Por: Ricardo Abud
A menudo, las traiciones más dolorosas no son aquellas que nos infligen nuestros enemigos declarados, esas que esperamos y contra las que nos preparamos con la guardia en alto. Las traiciones que realmente nos dejan una cicatriz indeleble son las que descubrimos en el silencio atronador de quienes llamábamos amigos, de aquellos a quienes entregamos nuestra confianza y nuestra esperanza de supervivencia.
Cuando los misiles iluminaron el cielo de Caracas en la madrugada de ese aciago 3 de enero de 2026, el mundo entero contuvo el aliento, esperando una reacción que no llegó. Miramos hacia Moscú, giramos la vista hacia Pekín, buscando con desesperación un gesto, un movimiento de activos, una palabra que fuera más allá de la cortesía diplomática. Esperábamos una amenaza creíble, una señal de que no estábamos solos en ese tablero inmenso. Pero lo que recibimos fue el eco, frío y distante, de un silencio absoluto. Unas pocas condenas protocolares, un puñado de comunicados redactados con la frialdad de quien rellena un formulario, y luego, el vacío. Fue el momento en que se hizo evidente que, en el ajedrez de las grandes potencias, nosotros nunca fuimos los jugadores; fuimos, apenas, una ficha.Ese silencio no fue producto de un descuido ni de una falta de lealtad personal hacia nuestra dirigencia; fue el resultado de una lógica matemática, fría y despiadada que nosotros, en nuestra ceguera ideológica, nos negamos a ver durante décadas. Las grandes potencias no forman alianzas basadas en la solidaridad sentimental o en la afinidad de colores políticos. Son actores profundamente racionales que calculan, con la precisión de un bisturí, el costo y el beneficio de cada uno de sus movimientos.
Durante años, nos dejamos arrullar por el espejismo de los números: esos más de trescientos convenios en energía, infraestructura, agricultura y tecnología. Creímos, con una ingenuidad que hoy nos cuesta reconocer, que ese volumen de proyectos formaba una red de seguridad inquebrantable. Pensamos que nuestra importancia en el mapa de las mayores reservas petroleras del mundo era un seguro de vida que obligaría a Rusia y a China a entrar en un conflicto directo, total y peligroso con Estados Unidos para protegernos de cualquier amenaza.
Qué equivocados estábamos en nuestra lectura de la realidad. Nunca fuimos un aliado vital en el sentido estratégico del término; fuimos, en esencia, un socio comercial útil, una pieza dentro de un tablero global donde los otros movían las fichas y nosotros, con una generosidad que hoy parece temeraria, ponemos el territorio. Mientras nosotros celebrábamos la firma de cada nuevo contrato como si fuera un pacto de sangre, nuestros "aliados" estaban haciendo cálculos de contabilidad geopolítica, midiendo cuánto costaba defender a Venezuela frente a los riesgos incalculables de una escalada con la primera potencia militar del mundo. Y cuando llegó la hora de la verdad, cuando la balanza se inclinó y el costo de defender nuestra soberanía superó con creces el beneficio potencial de nuestra amistad, simplemente eligieron no actuar. No fue una traición en el sentido humano, fue realismo geopolítico puro. La verdadera tragedia, lo que nos queda como una espina clavada en la memoria, es que nosotros nunca los tratamos como lo que eran actores racionales buscando su beneficio, sino como salvadores ideológicos que vendrían a rescatarnos del fuego.
El resultado está ahí, expuesto a la intemperie: un gobierno capturado, una estructura de Estado desarticulada y un país que hoy se ve forzado a cambiar su rumbo, no por voluntad propia, sino bajo la presión directa, ineludible y brutal de los bombardeos. La liberación de presos políticos que ocurrió apenas unas horas después del ataque es la prueba más dolorosa de nuestra vulnerabilidad; es la confirmación empírica de que nuestra resistencia tenía un precio de mercado, y que ese precio fue pagado con la misma soberanía que durante décadas dijimos estar protegiendo a toda costa.
Lo que no se pudo lograr en veinticinco años de diplomacia, de foros internacionales y de discursos encendidos, se logró en unas pocas horas de fuerza bruta. Esta es la lección brutal, la que nos deja el colapso absoluto de las normas internacionales nacidas en 1945: cuando el poder real, tangible y disuasivo desaparece, todas las leyes y tratados internacionales se vuelven papel mojado.
Este desenlace nos arrastra a una realidad incómoda pero profundamente necesaria. El mundo en el que vivimos ha dejado de ser el lugar que creíamos conocer; la competencia entre potencias se ha vuelto sistémica, agresiva y constante. Los riesgos de escalada han regresado al horizonte con una urgencia que no sentíamos desde los años más tensos de la Guerra Fría. En este nuevo interregno, donde las viejas reglas han perdido su validez y las nuevas aún no han sido redactadas, el poder real la capacidad militar, la solidez económica, la disuasión tecnológica, la capacidad de sostenerse sobre los propios pies vale mucho más que mil discursos elocuentes. Venezuela ha pagado un precio histórico, un costo que ningún discurso, por más brillante que sea, podrá revertir.
Nos queda, como sociedad y como ciudadanos, la responsabilidad ética y política de no volver a confundir nunca más un acuerdo comercial con un compromiso de vida o muerte. Porque al final, cuando el cielo se ilumina con el fuego de los misiles y la noche se convierte en un día artificial de destrucción, no hay retórica que pueda protegernos si no hemos construido, con nuestras propias manos y con una inteligencia estratégica despiadada, los dientes necesarios para que cualquier agresor, antes de cruzar nuestras fronteras, se lo piense dos veces. La soberanía, aprendimos a las malas, no se reclama; se impone mediante la capacidad de hacerse respetar.
1. Primer articulo: https://chamosaurio.blogspot.com/2026/06/el-espejismo-de-las-palabras-y-el-fin.html 2. Segundo articulo: https://chamosaurio.blogspot.com/2026/06/la-doctrina-monroe-el-vecino-que-nunca.html 3. Tercer articulo: https://chamosaurio.blogspot.com/2026/06/la-oportunidad-perdida-geopolitica_0378436047.html
NO HAY NADA MÁS EXCLUYENTE QUE SER POBRE

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