Por: Ricardo Abud
El Super Bowl funciona en la psique colectiva como el ritual cívico más potente de Estados Unidos, una suerte de plaza pública moderna donde se valida qué es y qué no es parte de la identidad nacional.
Al ser el evento con mayor audiencia y alcance comercial, trasciende lo deportivo para convertirse en un termómetro de la cultura; lo que ocurre en su escenario principal se percibe como la versión oficial de la "americanidad" ante los ojos del mundo.Cuando un artista estadounidense de origen puertorriqueño se presenta en el medio tiempo y utiliza el español, el acto se transforma en una declaración política y cultural de gran calado. Representa, ante todo, el reclamo de un espacio de legitimidad para una comunidad que es ciudadana por derecho, pero que a menudo es tratada como periférica. Para el artista boricua, cantar en su lengua materna en este contexto es una forma de afirmar que el español es una lengua nacional y no un elemento extranjero, recordando a la audiencia que Estados Unidos es, de facto, una nación multilingüe con territorios hispanohablantes integrados en su estructura política desde hace más de un siglo.
Las sociedades contemporáneas enfrentan el dilema fundamental de equilibrar la celebración de la diversidad cultural con la necesidad de símbolos y espacios compartidos que generen cohesión nacional.
Este debate se intensifica en eventos de gran escala, como el Super Bowl, que funcionan como rituales cívicos donde se refuerza el sentido de pertenencia colectiva. En una nación multicultural, surge la pregunta de si la identidad compartida debe reflejar una tradición dominante o la realidad demográfica diversa del país.
El idioma actúa como un marcador identitario poderoso, pero su relación con la unidad nacional es compleja. Mientras algunos países optan por el monolingüismo, otros como Suiza o Canadá prosperan con modelos multilingües.
Estados Unidos carece de un idioma oficial a nivel federal, reflejando una tradición pragmática, a pesar de que el inglés opera como lengua vehicular y el español es hablado por el trece por ciento de la población.
La evidencia comparada sugiere que no existe una correlación directa entre la diversidad lingüística y la fragmentación social. Puerto Rico introduce una complejidad particular en este debate que merece análisis detallado. Como territorio no incorporado de Estados Unidos desde 1898, sus más de 3 millones de residentes son ciudadanos estadounidenses, pueden servir en las fuerzas armadas (y lo han hecho con tasas de participación superiores al promedio nacional), están sujetos a leyes federales, y participan en la economía estadounidense. Sin embargo, el español es el idioma predominante en la isla, utilizado en el gobierno, la educación y la vida cotidiana, con el inglés como segundo idioma oficial pero de uso limitado en la práctica.
Esta realidad plantea preguntas fundamentales sobre la relación entre lengua y pertenencia nacional. Si ciudadanos estadounidenses en Puerto Rico viven predominantemente en español sin que esto cuestione su estatus o lealtad nacional, ¿Cuál es entonces la base para argumentar que el español es inherentemente "no estadounidense" en el continente? La existencia de Puerto Rico demuestra que la identidad estadounidense ha coexistido históricamente con el español de manera oficial durante más de un siglo.
Si un artista puertorriqueño se expresa en español en un evento nacional, no está representando una cultura extranjera, sino la lengua de su propio territorio. Esto revela que el argumento de una autenticidad basada exclusivamente en el inglés es históricamente insostenible.
La resistencia a la visibilidad del español en espacios simbólicos refleja una jerarquización donde ciertas expresiones culturales se consideran más legítimas que otras, a pesar de provenir de los mismos ciudadanos.
Los eventos nacionales son espacios donde se negocian identidades bajo tensiones constantes entre mayorías demográficas e inclusión de minorías, tradición frente a evolución, y asimilación frente a multiculturalismo.
La psicología de la percepción de amenaza juega un papel crucial, ya que los cambios en la visibilidad pública de otras culturas pueden generar ansiedad sobre la pérdida de identidad. Sin embargo, las culturas evolucionan constantemente mediante la síntesis de influencias; lo que hoy se considera auténticamente estadounidense es el resultado de este proceso histórico. El desafío actual no es eliminar la tensión, sino gestionarla de manera que genere integración.
El debate sobre representación cultural en espacios simbólicos nacionales no tiene soluciones simples porque involucra valores en tensión: unidad versus diversidad, tradición versus cambio, identidad histórica versus realidad demográfica. Lo que está claro es que las sociedades exitosas encuentran formas de negociar estas tensiones sin recurrir a exclusiones absolutas ni a fragmentación completa.
El desafío no es eliminar la tensión, sino gestionar productivamente. Los eventos nacionales pueden cumplir su función unificadora precisamente cuando diferentes sectores de la sociedad se ven reflejados en ellos, no de manera que cada grupo obtenga representación proporcional en cada momento, sino de manera que nadie se sienta permanentemente excluido del proyecto nacional compartido.
La pregunta fundamental no es si habrá cambio cultural, sino si ese cambio se gestionará mediante diálogo, adaptación gradual y búsqueda de símbolos compartidos, o mediante conflicto, imposición y resentimiento mutuo. La historia sugiere que las sociedades que prosperan son aquellas capaces de evolucionar sus símbolos e identidades sin perder los valores fundamentales que las sostienen.
NO HAY NADA MÁS EXCLUYENTE QUE SER POBRE


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