanía
cada día más movilizada. En lo educacional, la demanda por una Reforma Integral,
fundada en el fortalecimiento de la educación pública y una firme regulación del
sector privado -ampliamente respaldada en la sociedad- no es procesable en los
marcos del modelo actual. Exigen su redefinición, un cambio de paradigma. He ahí
el sentido de los cambios a implementar.
Las principales fuerzas políticas y sus centros de
pensamiento no han recogido ese guante, pues todavía operan bajo la idea de
introducir ajustes al modelo heredado de los 80. Así, sacan su discusión del
debate y contribuyen a naturalizar la política social de la dictadura, basada
fundamentalmente en el principio de subsidio a la demanda y su consecuente
traducción en la política pública: la focalización del gasto social.
La aplicación de este principio ha resultado
nefasta, pues tiene como consecuencias directas el aumento de la segregación, el
imperio de la capacidad de pago de las familias como criterio rector del acceso
a una educación de calidad y el encarecimiento de la educación ante su
subordinación al hambre de lucro del empresariado. Implica además negar
instituciones que forjen vínculos comunes en la sociedad. Una suerte de suicidio
colectivo. Una involución social.
Los argumentos utilizados para naturalizar la
política social subsidiaria son francamente débiles. Que todos los países
desarrollados, o en vías de, caminan en esa dirección. Falso. Es cosa de mirar
nuestra región o los países más igualitarios de Europa. ¿Alguien de verdad se
atreve a sostener que Finlandia o Brasil están mirando a Chile para saber qué
hacer con su educación? Los mismos que lo dicen ante la opinión pública
reconocen que no es así en los pasillos del Congreso o de cualquier seminario
serio. Que la política universalista es muy cara. Argumento muy extendido, que
en el fondo no niega la deseabilidad de esta política, sólo dice que es una
cuestión de recursos. Que la focalización es deseable, porque el Estado no puede
ayudar a los que “tienen más”. Este es un argumento ideológico. Los
verdaderamente ricos son tan pocos en Chile que financiarles la educación a sus
hijos tiene bajísimo impacto. Pero además, es deseable hacerlo, para que los
jóvenes de todas las clases sociales se formen en ambientes heterogéneos y
puedan así forjarse vínculos comunes. Que los más ricos y sus empresas no paguen
impuestos es otra cosa, he ahí el problema.
Nuestro rol, por tanto, es apuntar a cambiar la
esencia del modelo, no tan sólo sus excesos. Debemos pasar del reinado
autoritario del principio de subsidio al mercado al principio de universalidad
garantizada por el Estado. ¿Razones? Muy simple: queremos que Chile sea un país
inclusivo, más igualitario y que adopte un modelo de desarrollo integral y
autosustentable, para lo cual es imprescindible liberar la producción de
conocimiento del interés egoísta del mercado.
Un movimiento unitario, audaz y
transformador
Pero pasar a una nueva fase en la movilización
requiere que aprendamos de nuestros errores. Como certeramente lo señaló Sergio
Grez, en su artículo de Le Monde Diplomatique “Chile 2012: el movimiento
estudiantil en la encrucijada”, debemos sortear los peligros que acechan a
diestra y siniestra (2). Por un lado, la confianza ingenua en una
institucionalidad que ahoga toda búsqueda por superar el legado dictatorial nos
deja como vagón de cola del oportunismo del establishment y nos hace olvidar que
nuestra fuerza radica en la amplitud social de nuestro movimiento y en la
movilización que seamos capaces de sostener.
Y por otro, la idealización también ingenua de la
acción marginal, el “culto a la violencia ciega” y la pirotecnia de minorías que
se piensan capaces de suplantar la acción colectiva por actos de iluminados.
Este frecuente vicio nos aísla e impide forjar vínculos sólidos con el conjunto
de la sociedad.
Ambos extremos son funcionales a las estrategias de
desactivación y división del movimiento que han puesto en acción los poderosos.
Nuestra respuesta debe ser una sola: construir un movimiento social por la
educación ni disperso ni monolítico, sino unitario. De eso se tratan nuestros
esfuerzos por ampliar la Confech para transformarla, de a poco pero a paso
firme, en una organización más democrática, dinámica y efectivamente
representativa de todos los estudiantes universitarios de Chile, estudien donde
estudien. En esto, ya hemos avanzado con la inclusión de muchas federaciones de
instituciones privadas y la preparación de un Congreso Refundacional.
De eso se trata también la nueva forma de relación
que queremos establecer entre estudiantes universitarios y secundarios, buscando
recomponer las confianzas para actuar en unidad. No queremos imponer la agenda
de los universitarios, de un determinado sector político ni los momentos o
formas de movilización. Queremos respetar la autonomía de todos los espacios
organizativos y avanzar a una efectiva y franca coordinación. Divididos seremos
derrotados, la unidad es necesaria para tener más fuerza pero sobre todo porque
si no cruza a todos los niveles educativos, no hay reforma integral posible.
Debemos también darle mayor coherencia a nuestra
agenda de demandas. No queremos resolver problemas particulares, sino cambiar la
educación porque queremos cambiar la sociedad. No se trata de armar un petitorio
como quien escribe una lista para ir al supermercado. Nuestra agenda de demandas
debe prefigurar la nueva sociedad por la cual luchamos. Una sociedad basada en
la realización de las aspiraciones populares y la emancipación social,
intelectual y política de las mayorías.
Proponemos y exigimos pues, una gran transformación.
Basada en el principio de universalidad del derecho a la educación y en el
fortalecimiento y la expansión de la educación pública en todos sus niveles.
Reconociendo la democratización de todas las instituciones educativas como un
paso ineludible si queremos un país de ciudadanos, soberano. Bregando por una
regulación firme como política de Estado del sector privado de la educación
superior, para frenar los atropellos a sus estudiantes y la subordinación de sus
instituciones a intereses particulares. Y considerando la urgencia de producir
conocimiento e innovación de avanzada con sentido país y vocación de
desarrollo.
Estas son las convicciones que sostienen nuestro
compromiso con la consigna de Educación gratuita, democrática y de calidad. No
sólo no retrocederemos un paso de las banderas ondeadas el año pasado ni
flaquearemos en su defensa. Nuestra elección irrenunciable es avanzar para
continuar abriendo caminos que ensanchen los alcances de los cambios que la
sociedad reclama. No escucharemos más sermones ni llamados al descanso. Esto
recién comienza.
1. Ver Revista Qué Pasa, 26 de enero 2012, “¿Y por
qué tengo que hacer una autocrítica?”,
http://www.quepasa.cl/articulo/politica/2012/01/19-7614-9-y-por-que-tengo-que-hacer-una-autocritica.shtml
2. Ver “Chile 2012: El movimiento estudiantil en la
encrucijada”, Sergio Grez Toso, Edición chilena de Le Monde Diplomatique,
enero-febrero de 2012.
*Presidente de la Federación de Estudiantes de la
Universidad de Chile (FECH)


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