La Gran Hambruna de los años 30 en Ucrania. Una tragedia común
Por: Guennadi Bordiugov,
RIA Novosti*
La resolución aprobada el pasado 28 de abril por la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa (PACE) ha suscitado una gran polémica.
El documento declara al régimen totalitario de Stalin culpable de la terrible hambruna de 1930 en la Unión Soviética. Desgraciadamente, varios analistas se han aprovechado de las controversias que giran en torno de esta tragedia histórica para presentarlas como una competición en la que la diplomacia rusa sale vencedora sobre las ansias nacionalistas.
Por su parte, los partidarios del ex presidente ucraniano, Víctor Yúschenko, se atribuyen los méritos de haber conseguido que se reconociera la implicación del régimen estalinista en los hechos de 1930, como si este tema no hubiera sido debatido en repetidas ocasiones con anterioridad.
Sea como fuere, lo importante en este caso es que los parlamentarios europeos se han negado a calificar de genocidio a la hambruna que sufrió el pueblo ucraniano en el periodo de 1932-1933. Precisamente este es el mismo punto de vista que ha venido siendo defendido durante los últimos años por muchos historiadores en diversas mesas redondas, conferencias y comisiones.
Sobre esta forma de ver la historia también se manifestó la Asamblea Parlamentaria que pidió a todos los países del Consejo de Europa no ejercer presión política sobre los profesionales de la historia, ni anticiparse en sus conclusiones a los resultados de investigaciones sobre el tema.
La resolución de la PACE, aprobada en la sesión de primavera, ha puesto en evidencia lo estéril de los esfuerzos de Yúschenko en utilizar la hambruna como instrumento en asuntos de política interna e internacional, además de como aglutinante ideológico para unir al pueblo ucraniano. En resumidas cuentas, no ha logrado darle la deseada imagen de víctima a Ucrania ni ha podido apropiarse de la tragedia para fomentar el nacionalismo en su país.
La negación de todo lo soviético, de todo lo ruso, sirvió en el pasado, pero fue un apoyo frágil para implantar tales ideas. Pese a todos los esfuerzos realizados por Yúschenko y los historiadores nacionalistas, las organizaciones internacionales han rehusado darle una matización étnica a una tragedia que fue general y a considerar unos hechos históricos objetivos desde la óptica subjetiva del etnocentrismo.
En definitiva, todo esto ha sido un ejemplo de lo que puede ocurrirle a quién quiera llevar adelante cualquier tipo de política (en este caso, antirrusa) no respaldada con hechos históricos sólidos.
Por otro lado, se están haciendo más y más evidentes las tesis de los historiadores que han presentado pruebas fehacientes de que la crisis agraria y el hambre fueron provocados por los acelerados ritmos de industrialización y la amplia colectivización de la agricultura, con la nacionalización de los latifundios, las expropiaciones forzadas de las aldeas y su transformación en granjas estatales y cooperativas. Todo esto fue producto de una política impuesta por las autoridades soviéticas para garantizarse los suministros de trigo y de mano de obra a toda costa.
La crisis alimentaria de 1932 fue solventada con métodos violentos, responsabilidad directa de Stalin y de los gobiernos central y regionales de aquella época.
Aquella calamidad habría podido ser menos grave, si el gobierno no hubiera renunciado a la ayuda internacional y no hubiera impedido que los campesinos emigraran de las regiones afectadas por el hambre.
Es incorrecto considerar el Golodomor (la hambruna) como una acción premeditada del régimen soviético para conseguir el exterminio masivo de los ucranianos, ya que a causa del mismo también murieron millones de habitantes de varias repúblicas de la URSS.
Es de sobra conocido que entonces, las repúblicas federadas eran dependientes de las autoridades centrales y carecían totalmente de autonomía. No podían siquiera plantearse la secesión de la URSS. El hambre de 1932-1933 se extendió a todos los pueblos de la ex Unión Soviética, independientemente de sus nacionalidades y afectó, evidentemente, más a sus regiones cerealísticas, una de las cuales era Ucrania.
La resolución de la PACE que rechaza el genocidio contra el pueblo de Ucrania podría ser un paso importante para empezar a revisar la validez de otras iniciativas de Víctor Yúschenko, que también proclamó héroes nacionales a activistas nacionalistas de la época de la Segunda Guerra Mundial, como Stepán Bandera y Román Shujévich. Bandera fue uno de los cabecillas del Ejército Rebelde de Ucrania, creado en octubre de 1942 por decisión de la Organización de Nacionalistas Ucranianos que operó básicamente en Ucrania Occidental, luchando contra el Ejército Soviético en colaboración con los nazis.
Últimamente, los historiadores de Ucrania coinciden en afirmar que quizás haya sido un error priorizar en la enseñanza escolar los actos heroicos de su país, omitiendo o relegando a un segundo plano las hazañas de representantes de otras nacionalidades.
En este sentido podemos calificar como positivo el apoyo de la PACE a la decisión de las autoridades ucranianas de declarar un día en memoria de las victimas ucranianas de la gran Hambruna ocurrida en la Unión Soviética en los años 30, y su apelación a los gobiernos de otros países afectados por el Golodomor de hacer lo mismo.
Además, la Asamblea Parlamentaria insiste en que estos países lleven a cabo acciones conjuntas para rendir homenaje a todas las víctimas de la citada catástrofe humana, independientemente de sus nacionalidades.
Todo esto demuestra que ningún decreto puede hacer la historia ni justificar actos políticos, ni tampoco debe perseguir a quienes defienden la verdad. Todos los regímenes habidos en el espacio postsoviético durante los últimos 20 años han tendido a crear su propia mitología histórica que, en la mayoría de los casos, no ha unido, sino que ha separado a unos pueblos que antes estaban unidos.
La verdadera historia no puede y no debe basarse en los intereses políticos.
* Guennadi Bordiugov es Master en Historia, miembro del Consejo de Expertos de RIA Novosti

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