María Corina Machado y el espejismo del poder


 Por: Ricardo Abud

A nuestra política le pesa una maña de vieja data que va más allá de ideologías: esa creencia de que hay dirigentes que se paran frente al espejo, se convencen de su propia genialidad y ya con eso sienten que tienen carnet firmado para mandar.

No explican mucho, no buscan consensos reales y te la quieren aplicar como si el país tuviera la obligación de rendirles pleitesía nomás porque ellos se autoproclaman jefes.

María Corina Machado encaja todita en esa forma de ver las cosas. pero desprovista de la capacidad de movilización que a veces se le atribuye. Su espacio de acción es fundamentalmente virtual, respaldada por intereses económicos particulares y un discurso de carácter mesiánico donde la fe se confunde con el derecho divino.

Es la clásica película de quien no se conforma con representar una corriente, sino que se vende como la mesías llamada a rescatar a Venezuela. Una especie de unción entre rimbombante y mística, combinada con el respaldo de ciertos grupos de poder y una retórica donde el capricho se disfraza de destino manifiesto, su nana siempre le dijo que iba a ser presidenta. 

Pero la democracia no es una misa de ungimiento. Nadie hereda el país por gracia divina, ni por decreto de una cúpula empresarial, ni porque un grupito la declare dueña legítima de la nación. El poder real se gana con calle, propuestas, organización, cintura política y, sobre todo, entendiendo que al lado hay otros millones de venezolanos que piensan distinto y que también cuentan, ya ella de joven había alcanzado su máximo potencial, hoy solo contamina el silencio cuando articula alguna sílaba desde el interior de su alma.

Y aquí viene la pregunta del millón: ¿qué país vamos a armar si el ego de una sola persona ocupa tanto espacio que ahoga cualquier otra voz? ¿En qué momento se cruza la línea entre representar a la gente y creerse dueño de la verdad absoluta?

Lo de su relación con Donald Trump y su línea de acción internacional también hay que leerlo con los pies sobre la tierra, sin mitos ni leyendas urbanas. Washington jala para donde le conviene y tiene su propia agenda geopolítica; pedir sanciones y apoyo extranjero le ha valido que buena parte del país y del espectro político la catalogue derechito como traidora a la patria, acusándola de asfixiar a la población para forzar un cambio de gobierno. Que te den una palmadita en la espalda afuera no te da un certificado automático de legitimidad, ni la falta de ella te vuelve un aparecido. Ningún político serio en Venezuela puede guindar su proyecto de las decisiones del gobierno de turno en Estados Unidos. 

Ya basta de esperar que nuestro futuro se decida en cuatro paredes en Washington, entre cogollos empresariales, cúpulas opositoras y fichas de intereses que poco o nada tienen que ver con las penurias del venezolano de a pie.

Lo que de verdad preocupa es esa maña política donde el dirigente se traga al proyecto. Cuando pasa eso, trabajar en equipo es una ilusión: lo que hay es un monólogo disfrazado de participación. Si opinas distinto, eres un estorbo; si discutes, eres un incómodo. Todo el mundo tiene que marchar al ritmo de ella, la  que se siente dueña de la verdad absoluta.

Como diría un buen amigo por ahí, con esa ironía fina que tanto nos gusta: «Admiro tu tremenda capacidad para opinar de todo sin que el conocimiento te estorbe».

Y es que en nuestra política abunda la soberbia. La seguridad personal no sustituye la preparación, la fe ciega no reemplaza la capacidad de gerenciar un país, y salir en las fotos no te vuelve un estadista, o comprar a todo el mundo en la red, como si las redes sociales fueran el eje de su victoria.

Tampoco estamos con capacidad para aguantar a personas que llegan a su tope antes de demostrar si de verdad le cambian la vida a la gente. Aquí nadie anda buscando héroes de póster para admirar desde la acera; lo que necesitamos son soluciones de verdad para una crisis que nos ha costado sangre, sudor y lágrimas.

Los venezolanos estamos hartos de los políticos que usan la cosa pública como trampolín para su ego personal. Hartos de los que se llenan la boca hablando de millones de personas sin siquiera voltear a preguntarles si están de acuerdo con sus movidas.

Y hablemos claro: esto no es cuestión de colores partidistas. El chavismo lleva décadas montado en la misma peliculita del caudillo, la obediencia ciega y el poder concentrado en una sola figura. Sería una hipocresía monumental criticar ese culto cuando está enfrente y aplaudirlo cuando se viste de oposición.

No queremos cambiar de santo para seguir rezando en el mismo altar. No podemos permitir que la esperanza de un país quede atada a la sotana de alguien que se cree predestinada para mandar.

Gobernar exige humildad intelectual, no falsa modestia. Exige calle, calle y más calle para escuchar al que te cuestiona. Exige entender que nadie es insustituible y que la confianza del pueblo se gana todos los días con hechos, no con coronas imaginarias.

Que María Corina se lance, arme su cuento, presente su propuesta y busque los votos de la gente, está en todo su derecho, pero  no podrá presentar su candidatura a la presidencia de Venezuela debido a una sanción administrativa impuesta por la Contraloría General de la República y ratificada por la Sala Político-Administrativa del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ). Esta medida la inhabilitó formalmente para ejercer cualquier cargo de elección popular por un período de 15 años, sanción que culminaría entre 2030 y 2038 .

A estas alturas del partido, Venezuela no aguanta a otro mesías convencido de haber nacido para gobernarnos. Necesitamos gerentes, gente sensata que entienda que llegar al poder no es cumplir una profecía personal, sino cargar con una responsabilidad colectiva gigante.

Y tal vez ese sea el mayor aprendizaje que nos ha dejado esta tragedia: un país no se echa pa' lante porque aparezca un salvador iluminado. A María Corina, a los mesías de un bando y del otro, y a todos los que pretenden comprar nuestra conciencia con salvavidas de plomo: que Dios la guarde, y que se olvide dónde.


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