La revolución, una batalla que trasciende "el cuchillo y el tenedor"
Por: MartĆn GuĆ©dez
Nuestra Rosa Luxemburgo comparaba una Revolución con una locomotora, cuando no avanza inevitablemente retrocede, se precipita en el abismo de las esperanzas fallidas "El socialismo no es, precisamente, un problema de cuchillo y tenedor, sino un movimiento de cultura, una grande y poderosa concepción del mundo...”
AdvertĆa en Carta a Franz Mehring. Ciertamente las locomotoras –al menos las de su tiempo- debĆan discurrir sobre dos rieles. Si uno de ellos se debilitaba la locomotora se precipitaba y descarrilaba, las revoluciones tambiĆ©n. Una Revolución (con mayĆŗscula) se sostiene y fortalece en esa relación inmanente entre lo material y lo espiritual.
Las conquistas materiales junto a la transformación de las relaciones de producción, distribución y consumo de bienes necesarios para una vida digna son imprescindibles porque son la fuente de la injusticia y la base generadora de la conciencia, eso nadie puede ponerlo en duda, pero “en vano se esfuerzan los albaƱiles si no colocan los cimientos de la casa” y el cimiento de la casa es el rescate de cuanto de humano hay en el hombre, el cimiento estĆ” en la conversión del hombre “lobo del hombre” en el hombre hermano del hombre. Es por tanto una batalla que trasciende “el cuchillo y el tenedor” para colocarse en el orden superior de la espiritualidad humana, de lo cultural, de lo Ć©tico aplastado por la cultura capitalista. Si nos empeƱamos –aĆŗn con Ć©xito- en satisfacer necesidades materiales sin abordar la espiritualidad del ser humano que disfrutarĆ” de esas conquistas estamos perdidos. Si no superamos el carĆ”cter transaccional –me das y te quiero, me fallas y me voy con el enemigo- estaremos criando cuervos.
El reformismo pequeƱoburguĆ©s es muy hĆ”bil en sus estrategias diluyentes de la espiritualidad socialista que termina llevando aguas a los molinos del capitalismo. Siempre dispone de atractivos estratagemas para presentar sus propuestas como deseables, amables y pertinentes para el pueblo mĆ”s humilde. No demanda sacrificios, ni disciplina, ni abnegación, ni generosidad, ni conciencia del deber social. Un irresistible veneno para conciencias dĆ©biles y colonizadas por siglos de moral capitalista. No podemos evitar que seamos lo que hemos aprendido y hemos aprendido –por milenios- a tener Ć©xito vendiĆ©ndonos como mercancĆa. Hemos aprendido a tener Ć©xito en la medida en que dejamos de ser humanos y devenimos en mercancĆa de cambio y con precio. Hemos aprendido que para malvivir hemos de vender nuestro tiempo, nuestra vida, nuestras esperanzas y nuestros sueƱos.
La batalla es, por tanto, muy dura y no se ganarĆ” jamĆ”s con sucedĆ”neos y concesiones a la espiritualidad capitalista basada en la cosificación del espĆritu. La Revolución tiene que combatir con las armas afiladas e irresistibles de su espiritualidad. Todo tiene que estar impregnado de ella. El trabajo, la educación, el arte, la mĆŗsica, la poesĆa, la literatura, el deporte, la convivencia en el barrio, todo… La Revolución debe superar la postrada condición de hombre-mercancĆa, de hombre-transacción, de hombre-consumidor y hacer descubrir en Ć©l, el hombre pleno, el hombre solidario, el hombre capaz de trascenderse a sĆ mismo en el encuentro con su condición humana cercenada por el capitalismo.
La Revolución debe avanzar por encima de los cosmĆ©ticos y los afeites del reformismo hasta derrotar la cultura y el sistema capitalista. A la batalla debemos ir con las armas vivificadoras y redentoras del Socialismo. No debe haber lugar para matices o medias tintas, o se estĆ” con el imperio y la burguesĆa o se estĆ” con la patria, con la Revolución y con el socialismo. En la trinchera de las ideas, con claridad y firmeza, en la otra trinchera, en la de las conspiraciones, invasiones, o incluso en las elecciones, con nuestra firmeza ideológica, con conciencia de clase blindada, sin blandenguerĆas ni concesiones pequeƱoburguesas. Cuando el Libertador emprendió la heroica tarea de derrotar al imperialismo espaƱol lo hizo deslindando los campos entre los partidarios del imperio y los patriotas. Entendió claramente que esa delimitación de trincheras era imprescindible. El decreto de guerra a muerte es una prueba palpable. De esta manera derrotó las conciliaciones con la esencia del imperio: su sistema. Nosotros debemos hacer exactamente lo mismo: deslindar las fronteras. Somos socialistas y anticapitalistas, somos patriotas y antiimperialistas. No debemos dejar lugar para las vacilaciones entreguistas. El capitalismo no tendrĆ” piedad para arrasarnos y masacrarnos en cuanto encuentre la primera oportunidad. (Libia es un libro abierto)
CON CHĆVEZ HACIA EL SOCIALISMO
¡SOCIALISMO O BARBARIE!
¡VENCEREMOS!
Por: MartĆn GuĆ©dez
Nuestra Rosa Luxemburgo comparaba una Revolución con una locomotora, cuando no avanza inevitablemente retrocede, se precipita en el abismo de las esperanzas fallidas "El socialismo no es, precisamente, un problema de cuchillo y tenedor, sino un movimiento de cultura, una grande y poderosa concepción del mundo...”
AdvertĆa en Carta a Franz Mehring. Ciertamente las locomotoras –al menos las de su tiempo- debĆan discurrir sobre dos rieles. Si uno de ellos se debilitaba la locomotora se precipitaba y descarrilaba, las revoluciones tambiĆ©n. Una Revolución (con mayĆŗscula) se sostiene y fortalece en esa relación inmanente entre lo material y lo espiritual.
Las conquistas materiales junto a la transformación de las relaciones de producción, distribución y consumo de bienes necesarios para una vida digna son imprescindibles porque son la fuente de la injusticia y la base generadora de la conciencia, eso nadie puede ponerlo en duda, pero “en vano se esfuerzan los albaƱiles si no colocan los cimientos de la casa” y el cimiento de la casa es el rescate de cuanto de humano hay en el hombre, el cimiento estĆ” en la conversión del hombre “lobo del hombre” en el hombre hermano del hombre. Es por tanto una batalla que trasciende “el cuchillo y el tenedor” para colocarse en el orden superior de la espiritualidad humana, de lo cultural, de lo Ć©tico aplastado por la cultura capitalista. Si nos empeƱamos –aĆŗn con Ć©xito- en satisfacer necesidades materiales sin abordar la espiritualidad del ser humano que disfrutarĆ” de esas conquistas estamos perdidos. Si no superamos el carĆ”cter transaccional –me das y te quiero, me fallas y me voy con el enemigo- estaremos criando cuervos.
El reformismo pequeƱoburguĆ©s es muy hĆ”bil en sus estrategias diluyentes de la espiritualidad socialista que termina llevando aguas a los molinos del capitalismo. Siempre dispone de atractivos estratagemas para presentar sus propuestas como deseables, amables y pertinentes para el pueblo mĆ”s humilde. No demanda sacrificios, ni disciplina, ni abnegación, ni generosidad, ni conciencia del deber social. Un irresistible veneno para conciencias dĆ©biles y colonizadas por siglos de moral capitalista. No podemos evitar que seamos lo que hemos aprendido y hemos aprendido –por milenios- a tener Ć©xito vendiĆ©ndonos como mercancĆa. Hemos aprendido a tener Ć©xito en la medida en que dejamos de ser humanos y devenimos en mercancĆa de cambio y con precio. Hemos aprendido que para malvivir hemos de vender nuestro tiempo, nuestra vida, nuestras esperanzas y nuestros sueƱos.
La batalla es, por tanto, muy dura y no se ganarĆ” jamĆ”s con sucedĆ”neos y concesiones a la espiritualidad capitalista basada en la cosificación del espĆritu. La Revolución tiene que combatir con las armas afiladas e irresistibles de su espiritualidad. Todo tiene que estar impregnado de ella. El trabajo, la educación, el arte, la mĆŗsica, la poesĆa, la literatura, el deporte, la convivencia en el barrio, todo… La Revolución debe superar la postrada condición de hombre-mercancĆa, de hombre-transacción, de hombre-consumidor y hacer descubrir en Ć©l, el hombre pleno, el hombre solidario, el hombre capaz de trascenderse a sĆ mismo en el encuentro con su condición humana cercenada por el capitalismo.
La Revolución debe avanzar por encima de los cosmĆ©ticos y los afeites del reformismo hasta derrotar la cultura y el sistema capitalista. A la batalla debemos ir con las armas vivificadoras y redentoras del Socialismo. No debe haber lugar para matices o medias tintas, o se estĆ” con el imperio y la burguesĆa o se estĆ” con la patria, con la Revolución y con el socialismo. En la trinchera de las ideas, con claridad y firmeza, en la otra trinchera, en la de las conspiraciones, invasiones, o incluso en las elecciones, con nuestra firmeza ideológica, con conciencia de clase blindada, sin blandenguerĆas ni concesiones pequeƱoburguesas. Cuando el Libertador emprendió la heroica tarea de derrotar al imperialismo espaƱol lo hizo deslindando los campos entre los partidarios del imperio y los patriotas. Entendió claramente que esa delimitación de trincheras era imprescindible. El decreto de guerra a muerte es una prueba palpable. De esta manera derrotó las conciliaciones con la esencia del imperio: su sistema. Nosotros debemos hacer exactamente lo mismo: deslindar las fronteras. Somos socialistas y anticapitalistas, somos patriotas y antiimperialistas. No debemos dejar lugar para las vacilaciones entreguistas. El capitalismo no tendrĆ” piedad para arrasarnos y masacrarnos en cuanto encuentre la primera oportunidad. (Libia es un libro abierto)
CON CHĆVEZ HACIA EL SOCIALISMO
¡SOCIALISMO O BARBARIE!
¡VENCEREMOS!

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