La tragedia ocasionada por los sismos del 24 de junio aĆŗn se respira entre edificios derrumbados y familias desplazadas. Desde Mamo a NaiguatĆ”, se observa la magnitud del desastre.
Ha pasado un mes desde que la tierra rugió dos veces y nos partió la vida en dos. Aquella tarde del 24 de junio, el Mundial de FĆŗtbol se convirtió en el telón de fondo de una pesadilla que aĆŗn no termina. Las alarmas de Google en nuestros telĆ©fonos sonaron al unĆsono, pero el estruendo de los terremotos de magnitud 7.2 y 7.5 ya las habĆa silenciado. El primero a las 6:04 de la tarde, el otro 39 segundos despuĆ©s. Un doblete sĆsmico, como lo llaman los expertos, el mĆ”s potente en Venezuela en 126 aƱos.
Esa tarde, en Tanaguarena, el partido comenzaba. David Beckham levantaba una copa de vino en la pantalla. Luego, el mundo se desmoronó. Al bajar las escaleras de nuestra torre, vi la magnitud del desastre: mezzaninas destruidas, bases despegadas y torres vecinas desplomadas. La cruz partida de la iglesia fue la primera de muchas imĆ”genes que se grabarĆan a fuego. El centro comercial Costa del Sol, testigo de mi adolescencia, era un montón de ruinas. Personas lloraban, otras con quemaduras por los incendios que siguieron a los sismos. En menos de 40 minutos, caminamos ocho kilómetros con el cielo naranja anunciando el ocaso, el caos total en la avenida JosĆ© MarĆa EspaƱa.
Al llegar a Macuto, la oscuridad envolvĆa todo. MĆ”s de una hora tardamos en reencontrarnos con nuestra familia. El abrazo fue de esos que se agradecen con el alma. Nuestros apartamentos quedaron destrozados y con una etiqueta roja de inhabitable. Ese dĆa, La Guaira no volvió a ser la misma.
Un recorrido desde Mamo.
Para ver la magnitud de lo ocurrido y cómo quedó La Guaira, pocos dĆas despuĆ©s de los sismos emprendimos un viaje de cuatro horas a travĆ©s del polvo, el silencio y la esperanza de un pueblo que se niega a rendirse.
Tras un minuto de silencio en honor a las vĆctimas, iniciamos el recorrido transmitido en vivo por nuestro canal streaming UN24. Junto a la periodista Rita Di Mattia y nuestro equipo tĆ©cnico y de producción, recorrimos el litoral guaireƱo desde Mamo hasta NaiguatĆ”. El trayecto, que en condiciones normales se hace en menos de una hora, nos tomó mĆ”s de cuatro horas. No era el trĆ”fico lo que nos detenĆa, sino la magnitud del desastre que se extendĆa a lo largo de la costa. Cada kilómetro era una herida abierta, cada esquina una historia de dolor y supervivencia.
Arrancamos en Mamo y tomamos la Cinta Costera Oeste. En Catamare, las viviendas afectadas se veĆan desde la vĆa, con sus paredes partidas como costillas rotas. El terminal de Catia La Mar lucĆa las profundas huellas del terremoto: columnas agrietadas, techos caĆdos, el silencio de un lugar que antes era bullicio. La panaderĆa Los Pescaditos, en la entrada de La Soublette, marcaba el inicio de la devastación con su fachada desmoronada. La fĆ”brica Vencemos era un montón de ruinas, testigo mudo de la furia de la tierra. En el balneario de Catia La Mar, la gente hacĆa colas para buscar agua y alimentos. Al llegar a La AtlĆ”ntida, todo era devastación: centros comerciales, comercios y viviendas, todo destruido. El paisaje que antes era movido, dinĆ”mico y próspero, ahora se fundĆa entre el polvo y las ruinas.
Subimos a Playa Grande.
El urbanismo Hugo ChĆ”vez, que antes irradiaba alegrĆa con sus colores y sus niƱos jugando en las calles, era solo ruinas. Avanzamos hacia la zona residencial y vimos la devastación de decenas de edificios que antes tenĆan alta cotización inmobiliaria. Ahora eran cascarones huecos, algunos inclinados, otros completamente derrumbados. El hotel Marriott quedó destruido, parecĆa el escenario de una pelĆcula de terror: vidrios rotos, muebles esparcidos, el lujo convertido en escombros. Bajamos a playa Verde y encontramos un pequeƱo milagro en medio del caos: el local de las Arepas de Margaret habĆa sobrevivido al terremoto. Como un susurro de esperanza, ese pequeƱo negocio se mantenĆa en pie, recordĆ”ndonos que la vida siempre encuentra la manera de resistir.
Al llegar a Mare Abajo, el corazón se nos encogió. Grandes campamentos con carpas blancas de asistencia humanitaria se extendĆan como un mar de dolor. AllĆ, familias enteras dormĆan sobre colchonetas, con sus pertenencias en bolsas, esperando un milagro. Los bloques de Mare mostraban las severas lesiones que les dejó el sismo: grietas que atravesaban las paredes como cicatrices profundas. En la avenida Bicentenaria, el asfalto se habĆa partido. Las grietas eran tan profundas que generaban irregularidad en la circulación vehicular. Los conductores avanzaban con cuidado, esquivando los crĆ”teres que la tierra habĆa abierto.
De MaiquetĆa a NaiguatĆ”.
La avenida Soublette mostraba un movimiento vehicular tĆmido, pero las gasolineras funcionaban con normalidad y la zona comercial de MaiquetĆa se habĆa reactivado en mĆ”s de un 90%. PequeƱos comercios abrĆan sus puertas; la vida intentaba regresar. Llegamos a La Guaira y vimos que edificaciones históricas como la casa Guipuzcoana, el edificio Boulton, la sede de la alcaldĆa y el casco histórico habĆan resistido el doblete sĆsmico. Como abuelos sabios, se mantenĆan en pie, custodiando la memoria de la ciudad.
Pero en Los Silos, el ambiente era completamente distinto. Decenas de personas aguardaban afuera, con los ojos perdidos en el horizonte, para reclamar los cuerpos de sus seres queridos. AllĆ se instaló una morgue móvil con personal en medicina forense para la identificación segura de las vĆctimas. El dolor era tan denso que se podĆa tocar. El terminal de La Guaira quedó intacto, aunque aĆŗn no estĆ” activo. Un edificio vacĆo, esperando que la vida vuelva a llenarlo.
Pasamos por la escuela RepĆŗblica de PanamĆ”, donde funciona un campamento transitorio con mĆ”s de 400 familias. Las aulas, que antes eran de risas y aprendizaje, ahora son dormitorios. El Hospital JosĆ© MarĆa Vargas quedó en pie; allĆ, miles de guaireƱos fueron atendidos durante la noche del 24 de junio. Muchos mĆ©dicos y profesionales de la salud bloquearon sus situaciones personales, dejaron a sus propias familias en medio del caos, para cumplir con el juramento hipocrĆ”tico. Ellos fueron los Ć”ngeles de esa noche.
En el mercado de Punta de Mulatos todo lucĆa tranquilo, con un despliegue de control y seguridad que imponĆa orden vial. Supimos que mĆ”s de 60% de las viviendas ubicadas en sectores populares del estado resistieron el temblor. Un dato que, en medio de tanta pĆ©rdida, nos daba un pequeƱo respiro.
El ojo de La Guaira nos aguardaba en la Cinta Costera Este, pero esta vez se sentĆa distinto. El mar, que siempre fue sinónimo de vida y recreo, ahora parecĆa testigo mudo de la tragedia. En el estadio Forum La Guaira habĆa movimiento activo: se convirtió en el centro de operaciones de los equipos de salvamento y rescate. Hombres y mujeres con cascos amarillos entraban y salĆan, con la esperanza de encontrar a alguien con vida.
Avanzamos por la Intercomunal de Macuto. Las Residencias Mar Azul, dos megabloques de 20 pisos, se mantuvieron firmes, con algunas lesiones leves a nivel de mamposterĆa. Dos gigantes de concreto que desafiaron la furia de la tierra. Luego continuamos hasta Punta Brisas y allĆ llegó de nuevo la devastación: cuatro edificios desplomados y otros 10 severamente afectados. Mi zona, donde crecĆ, la vi nuevamente, pero muy herida. Las calles donde jugaba de niƱa, las esquinas donde compartĆ con amigos, todo era un campo de ruinas. El dolor se mezclaba con los recuerdos.
Seguimos por la bajada El Playón y vimos uno de los ocho hospitales de campaƱa internacionales, el brasileƱo, donde garantizan atención en ortopedia, medicina general, pediatrĆa y farmacia. Una carpa blanca con una cruz roja que se convertĆa en un oasis de esperanza en medio del desierto de dolor.
En la avenida JosĆ© MarĆa EspaƱa el panorama era impresionante, desgarrador. MĆ”s de 30 edificaciones, de las mĆ”s cotizadas a nivel inmobiliario, completamente desplomadas. Las que quedaron en pie, todas estaban heridas de muerte. Los escombros ocupaban las calles, el polvo flotaba en el aire. Fue allĆ donde, 39 segundos despuĆ©s del primer temblor, la tierra rugió por segunda vez y todo se vino abajo.
El sector Caribe es impactante.
Al entrar, el imponente centro comercial Costa del Sol destruido era solo el preludio de lo que venĆa. Ese centro comercial, que fue testigo de mi adolescencia, donde compartĆ con amigos, donde Ćbamos a comer, era un montón de ruinas. Cuando llegamos al semĆ”foro de playa Los Cocos, ya se contabilizaban mĆ”s de 20 edificaciones entre colapsadas y daƱadas. El paisaje era lunar, como si una bomba hubiera caĆdo sobre la ciudad.
Al llegar a Tanaguarena, el lugar donde comenzó esta pesadilla para nosotros, el equipo se detuvo un momento. La torre donde estĆ”bamos ese 24 de junio seguĆa en pie, pero las marcas en la estructura eran evidentes. Nos encontramos con Residencias Caribe, donde aĆŗn continuaban las labores de rescate de cuerpos. Los rescatistas, con el rostro cansado pero la mirada firme, seguĆan buscando entre el concreto. Avanzamos y todas las edificaciones de la franja costera turĆstica estaban desplomadas o en ruinas. Lo que antes era alegrĆa y vacaciones, ahora era silencio y devastación.
Luego continuamos por la carretera nacional hacia NaiguatĆ”. Al llegar al pueblo mĆ”s colorido y alegre de La Guaira, nos recibió con una pequeƱa llovizna y la sonrisa de algunos niƱos que nos saludaban porque “llegaron los periodistas”. Esa sonrisa, en medio de tanto dolor, nos llenó el alma. Subimos a pueblo arriba y allĆ, frente a la iglesia Nuestra SeƱora de Coromoto, culminamos el recorrido. La iglesia, con su fachada de piedras, se mantenĆa en pie, como un faro de fe en medio de la tormenta.
Ahorita en La Guaira todo el mundo estĆ” triste, herido, con un dolor profundo en el alma. El llanto se escucha en cada rincón, las miradas perdidas se cruzan en las calles. Pero tambiĆ©n, entre las ruinas, florece la esperanza. La esperanza de quienes se abrazan y se dicen “estamos vivos”. La esperanza de quienes comparten lo poco que tienen. La esperanza de un pueblo que se niega a ser derrotado.
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