Mañana se cumplen cinco años del inicio de la guerra. “Es una guerra sin causa y ya está bueno de que estemos perdiendo a nuestros hijos, hermanos o esposos”. “Es hora de retirar las tropas de Irak”. Carmen Hernández contó cómo murió su hijo en el campo de batalla.
“Mi hijo me dijo que no quería convertirse en una máquina de matar, porque para eso los entrenan”. “Sentí como si me acuchillaran el corazón, así se siente”.
“Fue una sensación bien horrible, jamás me dijeron lo que estaba pasando. Me enteré del fallecimiento de mi hijo un día después de su muerte. Recibí una llamada telefónica de la abuelita de mi hijo, por su voz sabía que algo andaba mal, y le dije, ¡qué te pasa!, inmediatamente me percaté que no le pasaba nada a ella, sino que la noticia era para mí.
Me tiré al piso y empecé a gritar como una demente, porque me di cuenta que mi hijo había muerto. Mi esposo me retiro el teléfono, él sabía lo que había pasado desde el día anterior, estaba tratando de organizar a la familia para dar la noticia, no quería que yo estuviera sola.
Sentí como si me acuchillaran el corazón, así se siente. Una de las cosas que me sucedió es que al enderezarme, luego de tirarme al piso, no podía ver nada, todo estaba nublado y desde ése día tengo que utilizar lentes todo el tiempo.
Cuando llegaron a mi casa (los representantes de las Fuerzas Armadas Norteamericanas) para notificarme de la muerte de mi hijo, ya yo lo sabía porque mi nené cometió un error en la dirección de mi casa y no me conseguían. El papá se enteró porque vive en otra parte y le notificaron primero. Luego, la abuela lo llamó a él y le comunicó lo ocurrido.
Francisco murió de un disparo. Él estaba patrullando un pueblo iraquí (Ramadi), iba acompañado de una periodista corresponsal del Army Times. Poco después de comenzar a alejarse uno del otro, ella sintió una detonación cerca, volteó, y vio que Francisco cayó al piso.
La periodista contó que Francisco nunca gritó, pero que se aguantaba el dolor, entonces ella sí comenzó a gritar, ‘¡cayó Martínez!, ¡cayó Martínez!’. Lo montaron en un vehículo militar, le dieron los primeros auxilios, pero murió desangrado en manos de los médicos.
Francisco recibió un disparo en el cuello que le afectó una de las venas principales. Le disparó un francotirador.
De Francisco recibí solo dos cartas, aunque muchas nunca llegaron por los bombardeos. Yo le enviaba paqueticos con sus cosas favoritas. Una semana antes de morir me llamó, sentí una alegría inmensa. Yo podía estar en el cine, pero cuando me llamaba me salía y hablábamos muchísimo.
Tuvimos una conversación de más de media hora. Me preguntó sobre algunas dudas que tenía, se las aclaré, porque nunca le escondí nada, siempre le hablé claro. Entendió que cuando no se le decía todo era porque lo estábamos protegiendo, él era muy pequeño.
Yo entiendo que tuviera sus dudas. Se fue muy joven, con sólo 17 años. La conversación fue muy amena, lloramos mucho, ya él tenía 20 años. Sus dudas giraban en torno a por qué no le había contado algunas cosas acerca de su papá, cuando nos divorciamos, él sólo tenía siete años.
Francisco pensó que lo estaba aislando de algunas cosas que ocurrían, pero en realidad protegíamos su salud mental.
Antes de irse a Irak, nos escribió un correo electrónico en el que decía: ‘No me marcho a la guerra por los lujos de nadie, sino para que mi hermanito no tenga que pasar por las mismas cosas que yo pasé, para que los niños iraquíes tengan una mejor vida’. Mi hijo deseaba mucho salir de Irak, para él era bien fuerte ver morir, todos los días, a seres humanos que no tenían nada que ver con la guerra.
Nos llegó a contar que la situación era bien fuerte, aunque ellos n
o pueden hablar del tema. En otro correo dijo que no quería convertirse en una máquina de matar, porque para eso los entrenan y se tienen que defender hasta de las hojas del bosque.
La relación de Francisco con su hermano menor siempre fue de mucho amor. Por lo menos así lo demostró de mi lado, porque del lado de su papá tiene otra hermanita. Se caracterizó por ser muy consentidor, desde que su hermanito estaba en mi vientre. En nuestra última conversación me dijo que le prometiera que a su hermanito le iba a hablar siempre claro, aunque estuviera muy pequeño, para que nunca sintiera lo que él llegó a sentir.
Lo recuerdo con muchísimo amor y cariño. Él fue mi primer hijo, por él fui madre. A veces lo recuerdo con tristeza, porque esto no era lo que quería para él, no estaba de acuerdo con que fuera militar, pero eso fue lo que decidió y contó con todo mi apoyo.
Decidió ser militar porque estaba en búsqueda de mejores oportunidades de estudio. Los últimos años de escuela superior los vivió en la casa de su padre, en Texas, aunque anteriormente siempre estuvo conmigo. Se graduó con altos honores, por ser hispano no tenía, en Estados Unidos, las posibilidades que le brindaba Puerto Rico. Yo quería que regresara, pero me llamó y me comunicó que había decidido ingresar al Ejército, y yo pegué un grito al cielo, sin embargo, lo apoyé.
Mis noches fueron bien perturbadoras, no me iba a la cama sin ver las noticias, en oportunidades dormía una o dos horas.
En esa última conversación le pregunté si últimamente había estado en peligro y me comentó, ‘¡mamá, tu siempre, por qué me haces esa pregunta?’, y yo le contesté que sabía que estaba en peligro porque no podía dormir, estaba muy exaltada, como si caminara por los sitios que él caminaba, y me levantaba dejando la cama como si le hubiesen echado un balde de agua. Yo sentía que me quemaba.
Posteriormente, me enteré que en esos momentos había estado en mucho peligro, incluso, le tocó recoger parte de los cuerpos de sus mismos compañeros.
Fue horrible, siempre estaba como a la espera de que alguien me tocara la puerta para darme la noticia de su fallecimiento. Durante los siete meses que estuvo en la guerra, nunca tuve paz. Pude comenzar a dormir dos meses después de su muerte.
No voy a reponer nada con lanzarme a llorar todo el día. Necesito mi salud mental porque tengo otro niño de 11 años. Los hijos son un regalo de Dios, solo Dios sabe el día que se los va a llevar. He aprendido a vivir con mi realidad, no se supera el dolor, pero sí se puede aprender a vivir con la realidad, y esta es mi realidad. Físicamente él no está, aunque sí en mi corazón.
Yo le digo a las personas que viven este tipo de experiencias que Dios no le da cargas a quien no las puede llevar.
Es una guerra sin causa y ya está bueno de que estemos perdiendo a nuestros hijos, hermanos o esposos. Es hora de retirar las tropas de Irak”. 18.03.08


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