El poder como escudo: Netanyahu, Zelensky y Trump ante la historia

 


Por: Ricardo Abud

Hay un patrón que se repite en la política contemporánea: líderes que acumulan escándalos o enfrentan amenazas legales graves y responden, no con transparencia, sino con distracción, conflicto o la consolidación del mando.

Benjamin Netanyahu en Israel, Volodimir Zelensky en Ucrania y Donald Trump en Estados Unidos representan tres variantes de este fenómeno. Aunque sus circunstancias y niveles de responsabilidad difieren, comparten una estrategia medular: cuando el poder personal peligra, la narrativa pública debe ser redirigida.

Netanyahu es el caso más evidente. Durante años ha enfrentado un juicio por corrupción, fraude y abuso de confianza respaldado por evidencia formal de la fiscalía de su propio país. En este contexto, la guerra en Gaza adquiere una dimensión que trasciende lo militar. Desde octubre de 2023, ha presidido una campaña con un costo humano devastador que llevó a la Corte Penal Internacional a emitir una orden de arresto en su contra por crímenes de guerra y de lesa humanidad. 

Es un hito sin precedentes para el líder de una democracia occidental. Internamente, su gestión se ha caracterizado por bloquear acuerdos de alto al fuego y tensar relaciones con aliados como Estados Unidos, mientras intentaba una reforma judicial para subordinar la Corte Suprema al Parlamento. La sociedad israelí reconoció en estas maniobras un intento de demoler el único contrapeso capaz de detenerlo. La ecuación es cínica: mientras persista el estado de emergencia, el juicio puede esperar. Para él, el beneficio no reside en ganar la guerra, sino en evitar que termine.

En Ucrania, el mandato de Zelensky venció en mayo de 2024. Aunque la Constitución prohíbe elecciones bajo ley marcial, la legitimidad democrática se ha visto tensionada por escándalos internos. En noviembre de 2025, la Oficina Nacional Anticorrupción destapó un esquema de sobornos en la empresa estatal Energoatom, implicando a figuras del entorno presidencial. La investigación, denominada Operación Midas, reveló una red criminal de 110 millones de dólares coordinada por su ex socio comercial, Timur Mindich. 

La gravedad del asunto aumentó cuando el partido de gobierno intentó despojar de independencia a las agencias anticorrupción, provocando protestas masivas. Aunque Zelensky dio marcha atrás, el gesto reveló un instinto de supervivencia institucional por encima de la rendición de cuentas. Quien llegó al poder con una victoria aplastante prometiendo erradicar el sistema corrupto, hoy gobierna más allá de su periodo original mientras su círculo íntimo enfrenta las mismas acusaciones que él juró combatir.

Trump representa la tercera variante: el líder que no enfrenta una guerra en su territorio, pero que carga con un escándalo histórico que intenta neutralizar mediante la distracción sistemática. Los archivos de Jeffrey Epstein se han convertido en el mayor foco de tensión de su segundo mandato. Documentos recientes revelan vuelos no declarados en el jet privado del financiero y la existencia de entrevistas del FBI, presuntamente retenidas por el Departamento de Justicia, sobre acusaciones de abuso sexual. 

La respuesta de la Casa Blanca ha sido calificar estas investigaciones de "distracción política" y lanzar contraofensivas mediáticas, como las acusaciones de traición contra la administración de Obama emitidas por Tulsi Gabbard. Es el método Trump en su estado puro: inundar el espacio público con nuevas controversias y teorías conspirativas para obligar a la opinión pública a mirar hacia otro lado, utilizando las instituciones que deberían fiscalizarlo como herramientas de defensa.

Ninguno de los tres pierde el sueño por sus muertos. Esa es la verdad que la retórica patriótica, las banderas en las solapas y los discursos de unidad nacional intentan ocultar. Netanyahu no llora a los niños de Gaza ni a los soldados israelíes que envía al frente sabiendo que la guerra que los consume le compra otro mes fuera de la sala de juicios. Zelensky no llora a los ucranianos que mueren en trincheras mientras su círculo roba el dinero destinado a reconstruir el país que esos mismos soldados defienden. Trump no llora a nadie que no pueda convertirse en voto. 

Para los tres, el ciudadano no es el destinatario del poder sino el combustible del poder: se le agita con el miedo, se le moviliza con el enemigo externo, se le consume en el conflicto, y se le reemplaza con otro discurso cuando ya no sirve. La vida humana, en la aritmética de estos tres gobiernos, vale exactamente lo que vale políticamente. Cuando deja de ser útil, deja de importar. Y lo más grave no es que sean crueles en el sentido clásico de la palabra, sino que son indiferentes, que es una forma de crueldad mucho más difícil de procesar y mucho más difícil de juzgar, porque no deja huellas visibles, solo cadáveres que el discurso oficial llama héroes, daños colaterales, o simplemente, el precio de la libertad.

Estos tres casos ilustran una dinámica estructural donde la búsqueda de accountability es respondida con narrativas alternativas de gran escala. Para Netanyahu es la guerra existencial; para Zelensky, no la paz; y para Trump, la lucha contra el "Estado profundo". En los tres escenarios, el ruido del poder se utiliza para silenciar la justicia. 

Sin embargo, estas tácticas tienen costos humanos concretos: vidas en Gaza, fondos desviados en una Ucrania que necesita reconstrucción y el desgaste de la credibilidad institucional en Estados Unidos. La historia registra con rigor a quienes confunden la permanencia en el cargo con la impunidad, pues el escudo del poder es temporal. Tarde o temprano, la conclusión de los juicios, el fin de la ley marcial o el término de un mandato dejarán al líder expuesto.

Existe una lógica perversa en la que la paz se percibe como una amenaza para estos mandatarios. Un alto al fuego definitivo o el retorno a la normalidad institucional significaría el fin de la excepcionalidad que los protege. Por ello, la prolongación de los conflictos y la agitación del miedo se vuelven herramientas de supervivencia. 

La pregunta que quedará no será sobre su habilidad política, sino sobre el uso de sus pueblos como combustible para sus propios intereses. La historia no los juzgará únicamente por sus maniobras legales, sino por la indiferencia hacia aquellos que pagaron el precio de sus decisiones desde búnkeres y despachos. 

Aunque la justicia terrenal sea lenta, posee una memoria que sobrevive a cualquier narrativa de conveniencia.

NO HAY NADA MÁS EXCLUYENTE QUE SER POBRE


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