Revolución o reforma en Cuba

Revolución o reforma en Cuba
Por: Enrique Ubieta


Dentro de pocos meses la Revolución cubana cumplirĆ” su primer medio siglo de haberse declarado socialista. ExistĆ­a en el paĆ­s una tradición revolucionaria que se remontaba a los orĆ­genes de la nación: las necesidades vitales (económicas) de la población nacida en la colonia -de la esclava, por supuesto, de ascendencia africana o asiĆ”tica, por momentos mayoritaria; pero tambiĆ©n de la criolla, hija de peninsulares e isleƱos espaƱoles–, solo podĆ­an ser satisfechas desde presupuestos Ć©ticos.
Hasta que esas necesidades no cuajaron en moldes justicieros, no se fraguó el sentimiento independentista.

El primer acto en pos de la independencia, fue inevitablemente de justicia: la liberación de los esclavos. Una rara identidad de lo Ć©tico y de lo Ćŗtil engendraba la Patria. JosĆ© MartĆ­ hablarĆ­a dos dĆ©cadas despuĆ©s de “la utilidad de la virtud”. Cuando le correspondió organizar la nueva guerra, no habló de nación -un concepto viciado por sus usos metropolitanos, y por reivindicaciones raciales–, sino de Patria, que era, decĆ­a, Humanidad. Y paradójicamente, no creó un Partido Independentista, sino uno que nombró, para siempre, Revolucionario.

Una importante cualidad animaba el pensamiento martiano, profundamente revolucionario: hombre culto, de fina sensibilidad y extraordinarios conocimientos cientĆ­ficos, MartĆ­ rechazó el materialismo vulgar, en el fondo idealista, del positivismo, al que se adherĆ­an muchos de sus coetĆ”neos. HabĆ­a en MartĆ­ un “loco” indomable, que rechazaba de forma casi instintiva el acatamiento pasivo de los “hechos” sociales: si algĆŗn antecedente tuvo la frase convertida en graffiti por una mano anónima en una calle parisina del 68 del siglo siguiente, esa que pedĆ­a que fuĆ©semos realistas, e hiciĆ©ramos lo imposible, fue quizĆ”s el realismo polĆ­tico del decimonónico MartĆ­.

En algĆŗn texto he propuesto una diferenciación conceptual entre el “deber ser” y el “poder ser” martiano; el primer concepto ignora la realidad en todas sus facetas -lo visible, lo fĆ”ctico, y lo posible, lo latente–, para aferrarse a un ideal no ratificado por la prĆ”ctica, y ajustar artificialmente la realidad al modelo; el segundo, parte de la existencia de diferentes posibilidades latentes en la sociedad, todas reales, aunque no totalmente manifiestas, y de la certeza de que la realización de cualquiera de ellas puede y debe impulsarse de forma conciente. Los positivistas recolectaban datos, y en nombre de la ciencia, al decir de MartĆ­ y con verbo de su invención, “insecteaban por lo concreto”; en oposición, pedĆ­a un vuelo de cóndor, en el que participase la intuición como forma del saber. Los positivistas eran esencialmente reformistas, JosĆ© MartĆ­ fue un revolucionario.

¿Y esto quĆ© tiene que ver con el socialismo cubano? El hilo de Ariadna solo sirve para encontrar el pasado, jamĆ”s para hallar el futuro; el presente aĆŗn puede conducir a diferentes futuros. Decir, como alegan sus enemigos, que la Revolución se ha inventado una historia teleológica, es una mala treta. Salto por sobre simplificaciones y esquematismos manualescos, siempre presentes: la Revolución cubana cuenta con una sólida tradición histórica. Tanto es asĆ­, que algunos ideólogos de la contrarrevolución propusieron en los noventa la existencia de dos lĆ­neas matrices en paralelo (necesitados ellos de una): la moderna, capitalista, que transitaba por los diversos reformismos -en la Cuba decimonónica, el anexionismo y el autonomismo, y en la del siglo XX, un capitalismo dependiente que finalmente se adherĆ­a a posturas neo-anexionistas o neo-autonomistas–, y que partĆ­a de los primeros patricios blancos, en los que aĆŗn la justicia y el interĆ©s de clase no se fundĆ­an, y llegaba hasta los actuales empresarios cubano americanos, en los que ya nunca la una y los otros encontrarĆ”n espacio comĆŗn; y por la otra, la que llamaron antimoderna, utópica -en un sentido despectivo–, por anticapitalista, en la que juntaron sin recato y con razón a MartĆ­ y a Fidel.

En la historia de Cuba dos conceptos adquirieron un sentido opuesto, excluyente: la Revolución fundacional, propiciadora del nacimiento de la Patria, y la Reforma conservadora, asidero de una elite entreguista, antinacional. El espíritu revolucionario que necesitaba la independencia y el reformista, que necesitaba la dependencia. Los autonomistas finiseculares que clamaban por la hispanidad imperecedera de Cuba, cuando las únicas alternativas fueron la Anexión a Estados Unidos o la Independencia Absoluta, optaron por la primera.

En una carta inĆ©dita del 3 de septiembre de 1899, dirigida al anexionista cubano-americano JosĆ© Ignacio RodrĆ­guez -que se conserva en los archivos de la Biblioteca del Congreso en Washington–, el presidente del Partido Liberal Autonomista cubano, JosĆ© MarĆ­a GĆ”lvez expresaba en tono conspirativo: “La independencia absoluta es la ilusión del dĆ­a fomentada por los ‘patrioteros’ y acariciada por la turba mulata. Conviene desvanecerla antes de emprender la demostración de que Ć” la anexión ha de llegarse de todos modos, Ć” la manera que para los católicos por todos los caminos se va a Roma. Creo haberte dicho antes y repito ahora que suspiran por la anexión todos los que tienen algo que perder, los que aspiran Ć” adquirir, y la masa general de espaƱoles”. De cualquier manera, para el que quiera ver por el ojo de la cerradura la reconstrucción de la historia que harĆ­a una victoriosa contrarrevolución cubana, asómese a las actuales sociedades este-europeas.

Pero la tradición revolucionaria en Cuba habĆ­a recorrido tambiĆ©n los caminos del marxismo en la primera mitad del siglo XX. Importantes intelectuales cubanos como Mella, MartĆ­nez Villena y Marinello, por solo citar a tres, fueron dirigentes partidistas; otros, colaboradores o simpatizantes del Partido. Los obreros cubanos y los estudiantes mostraban una impresionante plĆ©yade de mĆ”rtires y de lĆ­deres mĆ”s o menos cercanos a los ideales socialistas. La ola revolucionaria de 1959 -antecedida por la del 33, que no tuvo una fuerza centrĆ­fuga que halara a sus diversos componentes–, unió esta vez a todos: las divergencias y los sectarismos fueron barridos por los acontecimientos, y los pocos que no fueron capaces de superar viejos rencores o ansiados protagonismos, desaparecieron del entramado histórico.

La gesta libertaria del Movimiento 26 de julio fue nuevamente un desafĆ­o a lo aparentemente imposible: asaltos al cielo, travesĆ­as marĆ­timas y desembarcos fantasmales, y la frase de Fidel al reunir apenas a ocho sobrevivientes del desembarco y siete fusiles, frente a un ejĆ©rcito bien armado y la previsible hostilidad del imperialismo mĆ”s poderoso de la Tierra, “¡ahora sĆ­ ganamos la guerra!”. Del programa esbozado en La Historia me absolverĆ”, pasando por la Primera Declaración de La Habana, hasta el dĆ­a 16 de abril de 1961 en que se proclama el carĆ”cter socialista de la Revolución, han transcurrido veloces los acontecimientos. Una Revolución que transitó del anticolonialismo del siglo XIX al antiimperialismo del XX, era necesariamente anticapitalista. Buscar explicaciones externas al proceso, especular sobre las consecuencias que hubiese tenido una reacción mĆ”s comprensiva por parte del gobierno estadounidense, es ignorar la naturaleza de los sucesos y de sus protagonistas: o era anticapitalista o no era. Fidel lo explica asĆ­ en el Editorial del nĆŗmero inicial de la revista Cuba Socialista, en septiembre de 1961: “El 16 de abril, cuando acompaƱƔbamos a las vĆ­ctimas del cobarde ataque aĆ©reo del dĆ­a anterior, puestas en tensión todas las fuerzas nacionales, respirĆ”ndose ya la atmósfera de la agresión inminente, en vĆ­spera de la batalla contra el imperialismo que todo el mundo adivinaba, se proclamó el carĆ”cter socialista de la Revolución.

La Revolución no se hizo socialista ese dĆ­a. Era socialista en su voluntad y en sus aspiraciones definidas, cuando el pueblo formuló la Declaración de La Habana. Se hizo definitivamente socialista en las realizaciones, en los hechos económicos-sociales cuando convirtió en propiedad colectiva de todo el pueblo los centrales azucareros, las grandes fĆ”bricas, los grandes comercios, las minas, los transportes, los bancos, etc. El germen socialista de la Revolución se encontraba ya en el Movimiento del Moncada, cuyos propósitos, claramente expresados, inspiraron todas las primeras leyes de la Revolución. (…) Y dentro de un rĆ©gimen social semi-colonial y capitalista como aquel, no podĆ­a haber otro cambio revolucionario que el socialismo, una vez que se cumpliera la etapa de la liberación nacional”

La brĆŗjula de navegación marcaba la ruta del Este europeo, pero nuestros padres, mĆ”s que al hipotĆ©tico lugar de llegada, miraban al de partida, con sus tareas sociales pendientes y sus poderosos enemigos al acecho. El comando que se hizo de la embarcación no provenĆ­a del Partido (Comunista) -muy bien organizado en Cuba, con una historia heroica, pero demasiado enredado en los saberes de su tiempo y en las tĆ”cticas de lo inmediato–, y no traĆ­a manuales de navegación. Eran jóvenes irreverentes, melenudos y barbudos, que despreciaban las normas burguesas de comportamiento e invadĆ­an con sus botas guerrilleras los salones de la burguesĆ­a derrotada; estadistas que al ser rechazados en los hoteles neoyorkinos de lujo, amenazaban con instalarse en carpas improvisadas en los jardines de Naciones Unidas o aceptaban gustosos una habitación en un modesto hotel del barrio negro de Harlem (eran tiempos de segregación racial legalizada en Estados Unidos). Pero no eran hombres y mujeres polĆ­ticamente inmaduros; Fidel, en especĆ­fico, habĆ­a leĆ­do concienzudamente textos de Marx y Lenin, de historia, conocĆ­a en profundidad la realidad de su paĆ­s -la visible y la latente–, poseĆ­a un optimismo revolucionario arrollador (solo es posible, lo que se cree posible), y un instinto polĆ­tico poco comĆŗn.

Como todos, vivió el diario, acelerado aprendizaje, que propicia una Revolución. En ellos es norma el apego a un código Ć©tico estricto que se expresó desde los dĆ­as de la Sierra en el trato a los prisioneros enemigos y a los campesinos del entorno, y despuĆ©s, en la relación con el pueblo y en los compromisos internacionales. A pesar de ello, dijo Fidel hace cinco aƱos y repitió en dĆ­as pasados, “entre los muchos errores que hemos cometido todos, el mĆ”s importante error era creer que alguien sabĆ­a de socialismo, o que alguien sabĆ­a de cómo se construye el socialismo”. Pero tambiĆ©n dijo: “¿QuĆ© sociedad serĆ­a esta, o quĆ© digna de alegrĆ­a cuando nos reunimos en un lugar como este, un dĆ­a como este, si no supiĆ©ramos un mĆ­nimo de lo que debe saberse, para que en esta isla heroica, este pueblo heroico, este pueblo que ha escrito pĆ”ginas no escritas por ningĆŗn otro en la historia de la humanidad preserve la Revolución?” Porque hay que decir que el socialismo cubano nunca dejó de buscarse, de rectificarse, de recomenzarse: cada dĆ©cada marca de alguna manera un nuevo comienzo, una nueva bĆŗsqueda.

Suele decirse con malévola intención o desconocimiento, que las masas enardecidas que acompañan a un proceso revolucionario carecen de voluntad propia. En realidad, solo una Revolución es capaz de transformar a las masas en colectivos de individualidades, solo un proceso revolucionario convierte a los individuos en sujetos, en actores de su destino.

La escena de la película Madagascar en la que la protagonista se busca inútilmente en una foto aérea de una concentración masiva publicada en un periódico de la época, convencida de que se hallaría en ella, es muy reveladora: esa mujer no concebía que su rostro no apareciese, porque se sentía protagonista de aquel suceso, por mÔs que estuviese acompañada por un millón de cubanos.

El heroĆ­smo individualizado y el heroĆ­smo anónimo son dos expresiones, a veces complementarias, a veces contrapuestas, de una Revolución. Una Revolución es el proceso mediante el cual las masas empiezan a conformar colectividades de individuos. En la medida en que ese proceso se complete o deshaga, triunfa o fracasa. En Cuba, dice el Che, “este ente multifacĆ©tico no es, como se pretende, la suma de elementos de la misma categorĆ­a (reducidos a la misma categorĆ­a, ademĆ”s, por el sistema impuesto), que actĆŗa como un manso rebaƱo”. No obstante, continĆŗa, “vistas las cosas desde un punto de vista superficial, pudiera parecer que tienen razón aquellos que hablan de la supeditación del individuo al Estado; la masa realiza con entusiasmo y disciplina sin iguales las tareas que el gobierno fija (…)”. Y avanza una hipótesis de trabajo verdaderamente revolucionaria: “Lo difĆ­cil de entender para quien no viva la experiencia de la Revolución es esa estrecha unidad dialĆ©ctica existente entre el individuo y la masa, donde ambos se interrelacionan y, a su vez la masa, como conjunto de individuos, se interrelaciona con los dirigentes”.

Uno de los aportes y de las fortalezas del socialismo cubano, ha sido esa relación mĆŗltiple: la masa y cada individuo de una parte; la masa como conjunto de individuos y sus principales dirigentes, de la otra. Vuelvo sobre un ejemplo que suelo utilizar por su ejemplaridad: el Gobierno revolucionario podĆ­a tomar la decisión de enviar azĆŗcar al pueblo chileno en Ć©poca de la Unidad Popular, pero Fidel se dirigió a ese millón de cubanos que protagonizaba la Revolución con su presencia en la Plaza, y le preguntó, ¿estĆ” cada uno de ustedes, en disposición de donar una libra de azĆŗcar de la que reciben por la libreta de abastecimiento al pueblo chileno? La inmensa mayorĆ­a de los presentes levantó conmovido su brazo, en seƱal de aprobación. Cada ciudadano, de forma individual, como si se tratara de un acuerdo entre vecinos, donaba parte de su escasa cuota de azĆŗcar a un pueblo hermano. Los Lineamientos Económicos y Sociales que debatirĆ” y aprobarĆ” el próximo Congreso del Partido se discutirĆ”n antes en todos los centros de trabajo y vecindarios del paĆ­s. No es la primera vez, ha sido una prĆ”ctica comĆŗn en nuestra historia revolucionaria.

Siendo como fue una Revolución autĆ©ntica, la cubana nunca se percibió -y la verdad, tampoco hubiese podido hacerlo, aĆŗn de querer–, como asunto interno: fue Primer Territorio Libre de AmĆ©rica, y en esencia, un eslabón de la Revolución mundial. Por primera vez en la historia, la vocación internacionalista de un estado revolucionario no se ejercĆ­a desde los presupuestos, los prejuicios o los intereses de un paĆ­s de mayor desarrollo, hacia paĆ­ses o regiones de menor desarrollo. Cuba alzó la vista hacia sus hermanos de infortunio como un igual: de pobre a pobre, de ex colonia a colonia. Y sobrevivió, por cierto a los llamados “hermanos mayores” de Europa: hoy la Revolución cubana tiene mĆ”s edad de la que tenĆ­an esos estados cuando se desmoronaron.

El internacionalismo cubano se practicó como deber, no como favor. Compartió mĆ©dicos, maestros, soldados, guerrilleros. Por eso acostumbraba a recibir la solidaridad con agradecimiento, convencida de que no recibĆ­a un favor, sino un trato justo. Fidel fundó como estadista una nueva prĆ”ctica del internacionalismo, ajena a todo interĆ©s geopolĆ­tico, que se nutre del humanismo revolucionario, pero rechaza toda pretensión ideologizante -o evangelizadora de una doctrina revolucionaria–, salvo aquella que emana del ejemplo, como dirĆ­a el Che. La Internacional comunista dispersaba a sus emisarios sin duda heroicos por el mundo, con una misión “evangelizadora”, similar en su carĆ”cter, aunque diferente en propósitos, a la del misionero católico o protestante.

El mĆ©dico cubano no habla de polĆ­tica, cura a ricos y a pobres, a neoliberales y a comunistas, a niƱos y a delincuentes; puede colaborar incluso con autoridades sanitarias de gobiernos fascistas si de salvar vidas se trata -como ocurrió en la Nicaragua de Somoza, en los dĆ­as posteriores al terremoto–, o con instituciones de estados con los que no existen ni se reclaman relaciones diplomĆ”ticas. En 1991 sobrevino el Derrumbe: del horizonte, de la moda revolucionaria, para los que siempre navegan segĆŗn la corriente, de las relaciones comerciales mĆ”s justas. El bloqueo cerró todas las puertas y apagó la luz, no solo la elĆ©ctrica. Miles de cubanos salimos cada dĆ­a en bicicletas al trabajo, llevando en la parrilla a la esposa y al hijo pequeƱo, dejando en casa, pospuestos, muchos proyectos de vida que parecĆ­an factibles. En momentos de momentĆ”nea pĆ©rdida del sentido de orientación, nuestra Revolución conservó sin embargo la pequeƱa llama que evitó el congelamiento.

El socialismo cubano reorientó sus esfuerzos a la sobrevivencia de las mÔs elementales conquistas; aún así, en 1998, cuando la palabra internacionalismo parecía olvidada, dispersó sus guerrillas médicas por Centroamérica y Haití e inició una nueva etapa de labor solidaria. Ese año marcó también el triunfo electoral de Hugo ChÔvez en Venezuela y el inicio de una nueva era de revoluciones constitucionales en América Latina. La dura batalla por la sobrevivencia de Cuba y su defensa de los principios socialistas e internacionalistas, permitieron a la postre ese renacimiento colectivo.

¿Es el socialismo cubano un hecho histórico del siglo XX?, ¿existe un socialismo del siglo XXI que lo relega al pasado, para estudio de academias?, ¿fracasó el socialismo cubano? MĆ”s de veinte aƱos despuĆ©s de la caĆ­da de los otros, Cuba reajusta su economĆ­a, buscando acomodar sus fuerzas, esencialmente humanas, en un mundo hostil, y en circunstancias revolucionarias diferentes. ¿Es obsoleto el concepto de Revolución? No voy a recordar la definición fidelista, que lo ubica en un plano esencialmente Ć©tico. De alguna manera, los cubanos parecemos mĆ”s centrados y terrenales ahora, pero nuestros sueƱos escritos y nuestras realizaciones colosales permanecen intactos; Esta es una Revolución que hizo posible lo imposible en un pequeƱo paĆ­s del Tercer Mundo, permanentemente sometido a un bloqueo económico y a una guerra mediĆ”tica: con Ć­ndices de educación y salud del Primer Mundo, Cuba estableció pautas en la relación de sus lĆ­deres con las masas, del Partido revolucionario con su pueblo.

La actualización de su modelo económico no es reformista; en la historia de Cuba, como hemos visto, la Reforma conduce a la ruptura entre lo Ć©tico y lo justo. “El paĆ­s tendrĆ” mucho mĆ”s -ha reiterado Fidel–, pero no serĆ” jamĆ”s una sociedad de consumo, serĆ” una sociedad de conocimientos, de cultura, del mĆ”s extraordinario desarrollo humano que pueda concebirse, desarrollo de la cultura, del arte, de la ciencia [...] con una plenitud de libertad que nadie puede cortar. Eso lo sabemos, no hay ni que proclamarlo, aunque sĆ­ recordarlo”.

Cuba ha creado una sociedad mĆ”s diversa, porque ha enriquecido a sus individuos; su millón de profesionales, su población con un mĆ­nimo de noveno grado escolar, es la mayor de sus conquistas. El capitalismo incentiva el individualismo; el socialismo no siempre ha sabido o ha podido desencadenar al mĆ”ximo, como un interĆ©s social, las potencialidades del individuo. La actualización cubana de su economĆ­a, potencia esas posibilidades. SerĆ­a probablemente extemporĆ”neo debatir ahora sobre el llamado guevarismo, o sobre la relación exacta, Ćŗtil y justa, de los estĆ­mulos materiales y morales en un paĆ­s sin recursos. Vivimos una etapa cualitativamente distinta, y los revolucionarios dejarĆ­amos de serlo si no superamos viejos estereotipos. “En este mundo real, que debe ser cambiado, todo estratega y tĆ”ctico revolucionario tiene el deber de concebir una estrategia y una tĆ”ctica que conduzcan al objetivo fundamental de cambiar ese mundo real. Ninguna tĆ”ctica o estrategia que desuna serĆ­a buena”, ha reiterado Fidel en dĆ­as pasados. El modelo económico y social capitalista ha fracasado, y Cuba rechaza el consumismo inherente al modo de producción capitalista.

Se demoniza a Cuba por no haber podido impedir el resurgimiento de la prostitución, aunque la solución implĆ­cita, la capitalista, significarĆ­a su masificación. Se acusa a Cuba de no haber podido contener ciertas injustas diferencias sociales y la solución capitalista serĆ­a acrecentarlas, hacerlas mĆ”s hondas, injustas e irreversibles. Cada mĆ©dico o deportista que deserta es la victoria de la “normalidad” frente al sueƱo de una sociedad solidaria. Pero la deserción (que es la renuncia de alguien a su presunta “anormalidad”) es presentada como un hecho en sĆ­ anormal, extraordinario. El cubano que deserta no es definido en función de sus intereses personales -como suele ser normal en este mundo–, sino como expresión de una posición polĆ­tica. Las imĆ”genes que se trasmiten desde Cuba se regodean en los rincones sucios y demacrados de la ciudad, en los bordes mĆ”s pobres de una sociedad estrangulada por el bloqueo. Los espacios bonitos se consideran falsos o manipulados. No importa que los espacios “feos” sean normales -y por eso poco interesantes–, en otras ciudades latinoamericanas. La normalidad cubana debe ser destruida, para que Cuba sea tan normal como los restantes paĆ­ses del Tercer Mundo. Sobre todo porque Cuba no acaba de admitir -ni admitirĆ”–, la mĆ”s importante y definitoria normalidad: la del “libre mercado” (concepto que en la gran prensa se roba los significados de democracia y de libertad).

Pienso para concluir, que no es posible construir la justicia deseada desde la pobreza, y que de alguna manera, los paĆ­ses del Tercer Mundo debemos levantarnos juntos. El ALBA -fundada sobre la experiencia del internacionalismo cubano–, ofrece una respuesta incipiente. No hay modelos para el socialismo, pero hay principios, y un horizonte Ćŗnico: el anticapitalismo. Creo que el socialismo cubano lejos de ser un proyecto del siglo XX, lo es del XXI; la Humanidad retomarĆ” sus “locuras” mĆ”s hermosas, y por ello mĆ”s necesarias, cuando estĆ© en condiciones de universalizarlas. Mientras, esta pequeƱa isla de UtopĆ­a no cejarĆ” en su empeƱo de crecer y de compartir sus conquistas.

(Tomado de La Isla desconocida)

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