Por: Ricardo Abud
Hay silencios que dicen más que mil discursos. Y luego está el silencio de quienes se pasaron años gritando “¡Yankees, go home!”, jurando que Venezuela sería el Vietnam de América Latina y asegurando que, si el imperialismo se atrevía a poner un pie en suelo patrio, se encontraría con un pueblo dispuesto a convertir cada calle, cada montaña y cada barrio en una trinchera.
Hoy, tras los acontecimientos del 3 de enero, resulta difícil discernir si aquellos discursos eran una declaración de principios o el ensayo general de una obra de teatro que, al llegar la hora de la función, se quedó sin actores. ¡Qué tiempos aquellos, camaradas! Bastaba que un funcionario en Washington levantara la voz para que en Caracas se activara el repertorio completo: cadenas nacionales, comunicados urgentes, ruedas de prensa, marchas y alocuciones de varias horas. Cada declaración del Pentágono era respondida con una nueva demostración de dignidad revolucionaria. Los diputados se transformaban en tribunos antiimperialistas; la directiva del PSUV redescubría su vocación libertadora; la JPSUV se disponía a escribir páginas épicas de resistencia; y los uniformados aparecían ante las cámaras con una determinación capaz de hacer temblar los cimientos de la Casa Blanca. La consigna era inequívoca: “¡Rodilla en tierra!”. La patria no se entregaba. La soberanía no se negociaba. El imperialismo no pasaría. Y, sin embargo, llegaron los acontecimientos del 3 de enero y pareció que a más de uno se le traspapeló el libreto, o se le encogieron las que te conté; tanta cháchara revolucionaria para terminar diciendo que si nos defendíamos habría muchas víctimas y nos quedaríamos sin Sukhoi; ¿entonces para qué los compramos? ¿Es que acaso no eran para defendernos? De pronto, los grandes denunciantes del imperio descubrieron las virtudes de la discreción. Quienes antes no dejaban pasar un solo día sin advertir sobre las garras de Washington parecen haber desarrollado una extraordinaria capacidad para hablar de cualquier asunto, menos de aquel que pone a prueba sus propias consignas. Los micrófonos siguen en su sitio, las redes sociales funcionan, las tribunas permanecen intactas y los comunicados todavía se redactan con fluidez. Lo que cuesta encontrar es aquella furia antiimperialista que antes brotaba con tanta soltura. ¿Habrá cambiado de domicilio el imperialismo? ¿Habrá perdido su naturaleza agresiva por algún trámite administrativo? ¿O es que las consignas revolucionarias incluyen una letra pequeña que solo se aplica cuando el adversario está lejos y el costo de denunciarlo es perfectamente manejable? La ironía es difícil de esquivar: quienes hicieron de la denuncia contra la potencia del norte una profesión política parecen necesitar hoy un curso intensivo para recordar cómo se pronuncia la palabra “imperialismo”. Si hay una pregunta que merece pasar a los anales de la ironía política venezolana es esta: ¿dónde están los cinco millones de milicianos? Tanto alarde ¿para qué?, ¿para asustar a Estados Unidos? ¡Cinco millones, camaradas! No cinco mil, ni cincuenta mil, ni una modesta brigada perdida en la geografía nacional. Cinco millones. Una cifra que durante años se exhibió como la prueba reina de un pueblo en armas capaz de convertir cualquier aventura extranjera en un infierno estratégico, y que dio lugar a que se creara otro “componente” de las fuerzas armadas bolivarianas. Se creó el quinto componente de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, ¿para qué se creó? ¿Es que acaso el inmenso gasto militar que se hizo fue para la defensa de la patria, de la soberanía, o para los desfiles en las fechas patrias? No despegó ni un solo Sukhoi. Después dijeron que habría sido una masacre, que nos habríamos quedado sin poder aéreo... De verdad, no sé qué hicieron: ¿será que se les encogieron los pantalones? Con semejante número, la defensa nacional parecía resuelta por simple matemática militar. Si cada amenaza encontraba enfrente a millones de defensores, ¿quién se atrevería a desafiar semejante muralla humana? La patria estaba blindada, el pueblo organizado y la soberanía custodiada por una fuerza que parecía multiplicarse cada vez que se encendía una cámara. Pero llegó enero y la realidad comenzó a formular preguntas que el discurso no previó. ¿Dónde está esa fuerza? ¿Qué instrucciones recibieron? ¿Qué papel desempeñaron ante los hechos del 3 de enero? ¿Hubo movilización defensiva? ¿Qué balance ofrecen las autoridades sobre la capacidad operativa de esa estructura para cumplir la misión que se le atribuyó en la propaganda estatal? Mutis. Una cosa es anunciar cinco millones en una lámina de presentación y otra muy distinta explicar qué capacidad real de combate representan, cómo se despliegan y qué ocurrió cuando la defensa de la soberanía dejó de ser una figura literaria. Quizás estén organizados y a la espera de órdenes. Quizás existan explicaciones institucionales que aún no se han comunicado. Quizás la cifra siempre fue una meta política, un registro administrativo o una abstracción que no equivalía a combatientes en línea de fuego. Precisamente por eso hacen falta datos verificables y rendición de cuentas. Lo que no resulta admisible es esgrimir durante una década un ejército gigantesco como prueba de fortaleza y, al llegar la hora de la verdad, pretender que nadie pregunte por su efectividad. Para llenar una plaza bastaba con contar milicianos; para explicar lo ocurrido en enero hacen falta respuestas. De “rodilla en tierra” al mutis en primera fila. Sorprende la metamorfosis de quienes repetían la consigna con una solemnidad de estatua. Los principios no se miden por el decibelio con el que se gesticulan, sino por la firmeza con la que se sostienen en momentos de crisis. Durante años, el antiimperialismo fue una credencial de lealtad obligatoria. Cuanto más estridente la diatriba contra Estados Unidos, más revolucionario el expediente. Existía una competencia abierta por ver quién mostraba mayor vehemencia. Unos prometían resistencia asimétrica; otros, guerra popular prolongada; algunos parecían listos para convertir cada parroquia en una nueva Sierra Maestra. Otros decían: “Si entran, no salen”. Hoy, en cambio, la hemeroteca contrasta con una prudencia digna de estudio en las escuelas de diplomacia. De repente, la contundencia exige condiciones, la denuncia requiere cálculo y la defensa de la soberanía parece sometida a una revisión de estilo. ¡Qué evolución ideológica tan conveniente! Ayer el imperialismo era el enemigo histórico de la humanidad; hoy, mencionarlo parece requerir el visto bueno del departamento de control de daños. Ciertamente, la cautela no siempre implica rendición ni complicidad. Pero quienes convirtieron la confrontación con Washington en el eje de su identidad política tienen el deber elemental de fijar postura cuando ocurren hechos que impactan directamente a la nación. De lo contrario, el abismo entre la retórica del pasado y la mudez del presente seguirá devorando la credibilidad que les quedaba entre sus propios seguidores. Los parlamentarios ausentes: Los diputados del oficialismo merecen mención aparte. El hemiciclo fue durante años el teatro principal de la indignación antiimperialista. Cada sanción generaba un acuerdo de rechazo; cada alocución desde Washington, un debate de urgencia. Hoy uno se pregunta qué ocurrió con aquella elocuencia. ¿Se dañó el sistema de audio? ¿Se agotó el léxico? ¿O descubrieron nuestros tribunos que legislar y defender la soberanía exige algo más que discursos inflamados? La representación popular no consiste en alzar la mano a pedido ni en repetir consignas prefabricadas; consiste en fiscalizar, explicar y dar la cara. Un legislador que ayer tenía respuestas para el orden geopolítico mundial no puede ofrecer hoy el silencio como postura oficial. La JPSUV y la rebeldía diferida: La juventud partidista también enfrenta su propio espejo. Se le convocó como la heredera de un proyecto de resistencia histórica y soberanía innegociable. Ante los hechos de enero cabe preguntarse: ¿qué clase de relevo generacional es aquel que solo defiende sus principios cuando no contradicen la disciplina de la directiva? La juventud que no formula preguntas incómodas a su propia cúpula degrada la rebeldía a simple obediencia debida. El estamento militar y la doctrina de papel: Los voceros de la Fuerza Armada insistieron durante años en la unión cívico-militar, la preparación táctica y la doctrina de defensa integral como un blindaje inexpugnable. No se trata de exigir desplantes de micrófono a los profesionales de las armas, sino de exigir explicaciones institucionales a los mandos. Si durante años se vendió la preparación militar como garantía absoluta de soberanía, corresponde detallar qué significaba realmente esa garantía y cuáles fueron sus verdaderos alcances el 3 de enero. El antiimperialismo no puede ser una doctrina de quita y pon, un interruptor que se enciende para la campaña electoral y se apaga cuando la realidad exige asumir costos. Venezuela no es propiedad del PSUV, ni de la JPSUV, ni de la Fuerza Armada, ni de cúpula alguna. Exigir explicaciones no es traicionar a la patria. Cuestionar la inconsistencia de los dirigentes no equivale a ponerse a las órdenes de una potencia extranjera. Reclamar la verdad sobre la capacidad defensiva del país es un derecho ciudadano, no un acto de sabotaje. Esa falsa disyuntiva de que “exigir cuentas es ser enemigo” ha sido el escudo perfecto de quienes prefieren la comodidad del dogma antes que el rigor de la rendición de cuentas. Si los cinco millones de milicianos representan una fuerza real, que se demuestre su efectividad y su cadena de mando. Si los representantes en la Asamblea tienen una postura, que la fijen sin rodeos. Y si las autoridades militares poseen información relevante, que la canalicen con la transparencia que la nación merece. Eso resultaría infinitamente más útil que convocar a otra marcha para repetir los clichés de siempre. Los acontecimientos del 3 de enero expusieron la brecha entre el mito político y la realidad operativa. El silencio que hoy impera no solo alimenta las críticas de la oposición; desmoviliza y desconcierta a las propias bases que creyeron en el relato de la resistencia invencible. Queda pendiente la gran incógnita sobre la cual se edificó la propaganda de la última década: los cinco millones. Cinco millones en la poesía oficial. Cinco millones en los desfiles. Cinco millones como disuasión de papel. Hoy, la ciudadanía exige datos, balances y hechos verificables sobre lo que realmente ocurrió. Y a los hijos de la revolución bolivariana y de Chávez les queda una tarea pendiente: explicar dónde termina la consigna y dónde comienza la responsabilidad. La ironía final no es que los más estridentes hayan guardado silencio; es que, tras años de prometer una resistencia legendaria, sean sus propias palabras del pasado las que hoy los sientan en el banquillo de los acusados. ¡Rodilla en tierra, camaradas! Pero esta vez sin fotógrafos ni tribunas. Basta con ponerse de pie, mirar a los ciudadanos a los ojos y responder. La patria no es el patrimonio de quienes gritan con fiereza antes de la tormenta para luego vender los principios al mejor postor y esconderse cuando cae la primera gota. Hoy, Venezuela mira la tribuna vacía, contempla a sus antiguos tribunos en su mutis de primera fila y comprende que el silencio no es prudencia táctica, sino la máscara de la lealtad traicionada. La nación entera les formula una sola pregunta... la única que la propaganda jamás podrá responder: cuando la historia les exigió ser leones, ¿por qué eligieron ser Judas? Pasen lista si quieren, camaradas. Pero háganlo a oscuras. La función ha terminado, el teatro está vacío y las consignas ya no engañan ni a sus propios fantasmas. Y si al llamar a los cinco millones nadie responde, no culpen al imperio... culpen a la traición que consumaron frente al espejo. ¡Váyanse para el carajo, traidores!
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