Por Xavier Villar
Cuando el Comando Central de EE.UU. (CENTCOM) anunció del inicio de operaciones para interceptar embarcaciones asociadas al petróleo iraní, los mercados apenas reaccionaron.
Esa ausencia de sobresalto no fue una muestra de indiferencia ni el síntoma de una economía demasiado acostumbrada a la crisis; fue, más bien, una lectura bastante precisa del desfase entre la retórica de bloqueo y la realidad material del Golfo Pérsico. Washington presentó la medida como una demostración de fuerza, como si la sola enunciación de una prohibición bastara para alterar el curso del comercio marítimo mundial, pero lo que siguió fue algo muy distinto: una exposición sobria, aunque difícil de admitir en la capital estadounidense, de los límites estructurales del poder naval norteamericano en una región donde la geografía no obedece al lenguaje de las sanciones y donde la economía política del petróleo ha aprendido, desde hace años, a moverse con una elasticidad que desmiente los gestos de autoridad.
Los datos de las semanas previas ya habían anticipado ese desenlace. Una parte sustancial del crudo iraní había sido retirada de terminales vulnerables y desplazada hacia zonas de espera fuera del Golfo Pérsico, o bien cargada en buques fondeados en rutas donde la trazabilidad se vuelve incierta y la jurisdicción se fragmenta. No se trató de una retirada improvisada ni de una reacción nerviosa ante el anuncio estadounidense, sino de una operación de anticipación, organizada con la paciencia de quien sabe que el verdadero campo de batalla no es el puerto sino la cadena de circulación que lo enlaza con otros puertos, otros registros, otras jurisdicciones y otros intermediarios. Cuando comenzó la operación estadounidense, los puntos que debía asediar ya estaban, en lo esencial, vaciados. La escena era casi una parábola del orden contemporáneo: una flota desplegada para impedir un flujo que su adversario había sabido desviar antes de la llegada del bloqueo.
La dificultad central, sin embargo, no reside sólo en esa capacidad iraní de adaptación, sino en el propio diseño del sistema que Washington pretende ahora disciplinar. No se puede cerrar el estrecho de Ormuz de manera selectiva sin tocar al mismo tiempo el tráfico de otros grandes compradores ni perturbar corredores por los que circula una parte decisiva del comercio energético mundial. El estrecho no es un punto periférico ni una frontera menor; es uno de esos pasajes en los que la economía global concentra su vulnerabilidad. Intentar filtrar ese tráfico barco por barco, cargamento por cargamento, mientras se preserva intacto el resto del flujo, no es una operación militar en sentido estricto. Es una ficción burocrática revestida de lenguaje estratégico. Y lo que vuelve esa ficción especialmente inestable es que el Golfo Pérsico no es un teatro vacío, sino un espacio saturado de intereses superpuestos en el que cada movimiento estadounidense produce efectos que desbordan su intención declarada.
China entendió esto de inmediato y actuó en consecuencia. No hizo falta una proclamación solemne sobre soberanía ni una invocación grandilocuente del derecho internacional. Bastó con mantener los vínculos energéticos con Irán y dejar claro, por canales diplomáticos y comerciales, que cualquier interferencia con ese tráfico sería interpretada como un acto hostil. La aparente sobriedad del lenguaje chino no debe engañar: en cuestiones de seguridad energética, Pekín no puede permitirse aparecer como un actor que cede ante la presión unilateral de Washington. Y esto no se explica sólo por orgullo nacional o por una lógica abstracta de prestigio, sino por la relación concreta entre energía, crecimiento y legitimidad interna. Un bloqueo efectivo contra Irán exigiría a Estados Unidos la disposición a arriesgar una confrontación con China por el control de un corredor marítimo del que dependen, directa o indirectamente, varias de las principales economías asiáticas. Esa posibilidad existe en la imaginación de ciertos estrategas, pero no en la política real de la Casa Blanca ni, menos aún, en el cálculo cotidiano del Pentágono.
Por eso la operación, en su forma inicial, se redujo con rapidez a una versión más limitada, más ambigua y, en el fondo, más reveladora de sus propias restricciones. Incluso esa formulación atenuada se enfrenta al problema ya señalado: los puertos han dejado de ofrecer el tipo de blanco definido que la narrativa del bloqueo presupone. El tráfico iraní directo ha sido sustituido por circuitos más distribuidos, por buques registrados bajo banderas de conveniencia y por cargamentos cuya titularidad se diluye en una arquitectura de sociedades interpuestas, registros offshore y operaciones de trasbordo. Parte del crudo permanece ahora en barcos fondeados frente a costas del sudeste asiático, nominalmente a la espera de compradores, pero funcionando en la práctica como depósitos móviles, una reserva flotante que no sólo elude la coerción sino que la desplaza en el tiempo y en el espacio. Cada intento de fijar un punto de presión encuentra una geografía que se reconfigura, una propiedad que se redistribuye, una jurisdicción distinta. La consistencia de este sistema no depende de su legibilidad inmediata, sino de su capacidad para absorber perturbaciones y redistribuir sus costes.
La cuestión decisiva es, entonces, si Estados Unidos está dispuesto a empujar esta lógica hasta sus últimas consecuencias. Técnicamente puede detener cualquier petrolero civil; políticamente no puede hacerlo sin asumir costes que podrían exceder ampliamente cualquier beneficio inmediato. La detención de buques vinculados al comercio chino, o incluso de cargamentos asociados a redes asiáticas más amplias, abriría una secuencia de incidentes con actores que van mucho más allá de Irán. El mar del Sur de China, el estrecho de Malaca, los puertos malayos y singapurenses, las rutas de trasbordo y las cadenas de seguro marítimo: todo eso quedaría implicado en una operación que Washington querría presentar como una medida selectiva y que inevitablemente adquiriría un carácter sistémico. El problema no es sólo que el coste de esa escalada sea elevado; es que no hay una forma limpia de administrarlo. El bloqueo, en otras palabras, no produce control: produce fricción, y la fricción, en un sistema tan interdependiente, se convierte pronto en crisis.
Lo que Washington parece no querer reconocer es que Irán ha pasado décadas preparándose precisamente para este tipo de presión. Su capacidad no depende de una única arma ni de una sola amenaza, sino de una constelación de respuestas posibles que, combinadas, vuelven demasiado costoso cualquier intento de estrangulamiento marítimo. Puede hostigar el tráfico, amenazar rutas alternativas, presionar infraestructuras energéticas regionales y, si decide hacerlo, convertir el estrecho en un espacio temporalmente inhabitable para el comercio. No hace falta que esa capacidad sea técnicamente deslumbrante; basta con que sea creíble. Y lo es, porque ha sido demostrada en distintos momentos: en ataques a petroleros durante la guerra con Irak, en capturas selectivas de buques, en acciones contra infraestructuras energéticas regionales, en la constante advertencia de que el Golfo Pérsico no es un espacio que pueda pacificarse desde fuera por decreto o por patrulla.
Aquí aparece la dimensión más importante del conflicto. El estrecho de Ormuz no es sólo un pasaje marítimo; es una pieza de negociación, un instrumento de disuasión para Teherán. Quien controla ese paso no domina simplemente un corredor: dispone de una capacidad para hacer visible el precio político de la coerción. Y esa es la razón por la cual la estrategia estadounidense, por muy cuidadosamente que se redacte, tropieza con una contradicción interna. Washington quiere usar el estrecho como palanca contra Irán, pero al hacerlo corre el riesgo de que esa misma palanca actúe en sentido inverso. Cuanto mayor sea la presión, mayor será también el incentivo iraní para recordar que el control del paso no pertenece a una sola potencia, ni se deja reducir a una operación policial del orden marítimo.
La consecuencia probable es una escalada lenta, más administrativa que cinematográfica, pero no por ello menos peligrosa. Los buques son detenidos o inspeccionados; las primas de seguro suben; las rutas se desvían; los puertos operan con incertidumbre; los mercados anticipan interrupciones; los Estados del Golfo Pérsico recalculan sus márgenes; los importadores asiáticos observan con alarma una situación que no controlan. Todo eso puede parecer una suma de perturbaciones menores, pero en un sistema energético globalizado esas perturbaciones se acumulan y se traducen en una presión política mucho más amplia. El estrecho se convierte así no en una barrera limpia sino en un foco permanente de inestabilidad, una zona donde la soberanía, el comercio y la seguridad se solapan sin resolverse nunca del todo. Lo que se pretendía como una acción de contención termina siendo una fábrica de incertidumbre.
La verdadera cuestión, entonces, no es si Estados Unidos puede anunciar un bloqueo. Eso puede hacerlo. La cuestión es si puede sostenerlo sin alterar las condiciones mismas que lo hacen posible. Y la respuesta, por ahora, parece negativa. El estrecho de Ormuz no puede tratarse como un espacio vacío sobre el que una potencia exterior impone voluntad unilateral. Es un lugar donde convergen soberanía, dependencia energética, competencia regional y una memoria larga de confrontación. Cualquier intento de convertirlo en una herramienta de presión exclusiva contra Irán se topa con el hecho de que la infraestructura del comercio global no está organizada para obedecer a un solo Estado, y mucho menos a una sola narrativa estratégica. El orden marítimo que Estados Unidos dice proteger es también el orden que impide que su coerción sea absolutamente eficaz.
A Irán, por su parte, le basta con demostrar que el coste de la presión estadounidense puede subir más rápido que la capacidad de Washington para administrarlo. Esa es la lógica que ha ido construyendo durante años: convertir su vulnerabilidad en recurso, su proximidad geográfica en capacidad de disuasión y su integración forzada en el sistema global en una forma de negociación asimétrica. Estados Unidos sigue pensando, con una mezcla de hábito y arrogancia, que la superioridad naval basta para organizar el mundo. Pero en el Golfo Pérsico, como en otros espacios saturados por intereses rivales y dependencias cruzadas, la superioridad naval no resuelve contradicciones políticas; apenas las hace más visibles, y en ocasiones las acelera.
El bloqueo anunciado el 24 de abril debe leerse, por eso, menos como una estrategia coherente que como un gesto de reafirmación. Está dirigido a audiencias domésticas, a aliados nerviosos y a adversarios que se quiere mantener bajo amenaza. Pero los gestos no sustituyen a la capacidad de producir efectos duraderos. Y en el estrecho de Ormuz, la eficacia no depende del volumen del anuncio sino de la posibilidad real de convertir presión en obediencia sin provocar un desorden mayor. Eso es precisamente lo que Washington no puede hacer. Puede interrumpir, encarecer, intimidar y ensayar formas parciales de coerción. No puede cerrar el estrecho de Ormuz de manera estable sin desorganizar el sistema del que forma parte y del que, en última instancia, también depende. La amenaza existe, sí, pero su eficacia queda atrapada en la misma red que pretende romper.
La lección no es nueva, aunque siga resultando incómoda para los arquitectos de la política exterior estadounidense. Irán no ha desaparecido bajo el peso de las sanciones ni se ha deshecho por la acumulación de amenazas. Se ha adaptado. Ha aprendido a operar dentro de las grietas del orden que lo presiona y ha convertido la geografía del estrecho en un activo político. El problema para Washington no es técnico sino conceptual: sigue imaginando que una combinación de coerción y demostración de fuerza puede reemplazar una negociación real con un actor que, quiera o no quiera, tiene capacidad de imponer costes al conjunto del sistema. Y en ese sentido el bloqueo fracasa antes incluso de completarse, porque parte de una premisa que el Golfo Pérsico ya ha desmentido demasiadas veces: que el control marítimo equivale a control político.
En ese punto, la cuestión deja de ser estrictamente iraní y pasa a ser estructural. La administración estadounidense no está enfrentándose sólo a un rival regional, sino a las contradicciones del orden que ella misma contribuyó a construir: un sistema de comercio global que depende de pasos estrechos, de registros opacos, de intermediarios financieros, de mercados energéticos extremadamente sensibles y de una infraestructura logística cuya eficiencia se sostiene precisamente en su vulnerabilidad. Lo que Irán hace es aprovechar esa vulnerabilidad. Lo que Estados Unidos intenta hacer es disciplinarla sin destruirla. Y ahí reside la imposibilidad. No puede mantener intacto el circuito mundial del comercio y, al mismo tiempo, convertir Ormuz en un espacio controlado de forma unilateral. No puede garantizar el flujo y bloquearlo. No puede afirmar la universalidad del sistema y usarlo como arma contra uno de sus propios nodos.
Por eso el debate no debería girar en torno a si Washington dispone de suficientes destructores, satélites o capacidades de vigilancia. Lo decisivo no es eso. Lo decisivo es que Irán ha logrado situarse en una posición desde la cual cualquier intento de estrangulamiento lo obliga a la vez a una respuesta que extiende el problema al sistema entero. Esa es una forma de poder incómoda para los comentaristas que aún piensan en términos de superioridad lineal, pero es la forma de poder que importa en el Golfo Pérsico. La geografía, cuando está bien aprovechada, convierte la vulnerabilidad en influencia; la dependencia, cuando se vuelve mutua, limita el alcance de las amenazas; y la capacidad de aguantar más que el adversario, en una crisis sostenida, acaba importando tanto como la fuerza inicial.
El fracaso del bloqueo, cuando finalmente sea reconocido como tal, probablemente será presentado en Washington como una “recalibración”, un “ajuste táctico” o una “fase distinta de presión”. Ese vocabulario de la administración del fracaso es ya parte del paisaje político estadounidense. Pero la realidad será más simple y más dura: Estados Unidos habrá descubierto, una vez más, que no puede imponer por la fuerza un cierre selectivo en uno de los corredores energéticos más sensibles del planeta sin desencadenar efectos que no controla. Irán, en cambio, habrá demostrado algo que lleva años demostrando: que el poder no reside sólo en la capacidad de atacar, sino en la capacidad de hacer costoso el ataque ajeno. En el estrecho de Ormuz, ese principio sigue siendo decisivo. Y mientras siga siéndolo, el bloqueo seguirá siendo un espejismo.
Fuente:https://www.hispantv.com/noticias/opinion/642368/bloqueo-eeuu-no-puede-cerrar-estrecho-ormuz


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