OTSC y Rusia ante la disyuntiva de la intervención directa en Kirguizistán
Por: Ilia Krámnik,
RIA Novosti
Los violentos disturbios en Kirguizistán tras el golpe de Estado del pasado abril se han venido haciendo eco en la prensa mundial.
Estos acontecimientos son una importancia extraordinaria para Rusia y para las otras repúblicas de la ex URSS, además de ser la primera prueba seria para la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC), que aspira a convertirse en el principal bloque militar en el espacio postsoviético.
El afianzamiento de la OTSC, organización regional multinacional de interacción político-militar creada en el marco de la Comunidad de Estados Independientes (CEI) y conformada por Rusia, Bielorrusia, Kazajstán, Kirguizistán, Tayikistán, Armenia y Uzbekistán, es una de las prioridades y uno de los éxitos en el ámbito de política exterior de Rusia en los últimos años.
Creada formalmente en 1992 tras el colapso de la URSS, la OTSC pasó a ser una organización con peso ya desde 2000, cuando Rusia empezó a restablecer su influencia en Asia Central. En esta época, Rusia y EEUU competían por la influencia en la citada región, donde Washington ya había desplegado bases militares en 2001 para servir de apoyo logístico a la operación antiterrorista del contingente de la OTAN en Afganistán.
La influencia y el prestigio de la OTSC es un activo muy importante para Rusia, su líder. Por esta razón, la pasiva reacción de Moscú a la catástrofe humanitaria en Kirguizistán causa desconcierto. En esencia, Rusia solo se limitó a reforzar su contingente militar en Kirguizistán sin hacer ningún intento de detener la oleada de violencia contra la población uzbeka, ni tomar medidas para proteger a la población rusa en la región.
La OTSC tiene sus propios recursos financieros para llevar a cabo misiones de paz y actualmente está reforzando un contingente de despliegue rápido (unos 4.000 efectivos, en total), compuesto por diez batallones: tres rusos, dos kazajos y uno por cada otro estado miembro de la OTSC. Destaca la postura de Bielorrusia que decidió no enviar sus tropas. El destacamento aéreo está formado por 10 aviones y 14 helicópteros y está desplegado en la base aérea rusa de Kant, en Kirguizistán.
Estas tropas han recibido un entrenamiento específico para realizar misiones antiterroristas y contra movimientos radicales. En caso de que el gobierno provisional de Kirguizistán de su aprobación, ante su evidente incapacidad de controlar la situación en el país, esta fuerza de pacificación de la OTSC podría reducir o incluso poner fin a la violencia. No obstante, existe el peligro de que la escalada de los enfrentamientos generalice el conflicto y los países que tienen la frontera común con Kirguizistán, incluida Rusia, se vean envueltos en una guerra similar a la que se libra en Afganistán.
Por otro lado, es comprensible la poca voluntad del gobierno ruso de cara a adoptar medidas drásticas. Moscú, que en reiteradas ocasiones ha venido actuando como árbitro en los asuntos de sus vecinos, siempre ha salido con más pérdidas que beneficios de estas mediaciones. De esta forma, Rusia solo se decidirá a intervenir en Kirguizistán sólo en caso de recibir un amplio apoyo de la comunidad internacional, sobre todo el del Consejo de Seguridad de la ONU.
Sin embargo, demasiada prudencia también tiene su cara negativa. Una reputación de líder en una región sumida en el caos y los conflictos armados solo puede conseguirse actuando y protegiendo con firmeza los intereses y los principios declarados de la coexistencia.
Si Rusia sigue vacilando, los demás países bien pueden abandonarla.

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