La metamorfosis de un banquero revolucionario.
Por: Mario Forti
Caminaba sediento por la calle principal del pueblo repleto de gente al mediodía y podía sentir el agotamiento colectivo un sopor maligno entumeciendo barrigas, corazones y cerebros como si un arma de cuarta generación provocara la agonía, la incertidumbre y el deseo de morir.
Tanto temor y temblor internos puede provocar un mega escándalo colectivo sentar las bases para otro año de convulsiones generalizadas en un momento histórico para cuando se celebran los dos cientos años del grito emancipador en las naciones sudamericanas.
Hechos dolorosos provocados por la secta generaban dolor en Yemen, Afganistán, Irán y se mantenía cruda la carnicería humana en Irak. La gran muralla china ahora se mostraba al mundo en las afueras de Israel dividiendo al territorio palestino infrahumanamente. Los ojos del mundo miraban por la tele, que en los pasillos con aire acondicionado de los templos de las organizaciones mundiales no se cansaban de gritar por los derechos internacionales de los derechos humanos, los convenios de Ginebra, el derecho internacional humanitario, y en las calles sus mismos gobiernos se limpiaban el culo con estos discursos burocratizados, y permitían a los judíos sionistas implementar métodos nazis para controlar, vigilar y masacrar pueblos invadidos como el de Palestina, Colombia, Honduras, y Haití. Es verdad ya no hay cristianos en Belén sólo sobreviven místicos en la resistencia urbana y religiosa conservando como templo sagrado la iglesia donde nació el Verbo.
Tomaba un medio litro de agua fresca en una arepera que da a la calle principal cuando lo vi insomne desplazándose como un flujo sanguinolento por el río urbano de una pesadilla. Sus ojos grises y su negra barba de varios tediosos días lo mantenían anónimo como al insomne escritor de una letal herejía contra el dogma católico o revelando oscuros misterios de un armamento tecnológico desconocido capaz de cambiar el clima de todo un continente. Sus manos estaban llenas de un oscuro color que no era sangre y toda su ropa de oficinista meticuloso y paranoico por los gérmenes, eran el negativo del locuaz sujeto que yo conocí en las ardientes tertulias filosóficas y políticas del ateneo del pueblo, siempre lleno de expresivos artistas y empecinados cultores dispuestos a mostrar con ánimo grave sus últimos descubrimientos, técnicas y avances en sus especiales temáticas de la anodina belleza.
Por supuesto que frente a mi pasó como un tronco podrido lleno de vegetales parásitos grises de esos que cuelgan en los postes eléctricos. Su rostro naturalmente ameno, de brillante mirada y fácil caída en la jocosa actitud sonriente contra el violento mundo que nos toca sobrevivir, era la sombra del ayer irrevocable. Dirigió imprevistamente sus dos profundidades oculares a mi cara como si viera una máscara africana de Yorubas expuestas en la sala principal del museo de arte contemporáneo. Masticó un caramelo invisible y apenas gesticulaba, alzaba, al compás de sus movimientos mandibulares, sus gruesas manos que una vez fueron la envidia de gordas mujeres del banco. Justo frente a mi estampa estupefacta e igualmente anónima en la arepera, a esa hora del caluroso y seco día del primer mes del año, recogió del piso sucio, un bollito de papel, como de servilleta que una vez fue blanca. Lo masticó sin dejar de mirarme fijamente a los ojos. Déle algo señor, me suplicaba una dama con su bebé en brazos, ¿no ve que tiene hambre?
Dicen que los pensamientos son energía líquida de una infinita mente superior que nos impone para fluir en él siempre dirigidos telepáticamente hacia nuestros destinos inexorables, dicen que las ondas que emite son de un arma de avanzada tecnología basada en los esotéricos descubrimientos del descubridor de la radio, el verdadero, no Marconi sino Tesla, Nikola, el croáta, que terminó pasando por austriaco y de cuyos escritos muchos permanecen clasificados en los búnkeres del Pentágono y que hoy sirven para producir 150 mil haitianos muertos en una primera y segunda fuertes sacudidas telúricas, pero que vienen usándose desde el 2002 para cuando se destrozó media China a fuerza de terremotos matemáticamente controlados desde Gakona, Alaska, y que se vieron luces como auroras siniestras artificiales y humanas…
Dicen que con este mismo material que cambia el clima, se somete a bloques de naciones enteras en el continente negro y juegan a desarmar a las recientes potencias utópicas del continente sudamericano, mezclada con la exhaustiva provocación mediática por la red de agencias privadas de noticias y sus pulpos de radio, televisión, prensa y cine teledirigidos a una población de por sí ya disociada, pero que aumentando los decibeles aumenta la violencia y por esto esperamos cercanos acontecimientos bélicos en pleno desarrollo en la próxima esquina de la avenida, en la cima del barrio, en el gabinete ejecutivo, en los ministerios, en la frontera en los bloques económicos de los países amistados por iguales necesidades, en las relaciones no tan amistosas con países de contraria tendencia política recientemente escogidos por el pueblo, delante de la crisis mundial económica, bajo la próxima tempestad climática, dentro de nuestro endeble sistema inmunológico, afuera de nuestras costumbres desordenadas por el devenir caótico de los acontecimientos…
Caliente mi cerebro como un plasma que refrita el arma cibernética de los imperialistas contra el mundo incivilizado volviendo trizas la faz de la tierra de un pobre país africano o afrodescendiente, me era imposible reconocer la verdad de la ficción en la escena que al mediodía de este día me había dejado inoperante para el resto de la jornada. Interrumpí dos ponencias en el tecnológico del pueblo, y una conferencia en la radio institucional, tuve que forjar nueva agenda, y dejar que la tarde me lleve como en una balsa mítica, hacia una isla amada, mi pobre cuerpo impactado por la terrorífica imagen de un joven amigo sacrificado por el destino hacia una vida más oculta, más digna quizá de vivirse, laberinto de un secreto que se llevará a la tumba, puertas abiertas a la expectación y el asombro, y los rumores, los oscuros rumores de rojiza gente de letras que imperativamente echaba la culpa al sistema, a las hordas fascistas incrustadas en la revolución, a la derecha endógena que ocupaba sendas cadenas de empresas privadas, mixtas y de producción social.
Dueños ellos, los que tienen y pueden, de consorcios y del poder que hace y deshace, más allá de la ética y la moral burguesa, superhombres de una fase de transición del proceso revolucionario, mencheviques para unos, bolcheviques para ellos mismos y para el jefe, todo en una amalgama de utilitarios y borregos, delirantes y fanáticos y serviles burócratas que empeñaron sus almas para una cruz de papel, en cuyo blanco estandarte flamea el rojo esplendor de una estrella escarlata que es el símbolo de una ambición inhumana, desmedida y cruel. Emblema de la traición a la felicidad suprema. Mientras que para nosotros es el sol de un nuevo día, el despertar de una mayoría capaz de dar la batalla final en el último momento y demostrar a la historia que todos unidos podemos cambiar la siniestra realidad que nos agobia.
¿Qué hacer? Me preguntaba Lénin en mi cerebro hirviente con redondas burbujas de tibio aire condensado por la ionización atmosférica, también era yo testigo de la muerte de 150 mil células de mi organismo mental en un solo instante, las ondas electromagnéticas me eran fuego y azufre y oscuridad, un infierno portátil se había manifestado como teofanía a través del cuerpo hierofántico de mi compañero de patrulla, la del banco la que nos costó una y la otra conformar con desconfiados camaradas trabajadores de la institución financiera, recientemente expropiada, pero cuyos cerebros eran proyecciones de la IV república, la de los que vivieron de la renta del Estado.
Dos abismos eléctricos, iban alterando mi salud mental, fijos en mi rostro húmedo por el aplastante calor imperialista. El hambre y la sed, fieles compañeros del mediodía satánico de mis rutinarias semanas hábiles se habían disuelto en el aire de una melancólica aceptación de la desconocida realidad dentro de lo cotidiano. Habíase abierto una compuerta hacia nuevos y otros abismos cuya forma circunstancial operaba como telón, disfraz, máscara, persona. Los nombres y apellidos se me fueron olvidando de repente, y permanecí en ese estado crepuscular una eternidad, o quizá la fracción de una fracción de un microsegundo. Cuando volví en mi, ya estaba en mi casa, jamás supe, cómo ni cuándo, sólo desperté en mi propio cuerpo, en mi propia casa, junto a mis acostumbrados objetos que conforman mi universo.
Dejé llevarme por ese rio del tiempo hacia mi alcoba y dejé que las olas del abismo me introdujeran en el sueño, pensé, estoy agotado, harto daño me hizo ver la muerte en vida, la muerte muriendo, dentro del alma del compañero herido para siempre deambulando por las calles del pueblo, bajo el ardiente sol apocalíptico de estos últimos días del primer mes del bicentenario año de la independencia.
Soñé, estaba en un lugar desconocido, las nubes cubrían de negro toda una plataforma arquitectónica endiablada, creía con mis ojos de poeta del renacimiento llevado de la mano por uno más mítico del Olimpo griego, ver semejanzas con infraestructuras de radares exagerados por el juego onírico de sonidos inaudibles e insensibles vapores. El manto de nubes oscurecidas a propósito estaban como artísticamente confeccionadas, imaginaba aplicaciones químicas, que servían de verdaderas cortinas de humo, impidiendo ver los fogonazos internos, los que se sucedían dentro del circo de radares, gaseosa muralla de una aurora virtual, ocultando luces de colores producidas por el rompimiento de la ionosfera, pensaba mientras soñaba o soñaba mientras pensaba. Luego descubrí que no era un círculo de radares sino uno solo, y las siniestras nubes negras cubrían el cielo y también la tierra alrededor de la base como un domo opaco propio de la imaginación de Dante en uno de los infiernos por él soñado o visitado.
Vi la máquina siniestra capaz de emitir cósmicos rayos de 40.000 Mhz, y pensaba mientras deliraba en lo que no era un sueño ya sino una pesadilla, que la tímida base en Gakona apenas admite la potencia de 300 Mhz. Era el minuto y la hora de un apocalíptico terremoto veía la cara opaca y negra como la nube de una multitud abandonada a su cruel destino notaba el África en sus miradas de americanos, y en un cartel propagandístico, a medio romperse, la sonrisa sarcástica de Obama, y en la autopista, un verde y blanco cartel que me decía Arecibo, Puerto Rico.
En eso desperté sudando, era más de las dos de la madrugada, me paré con fiebre y alcancé a tomar agua del tubo, afuera la creciente luna avanzaba por Cáncer como un marino surcando los cielos odiseos, y llevaba como vela a Zeus sobre un delfín, perseguido por dos peces boquiabiertos. Bebí como camello, y el agua me salpicaba por el cuello, la boca, el pecho y así parecía más que beber bañarme de una agua luciferina transparentando una oscuridad que no es de este mundo, por ratos temblaba, en eso tomé conciencia de que todo había comenzado al mediodía del día que pasó como un rio vertiginoso, soberbio y pleno de una luz mortecina, nigredo del alma colectiva de un pueblo cuya alma está en plena metamorfosis, como la del banquero chavista que ahora, después de su misteriosa disociación camina bajo esta misma luna cruzando como ella el cielo el la plaza y no refutan sus pasos la leyenda de que hay abiertas puertas a la cuarta dimensión, pero justo después que el reloj da a las doce de la noche, plaza siniestra para unos, mágica para otros, abierta a portales de lo desconocido para la leyenda popular.
No tardé en creer que él mismo lo había experimentado, que realmente había cruzado los portales secretos de la Plaza Ribas, y había alcanzado así un laberinto del cual aún no era capaz de liberarse, mientras yo veía el pasado reciente como aliado político, aquel naufragaba por una dimensión desconocida y sólo veíamos la cabeza del iceberg humano orbitar por las calles del pueblo fantasma bajo la plateada luz del escudo de la noche.
Lo cierto es que mi amigo jamás volvió en sí, nunca despertó de su peregrinaje espiritual, y comprendí que sus gesticulaciones, masticando bollito de papel servilleta y haciendo muecas giratorias, alzando manos al aire se convirtieron en los signos, símbolos y señales oníricas capaces de producir el paisaje de un país que jamás visité, y de un lugar desconocido, pero que significaba mucho, era quizá el lugar desde donde empezaba el mundo a mostrarse dominado por fuerzas satánicas impredecibles como las que pueden producir un sismo de magnitud 7.3 y aniquilar no sólo una nación sino la geopolítica de todo un continente alzado en armas y por extensión la no declarada guerra mundial.
Finalmente recordé que mi compañero ideológico antes de perderse en al abismo de lo anónimo como caminando dentro de un nirvana oculto en cada segundo de lo cotidiano, me dibujo histriónicamente con las dos manos la letra L.
Una espada en su mano derecha, una balanza en su izquierda, sentada como en un trono de oro, mirada al frente, redonda como la noche de luna llena, o apenas llena, vestida de rojo, como la revolución, y cubierta de azul como de una espiritualidad más que humana, coronada con el valor que sólo tienen los que nacen bajo el influjo potente del alma de los pueblos, miraba un rayo verde conectaba el Hall de la Justicia con el Hall de la Mesa del Rey en el centro de un laberinto sin centro. El número 30 aparecía en doradas vibraciones, el signo zodiacal era Libra. Así se materializó en mis sueños la esfinge oculta, la esfera mandálica que provenía de un misterioso lugar y del saturnino sueño una bermeja fiebre por estar parado frente al busto del héroe del 12 de Febrero de 1814, en el centro del pueblo fantasma.
Era el mediodía siguiente a la aciaga aparición y desaparición de mi antiguo amigo de batallas políticas como la de un cometa errante en el cielo nauseabundo de la espectral urbe sin identidad. Era el momento en que el sol abraza y el viento no sopla su caliente vapor húmedo de un Aquilo tropical, era el minuto de espejismos y de laberínticos pensamientos. Parado estaba yo frente a la estatua, mirando al sur, a la derecha de la catedral, delante de la cafetería, detrás de la casa de la cultura y de la policía, a la izquierda del teatro municipal y al centro del lugar donde existe según la leyenda la puerta o el portal hacia lo desconocido apenas cruza la medianoche como cancerbero, respiraba yo el aire rítmico de mi corazón cansado, y veía para mi asombro espectacular que al nombre del héroe grabado en el oscuro mármol le faltaba una letra.
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