Por: Ricardo Abud
La tragedia no debería ser jamás un escenario para la ambición política. Cuando un pueblo llora a sus muertos, busca a sus desaparecidos o intenta levantarse en medio de la incertidumbre, lo que espera de todos sus dirigentes, sin distinción alguna, es un mínimo de humanidad. En esos momentos, el deber moral consiste en acompañar, aliviar el sufrimiento y contribuir a la serenidad colectiva, no en convertir el dolor en un instrumento para la confrontación.
Resulta profundamente doloroso observar cómo, en medio de circunstancias tan difíciles para Venezuela, algunos sectores optan por alimentar una narrativa de conflicto permanente. Mientras miles de familias enfrentan la angustia y las consecuencias de la tragedia, aparecen voces que parecen más interesadas en acelerar una agenda política que en tender una mano solidaria a quienes hoy más lo necesitan.
En ese contexto, se había creado desde el extranjero una matriz de opinión impulsada por venezolanos que cuestionaban la gobernabilidad del país y que, con antelación, habían fijado para el 3 de julio una concentración en la plaza Brión de Chacaíto para alzar su voz en contra del gobierno. Todo estaba planificado; solo que no contaban con el terremoto, y aun así persistieron en su propósito de socavar la paz del país. No les importó nada. A esa matriz le agregaron la de que el gobierno no había sabido manejar la crisis que se presentó a raíz del terremoto.
La utilización del sufrimiento colectivo como plataforma para impulsar exigencias políticas transmite la sensación de que el drama humano ha quedado relegado a un segundo plano. El clamor de quienes padecen se ve desplazado por consignas, discursos y estrategias orientadas a profundizar la confrontación, como si el país pudiera reconstruirse desde la división y no desde la unión.
Cuando el interés partidista se coloca por encima del bienestar nacional, la política pierde su esencia. Ninguna diferencia ideológica puede justificar que el dolor de un pueblo sea utilizado para generar mayor incertidumbre, exacerbar los ánimos o debilitar la estabilidad institucional. Venezuela necesita serenidad, responsabilidad y un compromiso sincero con la paz, especialmente en los momentos más complejos de su historia.
Toda sociedad democrática requiere una oposición responsable, capaz de ejercer la crítica con sentido de Estado, de fiscalizar con argumentos y de proponer soluciones viables. Pero una oposición que privilegie la confrontación permanente sobre el interés nacional corre el riesgo de profundizar las heridas sociales y aumentar el sufrimiento de la población. El liderazgo auténtico se demuestra cuando las diferencias políticas ceden espacio a la solidaridad frente a la tragedia.
Ningún proyecto de país puede construirse sobre la desesperanza. Ningún liderazgo se fortalece sembrando miedo o aprovechando la angustia de quienes atraviesan momentos de profundo dolor. Los venezolanos merecen que la política recupere su dimensión más humana, aquella que entiende que primero está la vida, luego el bienestar de las familias y, sólo después, las disputas por el poder.
La historia suele juzgar con severidad a quienes intentan convertir el sufrimiento colectivo en una oportunidad para sus propios intereses. Los pueblos recuerdan a quienes estuvieron presentes para aliviar sus cargas, pero también a quienes eligieron la confrontación cuando más se necesitaban gestos de unidad y compasión.
Mientras familias enteras enfrentan el miedo, la incertidumbre y el dolor, algunos actores políticos decidieron mantener intacta su agenda de confrontación, convirtiéndo el dolor humano en un recurso para ganar espacios de poder. Venezuela ha padecido demasiadas heridas para seguir siendo víctima de quienes parecen encontrar en cada crisis una oportunidad para intensificar el conflicto. El país necesita dirigentes capaces de construir, no de incendiar; de ofrecer soluciones, no de profundizar el enfrentamiento. El pueblo merece respeto, no ser utilizado como instrumento de una lucha política permanente.
Venezuela demanda hoy grandeza, sensibilidad y responsabilidad. El país necesita voces que llamen al encuentro, al respeto y a la reconstrucción nacional, porque ninguna victoria política tendrá verdadero significado si para alcanzarla se sacrifica la tranquilidad de un pueblo que ya ha soportado demasiadas pruebas. En tiempos de dolor, la humanidad debe imponerse sobre cualquier cálculo político, porque solo así podrá abrirse el camino hacia la esperanza y la reconciliación que tantos venezolanos anhelan.
Ya basta de una oposición nauseabunda, irreconciliable hasta con ella misma, carente de humanidad, miserable, llena de maldad y, por sobre todo, cargada de odio hacia un pueblo que solo quiere paz, solidaridad y que hoy pide que respeten su dolor, que aún busca en los escombros a sus muertos. Mientras otros siembran caos desde la comodidad del rencor, nosotros reconstruimos sobre las cenizas con esperanza y firmeza. Este país tiene memoria y no olvidará a quienes, en medio de la tragedia, eligieron la mezquindad sobre la dignidad humana. Porque la paz no es un favor que pedimos, es un derecho que estamos decididos a defender frente a cualquier intento de sabotaje. Y con toda deferencia les sugiere que se vayan pal carajo y dejen de joder; dejen quieto a quien quieto está.
NO HAY NADA MÁS EXCLUYENTE QUE SER POBRE

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