La secta de cobardes.

La secta de cobardes.
Elegía a los caídos en el Mavi Marmara
Por: Mario Forti


Llegaban de noche, siempre para confundirse con las tinieblas el sordo rumor de la muerte anunciada por los hechos sangrientos, generalmente asesinatos sumarios, por la espalda, y nunca enfrentados cara a cara con el enemigo. Llegaban como el fétido hedor a degenerada y pútrida muerte la que los poderosos siempre infringen sobre los indefensos.

No reparaban en daños, saqueo, violaciones y toda forma de criminalidad con el único fin de dejar un mensaje a la humanidad, desmoralizando sin límites, conocerían los fuertes la victoria. La sangre y las lágrimas de sus víctimas eran el néctar y la ambrosía que les convertía en una raza de tiranos.

Todo lo que estuviera fuera de la absoluta sumisión a sus principios de sadismo y autoridad suprema, siempre avalada por jerarcas de la iglesia (judía musulmana, católica) era destinado a la destrucción inmisericorde, sentían la fuerza de estar en una cruzada religiosa contra el mal, bien representado por sus enemigos, la mayoría indefensa, que jamás pudieron enfrentar cara a cara.

Siempre usaban la oscuridad y la humedad y le sumaron la electricidad para sacar voces adoloridas que eran la sinfonía para sus oídos de hienas, rodeando al sometido sea persona, grupo, pueblo o nación o bloque de ellas; no importaba, ellos harían salir las voces adoloridas de la multitud clamando pan y agua, y gritando por libertad.

Quemaban papeles, libros y música, y todo acervo cultural que llamara al entusiasmo por un mundo sin tiranos ni usurpadores, veían en el espejo de eso otro, la suma de la impiedad humana, por ellos mismos encarnada, pero como siempre rechazamos lo que realmente somos, más aún cuando somos unos reverendos hijos de puta. Bajo los puentes de todos los caminos que ellos controlaban se juntaban en grasa, yagas, músculos, tendones, desgarramientos y órganos al aire libre, los cadáveres que perfumaban sus orificios nasales hechos para este fin del mundo en que vivimos los hombres bajo la tiranía mundializada.

Ciudades dentro de ciudades, pueblos dentro de pueblos, naciones dentro de naciones y un mundo dentro de otro era el mapa del infinito laberinto de sótanos, edificaciones, templos, hospitales, escuelas, ministerios, universidades, instituciones, construidas exclusivamente para destruir una humanidad resistiendo a ser esclavizada. Países enteros convertidos en vigilados campos de concentración en las narices de una civilización que clama por la libertad de expresión y se dice ser cristiana, judía, mahometana.

Podían usar todos los medios de información a sus pies para inventar y crear una realidad que convenía a sus intereses ser proyectada en todos los espacios que llegaban al hogar de los enemigos y de sus propios sometidos pueblos sin voluntad, sin identidad, sin alma. Autómatas blandos que veían por televisión lo que aprendían a conocer como lo correcto y justo para poder seguir siendo igualmente consumistas, pasivos, destructivamente esclavizados. Y usaban esta población de robots para justificar cada año electoral que habían descubierto la mayor y mejor de las democracias.


Dominaban con armas y drogas y llenaban de papeles monedas que tenían su fecha de vencimiento arcas de generaciones de desclasados, sólo con la finalidad de convertirlos en las máscaras de un régimen que aplastaría incluso a sus propios hijos, en el momento en que menos ellos se lo esperaban. Usaban religiones, pueblos, sectas y naciones con la finalidad de imponer un nuevo orden mundial en el que su vocación de autoridad única regiría al planeta de la mejor forma previsible. No habría escarmiento, si tuvieran que matar 2000 millones de personas utilizando armas climáticas, pandemias, hambre, guerras y terrorismo no repararían en esfuerzo. Se sentían llamados a imponer sus legiones sobre la humanidad entera si fuera necesario, estaba escrito eran ellos los elegidos, otros los llamados.

Arreciaron sus ataques destructivos y masacres cuando más prolija se hacía la ceremonia mundial de ver en las arenas del coliseo globalizado otro evento que concentrara las atenciones, igual que en las comarcas, cuando necesitaron someter generaciones de rebeldes, mientras les hundían la picana y les arrebataban la vida, en oscuras fosas del régimen, sobre las terrazas de verde césped, correteaban sedientos jugadores de futbol llamando a la unidad del pueblo soberano, simultáneamente, debajo de estas multiplicadas canchas repletas de espectadores, esa soberanía y dignidad humanas de un pueblo era sometida a cuchillazos, electricidad, golpes y lenta muerte de torturadores especializados. No había cambiado la metodología que hizo famoso al Vaticano persiguiendo albigenses en todo el languedoc en el centro de la Europa civilizada a machetazos, horca y hoguera, mutilaciones y desgarro.

Igual hoy cuando sucumben almas indefensas sobre un mar internacional bajo el yugo de un pueblo usurpador apoyado por el gendarme necesario a la dominante clase que ve bajo sus pies de barro hundirse un mundo apocalípticamente robotizado, muestran al mundo desde Sudáfrica la ceremonia sacra del balón, en el coliseo globalizado, mientras en la superficie, desatan y persisten en el ataque planificado: someter a los terroristas, subversivos, forajidos, rebeldes, descamisados, chusma, meterlos a todos en oscuras cárceles convertidas en países industrializados, hundidos con el crack financiero serenamente decretado por los organismos multilaterales a ese fin designado toda Europa gritará goooooooool mientras sus obreros sean nuevamente saqueados, muertos, execrados, humillados y golpeados por las medidas que sólo fortalecerán a sus dueños. Gol en Sudáfrica y todo el continente sometido al yugo de los traficantes de diamantes oro, petróleo, cinco siglos convirtiendo esclavos a la humanidad con la espada y la cruz, con las armas climáticas y las redes electrónicas, con la mentira y la sed de dinero, droga, rock and roll, miles de millones de hombres sin agua, sin tierras, sin aire y sin hogares, y otros miles de millones robotizados, impávidos como vegetales, incapaces de moverse de sus cómodos sillones imitando al cuero de animales frente al televisor que muestra sus propias señales. Signos de todo eso que somos pero que rechazamos.

Llegaban como nubarrones negros cargados de una fétida agua sepulcral de noche y saltaban de sus helicópteros sobre nuestros hogares, la tele decía que vinieron a salvar a la humanidad, y a defender los intereses de la raza, de la democracia, del país y de los que somos del hogar y queremos nuestras libertades, pan, patria, familia religión, nuestros hijos, nuestras verdades. Saltaron sobre nuestras naciones como sobre barcos en alta mar y nos dejaron sin tierra, sin pasado, sin sangre, sin legado, sin recuerdos, sin memoria, sin alma y sin valor, nos volvieron a todos esclavos dispuestos a morir cuando a ellos se les antoje las ganas de aplastarnos.

No todos están muertos ni son heridos fatales, hay miles, hay millones que mientras gritan goooool todos los canales, saben que bajo la tierra el grito de los cadáveres es mas duro, fuerte, poderoso y salvaje, no hay electricidad que proyecte este grito telúrico que viene de los huesos de los hombres y mujeres sacrificados en el altar de la libertad de las libertades. No hay vocina que la reproduzca. Ni canal que de su señal al aire. No hace falta viene de todas las edades, de todas las naciones, pueblos y ciudades que siguen luchando contra el opresor, hasta dar con la única meta posible y necesaria, la destrucción de aquellos que tienen sus botas sobre nuestros cuellos pensando que son dioses cuando en verdad lo que realmente son una secta de cobardes.

Mforti9@gmail.com

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